Casta diva

Me llamo Juan Luis Inane y soy bajito. Pero no estoy aquí para hablar de mi, no merezco tanto honor, aunque bien pensado quizá ella tampoco. En fin quisiera hablarles de Alicia, Alicia Bernardos Samper, la gran Alicia Bernardos, la bela soprano Aliccia, como le gustaba a ella que la llamaran.

Alicia y yo éramos novios, de esos formales, de paseo dominical y chocolate con picatostes los sábados por la tarde en la salita de invitados. Yo, para que les voy a engañar, no tenia facilidad con las mujeres, ya saben, eso que dicen la seducción, así que me encontraba necesitado de "cariño". Cuando encontré a Alicia, me dije Juanlu esta es la tuya. Y vaya si lo era, pero no Alicia. Déjenme que me explique.

Conocí a Alicia una lejana mañana en una academia de guitarra. Yo necesitaba medios para ser conocido entre el mundo femenino y tocar la guitarra me pareció de entre todos los que se me ofrecían, sencillo y razonablemente barato. Mientras rasgaba el la mayor de "Yo tengo unos ojos negros", entablé conversación con Alicia que a mi derecha, grácilmente punteaba el do menor de "El Jinete". Cuando ya dominábamos el repiqueteo de "La casa del sol naciente" empezamos a salir en serio. Alicia resultaba encantadora, claro que mi necesidad de "cariño" me cegaba impidiéndome ver sus defectillos: regordeta lindando con la obesidad, pedante, pagada de si misma, algo turbia en su higiene personal y lo que supuso mi perdición, estrecha como el caño de un botijo. Como podrán suponer, yo trataba de encontrar lugares apropiados para la aproximación de las ingles: callejones oscuros, portales mal alumbrados, cines sombríos, pero en cuanto mi mano, mi pelvis o mi boca se acercaban a zonas provechosas de su amplia anatomía, un rotundo caderazo, sopapo o puntapié daban por terminada la función. Yo pensé que su profunda religiosidad -misa todos los domingos y fiestas de
guardar, rosario vespertino, confesor preconciliar, vía crucis los viernes santos y procesión para el Corpus- le impedían practicar lo que pomposamente se denominaba relaciones prematrimoniales, así que opte por la vía directa- ya les había avisado que estaba muy necesitado de "cariño"- y entre picatoste y picatoste, mencioné el matrimonio. "Pero, Juanlu, amor, si me caso contigo en vez de ponerme el anillo me lo vas a tener que lanzar" o "Juanlu, pero si te van a poner a llevarme la cola, criatura" y yo tragaba con la esperanza de que tarde o temprano llegaría el "cariño" y mientras, me aliviaba torpemente.

Así transcurrieron varios y mansos meses, en los que yo me dejaba llevar tan ricamente. Todo cambió el día que oyó en la radio que se convocaba un concurso para descubrir talentos del "bel canto". "Alicia, pero...si tu no has cantado en tu vida". "¡Qué sabrás tu, pobrecito mío, de lo que yo sé o no sé hacer. Pues claro que canto y muy bien pero en la intimidad, delante del espejo de mi tocador. Mi madre se embelesa cuando me escucha aquello de La del Soto del Parral. Que sepas, Juanlu que voy a presentarme a ese concurso y voy a ganarlo". Y por una vez y para mi desgracia -creo- no se equivocó.

Poco antes, lo juro, había conseguido debilitar y prácticamente rendir las defensas del rocoso y colosal castillo. Se me iban a abrir todas las troneras en canal para mi uso y disfrute -bueno, todas quizá no, pero sí las suficientes-. Habíamos fijado día y hora para la batalla y yo me había mercado el apartamento de un amíguete que se había ido unos días de vacaciones con una Eureka que había conocido en una fiesta de camisetas mojadas. Pero el concurso se interpuso y mi gozo en un pozo.

