Acta noviembre 2007

OBRA: LOS PECES DE LA AMARGURA
AUTOR: Fernando Aramburu
PONENTE: Jon Rosáenz

PRESENTACIÓN

Fernando Aramburu nació en San Sebastián en 1959. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Zaragoza. Desde 1985 reside en Lippstadt (Alemania), donde trabaja como profesor de lengua española. Ha escrito las siguientes obras: Los peces de la amargura (2006), Bami sin sombra (2005), Vida de un piojo llamado Matías (2004), Mariluz y los niños voladores (2003), El trompetista del Utopía (2003), El artista y su cadáver (2002), Los ojos vacíos (2000), No ser no duele (1997), Fuegos con limón (1996). Entre otros, ha recibido el Premio Ramón Gómez de la Serna 1997, el Premio Euskadi 2001 y los Premios DULCE CHACÓN Y NH 2006 por la obra Los peces de la amargura…

En Los peces de la amargura Aramburu nos ofrece su particular testimonio literario acerca de la cuestión de la violencia de ETA y sus trágicas y fatales consecuencias. Se trata de diez relatos de diversa índole narrativa: unos escritos a modo de crónicas, otros a modo de reportajes, otros en forma de testimonios en primera persona, otros en forma de epístola, alguno utilizando el recurso de una experiencia narrada en pasado por el protagonista de la misma a sus hijos, e incluso uno a la manera de un sainete. Todos ellos están escritos con un lenguaje sencillo, próximo al común de los mortales, que curiosamente está trufado con no pocos registros lingüísticos propios del modo de hablar castellano en Euskadi. La variedad de recursos y perspectivas narrativas, acompañada de la genuina y variopinta caracterización de los distintos personajes de los relatos y de la multiplicidad de las vivencias que éstos protagonizan, constituyen un singular marco literario en el que destacan la policromía ambiental y la polifonía descriptiva. Aramburu, en una entrevista (*) concedida a Daniel Muñagorri, reconoce que la heterogeneidad de atmósferas y fotografías ambientales no es gratuita y que éstas están “hechas en función de los protagonistas de cada relato” y que “las fotografías, urbanas o rurales, se desprenden en cada caso del componente humano que justifica lo narrado”. Sin excepción se sirve básicamente de la escenografía que le brinda la realidad misma. Así, “hay “mucho espacio interior, ya que en el libro se habla a menudo de la soledad de las víctimas; hay pueblos que, por ser lugares pequeños en los que la gente se conoce y está quieras que no obligada a convivir, se prestan bien para representar el drama de los acosados y perseguidos”. En definitiva, el libro es un sentido y emocionado homenaje a las víctimas de la barbarie terrorista de ETA, así como una inequívoca denuncia de los atentados que dicha organización lleva acabo, que no son sino crímenes execrables que pretenden justificarse como el resultado de un fatalismo político, y también una denuncia del olvido y postergación de los que han sido objeto las víctimas de la irracional e inhumana actividad terrorista ETARRA. Como afirma Aramburu, “El tema llevaba llamando a mi puerta prácticamente desde los comienzos de mi vocación literaria”… “Entendí que había llegado la hora de dar forma escrita a mi dolor personal, a mi compasión por las víctimas, a la repugnancia sin paliativos que me produce la violencia”… Con todo, Los peces de la amargura es “el resultado de dos años de esmerado y laborioso tecleo y de tres décadas de rumia mental”.

VALORACIÓN

Son poquísimos los libros que abordan en el ámbito de la literatura la temática de la violencia ETARRA, y menos aún los que lo hacen desde la perspectiva del análisis de las consecuencias que se derivan de la actividad terrorista, es decir, afrontando la realidad descarnada de las víctimas, la situación dramática que se genera en el entorno de las mismas y también en el seno de las familias de los victimarios. Si acaso podríamos apuntar la obra Ehun metro de Sainar Vitoria y algunas obras menores de Bernardo Atxaga, que tocan el tema tangencialmente, y la obra Los hombres intermitentes de F. J. Irazoki, que está en la línea del libro de Aramburu.

