Mejor mañana, profesor Kaba

Verónica se acomodó la chaqueta de mezclilla con movimientos pausados; se abrochó el corchete negro que danzaba a la altura del talle, y que parecía querer esconderse en el pliegue final de la solapa; alisó varias veces los faldones de la prenda sobre su vientre y con el dedo índice se colocó el cuello cisne del jersey de lana. Inclinó la cabeza hacia delante y la agitó un par de veces para asentar el cabello sobre la espalda.
Observó su imagen en el espejo que cubría la pared lateral de la joyería. La mirada eludió el propio rostro y se demoró unos instantes en evaluar la corrección de su atuendo. Se encogió de hombros mientras sus labios se fruncían en un leve mohín de hastío. Agarró el bolso, esquivó el mostrador y caminó hacia la puerta. Se despidió de Gerardo con un hasta mañana sin fuerzas y a la deriva que revoloteó un instante hasta caer muerto sobre el piso. Gerardo apenas levantó los ojos de la vitrina sobre la que se afanaba, concentrado en recoger las joyas y relojes que hasta entonces se habían ofrecido como reclamo a los peatones.
Emitió un gruñido a modo de respuesta y con un gesto desvaído de la mano puso fin a la cortesía mínima necesaria con su empleada. En el exterior la gente paseaba tratando de disfrutar de uno de esos atardeceres en los que el sol se desliza con desgana hacia su oscuro lecho al otro lado de las estrellas.
Verónica permaneció unos segundos en la salida con la mano sobre el tirador mirando a su jefe. Los músculos de la espalda del hombre se insinuaban por debajo de la camisa blanca cada vez que se inclinaba sobre los muestrarios del escaparate. Los dedos largos y finos danzaban ágiles con las cadenas, los dijes y colgantes. Un ligero rubor coloreó sus mejillas cuando imaginó aquellas manos explorando la jungla de su cuerpo. Una sonrisa triste barrió los restos de arrebol de su cara. Una fantasía, una de tantas. Y él, uno de tantos en sus fantasías. Un café, ¿y si le invitara a tomar un café? Nunca lo había hecho y sabía que nunca se atrevería a hacerlo. Se imaginó el gruñido de incomprensión de Gerardo, su gesto de extrañeza. Mejor otro día, Verónica, mejor otro día. Lanzó un suave suspiro y en voz baja, casi inaudible, volvió a despedirse de aquel hombre para quien parecía no existir, a pesar de compartir tantas horas de sus vidas en aquel espacio de tiempos detenidos. Hubo una época en la que creyó que aquella frialdad sin motivo no era sino una barrera voluntaria con la que él evitaba la caída en la tentación. En ella. Cualquier gesto, por muy desabrido que fuera, le demostraba su amor; cuanto más duro y seco se mostraba, más intensa la pasión. Como cada tarde, con un último vistazo a la nuca displicente de Gerardo, se recriminó su estupidez y se recordó que en realidad no le había amado nunca. Sus labios se curvaron y lanzaron en silencio la palabra. Nunca. Se pasó un dedo por la ceja derecha; nunca quizá fuera demasiado, pero ahora sí era nunca.
