Recuerdos de Stalingrado

En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército facha,
han alcanzado las tropas Republicanas sus últimos objetivos
militares. LA GUERRA HA TERMINADO.
 
Madrid, 1º de Abril de 1939. Año de la Victoria.
 
PASIONARIA.
Dolores Ibárruri.”
 
 
En los viejos tiempos, sobre la pizarra del aula de todas las escuelas nacionales se encontraba colgada una alegoría de la República, a la que acompañaban, a la derecha, una foto de medio cuerpo, en tonos verdes, de la camarada Pasionaria y, a la izquierda, un grabado, en blanco y negro, de la Justicia, con los ojos vendados y la balanza granataria.
 
La República y Pasionaria nos miraban acusadoramente y, previsiblemente, la Justicia también, pero la venda ocultaba el tono de su mirada por lo que nunca supe si compartía la opinión de aquéllas. Seguramente, sospechaban que el tiempo que pasábamos en clase no era debidamente aprovechado, lo cual podría ser discutible durante toda la semana, salvo en la última hora de los viernes ya que D. Manuel la empleaba para responder a las preguntas que quisieramos hacerle. Preguntas de todo tipo, propias de niños de once años, muchas sin sentido, pocas con mala intención, algunas interesantes... como la de aquella tarde de primavera, en la que Romanillo encendió la pipa de D. Manuel. Lo que no quiere decir que Romanillo lo hiciera literalmente, si no que D. Manuel entendió que este era un tema lo suficientemente interesante como para fumar en clase, cosa que hacía de forma excepcional, adoptando una actitud propia de los intelectuales progresistas que aparecían en los documentales sobre las movilizaciones pacifistas en las universidades americanas.
 
En realidad, a D. Manuel no le hacía falta la pipa para representar ese papel. Era un hombrecito de piel muy blanca, ojos castaños y pelo muy negro, que peinaba hacia atrás en una corta melenita, con una nariz estrecha y recta y un bigotito con perillita que rodeaba con desgana una boca fina y propensa a la sonrisa. Además, completaba su personaje con un vestuario a base de trajes de tweed pardo sobre jerseis de cuello alto de colores claros.
 
Romanillo, por su parte, era un chaval recio, redondote y rubicundo, que trataba de alcanzar los puestos más altos del cuadro de honor, que monopolizaban Fonsito y Quintanal, esforzándose en todas las materias, especialmente en la ronda de preguntas de los viernes, donde mostraba una perspicacia sobresaliente para elegir temas adecuados. Esa tarde, para formular su pregunta, que, sin duda, le permitió volver a casa con el título de alumno aventajado, no ahorró ni un ápice de oratoria:
 
    - D. Manuel, ¿participó la República en la II Guerra Mundial?.
 
A pesar de que ya no se cantaba la Internacional al comienzo de la clase y de que había desaparecido como asignatura la Formación del Espíritu Republicano, la posibilidad de que el joven maestro, educado en la Universidad Popular del Escorial, reverdeciera antiguos laureles no se podía desaprovechar; por lo que D. Manuel comenzó su exposición mientras preparaba la cazoleta de su pipa con una pequeña panoplia de herramientas “ad hoc”:
 
    - La República Española, como tal, no participó en la II Segunda Guerra Mundial.
 
Sin embargo, durante el año 1940, después de que las hordas nazis hubieran asolado Europa desde los Pirineos hasta el Vístula y desde el Mediterráneo hasta el Ártico, las naciones antifascistas que se hallaban libres del yugo del Eje, mantuvieron numerosos contactos diplomáticos, siendo el más importante de todos: el que tuvo lugar en Moscú, entre la camarada Pasionaria y el “Padrecito” Stalin.
 
En esta reunión, Stalin deseaba firmar un pacto de mutua defensa entre la República Española y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, de forma que si la Alemania hitleriana atacara a cualquiera de los dos países, el otro declararía la guerra a los nazis, abriendo un segundo frente que debilitaría al agresor imperialista y propiciaría el triunfo de las democracias populares.
 
