Mi amigo el esquiador

Ahora que casi no queda nieve en las pistas donde los más modernos y atléticos ligones lucen brillos y marcas, una sonrisa malévola asoma en la comisura de mis labios al recordar a mi amigo el esquiador. Estoy seguro que habrá realizado varias reservas de apartamentos y forfaits apara toda la maldita temporada en alguna pista de moda del pirineo francés –los Alpes le quedan lejos en distancia y bienes gananciales- y estará rumiando rabia mientras sus botas preesqui se enmohecen en el porche de su living. “¡Malditas emisiones de Dioxido, maldito efecto invernadero y sobre todo malditos científicos que lo han denunciado, sino seguro que habría nieve para todos!”.
Acababa de encontrar trabajo. Un buen trabajo. Cómodo, bien pagado –dentro de mis limitadas posibilidades- y cerca de mi casa –bueno, de la de mis padres-. Me sentía poderoso. “Joder, Gabriel (Gabi, me decían), eres joven, bien parecido –mentía el espejo- con dinero y titulación superior (un escuálido diploma de Graduado Social conseguido entre chuletas, cambiazos, apuntes comprados y viernes etílicos con compañeras intransigentes). ¡Sal ahí fuera y cómetelas a todas!”.
Me pasaba el día escaneando documentos confidenciales –así los catalogaba mi jefe, Coordinador de la Sección de Documentación Sensible de una importante multinacional- y organizándolos en carpetas dentro del disco D: del servidor central del Departamento, tras una pantalla escurrida y grasienta y apaleando un teclado amarillento con un eterno olor a tabaco y sarro. Un buen trabajo.
Salía de allí como un ñu cruzando el rio Mara, desbocado. Me devoraban cocodrilos en forma de tabernas y garitos. Bebía hasta el agua de los paragüeros, con ansia y la mirada se me enganchaba entre los aleros del primer escote que rondaba la zona de la barra en la que permanecía acodado. Compartía estas jugosas prácticas con dos compañeros de trabajo –uno de ellos becario con derecho a fotocopiadora- y con un cajista de Badajoz conocido de uno de ellos.
Llegaba a mi casa –la de mis padres- cuando terminaba la película o la serie de turno. Mi madre -¡ah, mi santa madre! ¡Cuánto le debo a la vieji!- me había reservado un trozo de tortilla y sopa en el microondas, mi padre una reprimenda pedagógica: “¿Ya ves como vienes, hijo mío? ¿Tu te has visto? ¡Y así todos los días!”.
Devoraba la comida de mi madre y contestaba una suerte de discurso gutural a modo de excusa a mi padre. Algo así como: “Ssslo he tmao unssss cervzsitasss con unsss cmpñerosss”, cerrando el alegato con un regüeldo contenido.
Fue una etapa deliciosa, casi perfecta.
