Regresión

¿Es cierto que me va a dar ese dinero por hablar conmigo? no, no es que no me fíe, pero... ya sabe usted, prefiero ver antes el dinero. Traiga, traiga, si no le importa me lo guardo. Bueno pues usted dirá, ¿qué quiere que le cuente? ¿que cómo he llegado hasta aquí?, hasta aquí quiere decir a dormir en la calle, no hasta Bilbao ¿no?. Pues ya ve usted, cosas de la vida, no crea que he nacido en la calle, en la calle llevo... pues no sabría decirle, seis o siete años. Antes tenía una casa, bueno vivía en una casa a renta con unas compañeras, con unas compañeras de mala vida, ya sabe, no, no vaya a pensar, yo no me dedicaba a eso... bueno, no voy a decirle que no se me pasó por la cabeza, pero el pensamiento no me duró dos días, yo tengo otra educación... vaya, no es que las otras no tuvieran educación, ya sabe a qué me refiero... en fin, que yo no podía, era superior a mi. Yo las conocí con otro asunto y cuando supieron que estaba buscando donde meterme me hicieron sitio en su casa. Les dejé bien claro que yo estaba buscando trabajo y se rieron de mí, pero dijeron que mientras pagara mi parte de renta, por ellas... Así que me fui colocando de lo que salía, estuve de noche en un horno de pan, de camarera, fregando escaleras... hasta que el dueño de la casa nos dijo que necesitaba el piso para su hijo que se casaba, que teníamos que marcharnos. Yo creo que era mentira, que los vecinos se habían quejado de nosotras y por eso nos daba puerta... en fin, las otras encontraron un apartamento más pequeño, pero como no cabíamos todas y ellas trabajaban juntas... Estuve unos meses de patrona, en una habitación con derecho a baño, pero por un traspié perdí el empleo que tenía y no me salía nada, y en cuanto no pude pagar una semana, me dijo que vaciaba la habitación o llamaba a la policía. La primera noche no sabía dónde ir. Al final me ovillé en una esquina, apoyada en la maleta, me puse un abrigo por encima y así esperé hasta que se hizo de día. Lloré... no se puede usted imaginar, sabía que eso era el final, que de la calle ya no se sale, ¿quien iba a dar trabajo a alguien sin lavar? ¿a dónde iba a ir arrastrando una maleta?. Pero ya le digo, eso fue hace seis o siete años. Y antes de lo del piso a renta viví con una compañera del taller... si, del taller, yo antes trabajaba en un taller, cosíamos ropa para una casa muy importante de Bilbao. Ella era viuda con un hijo que vivía en el extranjero, y andaba un poco justita de dinero, y como el piso era suyo, yo la pagaba un tanto y los gastos a medias. Al final cerró el taller, ella vendió la casa y se fue con el chaval. Y antes del taller trabajé en una fábrica, si señor, de válvulas, pero ahí duré poco, yo creo que el patrón no quería mujeres, que me cogió por una amistad, un tratante del pueblo que venía por aquí de vez en cuando, que fue el que me dijo que viniera a Bilbao, que aquí no habría de faltarme trabajo... ¡qué iba a saber yo de válvulas!, yo antes era una mujer de mi casa, yo he estado casada, si señor, no ponga esa cara... ¿mi marido? pues supongo que estará muerto, con lo que bebía... yo vine a Bilbao escapando de él, ¡me daba unas palizas...!, le aguanté hasta que mi muchacho se hizo hombre, y entonces me marché corriendo. Cuando se fue a servir, que me lo mandaron nada menos que a Algeciras, yo le escribí diciéndole que había encontrado trabajo fuera del pueblo... por que nosotros somos de un pueblo... bueno, no tan pueblo, de la zona de Castilla, no creo que lo conozca... pues eso, que le conté que me iba a trabajar, que él estuviera pendiente, que yo le escribiría. Y a lo primero lo hice, pero nunca recibía respuesta, para mí que no me perdonó que me marchara, y al final me fui cansando de escribir como a la pared. ¡Fíjese que supe que le habían licenciado cuando empezaron a llegarme las cartas devueltas!. Mucho después, cuando me quedé en la calle, no paraba de pensar si me estaría buscando, que yo no tenía domicilio, que a él también le volverían las cartas devueltas... ¡mire usted lo que se le ocurre a una madre!, no me había escrito en no sé cuanto tiempo y ahora iba a escribirme. Aún así yo fui donde la patrona, que fue la última dirección que le di, y pregunté si había llegado alguna carta para mí, pero me echó con cajas destempladas, yo creo que por mi aspecto. Me dijo que no se me ocurriera volver, que apañada estaba ella si tuviera que guardar las cartas de todos los que se habían alojado allí, que si me creía que su casa era una oficina de Correos. Mala gente, señor, mala gente. Yo al chico le tuve muy joven, el novio me dejó preñada y ya sabe usted como son las cosas en los pueblos... bueno, la verdad es que no me importó, yo quería salir de casa de mis padres como fuera, mi padre era un borracho... pues si, ya ve usted, como mi marido, pero yo cuando me casé no lo sabía, le decía que mi padre era un borracho y le daba a mi madre unas palizas... bueno, a mi madre y a quien se le pusiera por delante. Yo de mocita me puse en medio para que no la pegara y me atizó unos correazos... todavía me acuerdo, mi madre gritando ¡sal de aquí! ¡sal de aquí!, y yo a todo llorar como si me riñera, y ella, la pobre, lo