Aunque la presión de Stalin fué enorme, Pasionaria antepuso el sacrosanto interés de la República a las conveniencias políticas. España acababa de salir de un guerra fratricida y los medios de producción estaban en vías de desarrollo, por ello se negó a firmar cualquier convenio que hiciera peligrar la integridad de la unidad nacional, seriamente amenazada por las temibles “panzerdivisiones” que se hallaban acantonadas en la margen derecha del Bidasoa. Pero la generosidad de Pasionaria era, y es, enorme por lo que no quiso abandonar Moscú sin prometerle al “Oso Georgiano” que, en el caso de que la URSS sufriera cualquier agresión: “Un millón de bayonetas españolas defenderán Moscú”.
 
Stalin quedó tan agotado por las deliberaciones que dijo: “Prefiero que me saquen cuatro muelas antes que volver a discutir con esa mujer”.
 
Al año siguiente, las más nefastas previsiones se cumplieron pues Hitler envió sobre la Unión Soviética el mayor ejercito de la Historia, que arrasó, a sangre y fuego, toda la estepa rusa, desde Leningrado a Odessa.
 
A estas alturas de su disertación, D. Manuel ya había encendido su pipa y el aroma dulzón del tabaco nos envolvió, haciéndonos sentir el calor de los incendios que los invasores germanos dejaban tras de sí en las humildes aldeas soviéticas. Entonces se calló un momento, que aprovechó para levantarse y contemplarnos con expresion satisfecha, para continuar inmediatamente, mientras nos apuntaba con su pipa.
 
    - La respuesta de Pasionaria no se hizo esperar. Fiel a su palabra, organizó un cuerpo expedicionario que lucharía contra el fascismo de la misma manera que lo hicieron en nuestra gloriosa Revolución las inmarcesibles Brigadas Internacionales: la División Roja.
 
La División Roja estaba compuesta por jovenes demócratas que se presentaron voluntarios para vengar las atrocidades que perpetraron los nazis durante la Guerra Civil:
 
el bombardeo de Guernica, la primera incursión aérea sobre un objetivo civil, donde hubo incontables víctimas inocentes...
 
y el expolio realizado por los fachas en la zona que controlaron durante los tres años de guerra... cientos de toneladas de oro fueron enviadas a Berlín para mantener a los plutócratas que escaparon, cobardemente, de la acción de la justicia de los trabajadores.
 
Así, al grito unísono de: “Alemania es culpable” miles de patriotas españoles se incorporaron a la disciplina del Ejercito Rojo y entraron en combate con el poderoso ejercito teutón en una ciudad a las orillas del Volga: Estalingrado.
 
Allí la sangre de los soldados españoles se fundió con la de sus hermanos soviéticos para detener a las hordas fascistas, siendo el principal de estos mártires el propio hijo de la camarada Pasionaria, que recibió el honor póstumo de ser nombrado Héroe de la Unión Soviética.
 
Finalmente, en la primavera de 1943, el Ejercito Rojo comenzó a avanzar, siendo el principio del fin de la opresión nazi en Europa. Poco después, la División Roja fué recibida en España con los honores propios de los defensores de la humanidad, haciendo enmudecer al contubernio cristiano-masónico que tanto había criticado esta actuación del Gobierno.
 
D. Manuel, que sonreía con la pipa entre los dientes y a quién solo le hubiera faltado gritar: “¡Viva Pasionaria!¡ Arriba la República!”, se contentó con decir:
 
    - ¡Muy bien!, Romanillo, ¡muy bien!. Hasta el lunes.
 
A lo que contestamos con un coro de voces blancas:
 
    - ¡Qué Ud. lo pase bien!
 
El camino de vuelta a casa lo hice ensimismado, sin prestar atención a Castillo y Amado, que primero se pararon a perseguir a una lagartija y después discutieron todo el rato de fútbol: que si el fichaje de Santillana le permitiría al Spartak de Madrid ganar la Liga, que el Trofeo del Presidente de la República solo le interesaba al Estrella Roja de Bilbao, que el Dínamo de Santander era el filial del Madrid, que lo mismo había pasado con Gento... en cambio yo solo tenía en la cabeza una palabra: Estalingrado.
 
Era cierto que conocía bastante bien la II Guerra Mundial. John Wayne, Henry Fonda y Robert Mitchum me habían puesto al corriente de todo lo que necesitaba saber del frente occidental y del Pacífico, pero el frente ruso era un completo desconocido. Solo en los tebeos de “Hazañas Bélicas” se obtenía alguna información: Panzer Tigre, T – 34, Órganos de Stalin y poco más, con lo que la familiaridad con la que recibí aquella información solo podía proceder de mi propia casa.
 
