La mujer del espejo

Las primeras luces del amanecer dibujan tenues diagonales sobre el patio de la prisión. La noche se diluye en el monótono gris que mancha sus últimas horas de vida. El patio, los muros, las alambradas, los barrotes, el cemento enrasado de las paredes. Sus ropas. Se mira las manos y su piel también es gris. El minúsculo rectángulo de cielo que pugna por penetrar en su celda aparece enfoscado. La luz de su último día no será dorada.

La tarde anterior un fraile de hábito ceniciento había pretendido escucharla en confesión. Se plantó en medio de la celda y miró hacia el techo, quizá buscando algún dios en el fondo de la bombilla que vertía su luz ácida sobre aquel mundo gris. Rezó en silencio con las manos en alto a modo de rogativa; a continuación se arrodilló en actitud implorante, las manos ahora entrelazadas, sus labios vertiendo un consuelo mudo y sin alas entre las rejas de sus dedos. Actuaba como si ella no estuviera entre aquellas paredes, como si la mujer a quien hubiera de perdonar el dios encastrado en el techo de hormigón -un dios gris e impenetrable-, ya hubiese partido a su encuentro a través de alguna grieta en los muros.

Con un sobresalto, el fraile pareció percatarse de su presencia. Se incorporó, bajó los ojos, ocultó las manos entre los pliegues deshilachados de sus ropajes, y se enfrentó a ella. "La justicia humana no perdona, pero la divina es misericordiosa", le recitó como si fuera una salmodia hueca y sin entonación; como si ni él mismo creyera que aquello fuese posible. Permaneció ausente, sin atender al resto del discurso del hombrecillo. Sólo el rechinar de sus dientes reflejó que en aquel cuerpo vencido aún habitaban la ira y el dolor. Porque para ella no existe el perdón, ni siquiera el de Dios. Ni siquiera el de sus propios padres. Sabe que no lo merece y tampoco lo desea, pero el dolor del rechazo anida entre los
escombros de su espíritu. Sus ojos viajan más allá del catre cubierto con un colchón de esparto y una manta de tejido rudo. Esquivan el lavabo festoneado de orines y un retrete del que fluye un hálito perpetuo de podredumbre. Quizá su propia alma merezca fundirse con aquel olor a mierda; esa fue la palabra que utilizó su padre para insultarla mientras le escupía a la cara cuando finalizó el juicio. Y su madre. Cierra los ojos mientras apoya la frente en la pared húmeda y evoca su rostro la mañana de la condena. Briznas de odio silencioso se deslizaron por los pliegues de su vejez, horadando valles aún más profundos en su carne. Valles que ya son cicatrices.

Ahora sólo le queda el consuelo de la muerte. A él desea aferrarse cuando durante el sueño sus manos se le crispan delante de la cara y asen el aire vacío; igual que unos meses antes empuñaron aquel cuchillo, el que la ha arrastrado por la miseria de sofocar los reproches de su propia sombra.

El director de la cárcel la ha visitado al anochecer, cuando los sonidos metálicos que bailaban por las galerías se habían adormecido ya hasta amortiguarse en un murmullo lejano. Se ha sentado en el jergón; así quiere parecer más próximo, menos inhumano. Ella ha permanecido en pie, al otro extremo de la breve celda, con su vista atornillada en algún punto por encima de la cabeza del hombre. En el pasillo, al otro lado de la puerta entornada, las voces roncas de alcohol, cansancio y frustración de los guardianes reptaban por entre la mugre incrustada en las paredes hasta morir bajo la luz de la única lámpara que iluminaba la celda. "No sentirás dolor. Apenas tendrás tiempo de oír el giro de la manivela y ya estarás descansando de este mundo", le ha explicado con gesto contrito y falsamente apenado mientras se hurgaba las uñas con la punta de un palillo. Se ha vuelto hacia él y se ha preguntado de qué color serían los ojos de aquel hombre.

El garrote vil era un ejecutor benévolo, pero degradante. Ella, que siempre estuvo orgullosa de su hermoso cuello y de la larga melena azabache que lo arropaba, se veía ahora con su cabeza desvestida, como la de aquellas mujeres de su infancia cuya única culpa fue estar casadas con los vencidos
en una guerra; recuerda sus gargantas escuálidas asomando desde unas camisolas muy parecidas a la que ahora cubre su cuerpo. Sus ojos se le aparecen después de tantos años, enormes en las olas de tristeza de unas caras que batían ya sin fuerzas contra los acantilados del rencor. Hace un año que no se mira en un espejo, pero sabe que desde entonces su rostro refleja la derrota final de su cordura aquella tarde de domingo. Se acaricia la nuca y el agraz roce del cabello naciente dibuja ríos de leche en la palma de su mano temblorosa. Continúa por su cuello y entonces suspira con un punto de amargura en su aliento porque, dentro de unas horas, aquél se quebrará como la rama de un árbol bajo la tormenta, la misma que ha quebrado su vida.