Una tarde sucia de Enero, caminaba después del tajo en busca de mi querida rutina pensando en lo cara que se había puesto la cerveza y frotándome los dedos del dolor de tanto aporrear el ordenador, cuando una voz fricativa y sospechosa me arrancó de mis asuntos. “¡Hombre Astudillo, estoooo…”. “Gabriel”. “Eso, Gabriel Astudillo. ¿Qué es de tu vida? Seguro que ya ni me recuerdas”. “Es imposible olvidarte, Ignac..”. “¡Nacho!”. “Lo que yo decia, Nacho Garay. ¿Qué tal te va?”. “Inmejorablemente, querido Astudillo, inmejorablemente. Me casé con Marga. ¿Te acuerdas? Aquella rubia del culo respingón y del padre que venia a buscarla al colegio con aquel Jaguar. Tuvimos un “affaire”, se quedó preñada y tuvimos que casarnos. Luego resulto ser un embarazo psicológico o algo así pero ya era tarde.” “¡Ah, vaya lío ¿no?” “Que va. Estuvo fetén. Estudié Gerencia Deportiva en una Academia Nocturna pero Certificada por la ENFAC, ya sabes…” “Ssss” “… su padre me buscó contactos y ahora soy agente de varios jugadores de fútbol y baloncesto. Tres llamadas y a ingresar ¿qué te parece?” “Jo, cojonudo.” Miré el reloj simulando cierta ansiedad. “Me vas a perdonar, Ig…, Nacho pero tengo un poco de prisa y…” “¡Qué coño prisa! ¡Esto hay que celebrarlo!” En ese preciso instante sonó su móvil y me rescató de una muerte segura. Tras unos instantes de conversación con su interlocutor, salpicados por frases socarronas y miradas cómplices, prosiguió con su monologo: “Ahora me tengo que ir pero tu te vienes a esquiar conmigo y con Mónica el próximo “finde”. Vamos a Astún”. Una sensación de horror, terror y pavor junto con una arcada densa y ácida se instalaron tenazmente en cielo del paladar.” “¿Cuándo? ¿Dónde? Pero si yo no se esquiar y ¿tu mujer no se llamaba Marga la del culito no sé como…?” “Vamos a ver Astudillo si nos tranquilizamos. Mi mujer efectivamente se llama Marga pero mi relación con ella es de corte moderno y yo suelo ir a esquiar con Mónica, un buena amiga común y que además tiene las tetas mas gordas que conozco. Iremos el próximo viernes. Saldremos a las siete de la bocana de la Estación de Autobuses. Yo me encargo de todo, billetes, forfaits, apartamento, te enseño a esquiar y te presto equipo. Tu solo agénciate unos pantalones, un anorak y unos guantes, gorro y gafas, ¡ah! y la pasta para pagar todo en el autobús, unas quince mil pelas nada más. Te espero allí y no faltes que daré tu nombre” Y huyó como perseguido por no sé que espíritus malignos.
Y el viernes estaba efectivamente allí. Había dejado a mis colegas vespertinos tras unas cañas bien tiradas y departiendo con soltura con la camarera mas estupenda del “Que te den por el Culo”, nuestro bar favorito. Y yo con cara gilipollas, a esquiar con el aun más gilipollas de Garay o Nacho o como coño se llame.
“Hola, Astudillo. Me alegro de verte, te juro que pensaba que no venias y ya había cancelado tu reserva. Pero no te preocupes te hacemos un hueco Mónica y yo en nuestro apartamento. Por cierto, esta es Mónica. Bésala pero sin desgastarla, que te conozco. Te buscaremos un hueco en el autobús y pediremos a alguien unas tablas que le sobren. No te preocupes por nada que aquí está Nacho a tu servicio”. Balbucí, besé y me acordé de su madre, todo ello en silencio.
El hueco era tal. El último asiento (o más bien medio asiento) de la última fila, con las rodillas en la cara y junto a una tabla que apenas cubría la ventana que casualmente se había reventado viniendo por una pedrada –también casual- de no sé que vehículo industrial y por la que se filtraban corrientes polares. Cuatro horas encajonado mientras mis compañeros de viaje reían, cantaban, bebían y comían bocadillos preparados amorosamente por sus santas madres (“Pero, como Astudillo ¿no te has traído nada para comer, algún bocadillo u otra cosa? ¿Pero no sabes que estos autobuses a la nieve no paran para aprovechar el tiempo? Pero si eso es vox populi. Estas hecho un pardillo, Astudillo. Toma estas almendras para matar el gusanillo, Astudillo”).
Llegamos a Jaca de madrugada. Helado y atrofiado me acomodé como pude en el mezquino sofá (y fíjense que digo sofá y no sofá-cama) que gentilmente me cedieron Mónica y Nacho para pasar el fin de semana. Me abrigué con una mantita deshilachada y corta que encontré en el altillo de un armario y pasé la noche encogido y acongojado por los gritos espeluznantes que surgían de los orgasmos de la tetuda.
A las siete de la mañana estabamos camino de Astún en el mismo autobús, con la misma tabla que no tuvieron tiempo de arreglar y con un café cortado bebido en mi pobre estomago (“Pero ¿¡tampoco has traído nada para desayunar!? En fin Astudillo, tomate un café con leche de lo nuestro porque no hay para más.”).
