El gurruño

Lo primero que hacía por las mañanas Copronio Catapodis no más se levantaba de la cama era correr al cuarto de baño y orinar. En su fuero interno trataba éste concepto —el de orinar— de manera algo más agresiva; Copronio sostenía que “echar una buena meada cuando ya casi no te aguantas es mejor que echar un polvo”. Así opinaba, y actuaba en consecuencia. Desde las cinco o las seis de la madrugada hasta las ocho, hora en la que sonaba el despertador, Copronio se retorcía en la cama apretando las piernas en un duermevela teñido de cataratas, ríos, fuentes y olas batiendo contra los acantilados de su consciencia. Sus vecinos dan fe en parte de este extraño proceder; aseguran que cada mañana podían oír a la misma hora unos sospechosos gemidos en el baño de Copronio, acompañados de algo así como un escape de gas coreado por el sonido de varios tanques de agua vaciándose de forma simultánea. La mañana en que sucedieron los hechos que se narran en esta historia Copronio Catapodis obró como solía. No bien hubo miccionado —verbo éste que le agradaba emplear en ocasiones protocolarias—, Copronio procedió a limpiar las salpicaduras del borde de la taza con varias vueltas de papel higiénico. Después de hacer con él un gurruño, se alejó unos pasos del retrete y lanzó la pelota de papel con una trayectoria que podría asimilarse con mucha imaginación a un enceste de tres puntos en un partido de baloncesto. Tras emitir un gruñido de satisfacción y palmearse el pecho al comprobar cómo el papel se sumergía en sus densos y caudalosos orines, Copronio vació la cisterna. El gurruño se negó a desaparecer. Descargó media docena de veces más el agua del váter, pero el gurruño persistió en su actitud. Copronio no pudo evitar un exabrupto que, sin él saberlo, se iba a convertir en invocación.
—¡Cagüendiós! —masticó irritado la blasfemia.
El frío le subió por las pantorrillas desnudas hasta atenazarle el bajo vientre cuando de la taza salió una voz cavernosa que le conminó al silencio:
—¡Cállate, mastuerzo!
Agitó la cabeza y se dijo que quizá tuviera que dejar de tomar esas cervecitas de por la noche con el Casimiro y el Jonás. Un tanto acojonado —son sus palabras textuales—, se asomó al agujero del inodoro. El gurruño de papel había transformado su amorfo aspecto anterior para presentar un rostro que se asemejaba al de un expresidente del Gobierno.
—¡Hostias! Si parece Aznar —dijo Copronio.
A lo que el retrete le respondió:
—¡Cállate, imbécil! ¿Acaso no ves quién soy?
Una sonrisilla de suficiencia apuntó en los labios de Copronio. El susto inicial había pasado y ahora estaba seguro de que aquello era un bromazo de sus amigotes.
—Pues no, su Eminencia, no termino de adivinarlo —se choteó Copronio mirando a su alrededor en busca de las cámaras ocultas.
El agua del váter se agitó y la voz tomó un tono solemne para efectuar su presentación oficial.
—Yo soy el que soy.
—Ya —respondió lacónico Copronio mientras se tapaba la boca con la mano tratando de sofocar la risa—. O sea, Don Perogrullo, ¿no? —No, imbécil. Yo soy el Creador. Yo soy Dios.
A lo que Corpronio respondió con unas irrefrenables y estentóreas carcajadas.
—¿De qué te descojonas, imbécil? —rezongó amoscado el retrete. Copronio asegura que “imbécil” es el insulto preferido de Dios.
—Pues no te sabría decir, pero si eres Dios, tú lo sabrás, ¿no? —continuó riéndose Copronio.
Cuando los treinta y dos dientes de Copronio Catapodis tintinearon sobre la loza del baño, su risa se transformó en un grito tan estentóreo como antes lo eran sus risotadas, un grito que enseguida viró hacia el gimoteo y de ahí a un llorar desconsolado e implorante. Unos minutos más tarde, con los treinta y dos pedacitos de marfil en sus manos, se inclinó de nuevo sobre el inodoro. Una sonrisa sardónica asomaba bajo el bigote del gurruño.
—¿Qué, chaval, te vas convenciendo?
—Sí, Señor, sí —susurró Copronio con voz temblorosa.
—Vale, tío. Pues oído al parche que tienes misión —dijo Dios.
—Usted dirá, Señor —casi se puso firme Copronio al responder recordando sus tiempos del Servicio Militar en Ceuta.

