Vidas sucesivas

¿Hay alguna inviolable relación, acaso, entre mi cuerpo y mi alma? Siempre me pareció portentoso que alguien pueda crecer, tener ilusiones, sufrir desastres, ir a la guerra, deteriorarse espiritualmente, cambiar sus ideas, transformar sus sentimientos y sin embargo seguir recibiendo el mismo nombre: Fernando Vidal. ¿Tiene algún sentido? ¿O es verdad que, a pesar de todo, existe algún hilo, infinitamente estirable pero milagrosamente unitario, que a través de esos cambios y catástrofes mantenga la identidad del yo?”

Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato

 
 
Su nombre fue Félix Sanjuán hasta el martes pasado, momento en que alcanzaba la edad de cuarenta y dos años, ocho meses y veintiún días. Es sabido que a cada momento alguien deja de respirar y su nombre se consume con el pulso de sus sienes, y nada tendría por tanto aquel hecho de particular si no fuera porque Félix no dejó cadáver que sepultar, que en el registro civil sigue incluido en el padrón de los vivos, que si se encontrara con cualquira que le conoció en esos cuarenta y dos años, ocho meses y veintiún días le saludaría por ese nombre a pesar de que ya no es el suyo.
 
Todo ocurrió como ocurren las cosas que tuercen irreversiblemente el curso de nuestras vidas: de improviso, en un instante del día tan banal como cualquier otro, sin que nuestro espíritu previsor nos haya instruido en la vida que emprendemos desde entonces. Viajaba con su amigo Marcos por el Brasil, y habían contratado los servicios de un nativo de ojos profundamente negros, estatura pequeña y piel atezada, que ofrecía su avioneta para vuelos turísticos en el pequeño aeródromo de una población a orillas del río de las Amazonas.
 
Se acoplaron en la cabina con esfuerzo y alegría y se miraron sobrecogidos cuando el aparato se elevó del suelo alabeándose de extremo a extremo de las alas, ensordecidos por el ruido de un motor que hacía enloquecer a la hélice. Ascendieron en unos minutos de vuelo inestable, al término de los cuales pudieron contemplar maravillados el paisaje que les rodeaba, el denso arbolado, el río pardo, el cielo sólido. Permanecieron por un rato en un silencio absorto del que les sacó una sacudida estrepitosa que parecía provocada por algo que hubiera golpeado el fuselaje desde fuera. El gesto neutro del piloto se deformó en un rictus crispado, gritó “sujétense” y se aferró a los mandos como si pretendiese arrancarlos. El avión parecía sufrir espasmos que le hacían retorcerse en el aire y por los cristales se sucedían las manchas de color hasta que perdieron la orientación. Finalmente se escuchó un ruido recio y prolongado como si se rasgase una tela formidable que terminó en un estruendo seco.
 
Durante un instante interminable se hizo un silencio espeso sobre el crepitar del fuego que entraba por las bocas abiertas en los cristales rotos. Félix se agitaba confuso como si pretendiese hacer una cosa y su contraria, hasta que una voluntad interior pareció tomar el mando. Se liberó de los correajes que le ataban al asiento y vio a Marcos con la cabeza vencida sobre el pecho y la cara vuelta hacia el lado opuesto. Lo zarandeó y contempló horrorizado e incrédulo cómo corría la sangre sobre los ojos abiertos en su rostro exangüe. Las llamas entraban a raudales, colmando el menguado espacio de un humo incandescente y cegador. Félix batallaba por liberar a Marcos de sus ataduras, sin advertir que el fuego progresaba seguro por su manga y su cabello. Las olas anaranjadas le empujaban sin tregua a la orilla serena del exterior. Derrotado, saltó afuera, rodó por el suelo y descubrió que sus brazos y su pelo humeaban como una antorcha recién apagada. Entonces vio al piloto, tendido boca abajo. La confusión fue creciendo hasta hacerse irrealidad, momento en que sus rodillas se doblegaron y se desplomó sin conocimiento.
 