El escritor donostiarra se enfrenta a la tarea de la dignificación de las víctimas de la bestialidad terrorista porque entiende que, precisamente, son éstas el eje sobre el que debe pivotar la acción social y política de las instituciones públicas, tanto en cuanto que, paradójicamente, la propia ETA precisa de las mismas para justificar y dar fe de su existencia y poderío. Aramburu afirma lo siguiente: “¿Acaso ETA es algo sin sus víctimas? A lo mejor estoy mal informado y resulta que ETA, entre atentado y atentado, hizo aportaciones trascendentales al progreso de la física nuclear y de la ingeniería aeronáutica, pero dada su modestia connatural no se animó a publicarlas en ningún “ZUTABE”. Todos los indicios apuntan más bien en otras direcciones”. Y ¿Cuáles son éstas? Pues sin duda aquellas que conducen al dolor lacerante e irreparable de las personas individuales y concretas, como el dolor del padre que busca refugio en el cuidado de unos peces para aliviar la amargura y la pena que siente al ver a su hija mutilada y discapacitada tras ser una víctima circunstancial (también se dice “daño colateral”) de un atentado con bomba, como el dolor de esa misma hija inválida, que vive un presente de frustración y de puro y duro infierno y no espera nada del futuro, como el dolor de quien es hostigado de manera inmisericorde para que abandone una tierra que, por decisión unilateral de algunos iluminados, no tiene derecho alguno a pisar, como el dolor de los amigos y vecinos de quien se encuentra en esta situación de acoso, que a su vez son también objeto del atosigamiento de esos dechados de la verdad absoluta, como el dolor de quien vive aterrado porque alguien le señaló como enemigo del pueblo y es efectivamente ninguneado como tal, como el dolor de una mujer que se ve obligada a abandonar el hogar donde han nacido sus hijos, después de haber padecido el horror de ver a su marido asesinado a tiros en la calle; en fin, como el dolor de millones de personas que engrosan la nómina de eso que denominamos “sociedad” y que son víctimas de un sufrimiento colectivo, en tanto que paganos de la actividad terrorista en sus múltiples manifestaciones.

¿Y este dolor no va a tener fin? ¿ETA es indestructible? Aramburu propone una salida que pasa inevitablemente por el estadio preliminar del reconocimiento de la culpa, por parte de los victimarios y sus acólitos, y de la consiguiente petición de perdón por el dolor y el sufrimiento causados durante tantos años de fanatismo terrorista.

 

INTERVENCIONES

Carlos Fernández:

Es difícil valorar este libro desde un punto de vista estrictamente literario, pues se tiene cierto sentimiento de frivolidad hablando de ritmo o sintaxis cuando el autor nos presenta tragedias tan próximas geográfica y cronológicamente.

Con estos diez cuentos, Fernando Aramburu abre al lector una ventana al sufrimiento diario y doméstico de esas víctimas del terrorismo a las que durante años les han sido negadas “la paz y la palabra”. Y lo que se ve a través de ella no puede dejar de conmover, sobre todo cuando intuimos que buena parte de lo que se cuenta ha ocurrido realmente de ese modo exacto o aproximado. Los relatos son un compendio de humanidad, aunque sea en sus expresiones más execrables, pues tan propios del hombre son el dolor o el sufrimiento como el odio, el rencor y el miedo. Destaca la descripción psicológica de algunas manifestaciones del comportamiento humano, como la conversión en amenaza de los amenazados (la colcha quemada) o la incredulidad del niño ante el asesinato de su padre (“Esperaba que el tipo de la pistola se marchase para que mi padre se pudiera levantar”, informe desde Creta, pág 139).

La credibilidad de los cuentos, elemento indispensable del libro, es irregular. Algunos lo son completamente (los peces de la amargura, madres...) y otros menos (informe desde Creta, donde resulta inverosímil la rápida curación de Santi). Otro tanto ocurre con el tono, de una sencillez casi infantil. Es probable que el autor quiera remarcar de este modo el abismo que media entre el narrador y el hecho narrado. El recurso es eficaz y refuerza la credibilidad en algunos relatos (madres, lo mejor eran los pájaros, el hijo de todos los muertos), pero lo resta en otros. Es significativo que, pese a que no hay dos cuentos similares, el libro tiene una gran cohesión, probablemente fruto del acusado dramatismo de casi todos ellos. Casi…, porque el último (después de las llamas) deja abierta una puerta a la esperanza, cambiando el tono general, introduciendo el humor y ofreciendo la posibilidad de alguna forma de reconciliación.

