Una historia verdadera de amor verdadero

Su padre le reprochaba día si día no su falta de interés por las mujeres. “Hijo ya pasas sobradamente de los veinte años y no se te conoce relación alguna con ninguna de las muchachas de la comarca. Conviene que vayas pensando en tener herederos. Yo tengo ya edad y no quisiera morirme sin conocer nietos que conserven nuestras tierras y ganados”. “Padre, no es falta de ganas, es falta de luz”. “¿Luz? ¿De qué luz hablas?”. “Yo creo que para casarse de ley, hay que hacerlo con una mujer que te encienda las luces de dentro. Que solo con pensar en ella, se te encoja el estomago y si no la ves, se te avinagre el corazón y te vuelvas posesivo y mohíno y sombrío…”. “¿Y no hay ninguna de…esa maravilla por los alrededores?”. “Yo no he sido capaz de hallarla, padre. Y lo siento porque sé lo que sufre por ello”. “Pero que raro eres hijo mío. Dios quiso que solo tuviera uno. Siempre me culpé por la temprana muerte de tu madre pero solo de pensar estas cosas que me cuentas, se me hace un lío dentro… Casi mejor solo uno”. Y , cabizbajo, salió de la casona alta y ocre, atravesando el zaguán.
Diego de León se quedaba triste después de conversaciones como estas con su padre, Menudeaban mucho últimamente y el carácter de Diego se llenaba de sombras. Quería mucho a su padre, más de lo que le hubiera correspondido por ley. Compensaba así la falta de su madre desde que tenia memoria. Pensaba en estas cosas cuando se puso en camino en dirección a los pastos del sur, en tierras manchegas. Cada otoño lo mismo. La numerosa expedición con el millar de ovejas, corderos y cabras que siempre habían pertenecido a su familia. El capitaneaba a caballo una docena de pastores con sus zagales y perros. Siempre lo mismo, cuando atravesaba el Portal del Sur, volvía la cabeza hacia el caserío de su pueblo y trataba de apretarlo en su memoria y que el efecto durase los largos meses de frío y soledad.
Era un pueblo de nombre difícil de recordar pero orgulloso y bello. Un pueblo frío y alto. Un pueblo de ladrillo y adobe. Un pueblo estrecho y lucido, atrapado por el caprichoso fluir de un río poco amable. Diego amaba a su pueblo, como lo hacia a su padre. Por similares razones y con parecida vehemencia. A pesar del frío de un invierno largo y esclavo.
La hospitalidad del Señor Garces resultó irreprochable. Alojó a Diego en la casa familiar. En una alcoba limpia y soleada de la planta noble. Disponía de servicio propio y de un ayuda de cámara. Los rebaños no le permitieron disfrutar todo lo que hubiera deseado de aquella casona manchega de un color añil rotundo con remates y lucidos en puertas y ventanas. El contraste perfecto con la luz manchega, profunda y trascendente. Pastaban las ovejas en los campos en barbecho propiedad del hacendado Señor Garces. Leguas de tierras que rodeaban un villorrio en el partido de Viso del Marques. La casa añil reinaba en la aldea y en ella reinaba Cristina Garces, una muchacha de ojos de color miel, pelo negro, liso y singular, boca granada, orejas sutiles, nariz dulce y una piel blanca como la luz de su tierra y que prometía la dulzura de un beso apenas intuido.
Cristina acostumbraba a contar historias y leyendas que había escuchado de sus abuelos y lo hacia los domingos, frente al hogar y rodeada por un buen numero de fervientes admiradores de su belleza y también porque no, de sus relatos.
Tras muchos intentos, un domingo frío y blanco, Diego accedió a asistir a las veladas contadoras de la casa añil. Se servía chocolate de cobre y tortas de Alcázar, buchitos de anís para las damas y de aguardiente seco para los caballeros.
La visión de Cristina con su pelo negro sobre la frente y los ojos de miel prendidos por la lumbre, fue como una ráfaga de luz en el espíritu en sombra de Diego. No alcanzaba a mirar más allá de aquellas cuencas y no alcanzaba a entender nada fuera de lo que salía de aquellos labios encarnados y carnosos.