—Pues verás. Lo primero tienes que ir a Tebas y liberar a mi pueblo. Yo te echaré una mano con unas plagas para que los egipcios se vayan ablandando. Luego te los coges —a los míos, que te veo cara de alelado esta mañana— y te los llevas para el Mar Rojo. Ándate con cuidado porque son un poco broncas y a la mínima se desmandan y plantan un becerro de oro en cualquier parte, y ya sabes lo que eso me jode. Pero seguro que tú les metes en cintura, que siempre has tenido mucha labia. Después me cruzas el mar por donde yo te diré desde una zarza ardiendo… Espera… A ver… No, lo de la zarza aquí pone que es después de cruzar… Bueno, es igual, tú cruzas por cualquier sitio que ya te separo yo las aguas, y cuando estéis al otro lado me invades Filistea y les das para el pelo a los de allí y luego… Copronio se atrevió a interrumpir el discurso divino con una discreta tos.
—Perdón, Señor…
—¿Qué cojones te pasa? ¿Canguelo, eh? —le espetó Dios.
—Es que servidor no es Moisés y, en fin, que no me veo en la situación —musitó temeroso Copronio.
—¿Qué? —gritó el retrete— ¿Cómo que no eres Moises? Me cago en… —se interrumpió Dios. Su rostro pareció volverse hacia la tubería de desagüe del váter y con voz iracunda gritó:
—¡Pedro! ¡Ven aquí y cagando leches!
Copronio escuchó atónito la bronca que siguió, apenas interrumpida por las balbuceantes y amaneradas disculpas de Pedro.
—Cuánto lo siento, amadísimo Señor, no sabe su Majestad cuán enorme es el dolor que experimento en lo más profundo de mi ser ante este error imperdonable. Será solucionado con la mayor prontitud, amadísimo Señor. Con toda seguridad ha sido un indeseado e inexplicable cruce de líneas…
—¡Inútil, más que inútil! —gritó Dios harto de la palabrería de Pedro. Luego rezongó para sus adentros en forma de burbujas que agitaron el agua del inodoro:
—Si ya le dije yo al chico que eligiera a la Magdalena que era mucho más inteligente y, además, tenía un culo de escándalo. Pero no, se tuvo que encaprichar del tarado éste… Dios se giró hacia Pedro.
—Vamos, imbécil, ponme en comunicación con Moisés, que me estás haciendo perder la mañana —se interrumpió y se volvió hacia Copronio que le miraba estupefacto y desdentado.
—Lo siento, chaval. Un error, ya sabes…
—Pero Señor, ¿y mis dientes? —preguntó esperanzado Copronio acercando la mano al gurruño.
—¡Ah! Sí. Esto…. Bueno… —dudó Dios mientras parecía buscar la solución en los bordes del retrete—. Verás, mañana te mando un arcángel. A ver a quién tengo libre porque me andan de vacaciones y creo que el único que está de turno es Gabriel y le tocaba preñar a María esta tarde... En fin, que mañana te envío a alguien y él te pasa la dirección de un dentista argentino cojonudo. Y baratito. Ya verás. Te va a dejar como nuevo, Bueno, chavalote, a cuidarse y hasta más ver. Cuando te mueras pregunta por mí y charlamos. Y perdona por todo, ¿vale? El botón de evacuación de la cisterna se accionó por sí solo y el gurruño, esta vez sí, desapareció en el desagüe del retrete.

Roberto Sánchez