La sonrisa de Holofernes

Porque nuestra esclavitud no nos hará ganar
la benevolencia de los vencedores…”
Judit 8, 23
 
El silencio se derramó sobre el campamento al llegar la noche. De vez en cuando una orden susurrada se deslizaba entre las tiendas. Cuando la luna se escondiese, desde el interior de los muros de Betulia se elevaría el murmullo amorfo de la alabanza de su pueblo a Dios. Judit miró a su izquierda, donde yacía el cuerpo dormido del general Holofernes. Acarició al pecho limpio y robusto, sus dedos se deslizaron por el vientre musculoso y con un leve movimiento hizo que la sábana se deslizara hasta el suelo. Sus ojos se pasearon por el espléndido cuerpo desnudo del hombre. Se levantó despacio de la cama, tratando de no alterar el sueño de su amante, y dio unos pasos hacia la entrada del aposento. En el cielo, las estrellas le suspiraron el tiempo que faltaba para el amanecer del cuarto día. Se giró y envidió el rayo de luna que perfilaba el semblante del general dormido. Se preguntó si aquel hombre merecía morir esa noche.
Aspiró el aire tibio de la madrugada en el que se mezclaban el olor a sexo, sudor y aceites perfumados. Olía a sueño. Olía a amor. Olía a confianza. Y a traición. Bajó los párpados y volvió a ver al soberbio guerrero que la había recibido tres días antes, con la tez tostada del rostro alumbrándose con un rubor impropio de un general. Recordó el fuego que le subió desde el estómago y le incendió la frente, el mismo fuego que ardía en la mirada del hombre, los ojos brillando con el reflejo de los collares, brazaletes, anillos y pendientes que adornaban su cuerpo ungido de perfumes. Recordó los dedos poderosos que se desprendieron del pomo de la espada y volaron hasta su larga cabellera, el tacto abrasador de las manos sobre sus hombros desnudos cuando impidió que ella se le postrara a los pies. Volvió a ver su propio rostro, su blancura reflejada en la cobriza coraza del guerrero, los ojos negros, los labios húmedos —entreabiertos en una sonrisa cargada de dudas y deseo—, cincelados en el pecho dorado del general.
El discurso aprendido se esfumó en el aire calcinado del mediodía; el sudor le resbaló entre los pechos y con él las palabras de los jefes de Betulia y de los sacerdotes, representantes de Dios, un dios que había decidido que ella debía morir sólo por ser mujer y viuda.
Ya no serás nunca recipiente de guerreros —repitió Ozías las palabras de Dios—. Pero tú misma puedes luchar por Mi pueblo y salvarlo de la aniquilación.
Malditos los que usurpaban la palabra del Señor y ponían en Sus labios tan miserables razones. Malditos egoístas que por salvarse sólo eran capaces de desprenderse de lo que creían inservible.
Judit había humillado la cabeza en un intento de ocultar su rabia hacia aquellos que la enviaban al sacrificio. El vientre que su marido Manasés jamás fue capaz de sembrar, que creían un cántaro vacío y dañado que ya no servía para nada, era el que la enviaba a la muerte. Entonces Judit se postró en tierra, esparció ceniza sobre sus cabellos, puso al descubierto el sayal con el que ceñía su cuerpo e imploró al Señor hurtando su voz a los jefes de Betulia:
—… no somos castigados, sino que el Señor golpea a los que están cerca de Él, para que eso les sirva de advertencia.
Judit abrió los ojos y volvió a mirar al guerrero. ¿Merecían vivir? ¿Lo merecían más que él? ¿Más que ella?
Nunca le contó que era una traidora a su pueblo, que ella le indicaría cómo entrar en la ciudad. No hizo falta que mintiera para ganarse su confianza. Él, en cambio, le habló de su infancia en una pequeña aldea a orillas del gran río, y de las batallas que había ganado. También le habló de la mujer que había muerto en el desierto, una mujer a la que había amado pero que no pudo sobrevivir en aquel mundo de sangre y conquista. Le habló de su soledad entre los muertos en los campos de batalla, después de la victoria, de los ojos vacíos, de los reproches mudos y ciegos; de que alguna vez regresaría a su aldea, lejos de la gloria, pero también de los gritos de la carne herida, alguna vez, cuando su rey lo permitiese. Y solo, así lo había pensado hasta que la vio. Le dijo que el dios que la había enviado a él también sería el suyo. Judit supo que deseaba conocer aquel río, bañarse en él, desnuda, abrazada a aquel hombre con el que había estado viva durante tres días, los únicos tres días desde que sus padres le impusieron su nombre. Tres días en una vida que se acercaba a su final ahora que el cielo era ya un poco menos oscuro.
Judit se acarició el vientre y lloró en silencio porque jamás pisaría las riberas de aquel río, porque si su deseo se llegara a cumplir, las espadas de aquellos extranjeros arrancarían los velos de las vírgenes de su ciudad, desnudarían sus cuerpos y profanarían sus senos. Y su pueblo perecería porque la esclavitud no les haría merecer la misericordia de los vencedores, la benevolencia de aquel guerrero dormido. Su humillación como viuda sería apenas el aleteo de una abeja entre los gritos de las mujeres violadas, avergonzadas y deshonradas que seguirían a la caída de Betulia.
Sobre el cabecero del tálamo, envuelta en una vaina de oro, la espada de Holofernes pareció temblar cuando las nubes ocultaron la luz de la luna. Judit la extrajo de su vaina y la levantó por encima de la cabeza. Mientras el filo caía hacia el cuello del amante dormido, en ese segundo eterno, Holofernes la miró sin sorpresa; aún tuvo tiempo de esbozar una sonrisa triste y bajar los párpados de nuevo, como si quisiera regresar a un sueño que ahora sería para siempre. Cuando el filo rasgó la piel, las venas, los cartílagos, cuando quebró los huesos y la cabeza de Holofernes se separó de su cuerpo, Judit acarició la frente salpicada de sangre del amante. Él había preferido no creer en su traición, había querido creer que aquellos tres días durarían tanto como su río. Con su sonrisa le había dicho que la amaba tanto que prefería morir a matarla.
Con un paño humedecido en ungüentos, limpió el rostro y la barba del general. Besó sus labios, les dio a beber sus lágrimas y trenzó sus cabellos. Cubrió el cuerpo con la sábana; los restos de su amor dibujaban sobre su blancura ríos, costas y mares que ya nunca existirían. Holofernes, mi amor, pensó la mujer, lo que tú no has hecho con esta traidora lo harán los hombres de mi pueblo esta misma noche.
Judit salió del campamento para la oración, como lo hacía cada amanecer, bordeó el barranco y comenzó a subir la pendiente hacia Betulia.
Mientras caminaba, se acarició el vientre de nuevo. Imaginó las piedras lacerando su piel, quebrando sus huesos. No quiso pensar en el dolor de su vida desgarrada por los mismos a los que acababa de salvar. Ellos jamás aceptarían el hijo de Holofernes como a uno de los suyos.
 
Roberto Sánchez