Sin dolor, le ha dicho el burócrata. Sin dolor. Se sienta en la yacija y se lleva las manos a la cara. Sin dolor, repite una y otra vez, como un rezo, como si el acto de murmurar de continuo estas dos palabras pudiera ahuyentarlas; porque no merece una muerte sin dolor; porque Inés no murió sin dolor: padeció durante horas con su sangre inmaculada hirviéndole en la boca, ahogando sus súplicas. Porque ella sólo supo emborracharse con el flujo de su muerte, sabedora de que su propia vida también había acabado. Lo que restaba no sería más que un epílogo sin interés.

Dos vueltas de llave y el chirriar de la puerta le dicen que todo está por concluir. Tres figuras se recortan en contraluz sobre la viva iluminación del corredor. Detrás de ellas atisba la sombra del fraile revestida de oraciones musitadas. Entonces pierde los nervios y se abalanza sobre él gritando que no quiere que nadie le perdone; llorando que ella ya está muerta.

Dos guardias la sujetan y le esposan las manos a la espalda con rudeza, con una violencia indiferente.

Caminan por un pasillo flanqueado de celdas y vidas entre paréntesis. El suelo gris se desliza ante sus ojos; ve sus pies cubiertos por unas alpargatas de tela; observa fascinada como el uniforme de presidiaria se frunce sobre sus piernas formando ondas que lamen, ásperas, su cintura.
Sin dolor. El carcelero que abre la puerta de la última sala se sorprende porque cree haber visto una fugaz sonrisa en los labios de la condenada. La muerte que aguarda en forma de poste de madera es ya la única esperanza de escapar de un dolor que habita en ella.

Desde una de las paredes el Caudillo posa su atención sobre el Cristo de madera que cuelga a su derecha. Éste, a su vez, con rostro suplicante, contempla el techo de la estancia, concentrado en su propio tormento. Los funcionarios que allí la esperan rehuyen su mirada mientras fingen estar atareados en los preparativos de la ejecución. En una esquina de la sala unos escombros descansan sobre el lateral de un archivador oxidado. Uno de los cajones, tirado en el suelo, contiene los restos a medio quemar de varios expedientes. La oscura mella en el frente del mueble la observa con resentimiento porque ella aún existe. De algunos, ni el recuerdo de su muerte ha de conservarse. Y no le parece mal.

El golpe metálico de la puerta al cerrarse reverbera sobre las paredes alicatadas de la habitación y se confunde en su mente con los gritos de Inés. Unos gritos que pronto se desmenuzaron en sollozos, y en unas manos ensangrentadas que no lograron frenar la vida que se le escapaba a borbotones. Y a su lado él, con los ojos abiertos mirando ya sin interés las nubes de humedad en el cielo de la alcoba.

Cuando se conocieron, aún adolescentes, solían pasar las tardes de verano tumbados en la playa viendo correr las nubes por el cielo. Se desflecaban en jirones de formas caprichosas y ellos jugaban a encontrar animales, rostros conocidos, figuras fantásticas. Fue con aquel pasatiempo infantil con el que se inició la tortura interior que la había llevado a aquella sala blanca, donde ahora la sientan en una desvencijada silla de anea que no consigue disimular su función de patíbulo.

Cada vez que él reconocía en un cendal de nubes a alguna de las jóvenes del pueblo, cada vez que escuchaba de sus labios el nombre de una de aquellas mujeres, un terrible ardor le inundaba el pecho, un fuego que se expandía por todas sus arterias y que llegaba a los lugares más oscuros
de su cerebro. Sus palabras destilaban una ira apenas disimulada cuando le contestaba: "Pues no sé dónde le ves el parecido."

Con el tiempo dejó de encontrar mujeres en el embozo del sol; ella creyó saber entonces que era su conciencia culpable la que le hacía eludir el juego de los primeros años de relación. Con constancia enfermiza había memorizado los nombres de todas las nubes bautizadas y cuando paseaban juntos miraba al cielo y se los recitaba con tono silbante: "Mira, ahí va Begoña" o "¿No saludas a tu amiga Raquel?". Él callaba. A veces simulaba no haber oído, otras asomaba una sonrisa triste a sus labios y agitaba la cabeza desechando las insinuaciones de su pareja. Sabía que toda explicación sonaría a disculpa y no haría más que desatar la agresividad apenas reprimida que se enredaba en aquellas frases.

