Diagnóstico

Le conminé a que hablara claro. No sé si por mi mirada, la relación estrecha que habíamos mantenido o simplemente porque me consideraba un hombre menor, distinto, como él. Se escudaba en sus anteojos y en su bata blanca y pulcra, en sus tecnicismos y en su parsimonia explicando lo inexplicable. Todo lo que había que saber lo mostraban sus ojos. Como si se tratase de su propia vida, se derrumbó al pronunciar la palabra. En mi interior se abrió aquello que había sentido ya mucho antes, en mi adolescencia. Después dio cierto pábulo a las estadísticas a modo de antídoto, para que mis cavilaciones no destruyesen mi fe antes de tiempo.
 
 
 
 
 
 
 
El maestresala