Noche de rocio

Tac-tac-tac-tac,... el extremo del péndulo, orondo y dorado, va y viene sin descanso de babor a estribor de la caja que le guarda. Con cada viaje la aguja más fina del reloj, que vigila encaramado sobre sus hombros con solemne cara blanca, avanza una raya. El día se ha marchado del pueblo hace horas, y los ojos empiezan a pesarle a Rocío. La cena de Martín se enfría arropada entre dos platos, sobre una servilleta, en la pequeña mesa redonda de la sala. Rocío baja los brazos, suspira, deja a un lado la labor y guarda en una caja el dedal y las tijeras. Mira la hora: el minutero empieza a declinar pasado el primer cuarto de hora. El monótono sonido del péndulo es, además de ella misma, el único remedo de vida en la estancia.
Levanta la mujer los pesados faldones que visten la mesa. En su interior los rescoldos del brasero fulgen plácidamente. Los atiza con una vara de hierro y aviva con un cartón pequeño los restos mortecinos, provocando en el hueco una nube de ceniza. En la calle repiquetean unos zapatos de andar apresurado, mientras Rocío arrastra las chinelas camino de su alcoba. Martín llegará tarde y al hacerlo la sacará levemente de su sueño. Destapará la cena, se quitará la ropa y se acostará a su izquierda, exhalando un agrio aliento alcohólico al lado de su cara. El tipitap de las suelas del caminante se acompasan al latido del corazón de Rocío en una sincronía cargada de intuición. Crece el golpe del músculo en su pecho a medida que los pasos se sienten más cercanos, hasta que, cuando parecen a punto de alcanzar su propia casa, cesan por completo. Se expande como un gas por la alcoba un segundo de silencio que se llena en tropel de dispares pensamientos, hasta estallar como un globo con el ruido imperioso de dos golpes en la puerta. Rocío se lanza hasta ella como si huyera de sus presentimientos y la abre todo cuanto permite la longitud de sus brazos. La primera visión de don Matías es el rostro asustado, los ojos y la boca levemente entreabiertos de Rocío, en franco contraste con el gesto burlón, casi chulesco, que él ofrece, con la mano derecha apoyada en el marco y el resto del cuerpo vencido hacia ese lado. Don Matías, dueño de las minas de antracita de todo el valle, es el hombre más rico de la comarca y patrón de buena parte de los hombres que la pueblan.
- ¿Qué se le ofrece? – pregunta Rocío, soportando en sus sienes un latido que parece amasar una mezcla de estupor, curiosidad y miedo al hombre que la mira.
- ¿Puedo pasar? – pregunta don Matías dando un par de pasos en la sala sin esperar que llegue la respuesta. Examina con calma las paredes con menos interés que disimulo.
- ¿Ocurre algo? – insiste Rocío mientras empieza a sentir en algún lugar ignoto de su interior un pálpito de recelo que le aconseja no cerrar la puerta.
- He venido a proponerle una transacción.- dice el hombre.
- ¿Una qué?
- Una transacción, un negocio.
- ¿Qué quiere decir, qué tipo de negocio? Será mejor que hable usted de eso mañana con mi marido. Don Matías ríe a carcajadas, con la cabeza volcada hacia atrás a semejanza de un lobo que aullara a la luna.
- Su marido está bebiendo con unos amigos míos. Seguramente a estas horas no recuerde ni su nombre, y mañana, para ser sincero, no tengo fe en que su entendimiento mejore. Además, el negocio que voy a proponerle solo puede atenderlo usted.
- Vuelva usted a otra hora – intenta zanjar Rocío - este no es momento para hablar de negocio alguno.
- ¡No da usted una! – se burla don Matías – muy al contrario, esta es la hora justa. Mire usted Rocío... porque ese es su nombre, ¿no es así?. Mire Rocío, ya sabe que su marido trabaja para mí. Pues bien, me viene solicitando desde hace tiempo dinero anticipado. La cuestión es que a día de hoy me debe una cantidad notable. Vea usted – y le ofrece un papel doblado que saca del bolsillo – aquí está el total y al lado la rúbrica de su esposo aceptando la deuda.
Rocío examina la cuartilla y reconoce sin duda la firma de Martín a la derecha de una cifra que la alarma.