En resumen: probablemente este libro no llegue a formar parte del catálogo de las mejores obras literarias del siglo XXI, pero su lectura conmueve, constituye una voz inusual sobre el drama de los familiares de las víctimas después de marcharse los periodistas y sobre todo resulta útil como herramienta de pedagogía social.

Roberto Sánchez :

El libro es básicamente un intento de reflejar una voz contra la violencia, la intolerancia y una denuncia de la actitud de quienes, ante los hechos que se derivan de la actividad terrorista y ante las consecuencias del fanatismo ideológico, prefieren mirar para otro lado, no quieren saber del sufrimiento de las víctimas, y en evitación de líos que les puedan implicar en alguna contingencia desagradable casi rechazan más a las víctimas que a los intolerantes o los victimarios. Así, en el libro no hay compromiso con lo políticamente correcto, y el autor se posiciona claramente del lado de las víctimas, en contra de la tendencia de muchos políticos, periodistas o pensadores que engloban todo lo relacionado con la violencia y sus consecuencias en eso que han dado en llamar el “conflicto vasco”, y que ponen en la balanza de ese conflicto tanto el dolor de las víctimas del terrorismo como el sufrimiento de los presos etarras y su entorno familiar o afectivo. Obviamente, el dolor, indistintamente de cuál sea su causa, para quien lo padece es único e intransferible. Nadie discute que, para una madre que pierde un hijo, sea éste víctima de ETA o, por el contrario, abatido en un control policial, el dolor que le produce dicha pérdida es inigualable a ningún otro dolor. Pero tal circunstancia, el padecimiento individual de la propia pena, no debe ser óbice para reconocer que, desde la perspectiva social, nunca se debe equiparar, ni tan siquiera poner en pie de igualdad, a las víctimas y a los victimarios. Y es que, si es obvio que el dolor es dolor sin adjetivos para quien lo sufre, no es menos evidente que víctima y victimario no son lo mismo. De todas formas, a pesar de que Aramburu toma partido inequívoco en defensa de las víctimas, en ningún momento incurre en un maniqueísmo demagógico, de manera que cuando habla de los terroristas y de quienes les apoyan o de quienes simplemente miran hacia otro lado desentendiéndose del problema no los presenta como personas sanguinarias o especialmente depravadas, ni presenta a las víctimas como superhéroes o como personas excepcionales. Unas son asesinas fanáticas y las otras víctimas. Sin más…

El libro rezuma dolor y desesperanza. Todos los relatos son sobrecogedores, e incluso dramáticos, y denotan una suerte de derrotismo fatalista, salvo quizá el relato titulado “El informe de Creta” en el que Aramburu desarrolla una historia de amor, eso sí, con una puesta en escena exageradamente efectista, historia cuyo desenlace deja entrever cierta esperanza en la posibilidad de superar el dolor producido por la acción terrorista por medio del concurso balsámico del amor, como le ocurre al protagonista de esa historia, que vence el trauma que le causó el asesinato de su padre, producido cuando él era un niño y en su presencia, gracias al inconmensurable cariño de su novia y de su madre. Dolor y desesperanza en las víctimas que se manifiesta explícito y fehaciente en el relato que da el título al libro, “Los peces de la amargura”, cuando la protagonista, una joven tullida víctima accidental en la explosión de una bomba puesta por ETA, reclama absolutamente abatida la atención de su padre y le suplica que vaya a saludarle y no le deje sola en la tumba de una habitación desangelada. Dolor y desesperanza que no hallan consuelo en la comprensión y la solidaridad de los ciudadanos que viven ajenos a la realidad de las víctimas y, en general, tampoco en la actitud distante de la sociedad, de todos nosotros que, si bien intuimos o sabemos de ese dolor y desesperanza, preferimos hacer como que no existen o, en el mejor de los casos, como que son algo tangencial en nuestras vidas, algo cotidiano que forma parte del decorado social.

Joseba Molinero :

Como siempre que se habla de uno mismo, que es lo que hace este libro: hablar de nosotros mismos en cuanto integrantes de la sociedad en la que vivimos, nos guste más o menos, lo que pueda decirse indudablemente interesa, engancha, impresiona, desasosiega y, como en este caso, nos hace temblar. Muchas de las situaciones que se presentan en el libro no son desconocidas para nadie que integre la sociedad vasca; pero el hecho de recogerlas en un conjunto de relatos, como testimonio literario de dichas situaciones, y aunque el autor no las reproduzca en su factualidad, sino como meras recreaciones literarias, tiene ya por sí mismo un mérito y valor insoslayables.