“En un pueblo historiado muy hacia el norte, vivían dos hermanas hermosas, Petra y Filomena, hijas de un hidalgo venido a menos que servia vasallaje a un noble propietario de La Mancha. El noble agradecido por un servicio defensivo que le había prestado el padre de las muchachas, le ofreció en matrimonio a su hijo Tomas. Enseguida se celebraron las nupcias con Petra, la mayor de las hijas. Se vinieron a vivir a La Mancha, a un palacio precioso. Pronto, Petra dio a luz a un varón –Iñigo- imagen especular de su padre tanto por fuera como por dentro. El vástago empadrado llenó a Tomas de una alegría que le rebosaba. Algunos años después, Petra empezó a sentir añoranza por su tierra y por su gente y pidió a Tomas que por favor fuera a por Filomena para que viviera allí con ellos. Tomas viaja al norte y recoge a Filomena. Durante el camino de vuelta a casa, Tomas se prenda de Filomena y en una venta retirada y oscura, la seduce con malas artes y la hace suya. Filomena se arrepiente profundamente y se desespera. Tomas recapacita, huele el peligro y decide amenazar a Filomena con el desprecio de la gente de bien si se enteran, le ofrece un matrimonio de conveniencia con un capataz suyo, le conmina a que se mantenga callada y le ofrece una dote satisfactoria. Meses mas tarde Filomena consigue contactar con Petra, le cuenta el caso, llora con amargura y exige un desagravio. Petra anegada en lágrimas le asegura a su hermana que se vengaran de su marido, al que desde ese mismo momento odia con toda su alma. Petra sabe que es lo único que le importa a Tomas y se apresta a llevarlo a cabo, sin vacilación. Asesina a su hijo Iñigo en turbias circunstancias y se las arregla para que sea acusado Tomas, que a la espera de juicio y hundido por la muerte de su hijo espejo, se quita la vida en la cárcel.”
Así acababa la historia que Cristina relató aquella noche. Pero cuando la gente se aprestaba a marchar, añadió: “Dicen que Filomena y Petra se convirtieron en colibrí y árbol respectivamente, por algún embrujo ejemplar, pero yo nunca lo creí.”
Diego, sin reparar demasiado en la historia, pasó el rato admirando el movimiento de la boca de la muchacha, el labio de arriba, el cielo y la tierra, el otro labio. Desde ese momento comprendió íntimamente que la luz que buscaba estaba tras esa boca, tras esos labios y se emplazó a conseguirla.. El acicate del amor, la ansiedad del amor, la angustia del amor hizo que el invierno transcurriera rápido y sin éxito. Cristina aunque se mostraba gentil con Diego, no respondía a sus cuantiosas invitaciones. Llegaba la primavera y Diego debía regresar a su tierra y más por porfía que por galantería, arrancó promesa por parte de Cristina para visitarle “cuando mayo mayee”.
Se aproximaba ya Junio y sus calores, cuando Cristina atravesó el portal del Agua, entrada noble del pueblo de Diego. Éste apercibido por ella de su llegada semanas atrás, había preparado un recibimiento digno de canónigos. La recibió el alcalde en persona concediéndole las llaves de la villa acompañado , en trajes de gala, por los mandos militares y eclesiásticos. La alojó en la mejor casa de la villa –exceptuando la de los Condes de Azagra- y la decoró con todo lujo y ornamento.
Cristina se sintió impresionada y apabullada y hasta ofuscada. Le costó varios días darse cuenta de que la luz y el color ocre de aquel pueblo no se asemejaban en nada a los de su casa y su tierra. Y desde entonces fue puro llanto y pesadumbre. Diego se disolvía en las lagrimas de miel de ella y no encontraba pañuelo para secarlas.
Un mes después, Cristina abandonó el pueblo por el Portal del Sur sin volver la cabeza y sin lágrimas. Diego las recogió en sus propios párpados.
Pasaron varios años y lágrimas. Diego ya no acudía con su ganado a las tierras de Garces por deseo de Cristina pero se las arreglaba para encontrar algún otro pastizal cercano y así pagarle innumerables visitas que Cristina contestaba con galantería innata pero forzada. Nunca mas acudió a la casa añil sino que sus encuentros recorrían diversos lugares de la comarca.
Una mañana del comienzo de primavera, luminosa y tibia, Diego –una vez mas- rogó a Cristina una ultima visita a su pueblo. Le juró ante Dios –el encuentro fue en el pórtico de la iglesia mayor de Viso. La del cocodrilo- que seria la ultima y que, si fuera rechazado, no volvería a verle jamas. “Creo honestamente Diego que tu intento es baldío”. “Te lo ruego” suspiró. Cristina se encontró con el corazón blandito, tras escuchar el balbuceo infantil de Diego y se abandonó. Ya muy entrado junio y con una luz estirada, Cristina se encontró una vez mas atravesando la Puerta del Agua. Esta vez nadie excepto Diego la esperaba. Se dirigieron a la misma casa donde se alojo el año de los llantos pero para su sorpresa pasaron de largo. Torcieron una esquina y a lo lejos, rodeada de ocre, una casona añil enjalbegada en blanco se enamoró despacio, con dulzura de Cristina.
 

Joseba Molinero