Recuerdo el día con nitidez, una mañana brumosa y fría de Marzo, de esas en las que no compensa levantarse de la cama antes de las doce. Estabamos citados a las diez de la mañana -y digo estabamos porque Alicia me incluyó en el proyecto en una suerte de premonición primeriza-. Llegamos con una puntualidad exagerada, casi media hora antes y nos cedieron dos incomodas butacas de una sala de espera de un estudio de noticias de Radio Intercontinental -emisora que auspiciaba el dichoso
concurso- donde nos encogimos durante unos eternos treinta minutos, ella con gasa negra, yo con un traje prestado, mohoso y apolillado.

Me senté el primero en el estudio donde se celebraba el acto, justo enfrente del pequeño estrado con atril donde se encaramaban los jóvenes concursantes -no mayores de veintitrés años-, "futuras voces primas de la prometedora cantera de la lírica hispana", como aparatosamente pregonaba el eslogan de la emisora.

A fuer de ser sincero, debo reconocer que Alicia cantó sorprendentemente bien aquello de "mira como se la lleva el río", el jurado opinó de la misma manera y le concedieron el premio, "una carrera lírica" que se substanciaba en clases, recitales, viajes y grabaciones.
"Juanlu, me has sido de gran ayuda. Esa mirada protectora que proyectaste continuamente sobre mí, me ha llenado de seguridad y suerte (debo confesar que miraba su generoso escote) y he tomado una decisión trascendente para nuestras vidas". Y vaya si lo fue. La buena de Alicia había decidido que su carrera necesitaba de una tranquilidad absoluta y que por tanto debía apartar de su mente (y su cuerpo) cualquier tipo de "práctica carnal", -incluida nuestra inminente batalla- y que a partir de ese momento yo dejaba de ser su novio para convertirme en su... digamos "protegido". Y así fue como comenzó el gran torbellino de la bela Aliccia.
Actuábamos en los mejores palacios de Opera: San Francisco, Milán, Viena, Berlín, Londres, Barcelona, Nueva York, con el repertorio mas granado: Mme Buterfly, Tosca, Cossi fan tutte, Rigoletto y los mejores compositores: Verdi, Puccini, Mozart, Wagner... Todo era nuestro, el éxito nos rodeaba y nos aturdía.

Yo, el protegido, me encargaba de que todo estuviera según los deseos de Alicia y de asistir a todas la representaciones en primera fila y orientado hacia ella. Antes de continuar con mi relato, quizá debieran saber que Alicia poseía algún defectillo además de los que antes les he enumerado, en concreto dos: era terriblemente supersticiosa -yo hacía las veces de uno de sus amuletos- , todo lo que le ocurría lo pasaba por el tamiz de su mente hechicera y se convertía en una nueva manía o -como
ella decía- "un nuevo modo de comportamiento ante la vida"; el otro, más que una defecto, se podría definir como una patología, una enfermedad, Alicia padecía de Magdalenofilia. No podía vivir sin comer a todas horas magdalenas, pero no cualquier magdalena, las magdalenas que se fabricaban cerca de su pueblo natal, Magdalenas El Pecado, que así se llamaban las muy puñeteras. Pues bien, como decía, yo era el responsable de que todos los "nuevos modos de comportamiento" se hicieran realidad -camerinos con baño, sin bidé y siempre empapelados en azul cian; los miércoles nunca se canta, ni se ensaya; nunca cantará con un tenor bielorruso, el nombre de pila del Director Artístico jamas podrá empezar por erre; no viajamos en Air France, ni en coches con la rueda de repuesto en el maletero. Estas son algunas de sus manías, como pueden comprobar ciertamente sofisticadas. Les he querido ahorrar las que pueden ser más habituales entre las estrellas operísticas (petunias, agua con mineralizacion de ph ligeramente ácido, espejos biselados, butacas de pluma tapizadas en algodón persa y en colores terrosos...)- y, créanme, lo acababa consiguiendo. Mas difícil resultaba asegurar el suministro necesario de "El Pecado" en cualquier lugar del mundo en donde pudiéramos estar. En algunas ocasiones intenté sin éxito alguno camuflarle otra marca diferente, jurándole por todos mis antepasados, que se trataba - "como puedes dudar de mí a estas alturas, Alicia. Te juro que me siento ofendido"- de las autenticas "El Pecado". En las escasas ocasiones que lo intenté, acababa humillado y aduciendo todo tipo de excusas sobre la pobre organización logística de la fábrica de sus magdalenas favoritas. El Pecado facilitó que Alicia ganara, digamos, unos kilitos. Me atreví a advertírselo, con tacto. "Pero, Juanlu, amor, no sabes que las sopranos de amplios registros necesitamos una gran caja de resonancia para alcanzar al mismo tiempo los tonos mas graves y los más agudos" (sic).