Aspiró una bocanada de aire primaveral, plena de luz, y de aroma a sol y césped recién segado. Decidió regresar a casa dando un paseo por el parque, un rodeo quizá demasiado largo, pero no tenía prisa; sólo la esperaba el eco de su propia voz. Lo único que le preocupaba era la cadera, y su fiel compañero, el dolor. Fue el día de su decimotercer cumpleaños, al salir del cine con sus padres. La lluvia; los reflejos de los faros me deslumbraron; no la vi. El conductor que no la vio, y que jamás fue a visitarla, la dejó en coma nueve días; cinco meses en el hospital; varias cicatrices, imbricadas como los brazos de un delta vistos desde más allá de las nubes, surcando su carne desde la rodilla hasta el mar de su cintura. Y la pierna izquierda algo más corta que la derecha. Aquellos días, sin embargo, los recordaba con apego, una vez derramado el padecimiento de las operaciones y las curas en los desagües del pasado. La compañía continuada de su madre; las visitas de sus primas; el cariño de los médicos; los guiños pícaros de Bernard, el celador camerunés de inverosímiles ojos verdes engastados en una piel del color del chocolate. El chocolate algo aguado y las galletas que le llevaba cada tarde para merendar Sor Mercedes, la jefa de enfermeras. Una monja diminuta de ademanes inquietos y voz de niña enfadada que la cuidó como si fuera su hija. Unos meses después de salir del hospital regresó con su madre a visitar a la religiosa; habían comprado una caja de bombones como obsequio. Muchas noches, cuando se despierta y extiende un brazo para confirmar la desnudez y desamparo de su cama, le viene desde algún recoveco de la memoria la imagen de la monja aquella tarde, rehuyendo su sonrisa, evitando mirarle a la cara; agradeciendo con unas palabras apresuradas el regalo y desapareciendo para siempre detrás de una puerta pintada de color vainilla. Detrás de aquella puerta se quedó su infancia y de aquel cuarto que apenas vislumbró salió una tristeza que desde entonces siempre le ronda. No. No tenía ninguna prisa. Sus pasos se hicieron más lentos. Se fijó en una pareja de adolescentes sentados en un banco al pie de la senda. Sus labios vivían el amor como si aquél fuera el último minuto de sus vidas. Se fijó en la chica, en sus ojos cerrados, en su mano derecha desmayada sobre la nuca del novio; en la otra mano acariciando con frescura el vientre desnudo del joven por debajo de la camiseta. Sujetó con rabia el bolso, aceleró el paso y se dirigió hacia la linde del parque. Su cuerpo comenzó a inclinarse a izquierda y derecha, cada vez en un ángulo mayor. La molestia de la cadera fue limitando su ser a aquel dolor agazapado que ahora asaltaba la trinchera de su amargura; no servía de nada huir. El rostro se le encendió en el claroscuro de los jardines cuando aceptó que no era lógico que con veintinueve años aún fuera virgen. De hecho jamás había tenido una relación estable. Elevó unos milímetros la comisura de la boca en un amago de sonrisa triste, se arregló un mechón de pelo rebelde y miró al suelo. Jamás había tenido una relación. Punto. De ningún tipo. Sus labios nunca habían sentido un beso. Sus manos nunca habían acariciado el torso de un hombre.
Ningún hombre había acariciado su cuello. Ningún hombre la había tocado, se dijo, sin atreverse siquiera a pensar en la palabra impúdica que describía la realidad de su inexperiencia. Mientras esperaba a que el semáforo cambiara hizo un esfuerzo y se obligó a observar su imagen en el escaparate que se abría en la acera de enfrente. Su figura esbelta y proporcionada podría haber sido el destino de alguna singladura de pasiones. Detrás del cristal las telas y muebles de la tienda de decoración matizaban la luz de aquel refugio desierto. Sus ojos marrones se perdían entre pliegues de tejidos granates y azules. Su tez pálida se coloreaba con el tapizado de un sofá de estilo clásico. Su pelo rubio ceniza se agrisaba en las sombras proyectadas por los estantes vacíos que envejecían en el fondo del local.
Por encima de su cabeza el hombrecito verde simuló caminar. Él no cojeaba. Verónica apresuró el paso al cruzar la calle. Se aproximó al escaparate y acarició la cintura de la mujer que habitaba en aquel escenario sin vida. El sol asomó su vitola amarilla por el enramado de un sauce y con ella barrió el cristal. La imagen de Verónica se ahogó en un mar de luciérnagas doradas.
Y ella se dejó ir, a la deriva, arrastrada por un mar de asfalto que quizá la hiciera embarrancar en los acantilados de su propia vida.
Durante largo rato flotó por las calles con su mirada oscurecida por una nube de lágrimas. La corriente terminó por acercarla al Café Bethelier; entraba allí a menudo y cuando se tomaba un café le gustaba hacerlo con tranquilidad, sentada en una mesa y no a pie de barra, entre codos ajenos.