En la soledad de sus tardes de matrimonio ella era consciente de lo absurdo de su comportamiento. Pero cuando su marido regresaba en la noche, su sensatez se nublaba bajo la cascada de sospechas y recriminaciones con las que asaeteaba la espalda en apariencia impasible del hombre. Sólo una vez se revolvió, sólo una vez levantó la voz y la mano amagó el golpe. Una mano grande, recia pero de palma suave, como la del verdugo que casi con ternura roza su cuello al cerrar la argolla metálica que la inmoviliza contra el poste, su segundo y último amante. Una mano que no descargó el golpe, que prefirió acariciar. Una mano que la acompañó al lecho.

Aquella noche concibieron a su hija, pero también desde aquel día el amor del hombre se transformó en el amor del padre.

Nueve meses más tarde cada caricia que recibía la niña era una quemadura en la piel de su madre. Los besos de su esposo sobre el tierno cuerpo de la hija se transformaban en dentelladas en su vientre.
Años después, cuando por las mañanas él partía hacia el colegio camino del trabajo acompañando a la pequeña, ella se quedaba al pie de la ventana retorciéndose los dedos y haciendo crujir los nudillos. Entonces la máscara de cariño estallaba en pedazos; escondía las manos entre los muslos y en posición fetal se derrumbaba sobre la cama aún tibia del calor de su marido. Y lloraba. Y mordía las sábanas. Y pensaba en un destello de lucidez que su hija no era una nube a la que bautizar.

La capucha con la que cubren su cabeza eclipsa la luz amarilla que tiñe de orines los uniformes de sus verdugos. La capucha huele a vómito y sudores lejanos. Se agita con la inútil pretensión de apartar aquellos retales de otras muertes. Una voz escarpada le aconseja: "Será mejor así". El mundo desaparece y ya sólo queda el eco de los pasos de sus carceleros en la desnuda estancia. Y la oscuridad.

La misma oscuridad que la envolvió una tarde de hace un año, en su dormitorio, cuando en la penumbra adivinó dos cuerpos.

Durante años las tardes de domingo se habían vestido con los mismos hábitos. Después de comer ella acudía a misa en la iglesia próxima mientras él se quedaba en casa y dormía la siesta. Entretanto la niña se ocupaba de recoger la mesa y fregar los platos. Antes del oficio siempre se confesaba; cada semana el mismo pecado y la misma penitencia. Cuando caminaba entre las filas de bancos hacia el altar, cuando el sacerdote colocaba sobre su lengua la hostia, su espíritu se debatía entre la liberación que experimentaba después de un arrepentimiento verdadero, y la certidumbre de que una semana más tarde habría de verter en los oídos de su confesor de nuevo la misma falta, la misma sospecha. Una sospecha que sólo se desvanecía de sus pensamientos cuando ellos dos estaban juntos. Ellos dos y nadie más. Nadie más, reza desde el otro lado del paño negro cuando la primera correa le inmoviliza las piernas. Nadie más, regurgita en voz alta cuando la segunda correa le sujeta el torso contra el respaldo de la silla. Nadie más, chilla desesperada. Y es que no se da cuenta de que su cuerpo se vierte en convulsiones y de que sus ejecutores han de velar por que el trámite legal
se cumpla con decoro.

Una gota salada le resbala por la mejilla hasta mojar la tela negra de la capucha. Un calor espeso la aplasta, como aquella tarde con el sol batiendo las calles, insensible ante los feligreses que regresaban a sus domicilios. La frescura de la escalera se disipó pronto con el esfuerzo de subir las cuatro plantas que la separaban de su hogar. Abrió la puerta con sigilo porque no quería despertarle aún. Evitó pisar en aquellas zonas del entarimado que era seguro crujirían bajo su peso. Las conocía a la perfección. No en vano había simulado aquella misma escena en muchas ocasiones cuando estaba sola. Se veía penetrando en silencio en su domicilio, avanzando por el corredor hasta la alcoba; entornando la puerta con lentitud mientras sus ojos se acostumbraban a la sombras de la habitación. Se recreaba ante la imagen que presentaba a su marido incorporándose en la cama y balbuceando disculpas por la presencia de su amante, semioculta entre las sábanas y temblando de vergüenza. Cada vez con una mujer diferente descendida de las nubes de su memoria. Nunca iba más allá; le bastaba con la confirmación de sus sospechas. El siguiente acto del drama le aterraba porque sabía que entre los bastidores aguardaban personajes que no podría dominar.