- Bien – sigue don Matías – yo he venido a proponerle romper este papel si usted se muestra cariñosa conmigo durante, digamos... una hora. Ya me entiende. Como le digo, su marido no llegará pronto esta noche. Rocío siente bajar a sus manos el temblor que produce la mezcla del temor y la rabia.
- Salga de mi casa. Mañana hablaré con mi marido y, si es cierto lo que usted dice, veremos la forma de saldarlo.
- No se equivoque, no me dejo despachar tan fácilmente. El negocio que le propongo es muy ventajoso para usted. Con esta suma podría obtener esto mismo de cualquier mujer del pueblo. ¡Incluso de varias de ellas!. Pero la quiero a usted. ¡Debería sentirse halagada!. Y mientras habla, don Matías avanza hacia Rocío, seguro de que ella no ha de ofrecer más resistencia. La joven retrocede hasta que siente en la espalda la dura traición de la pared de su alcoba. Ya cercada, observa incrédula las manos de don Matías volando como pájaros negros hacia su escote. Sus dedos gruesos se mueven expertos por la ristra de botones del camisón. La repugnancia sube como una planta trepadora a la garganta de Rocío, hasta que explota en su boca como un grito al tiempo que le empuja. Los ojos de don Matías, excitados y húmedos, centellean con brillos de acerada crueldad. La impaciencia impulsa la mano del hombre que la abofetea y ordena:
- ¡No grite!.
De la nariz de Rocío asoma un hilo de sangre, llega hasta el labio, titubea y continúa bajando. La mujer se siente gobernada por una voluntad ajena a ella misma. Los movimientos de sus miembros se suceden de algún modo que más tarde no logrará recordar. Escapa del cerco, alcanza la mesa y saca de su letargo al atizador del brasero. Alza el brazo armado por encima de su cabeza y lo detiene en ese punto.
- Piense bien lo que va a hacer – amenaza don Matías, mientras se acerca despacio, desafiándola con la mirada. Rocío libera el retén de su brazo y lo descarga con saña contra esos ojos animales. El hombre se protege con los brazos y se gira hacia la entrada, pero el hierro le golpea por dos veces en la espalda. Huye hasta la puerta, para su fortuna abierta, y bajo su dintel se vuelve y advierte:
- Le juro que va a lamentar lo que ha hecho. Don Matías parece disolverse en la oscuridad tras el portazo. Rocío corre hasta la puerta y se apoya en ella como queriendo apuntalarla. Sólo escucha el trémolo infantil de los zapatos que escapan y, cuando éste se apaga, cubre su cara con las manos y solloza. Descubre sorprendida las palmas tintadas de sangre y, aún recelosa, abandona la puerta para llegar al baño. Se sorprende en el espejo desgreñada, con la cara difuminada de sangre y llanto. Se lava mientras llora, agregando al agua fresca las lágrimas saladas. Recorre su cuello enrojecido, su nariz inflamada, alguna erosión en la mejilla, el camisón desarbolado, jirones de hilo en lugar de botones... ¿Dónde está Martín, cómo ha sido posible?. Rocío muda su camisón, apaga la débil bombilla del techo y se deja caer vencida en una silla. Repara entonces en el latido del péndulo, sospecha que la laboriosa máquina lo ha visto todo y se siente avergonzada. Se abandona al fin y queda así, con la atención difusa, envuelta en la cálida burbuja del brasero. No puede calcular el tiempo que ha pasado. Su corazón se ha ido aquietando hasta casi detenerse. Su conciencia reposa en duermevela, dejando transcurrir los minutos en espera del alba. Entra de la noche un murmullo que recuerda al de un reptil saciado que se arrastra. Contiene la respiración y en el silencio resuena un carraspeo en el que reconoce a Martín. El forcejeo metálico de la llave en su pugna con la puerta la saca de su calma. Se acerca, abre y encuentra a Martín encorvado sobre la cerradura. Apenas la ve sus ojos se desbocan y la boca se le abre con un grito:
- ¡Zorra! Rocío queda paralizada y, antes de vencer esa quietud, la mano abierta de Martín restalla como un látigo sobre su cara. El hombre entra en el cuarto oscilando como el péndulo del reloj sobre sus piernas abiertas y disociadas. Rocío se refugia en el fondo mientras trata de entender lo que ocurre.
- Te has estado divirtiendo aquí con don Matías, ¿verdad? En la mente abotargada de Rocío se abre paso con dolor el sentido de sus palabras.