Comprobó el interior repleto y decidió seguir camino, pero cuando estaba a punto de entrar en su portal, el bullicio de la calle, el sol rojo e inmenso, el destierro que le esperaba a cinco pisos de distancia le hicieron darse la vuelta; sabía que estaba demorando su llegada a casa, como tantos días en los que deambulaba por el barrio, simulando mirar escaparates; fingiendo un interés que a ella misma le parecía ridículo; temiendo que cualquiera reparara en su peregrinar sin destino. Como si a alguien le importara, casi pronunció en voz alta mientras aparecía de nuevo en la entrada del café. Continuaba lleno. Dudó unos segundos y salió. Remoloneó delante de un par de tiendas de moda. Dio unos pasos indecisa y al final se giró. Tuvo suerte. Una pareja se acababa de levantar de una de las mesas. Tomó asiento y buscó con la mirada al camarero. Lo de siempre, le hubiera gustado decir con una sonrisa amable; sin embargo temía recibir a cambio una mirada de extrañeza e incomprensión. Y empezar a disculparse y a balbucear y que el rubor le pintara las orejas de púrpura. El camarero se aproximó y con un gesto de la cabeza, sin apenas mirarla, vigilando desde su altura el resto del local, inquirió por su consumición. Verónica dudó unos segundos, como si aún no lo hubiera decidido. Una nueva rendición brotó de sus labios. Lo de siempre.
— Un café con leche y un vaso de agua, por favor —susurró.
— ¿Algo más?
— No, no, gracias —se fue apagando su voz mientras agachaba la cabeza y comenzaba a hurgar en su bolso.
Echó un vistazo a su alrededor, como si lo que tenía en la mano pudiera ser algo vergonzoso. Dejó el libro sobre la mesa, con la portada boca abajo, y lanzó varias miradas huidizas antes de recogerlo y abrirlo por el punto de lectura. Trató de leer, pero las palabras se fundían en un renglón negro y continuo. Los renglones se amalgamaban con el blanco de la página en un gris plomizo y oscuro. Las páginas se acoplaban unas con otras en un acto lascivo y desesperado. Se sintió como cuando iba al cine sola, acurrucada en su asiento, escondiendo el rostro, mirándose los pies, con la angustia colgada al cuello hasta que se apagaban las luces. Cuando levantó la vista el camarero ya se alejaba; sobre la mesa humeaba el café que había ordenado. Removió el azúcar haciendo tintinear con fuerza la cucharilla; interrumpió el golpeteo y miró a su alrededor algo azorada. Dos mesas más allá se sentaba una mujer algo más joven que ella. Sola. También con un libro. Verónica enarcó las cejas levemente en un atenuado gesto de sorpresa cuando la mujer se levantó y se encaminó con decisión hacia el hombre que un momento antes se había acodado en la barra. Hablaron durante unos instantes. El rostro de ella delataba tensión, quizá furia, pensó Verónica. Él parecía triste, con la tristeza de la indiferencia. La conversación pareció interrumpirse de repente. Se miraron; él se inclinó y la besó en la mejilla. Ella regresó a la mesa y a su libro. Él deslizó su mirada por la superficie del vaso vacío, sus dedos persiguiendo una gota dorada y rebelde; una gota que se desprendió con pereza del cristal y se perdió en el fondo de un mar repleto de desperdicios. Verónica dio un par de sorbos al café. El hombre arrojó un par de monedas sobre el mostrador y fue hacia la salida. Pasó ante la mesa de la mujer sin mirarla. Ella le clavó los ojos en la espalda; dejó caer la cabeza entre las manos se apretó las sienes. Se puso en pie y corrió tras el hombre. Verónica vertió el aliento de sus ojos en la taza que acunaba entre las manos.
Experimentó un secreto consuelo cuando la joven regresó sola: apretaba las mandíbulas tratando de contener las lágrimas. Apuró el café y abonó la consumición. Al pasar a su altura la miró de soslayo. “El dolor”, de Duras. Muy apropiado, se sonrió con un punto que supo de hipocresía, porque ella no tenía a nadie detrás de quien correr.
Al salir del café casi se dio de bruces con un tipo negro, enorme, de más de dos metros de estatura. Vestía una túnica multicolor que se apagaba en los tobillos y que resaltaba aún más el color de su tez. Con un gesto seco, casi imperativo, le extendió un papel amarillento que no pudo rehusar. Estuvo a punto de dejarlo caer al suelo, sin embargo algo le llamó la atención. “Profesor Kaba, vidente-médium africano”. Sus labios se arrugaron en una sonrisa irónica. No obstante fue la segunda línea del panfleto la que evitó que la hoja acabara sobre el asfalto: “Especialista en todos los problemas”. Ahora su sonrisa fue de resignación. Guardó la cuartilla en el bolso y siguió su camino.