único que quería era protegerme. Cuando dije en casa que tenía que casarme me llevé otra buena tunda, preñada y todo, pero hicimos una buena boda, no se crea. Siete años después de que naciera mi chaval me volví a quedar preñada, pero no llegó a término. Yo creo que mi cuerpo le rechazaba, no porque no lo fuera a querer, sino por no meter en esa casa a otro infeliz. Aquello me dejó como sin vida, pensaba que la culpa había sido mía, que si yo hubiese querido, el niño habría nacido sano. En fin, que me quedé sin ganas de nada. Mi madre murió poco después de lo de mi segundo chico, de la mala vida que le dio mi padre, y mi padre estuvo dando tumbos unos meses y al final se me metió en casa ¿qué le parece?. Al principio estaba yo que echaba chispas, pero resulta que delante de él mi marido no me ponía la mano encima, así que al final hasta me vino bien. Duró un par de años y se fue detrás de mi madre, y ahí volvió mi calvario, mi marido me pegó todo lo que no me había pegado en esos meses, parecía que me lo estaba guardando. El mismo día que veníamos de dar tierra a mi padre me sacudió hasta que se quedó dormido. Yo entonces no podía hacer nada, mi hijo era todavía pequeño... Pero vamos, que no toda mi vida ha sido recibir palizas. Cuando conocí a mi marido, bueno, antes de que fuera mi marido, yo era una muchacha de muy buen ver, muchos mozos del pueblo me tenían echada la vista encima, pero ¡fíjese usted!, yo fui a encapricharme con el mas bestia. Estuvimos casi tres años hablando, pero él tenía prisa, no pensaba en otra cosa... ya me entiende, y al final caí como una... ¡bah!, no quiero hacerme mala sangre. Pues sí, sí que he pensado en volver al pueblo, pero ¿cómo? ¿andando? Si no sé ni qué carretera es la que lleva al pueblo, además no puedo presentarme allí con esta facha, ¿qué quiere, que digan que salí arreglada y volví pordiosera?, ¿y qué voy a hacer allí? ¿meterme en casa del hijo? ¡si ni siquiera sé si sigue en el pueblo! ... pero ya le digo, que de mocita era yo muy admirada. Ya desde antes, del colegio, los chicos se fijaban mucho en mí. Cuando iba a la escuela, mi madre me llevaba siempre muy apañadita, porque nosotros hemos sido pobres, pero nunca nos ha faltado de comer, mi madre sacaba de donde no había, y creo que mi padre, a pesar de todos sus defectos, a mí me quería. Mi madre cosía, de ahí aprendí yo para lo del taller, cosía para gente muy principal, y de retales y recortes me hacía blusas o lo que terciara. Por las mañanas salía para la escuela como un pincel, con todo mi pelito recogido en dos coletas, y los chicos me hacían muchos requiebros. Entonces era alta y menudita de talle... ¡sí, hombre, sí! ¡no creerá que nací con estas hechuras!, pero tuve que dejarlo, el colegio digo, mi padre decía que era una pérdida de tiempo, que una mujer debe prepararse para la vida que la espera y dejarse de verbos, ríos y cuentas. Ya le digo, yo creo que me quería, pero esa era su forma de pensar. Así que me puse a servir. El día que empezaba, cuando me desperté vi que mi madre estaba sentada en mi cama. Parecía triste y alegre a un tiempo, no sé decirle, una cosa rara, pero me di cuenta de que algo había cambiado cuando en lugar de las coletas me hizo un recogido en la nuca. ¡Es como si me hubiesen echado diez años encima!. Yo creo que a mi madre le daba pena, pero a la vez creía que así era como debía ser. Al poco de empezar, el hijo de los señores me empezó a molestar, ya me entiende, y yo haciendo como que nada, pero cuando me eché novio se puso... ¡cómo se puso!, ya sabe, estas cosas en los pueblos se corren enseguida, se lo tomó como un desprecio, qué sé yo, pero al poco tiempo me dijeron que al día siguiente no volviera. Cuando lo conté en casa mi padre casi me mata, como si tuviera yo la culpa. Decía que quien me iba a coger en el pueblo, que eso era una mancha para mí, qué sé yo lo que soltó por la boca. Pero para entonces yo ya había perdido la inocencia, si señor, la inocencia es un lujo para los pobres. Cuando era niña sí, ahí sí que era yo inocente con ocho o nueve añitos. Fíjese usted, es la parte de mi vida que tengo más grabada, me parece que en esos años el tiempo no pasaba y que de repente empezó a correr cuesta abajo. Lo que más presente tengo es la cara de una muñeca, ¡qué le parece!, de la muñeca de una vecina. Todos los días, en la calle, le pedía que me la dejara y yo sentía que era mía, que era algo mío, no sé, como mi hija, que por las noches tenía que ir a dormir a casa ajena, como si yo fuera pobre y no pudiera mantenerla. Nadie quería como yo a aquella muñeca, y para mí eso era un derecho ¿no le parece?. En fin, se la quité, la escondí y le dije que la había perdido, pero su madre vino a hablar con la mía y al final no tuve valor para seguir mintiendo. Cuando la devolví sentí que algo muy negro se me había metido dentro, nunca me pude perdonar aquello. Mi madre me hizo una con trapos y pellas de lana que sacó de su colchón, pero no fue lo mismo. ¡Pero menudo tostón le estoy metiendo con las muñecas!, usted lo que quería era saber como acabé en la calle, ¿por qué tiene tanto interés? ¡No irá usted a escribir una novela!
 

Carlos Fernández