No obstante, el libro resulta sumamente artificial, tal vez porque está cimentado en una estructura arquitectónica narrativa de puesta en práctica de diversas técnicas típicas de taller literario, lo cual explica la diversidad estilística y formal de los relatos, o tal vez porque esta obra es el resultado de un encargo que Aramburu se hace a sí mismo, un encargo que obedece al objetivo de transmitir el dolor que sufren las víctimas del terrorismo ETARRA. En cualquier caso, se trata de un libro de escaso valor literario que, con la única pretensión de alcanzar el noble propósito de destapar la cruda realidad de quienes padecen en primera persona la violencia terrorista, así como denunciar el silencio connivente o la indiferencia cómplice de gran parte de la sociedad, ofrece al lector una serie de relatos mediocres y ramplones, de entre los cuales sólo se libra el primero, “Los peces de la amargura”, que probablemente es el único que el autor tenía pensado, mientras que el resto los ha ido trazando como revestimiento narrativo para el curso de la novela, en aras a la consecución del objetivo previsto. De este modo, el lector se puede encontrar con relatos inverosímiles como el titulado “El informe de Creta” que podría encasillarse en el género de la novela rosa o en el de guión de culebrón venezolano, o como el último relato de la obra, una especie de sainete inmerecedor de un libro de esta naturaleza, destinado exclusivamente a desmerecer o ridiculizar al lehendakari Juan José Ibarretxe y crear la opinión de que a algunos políticos vascos sólo les importa la representación de lo políticamente correcto, sin preocuparles lo más mínimo la situación real y las necesidades de las víctimas del terrorismo de ETA.

El título del libro es toda una metáfora que recoge un doble mensaje que Aramburu quiere transmitir al lector: por un lado, a través de la imagen de los peces (escamosos, resbaladizos, con ojos siempre abiertos y una enorme boca) pretende representar a esa gente que observa los hechos desde la lejanía y la indiferencia, ante los mismos se queda ojoplática (quién sabe si por causa de la sorpresa, el morbo o el horror que le suscitan) y boquiabierta (quién sabe si por el hastío o la angustia que le provocan), y decide mirar hacia otro lado, huyendo en “banco” humano hacia cualquier parte en la que no se vea obligada a enfrentarse a esa realidad indeseada que viven las víctimas de la violencia terrorista; y por otro lado, a través del término “amargura” pretende significar la infinita desazón que embarga a esas víctimas, que experimentan en su propia carne el desgarro de una vida truncada por una bala o una bomba y que, por añadidura, deben soportar la lacerante desidia de la sociedad. Este doble mensaje que nos lanza Aramburu se resume en que las víctimas sufren su dolor de víctimas en soledad y silencio, al tiempo que han de padecer la flagrante injusticia de un solapamiento social de su realidad de víctimas, cuando no un inmisericorde abandono o ninguneamiento por parte de las instituciones públicas o partidos políticos, que tantas y tantas veces hacen un uso partidario e interesado de su situación, conforme a criterios ideológicos o a intereses electorales.

Con todo, es pertinente decir que la actitud distante que muestra la mayor parte de la población, desentendiéndose de los problemas que afectan a las víctimas, se debe principalmente al miedo que muchas personas tienen a expresarse y a actuar en libertad de acuerdo con su conciencia. Miedo sustentado en el fondo nítidamente mafioso del “modus operandi” de los terroristas etarras y sus acólitos, que basan su pretendida hegemonía en la amenaza, la vejación y el insulto en público, el hostigamiento, la imposición del silencio, el amordazamiento de las ideas, la clausura de la voluntad individual, la guerra sucia psicológica, el aislamiento social y la persecución física. Y miedo aventado por un sector de la sociedad vasca que justifica y avala la actividad terrorista, con el pretexto de la reivindicación de la independencia del País Vasco respecto del estado español, o sea, con la excusa de la necesaria superación de la conculcación del ejercicio de autodeterminación a que se ve sometida la sociedad vasca. Nadie pone en duda la legitimidad de este derecho que tienen los pueblos, basado en la libertad individual de las personas y en la libertad colectiva de los ciudadanos, a elegir su propio gobierno y a decidir el marco institucional, social y político que consideren idóneo para el cumplimiento de sus expectativas nacionales, pero la lucha por la consecución de tales fines jamás puede servir como disculpa de ningún acto violento, y ha de circunscribirse en exclusiva al marco de la confrontación democrática.