La pareja del tercero aguardaba el ascensor cuando Verónica llegó al portal. Agachó la cabeza, les saludó con un murmullo y enfiló hacia las escaleras. Trepó los cinco pisos que la separaban de su apartamento maldiciéndose, maldiciendo a la mujer que la obligaba a actuar de aquella manera, preguntándose qué pensarían aquellos dos. Introdujo la llave en la cerradura y la oscuridad del pasillo la abrazó, familiar e inhóspita a un tiempo. Cerró con suavidad tratando de no quebrar el silencio de la escalera. Durante unos segundos permaneció con la frente apoyada en la superficie pulida de la puerta. La acarició con la mano. Piel fría e indiferente. Con un gesto brusco encendió la luz y tiró las llaves y el bolso sobre el aparador, ignoró la figura que la miraba desde el espejo y se dirigió hacia la sala. Sobre la mesa reposaban sus más recientes amigos, John Dos Passos y Tennessee Williams. Se pasó la palma de la mano por la frente y se acercó al balcón. Al otro lado de la calle las escenas familiares se proyectaban en las ventanas como sombras chinescas deformadas por velos de pudor. Sus ojos brincaron de una representación intuida al carmesí del cielo y de ahí vuelta a una nueva obra. Al otro lado de la calle no había nadie mirándola.
Conectó la cafetera y fue al dormitorio. Mientras se desnudaba recordó al negro vidente. Un ardor que quizá fuera un entrevero de angustia y esperanza le subió desde el estómago. Se llevó una mano al pecho y respiró muy hondo. Cojeó por el pasillo hacia el aparador; la boca abierta del bolso reía silencio y oscuridad; rebuscó en su interior hasta que recuperó el papel. Comprobó la hora: eran poco más de las nueve y media. Regresó hasta el dormitorio; se sentó en la cama y colocó al profesor Kaba sobre su regazo. Unión de parejas, leyó. Agitó la muñeca y echó un vistazo al reloj. Seguía siendo la misma hora. El sol dorado se despeñó más allá de los montes que cercaban la ciudad. ¿Cuánto costaría una consulta con el profesor Kaba? Verónica jugueteó con el papel. Se puso en pie y caminó por la habitación. Seguro que no era barato; de todas formas aquello de la videncia era una ridiculez. Una nueva mirada a las manecillas y éstas, aburridas, le contaron que aún faltaban veinticinco minutos para las diez. Comprobó el horario que aparecía en el panfleto. Aún tenía tiempo para llamar. Pero, ¿llamar? ¿Para qué? Se rascó la punta de la nariz con una uña rota. ¿Cuántos años tendría la chica del café? Era muy joven. Como ella. No. Más que ella. Sí. Y estaba más viva. El tiempo era denso. Acarició la esfera del reloj. En un impulso cogió el teléfono y marcó el número que aparecía impreso en la nota del profesor Kaba. Cuando oyó el primer tono de llamada colgó con fuerza. El corazón le latía con un compás que podía reconocer de muchas de sus noches con envoltorios de fantasías y jadeos reprimidos. Mejor mañana, profesor Kaba— se resignó con un suspiro.
Un escalofrío le bañó la piel con miles de punzadas cuando el teléfono comenzó a sonar. Lo miró asustada e incrédula. Levantó la horquilla temerosa y trató de adivinar la presencia del profesor Kaba destilando por entre los orificios del auricular.
— ¿Hija? ¿Verónica? —preguntó una voz conocida.
Verónica exhaló el aire acumulado en los pulmones en un bufido en el que se confundían el alivio y la decepción.
— Hola, mamá.
— Hola, nena. ¿Cómo te encuentras? ¿Estabas comunicando, no?
— Bien, mamá, bien. Sí, estaba hablando con unas amigas. Vamos a ir a cenar mañana —mintió Verónica. Por teléfono era sencillo inventar una historia. En persona la farsa era más difícil de representar, por eso hacía meses que no visitaba a sus padres. La conversación se arrastró por las estepas cotidianas sin hallar cobijo, desangrándose en silencios y monosílabos. Adiós, mamá, adiós.
Se levantó de la cama y arrojó sobre la mesita de noche al profesor Kaba. Al salir de la habitación cerró la puerta; la ligera corriente de aire reptó por la alcoba y empujó el papel amarillo. El profesor Kaba cayó al suelo y se arrastró hasta ocultarse debajo de la cama.
En la sala, Verónica se sentó en el sofá, recostó la cabeza sobre el respaldo y cerró los ojos.
En la cocina, el café empezó a borbotear.

Roberto Sánchez