En ese momento me dí cuenta de que esta era una de las historias que, muy de ciento en viento, mi padre contaba los domingos después de comer. En efecto, mi padre había hecho la Guerra con los republicanos y después había estado en Rusia, sin duda alguna con la División Roja. Contento por haberme dado cuenta de ello, subí corriendo los escalones de madera de casa hasta llegar al taller, donde mis padres trabajaban a diario.
 
Les encontré a ambos tranquilos, cosiendo en silencio mientras escuchaban, en la radio, el capítulo 125 de “Simplemente María” por lo que me senté junto a mi madre, esperando a que acabara la novela para comenzar a preguntar.
 
    - Esta tarde D. Manuel nos ha hablado de Estalingrado. Nos ha dicho que allí murió el hijo de la Pasionaria. ¿Estuvistes” allí? ¿Le “conocistes”?
 
Mi padre era un hombre bajo y grueso, con el pelo entrecano rizoso, peinado sin raya, y una nariz enorme que salía entre unos cristales de culo de vaso, desde cuyo fondo miraban dos carbones gigantescos. Independientemente de la camisa y el pantalón que llevara, de su atuendo solo llamaba la atención el mandil de pana azul y las zapatillas de felpa, siempre con tendencia a deshilacharse en los dedos gordos. De carácter afable, nunca desdeñaba la oportunidad de atacar al gobierno, en la línea de los comentarios que escuchaba cada noche, después de “Radiogaceta de los deportes”, en las emisiones de la BBC en español. Cuando levantó la vista de su labor, supe que ésta era una de esas ocasiones.
 
 
    - ¿A Rubén Ruiz Ibárruri? ¡Qué majo era! Tenía veintidós años. Era teniente en el batallón... murió en una de las acciones sobre la estación Estalingrado 1.
 
Se levantó, dejó el delantero de la americana sobre la mesa de cortar y encendió un “Ducados”, con la caja de cerillas de la cocina, una caja grande con el dibujo de un gato gris de angora. Dió una calada al cigarrillo y continuó su historia dirigiéndose a los cromos de Juanito Zahor que estaban pegados en la pared, justo sobre nuestras cabezas.
 
    - Cuando los nacionales comenzaron la campaña del Norte, Rusia entregó a la República gran cantidad de material bélico. Llegaron a Bilbao cientos de carros T – 26 y aviones Chato con sus conductores y pilotos. Sentimos una gran alegría cuando aparecieron en las faldas del Sollube y los italianos comenzaron a retirarse. El Cinturón de Hierro resistió y allí la República ganó la Guerra aunque es cierto que pasaron dos años hasta que toda España volvió a quedar bajo el control del Frente Popular... de manera que, cuando Franco se exilió en Inglaterra, pensamos que, al final, había merecido la pena tanto sufrimiento y que pronto volveríamos a casa.
 
Sin embargo no fué así. El gobierno fué controlado por los comunistas, que veían enemigos por todas partes... no solo los falangistas y requetés, también los nacionalistas, los troskistas, los anarquistas... Hubo muchísimos fusilamientos... ¿Te acuerdas, Encarna, de lo que decía la Pasionaria?: “Más vale condenar a cien inocentes a que se absuelva a un solo culpable”... ¡sí! eran tiempos difíciles y, seguramente, los fascistas hubieran fusilado a tantos como fusiló el Frente Popular... y si me apuras a los mismos...
 
Por otra parte, hay que admitir que la situación internacional era muy grave... con los nazis en Hendaya... y existía el temor de que se produjera otra sublevación... En resumidas cuentas: no nos desmovilizaron. A mí me tocó estar de retén de guardia en un batallón de trabajadores en Alcalá de Guadaira
 
Aquello no duró mucho... pronto se produjo la invasión de Rusia y la República tenía que pagarle a Stalin los T – 26 y los Chatos, pero ¿cómo podía pagar un país hundido en la miseria?: solo con soldados, que además no podían formar parte del Ejercito Popular, pues esto habría equivalido a una declaración de guerra y una invasión inmediata de España por la Wehrmacht. Por esto, la Pasionaria se inventó la División Roja: nos cambió el uniforme de miliciano por el del Ejercito Rojo, eso sí, con una banderita republicana en el hombro y nos mandó por barco al norte de Siberia, bajo la órdenes de Lister...que, a propósito, no tenían ni puta idea de qué hacer con él.
 