Cuando llegó el equipo de rescate el sol declinaba apesadumbrado y tibio por el horizonte. Félix se incorporó a la vida entre una confusa barahúnda de voces y motores y le sorprendió ver hombres uniformados que se movían por el pequeño espacio libre entre los árboles. El avión todavía humeaba pero las llamas ya estaban extinguidas. Dos cuerpos yacían en el suelo alineados uno junto al otro, parcialmente cubiertos por un sudario sucio y basto. La luz iluminó brutalmente su conciencia cuando comprendió que los largos trozos de carbón que asomaban de la tela eran las piernas de Marcos calcinadas. Entonces se abandonó al llanto y sus temblores, sin vergüenza, como si sólo esos dos cadáveres y él habitaran el claro.
 
En el hospital de Porto Velho dejó de interesarse por la extensión del tiempo. Se fue sosegando en la paz de unas horas idénticas entre sí temiendo por el día en que dejaran de serlo. Le repatriaron en un avión acondicionado, todavía cubierto de vendas y compresas untosas de vaselina y pomadas. Fue visitado por familiares y amigos de gesto grave o compungido y, aunque agradecía su interés, su asolado interior le impedía sentir gratitud sincera. Su mujer permaneció a su lado día y noche hasta que Félix le rogó que descansara y viniera solo algunas horas al día. Pidió sinceridad a los médicos, por quienes supo que el hemisferio derecho de su cara estaba abrasado, y que la cirugía plástica sólo podría rehacerlo parcialmente cuando estuviese totalmente cicatrizado. Algo similar ocurría con el brazo.
 
Finalmente hubo de enfrentarse a su nuevo rostro y comprobó que los doctores no le habían engañado: esa parte parecía derretida como el esperma de una vela, cubriendo parcialmente el ojo por una carnosidad amorfa. Aunque habían rasurado totalmente su cráneo, era fácil saber en donde volvería a crecer el pelo y donde quedaría para siempre una superficie bulbosa y árida. El grosor del brazo se había reducido a la mitad, y la piel que lo cubría se mostraba apergaminada y seca. Su mano quedó anquilosada semejando una garra. El día que abandonó el hospital, junto a las indicaciones sobre las revisiones y cuidados que debía observar, le anunciaron que el organismo competente le había concedido una pensión vitalicia por considerarle incapacitado para el trabajo.
 
Volvió al hogar acompañado de una esposa visiblemente desmejorada. Su rostro doliente recordaba al de María a los pies de la cruz que representan las pinturas medievales. Su afecto se había vuelto más compasivo que amoroso. La sensualidad había desaparecido de su intimidad y creía percibir en ella cierta repugnancia ante el mero contacto. Por su parte, Félix se fue ensimismando indiferente ante la profundidad del abismo que las horas abrían entre ambos.
 
El primer día que salió a la calle lo hizo cubierto con sombrero, bufanda y gafas ahumadas y se encaminó a casa de la madre de Marcos, que le recibió con calidez, aunque en sus lágrimas creyó escuchar cierto reproche. Hablaron hasta tarde de la infancia, del carácter bonancible de su hijo, del vacío que había dejado en ambos. Antes de despedirse, Félix le hizo un ruego: deseaba que le prestara algunos discos de Marcos. La mujer sonrió con amargura y le invitó a tomar los que quisiera y a volver a hacerlo en cualquier otro momento.
 
Cerró los ojos para que el ímpetu de las primeras notas le devolviera por un instante la presencia de su amigo, al que volvió a sentir en melodías balsámicas o en voces atormentadas o cálidas. Sentía que el alma de Marcos iba penetrando por los resquicios abiertos en sus escaras, en las que el fuego había fundido los tejidos de ambos.
 
La distancia que le separaba de su mujer se volvió insalvable. Ella no sabía qué definitiva y certera fue su voz cuando le dijo “ya no eres el mismo”. Era cierto. Ni una célula del hombre con el que se casó quedaba en éste, ni en su carne ni en su alma. Decidieron separarse. Liquidaron amistosamente el patrimonio y ella se ofreció para dejar la vivienda.
 
Cuando acabó la mudanza comprendió que aquel ya no era su rincón en la Tierra. Requirió menos tiempo del que calculaba conseguir documentación y pasaporte en el mercado negro, con fotografías que reflejaran su nueva traza. La primera vez que usó su actual nombre fue el pasado martes, para reservar por teléfono habitación en un hotel. Llenó una maleta mediana y decidió salir a la calle a cara descubierta. Al cerrar sintió que el golpe seco de la puerta cortaba los últimos hilos que le unían a una vida que ya no era la suya.
 
Carlos Fernández