-¿Cómo te atreves?. Si, ha estado aquí don Matías a cobrar una deuda que tienes con él. ¿Cómo has sido capaz? ¿Y encima te...?
- ¡Calla, zorra! –interrumpe Martín - ¿Qué quieres explicarme? Dentro de unas horas estaremos en boca de todo el pueblo. Martín avanza hacia ella con la palma abierta y alzada. Rocío recuerda el atizador, corre hacia él, lo blande y le advierte:
- No te acerques o no sé de lo que soy capaz. Martín da otro paso y Rocío descarga un golpe corto sobre la mano que la amenaza. Martín aúlla de dolor, retrocede y ella, con un par de empellones, le saca de la casa. El hombre patea y farfulla con voz pastosa, pero en poco tiempo Rocío escucha nuevamente los pasos reptantes que se marchan. El péndulo sigue surcando su breve espacio de ida y vuelta, observando y dando fe de todo lo que ocurre ante su atónita mirada. El peso del silencio vuelve a caer sobre los ya vencidos hombros de Rocío. Pero esta noche húmeda y caliente se ha jurado no dar tregua a la mujer, y nuevos pasos, abundantes y enérgicos ahora, invocan su atención. Un instante después, otra vez dos golpes en la puerta. Rocío duda, se acerca y escucha, pero dos golpes más la sobresaltan. Una voz autoritaria le habla desde el otro lado.
- Abra, señora, sabemos que está ahí. No se busque más problemas.
- ¿Quién es usted? – pregunta con un hilo de voz - Somos los agentes del cuartel. Hemos recibido una denuncia contra usted por agresión. Debe acompañarnos, y es mejor que no oponga resistencia. Rocío abre la puerta y se encuentra ante dos hombres uniformados y corpulentos que la miran desde lo alto con curiosidad y reproche. Rocío se siente menguar y pregunta sin esperanza:
¿Quién me ha denunciado? ¿don Matías? ¡Ha sido él quien me ha agredido! Miren como tengo...
- Señora, esto lo aclarará usted en el cuartel. Vístase y acompáñenos.
- ¡No tienen derecho!. Yo solo me he defendido, no me...
El agente la agarra con fuerza del brazo, se acerca a su cara y mirándola fijamente a los ojos exige:
- Señora, no nos haga utilizar la fuerza. Vístase y acompáñenos.
Rocío traga su impotencia con dolor, marcha despacio a su alcoba y regresa al poco rato vestida con descuido. Salen y su última mirada antes de cerrar es para el péndulo, yendo y viniendo con profesional indiferencia, que queda allí al cuidado la casa.
Rocío junta sus manos y reza en silencio recordando a Jesús camino del Gólgota, mientras sube con esfuerzo por la cuesta del cuartel. No hay muchedumbres vociferando a su paso, sino visillos pudorosos en algunas ventanas, oscilando de lado a lado como el péndulo de su reloj, testigos silenciosos de esta aciaga noche, ocultando el miedo al amo tras sus primorosos encajes. Ya dentro, la ordenan sentar en un largo banco del pasillo. Otra vez la espera interminable, contemplando desde su sitio, como si de un cambio de guardia se tratara, la llegada de la luz y la marcha de la noche. En el cuartel, los muebles van despertando y tomando cuerpo donde les corresponde. También de la luz y de un portazo se crea el comisario: rechoncho, con un terno oscuro y grueso, el pelo brillante y tensado hacia atrás en la imponente cabeza. Pasa a su lado, la mira y con un bufido llama a un agente.
- ¿Qué hace esta mujer aquí?
El subordinado se cuadra y explica:
- Don Matías ha formulado una denuncia contra ella. Al parecer le llevó con malas artes a su casa con intención de robarle, y allí le golpeo con una barra de hierro. Unas horas más tarde ha pegado a su propio marido con el mismo arma. Nosotros íbamos sobre aviso y no le hamos dado ocasión de hacerlo, pero, no crea, ha ofrecido bastante resistencia.
El comisario acaricia con la punta de los dedos la fláccida cadena que atraviesa el hemisferio derecho de su panza. Mira a la mujer directamente a los ojos, luego baja la vista hacia la punta de sus zapatos y, como una res, cabeceando de lado a lado al compás del reloj de la sala de Rocío, musita:
- ¡Dónde vamos a ir a parar!
 

Carlos Fernández