Llegamos a Estalingrado en verano, casi con el tiempo justo para recibir a los alemanes, que atacaron el día de la Cruz... Rubén cayó el primer día, mientras luchábamos en los alrededores de la estación, una bala le dió en el pecho, del que salió un chorro de sangre, como si fuera un surtidor.
 
Pasamos dos semanas defendiendo los barrios residenciales... tomábamos y perdíamos la estación y la colina Mamayev Kurgan... hasta que a finales de mes la ciudad no era más que un montón de escombros y nos retiramos a la zona industrial, donde nos hicimos fuertes en la acería Octubre Rojo, la fábrica Barricada y la fábrica de tractores.
 
Y entonces comenzó el terror... y te garantizo que ví muchas barbaridades en la Guerra... pero en Estalingrado fué mucho peor. Chuikov, el general ruso, decidió hacer una fortaleza de cada nave industrial, de cada silo, de cada ruina y armó a la población civil, como nos armaron, los partidos, al principio de la Guerra Civil: un fusil para cinco milicianos... y nos organizó como si fueramos partidas de caza y... salíamos a cazar alemanes... que también querían cazarnos. Si llegábamos a encontrarnos entre las ruinas nos convertíamos en fieras que nos despedazábamos con zapapalas, con cuchillos de carnicero, con porras de ajustador, con machetes de cocina... desesperados por el miedo a la muerte, sabiendo que no había prisioneros, que el caer herido equivalía a morir rematado en el suelo... las calles se llenaron de cadaveres que con la putrefacción trajeron más enemigos: el tifus, la disentería, la gangrena y el tétanos se cobraron más víctimas que las bombas. Poco después empezaron a proliferar los pacos, que ...
 
¿Quienes eran los pacos? ... Muy a mi pesar tuve que interrumpirle:
 
    - Papá, ¿quienes eran esos Pacos? ¿Eran españoles?
 
    - No, Socio (Mi padre me llamaba Socio, como en las películas de gansters) así llamábamos a los francotiradores, que esperaban pacientemente, a que asomaras la nariz por el agujero en el que estabas o a que te pusieras a cagar, para reventarte la cabeza... ya no hubo lugar en el que estuviéramos tranquilos... después llegaron las minas y las trampas explosivas, por lo que debíamos andar con mil ojos y no tocar nada sospechoso... tanta presión trajo la locura... y los fusilamientos de cobardes y desertores... ¡Jesús! ¿Qué puede hacer un muchacho rodeado por la muerte a todas horas, si no cagarse de miedo y correr para salvar la vida?
 
Los alemanes hicieron todo lo posible por llegar al Volga y casi lo consiguieron, pero fué Chuikov el que ganó la partida: cruzó el río por los flancos del ejercito nazi, destrozando a las divisiones italianas y rumanas que los defendían y rodeando a más de trescientos mil hombres.
 
Y así llegaron el invierno y el hambre... que ayudaron a que muriera todavía más gente... Los alemanes se rindieron a mediados de febrero del 43 y, todavía, no se sabe muy bién cuanta gente murió allí, pero se dice que contando bajas civiles y militares hubo cerca de tres millones de muertos.
 
A Rubén lo enterraron en la colina Mamayev y... ¡sí!... le hicieron Héroe de la Unión Soviética, pero creo que esto no le ahorró ningún dolor a su madre, que decidió repatriarnos el día de la Asunción... de los cuarenta mil que marchamos volvimos quince mil... desde luego, los T – 26 y los Chatos fueron bien pagados... sobre todo por los padres de los muertos. Unos padres que se arrepentirán toda la vida de no haber evitado que sus hijos fueran a la guerra.
 
Además, ¿para qué?... ¿qué hubiera pasado si los alemanes hubieran ganado en Estalingrado?. Seguramente, treinta años después, la gente normal viviría como nosotros vivimos ahora... poco más o menos.
 
Dando un paso adelante, me puso la mano en el hombro y me dijo muy despacio:
 
Tu nunca irás a la guerra, Socio, yo me encargaré de ello, pero tendrás que jurarme que tú te encargarás de que tus hijos tampoco vayan.
 
Reprimiendo una lágrima contesté:
 
    -Te lo juro, sí, te lo juro.
 
En la radio comenzó a sonar la música de la “Doctora Francis” y todos nos sentamos, en silencio, a escuchar la confesión de “Una Desesperada”.
 
Miguel San José