Tras soportar una caravana desesperante llegamos a la estación tras una buena caminata desde el aparcamiento –por llamar de alguna manera al rincón donde el chofer pudo estacionar aquella maquina infernal -. Me atavié con todos los aparejos para la práctica del esquí que había conseguido tras arduas gestiones - un chubasquero fino tipo canguro de un naranja mohoso, unas gafas con goma que fue ajustable, unos vaqueros viejos, eso sí, elásticos, un gorro y unos guantes de lana del Inter de Milán y unas adidas Stan Smith decadentes- y me acerqué a la zona de alquiler de tablas y botas donde me esperaban Nacho y Mónica como dos brazos de mar y luciendo licra y neopreno de marca por todos sus poros. “Pero Astudillo, ¿a dónde vas así vestido? Si pareces Lina Morgan. No sé si llevarte a esquiar conmigo o cantarte un pasodoble. En fin, ven y alquilamos unas botas de tu número”.
Nacho me había conseguido unas tablas del cuñado de un primo del organizador de aquel disparate. No soy un experto en esto del esquí, pero os juro que aquellos esquís parecían de la era cuaternaria. Disponían muy oportunamente de una cuerda que te atabas al tobillo para que al soltarse –cosa que comprobé ocurría con harta facilidad- no salieran escupidos y se perdieran definitivamente por aquellas laderas interminables.
Cuando hube terminado de ajustarme todo aquel equipamiento tuve que reconocer que mi aspecto era un poco mas que ridículo. Pero era demasiado tarde para rebobinar.
A partir de ese momento los acontecimientos se precipitaron de una manera “incomoda “ para mí. Permitidme que os los desgrane como si de un telegrama se tratara.
Me informan de que el telesilla que te transporta a la cabeza de las pistas no tiene por costumbre detenerse para que se suban o se apeen los pasajeros. “Astudillo, si no quieres hacer el ridículo y parecer mas pardillo de lo que ya eres, súbete al telesilla con los esquís puestos (en los pies, claro)”.
Me subo al habitáculo del telesilla con dificultades pero con éxito. (¡Bien, Gabriel, bien!). El descenso fue otro cantar. Compruebo que el telesilla efectivamente no para. “Vamos Astudillo baja que ya hemos llegado”. Me dejo caer con aquellos instrumentos en los pies y sin poder parar bajo por una pequeña ladera que me conduce irremediablemente a un montículo repleto de nieve contra el que me estrello de bruces y - se me antoja - afortunadamente (luego observé el mamporro que ladera abajo se propinó otro principiante que no tuvo la suerte de topar contra la mullida loma).
“Astudillo, pero hombre ¿cómo no has traído crema de protección 25467 para condiciones invernales? Pero te vas a abrasar. Anda, toma un poco de la mía, póntela en la cara y guarda un poco para ir untándotela a lo largo del día”. Me pasa un potingue envuelto en un trozo de papel de estraza. Me lo aplico. “Pero hombre, Astudillo ¿tampoco has traído nada para comer? Todo el mundo sabe que se esquía sin parar hasta las cinco de la tarde para aprovechar a tope el día. Toma algunas almendras y guárdalas en el bolsillo. Seguro que tampoco llevas agua. Anda toma este botellín y rellénalo de vez en cuando con agua de derretir nieve con este mechero” Nacho me larga un puñado de almendras, un diminuto recipiente con agua y un mechero Bic casi sin gas.
“Escucha bien Astudillo, si quieres girar apoya el peso sobre el pie contrario y ve flexionado. Eso es todo. Nos vemos a las cinco aquí mismo. La pista Baby –la más sencilla- comienza ahí mismo y allí tienes el arrastre para subir. Nos vamos. Disfrútalo” Y los dos se deslizaron ladera abajo antes de que yo pudiera apartar la mano que utilizaba para tapar el sol que me daba en los ojos y despedirme.