Emilio Hidalgo :

El libro aborda con seriedad diferentes variables de la situación de las víctimas del terrorismo de ETA. Así, el argumento de los relatos que lo componen se ajusta escrupulosamente a los parámetros que una cuestión de esta índole requiere, y el curso de los acontecimientos nunca da un giro inesperado que pueda descolocar al lector. En este sentido todo lo que cuenta Aramburu es bastante previsible. No ocurre lo mismo con la estructura formal de los relatos, que es muy efectista. La previsibilidad de los acontecimientos proporciona al lector tranquilidad y confianza, en tanto que el efectismo de las formas ameniza extraordinariamente la lectura (así por ejemplo el uso repetido de la palabra “triste” en el primer relato, como un goteo de lágrimas de pesadumbre en las páginas del libro, la utilización de la letra cursiva para describir el entorno de la acción y distinguirlo del plano de la conversación entre los protagonistas en el último relato, las idas y venidas en el tiempo en forma de saltos continuos del presente al pasado y viceversa que tiene lugar en todos los relatos, la inclusión de minirrelatos o capítulos estancos en la estructura de algunos relatos, etc.). Todo ello sirve al propósito del autor de tratar un problema muy grave con la delicadeza suficiente como para no generar la tensión y el odio que provocan las manifestaciones irreflexivas propias de los fanáticos, los comentarios radiofónicos y las imágenes televisivas realizadas al calor de los atentados de ETA. Aramburu rehuye todo lo que significa sensacionalismo o liturgia mediática y se centra en el sufrimiento de las víctimas y de su entorno afectivo. Tampoco considera la componente histórica de eso que se ha dado en llamar el conflicto vasco, porque en el momento socio-económico en el que nos encontramos actualmente y dado el nivel de libertades socio-políticas que disfrutamos resulta de todo punto innecesario cualquier análisis histórico encaminado a una explicación racional del fenómeno del terrorismo de ETA. Lo único auténticamente relevante es el dolor de las víctimas y sus allegados y amigos, que es lo que realmente debe importar a todo quien pretenda hallar una salida a la situación de confrontación política que vive la sociedad vasca y alcanzar la normalización política y la paz. Y es que sin un ejercicio sincero y desinteresado de tolerancia, comprensión y amor hacia los que verdaderamente sufren, que por otra parte están muy por encima de cualquier reivindicación partidista o ideología política, nunca lograremos el tan anhelado objetivo de una paz justa.
 

Miguel San José :

Los peces de la amargura es un libro de divulgación que trata de las víctimas del terrorismo de ETA, pero no de las personas muertas, sino de las vivas, y que narra qué es lo que les ocurre en sus diferentes situaciones de víctimas: como víctima afectada directamente, física o psicológicamente, como víctima madre, padre, pariente, amigo, vecino o compañero que asimismo sufre el dolor de la víctima afectada en primera persona, como víctima colateral, como víctima colaboracionista, como víctima por razón de ideología, como víctima acosada, como víctima subsidiaria, etc. En la obra, Aramburu nos presenta una sociedad vasca auténtica y real, en la que una parte de la población está intoxicada por el fenómeno terrorista, circunstancia que le conduce a una deriva al absurdo y a la pérdida del norte del bien y del mal, y otra parte padece las tropelías, los abusos, los insultos, las vejaciones, el desprecio y el terrorismo de ese sector de la población, fanatizado, radicalizado e inmune al dolor de las víctimas de sus acciones. La realidad que muestra es incómoda y desagradable, pero no por ello deja de ser realidad. Y a todos nos compete hacernos partícipes de ese dolor gratuito, injusto e inhumano que ciertas personas infligen a sus conciudadanos, erigiéndose en paladines de una verdad política que intentan imponer con el terror, a la vez que nos compete también buscar la solución a la lacra de la barbarie terrorista.
 

(*) “Entrevista a Fernando Aramburu”, Daniel Muñagorri,
http://www.bastaya.org/uploads/noticias/index.php?id=6181