Mi vida durante los años del éxito debo reconocer que resultaba un punto más que agradable. Alicia, sin haberlo presupuestado, se había encargado de propagar que yo era el único responsable de su éxito, lo que ayudó a que mi imagen mejorara brutalmente entre los y principalmente las habituales de la Opera -maquilladoras, sastras, coristas, peluqueras,
sopranos y mezzos de segunda línea- que, creo, pretendían que yo duplicara en ellas el éxito de Alicia y para ello, sin mencionarlo explícitamente, estaban dispuestas -y lo hacían- a hacerme participe de sus encantos. Sé que resulta ruin e indigno pero yo no me sentía con fuerzas para desilusionarlas, dándoles cuenta de la verdad de mis limitadas capacidades. Así que decidí dejarme llevar, además ya les dije que estaba necesitado de "cariño" y durante todos aquellos años de éxito , al menos a tiempo parcial, dejé de estarlo.

Ya supondrán que esto no podría durar mucho tiempo. Todo empezó -o, quizá deba decir: terminó- cuando llegamos a Berlín para hacer "El Crepúsculo de los Dioses". Yo ya me encontraba muy suelto y me atreví a sugerirle al director artístico, un alemanote sin pizca de imaginación, que podría lucir mucho mas la representación si el caballo -Grane, un papel imprescindible en la opera de Wagner- fuera un caballo autentico y no uno de cartón piedra como solía. Mi "prestigio" y un punto de ambición -supondría que una novedad de este calado le haría avanzar puestos en el escalafón operístico- le persuadió y decidió -el alemanote- agenciarse un caballo para la representación. El caballo se presentó casi por sorpresa durante el ensayo general que se lleva a cabo sin el vestuario. Cuando el animal se aproximaba a Alicia -la Brunilda más desparramada que se recuerda- se empezaba a alterar, relinchaba quedamente, bufaba, husmeaba el amplio contorno de mi walkiria. Más tarde supe que el caballo no estaba castrado y el olor - una mezcla de extracto de magdalena y humedad primigenia- de una mujer entera y excesiva probablemente alteró su equilibrio hormonal. Alicia accedió por deferencia hacia mí y se decidió que el caballo saliera durante la representación. Y así fue, durante el último acto apareció Grane majestuoso y la cátedra lo recibió con una ovación unánime - el alemanote se retorcía de placer tras los cortinajes-. Brunilda comenzó a cantar y el caballo a ponerse nervioso. Brunilda se alejaba y el caballo la seguía manifiestamente excitado. Brunilda, acorralada y sin dejar de cantar, le atizó un manotazo en los cuartos traseros. Y se desencadenó la tragedia -wagneriana-. El cachete excitó aun más a Grane que, sin duda atraído por la blancura alpina y
dolorosa del hombro desnudo -como no puede ser de otra manera en una walkiria que se precie- de Brunilda, le propinó un bocado espeluznante que la cátedra acompañó con un grito unánime.

Desde entonces vuelvo a estar necesitado de "cariño".

¿Alicia? Sigue cantando, pero jamás a Wagner.

Joseba Molinero