El arrastre es un artilugio satánico con una fila de gente esperando que consiste en una cuerda que etimológicamente te arrastra. Pero nadie me advirtió de que no debes sentarte en una especie de seta que remata la cuerda en cuestión. Yo lo hice y me despatarré sobre el sendero que trazan los esquís empujados por el arrastre, esto es, por donde deben pasar los que te siguen en su uso y disfrute. “¡Oiga usted, quítese del paso!”, gritaba el siguiente usuario. “¡Qué más quisiera yo!”, contesté escupiendo antes la nieve que me había tragado. Apoyándome a pulso en los bastones conseguí levantarme y apartarme del paso con el consiguiente alivio de los que esperaban. Volví a la fila y tras tres o cuatro intentos dominé la técnica del arrastre sin desmontarme.
El resto de la mañana transcurrió entre subidas y bajadas a aquella minipista que conseguí dominar con satisfacción y –debo reconocer- placer (“¡Qué grande eres Gabriel!”). Bebí el trago de agua que me pasó tan generosamente Nacho y cuando sentí sed de nuevo, traté de derretir la nieve con el chisquero sin éxito alguno. Así que desde ese momento decidí pasar sed.
Cuando sentí hambre, me eché la mano al bolsillo de las almendras comprobando decepcionado que se habían mezclado con el ungüento solar adquiriendo un sabor inhumano. Así que decidí pasar hambre.
A lo largo del día solo me arrollaron dos esquiadores más torpes que yo y cuando quedaban pocos minutos para las cinco y me acercaba al punto de encuentro, me sentía cansado, sediento y hambriento pero satisfecho por el deber cumplido.
Nacho y su generosa amiga llegaron salpicando nieve pretenciosamente. “¿Qué tal te ha ido Astudillo? ¿Bajamos a la casa de la estación esquiando? Las pistas que se atraviesan en el descenso son fáciles, ya veras. Venga no seas pardillo y vamos”.
Por la ladera de la pista baby, bajé cómodamente y acompañado por mis “tutores” pero al llegar a una pista de pendiente mas acusada, me abandonaron a mi suerte –mala, por supuesto-. Me caí dieciséis veces en el descenso. Una de ellas con tan mala fortuna que se me soltó la cuerda de sujeción del esquí y este salió despedido ladera abajo. Me levanté lo antes que pude y solo alcancé a ver la sombra del esquí que volaba hacia quien sabe donde y detrás una bala en forma de esquiador samaritano que acosó a la tabla descarriada hasta que la atrapó y la regresó dócilmente al corral con un seco, “Y ten mas cuidado la próxima vez”, que no me dejó agradecer.
Llegué al autobús el último y con aspecto de haber recibido la extrema unción. “¡Astudillo, qué te estabamos esperando, pardillo!”.
Me senté en mi diminuto diván sin fuerzas y con dolor generalizado. Me tumbé sin siquiera desnudarme y sólo llegué a oír antes de dormirme profundamente “Astudillo, ¿vienes? Mónica y yo nos vamos de marcha. Jaca la nuit. Ahí te quedas, pardillo”.
Me despertaron los jadeos de la pechugona pero no permití que me fastidiaran el descanso y me di la vuelta.
La mañana del domingo amaneció con una densa niebla que prometía un día tranquilo sin esquiar. Llegamos a la estación y los presagios afortunadamente se confirmaron y Nacho me aconsejó que no esquiara y que como ya estaba pagado el forfait, que si se lo podía ceder a una amiga suya, “Total, tu ya lo has perdido”. Asentí encantado y me dediqué todo el día a comer y leer la prensa deportiva y canallesca.
La vuelta a casa fue tan penosa como el viaje de ida pero con bocadillos. Me apeé del autobús, besé a Mónica, le di las quince mil a Nacho y me despedí sin dejarle meter baza.
Del esquí nunca mas se supo en mi vida y del tal Nacho tampoco. Mónica es ahora mi esposa.

Joseba Molinero