Nunca ha recordado lo que hizo inmediatamente después de ver los dos cuerpos yaciendo sobre la cama. Su obra imaginada no se estaba representando como ella había previsto: desde las bambalinas había avanzado hacia el escenario una actriz que no conocía, la misma que acababa de detenerse en el umbral y escuchaba las respiración confiada de la pareja. La misma que ahora empuñaba un cuchillo de cocina. Entonces los labios de la recién llegada comenzaron a recitar en silencio su papel. "Pero, ¿cómo puede ser? Está con otra mujer en nuestra cama". En cada final de frase un sollozo servía de séquito a su recelo e indignación.

Penetró en el cuarto y el espejo de la cómoda le devolvió la imagen de una mujer de rostro demudado y mirada alucinada a la que no quiso reconocer, pero que tenía que ser ella misma. El cuerpo de la joven que
dormía con su marido se fue perfilando en la penumbra. Cuando por fin distinguió sus facciones apenas logró sofocar un quejido que en su boca se convirtió en llanto. La otra, la del azogue, separó los labios y enseñó los dientes en un grito silente de furia. Aún resuena en su interior. Pero ya falta poco para que se libere de él. Las voces en la sala de ejecuciones se van apagando, se tornan susurros. Las paredes destilan silencio. Sólo oye el grito de la mujer del espejo.

Contempló la siguiente escena desde alguna recóndita cueva en los sótanos de su conciencia. Ajena. Indiferente. Su reflejo se aproximó a la cama y de un único golpe rompió el corazón del hombre con el cuchillo. Éste respondió con un espasmo, sus ojos se abrieron de súbito y se aferró a las sábanas en un intento inútil de comprender lo que había ocurrido antes de que la vida le abandonase a través de la carne violada.

La mujer del espejo dio la vuelta a la cama y se detuvo a observar el sueño inocente de la joven. Ella abandonó la gruta de su indiferencia y gritó desesperada, trató de detenerla, pero, impotente, vio como el arma teñida de rojo se elevó para caer veloz sobre el cuerpo dormido. La niña sólo consiguió emitir una especie de jadeo; se llevó las manos al vientre e incrédula descubrió la sangre que manaba de su interior. Luego sus ojos se volvieron hacia su asesina. Una única palabra acudió a sus labios en un lamento roto que ya se despeñaba en la negrura: "¿Mamá...?"

Cuando consiguió expulsar del cuarto a la otra mujer, persiguió la mirada de Inés hacia el cuchillo que aún sostenía en las manos. Lo arrojó contra la pared, tensando el brazo en un arco que se diluyó más allá de la realidad, las puntas de los dedos huyendo una vida. Y se acuclilló en el suelo, al lado de su hija moribunda. Levantó las manos ensangrentadas con las palmas vueltas hacia su rostro, las giró y al otro lado de la cortina de sus dedos trémulos sus ojos se cruzaron con los de su hija. Inés, que apenas tenía ya fuerzas para llorar, susurró con los flecos de su voz una llamada en la que se mezclaban el dolor, la duda y la incomprensión: "¿Mamá...?". Otra vez. Y el dolor. Otra vez. El de la niña. Y el suyo. La vida le duele, pero ya falta poco. Las voces han callado en la sala.
Un viso de realidad iluminó su vacilante cordura; mientras huía del dormitorio dando traspiés, tapándose los oídos con la sangre de su esposo y de su hija, la aturdió el horror por lo que acaba de hacer. Cada vez más débil, la voz de la niña abandonada y agonizante se fue disolviendo en la botella de anís con la que quiso engañar al dolor que ya estaba poseyendo su alma. Así la encontraron días más tarde, aún borracha, derrumbada en el sofá del salón. Dos pares de ojos ciegos la saludaron por última vez mientras se la llevaban.

Alguien ha dado una orden. Un breve eco silba sobre sus sienes. Una presencia invisible se mueve a su espalda y deja un rastro de olor a naftalina, alcohol y sudor rancio que escala por el interior de la capucha. Un aliento manchado de restos de embutido le rodea el cuello mientras perfila el camino señalado por el collar de acero.

Un engrasado roce de metal sobre metal y sus piernas se convierten en madejas de lana, y su cabeza quiere caer, escurrirse a través del aro que le oprime el cuello. La oscuridad termina en el paño que le cubre el rostro; y se vuelve más negra en el último instante. Sin dolor. El dolor acaba ahora.

Roberto Sánchez