La noche

El borracho buscaba el camino de regreso a casa. Estaba desorientado en el centro del parque, extrañamente tenebroso aquella noche. Zigzagueaba y trompicaba, jadeaba y balbuceaba, de paso en paso palpaba el aire y la oscuridad, constantemente emitía chasquidos estentóreos y de vez en cuando algo así como gruñidos. El ruido que provocaban sus pisadas titubeantes en el guijo indicaba que aún seguía sin salirse del caminito que cruzaba el parque. A trancas y a barrancas alcanzó la pérgola que servía de corredor a los jardines. Alguien había roto las bombillas de las farolas con pie de hierro que se erguían en cada extremo de la misma, y en ese punto la opacidad de la noche era absoluta. Tropezó con el primer peldaño de los tres que había que subir para acceder a la plataforma donde se ubicaba la galería de hiedra. En la caída golpeó con la cara un apoyabrazos de uno de los bancos que la equipaban, y dio de bruces en el suelo. El impacto le dejó totalmente aturdido, y hubo de aguantar un buen rato tirado en el empedrado antes de recobrar el resuello. Con gran dificultad logró incorporarse, y se sentó en el banco contra el que había estampado la cabeza. Sangraba por la herida abierta en el pómulo derecho, se le había hinchado el párpado de ese lado y le dolían las rodillas. Lloraba amargamente su ineptitud e impotencia. En su ebriedad no se percató de que en el banco de enfrente descansaba otro hombre. El individuo vestía una rara indumentaria: un blusón tres cuartos ceñido a la cintura por un fajín ancho, una falda tobillera y botas de caña. Se ataviaba con un sombrero de amplias alas que no escondía sus negrísimas guedejas. El ropaje y los complementos eran también de ese color funesto, y hacían ostensivo su rostro cetrino y lúgubre, que delataba un estado febril y vesánico. Había oído la sarta de improperios ininteligibles lanzados al vacío por el borracho en su particular calvario, así como el estrépito que produjo su debacle. Pero permanecía impasible, ensimismado en su propia desgracia. A diario iba a ese banco a esperar a su amante, quien desde hacía más de un año no acudía a la cita. En él perduraba indeleble el corazón ensartado por una flecha que un día dibujara como símbolo de la adoración que le profesaba, y que rememoraba tantas y tantas tardes de dicha y ensueño vividas allí en otro tiempo. El hombre dirigía la vista obsesiva y fijamente al lugar donde sabía que se hallaba el emblema en graffiti de su amor, invisible en la neblina. Parecía un ser irreal, tan absurdo como patético resultaba el borracho. Ambos rebosaban soledad y abandono, y cautivos en la celada de la noche persistían en su actitud esperpéntica: el insólito sujeto, indolente y distante del mundo e inmerso en el agujero negro de un corazón teñido de luto; y el borracho, perplejo y derrotado y con los ojos y el ánimo caliginosos. La situación cambió por completo, cuando este último intentó levantarse del banco, y probó a ponerse en pie impulsándose en el asiento con las manos. Aunque lo consiguió, el esfuerzo le pasó factura en forma de una regurgitación violenta en bocanadas de vino rancio y bilis. Y no fue capaz de avanzar; se tambaleó, perdió el equilibrio y acabó desplomándose encima de su propio vómito. El hombre del atuendo estrafalario percibió el hedor que provenía del charco de devuelto acídulo y sintió náuseas. Quizá fue ésta la causa que provocó su reacción, porque de inmediato abandonó el ara donde removía las cenizas de su idilio extinto y se aproximó al beodo tendido en el adoquinado. “Ven conmigo” le dijo. El borracho se quedó pasmado, y miraba boquiabierto con su ojo sano a la misteriosa sombra que le agarraba de una muñeca. No habló, sólo le obsequió con un eructo fétido, y se dejó hacer por el insospechado fantasma. Éste le ayudó a recuperar la verticalidad; luego lo sujetó por un brazo y se lo llevó. Y los dos infortunados noctámbulos se perdieron en la noche envueltos por las tinieblas. A la mañana siguiente, un guarda del parque los encontró muertos. Sus cadáveres flotaban en el estanque de los patos, boca abajo y anónimos, insignificantes en medio de los majestuosos cisnes que nadaban a su alrededor a la luz de un sol radiante.

Nicolás Zimarro