El agaporni esquizoide

Entro en el Geograph y el camarero me sirve un café. Como siempre. Con una mirada nos entendemos. Me acomodo en la barra y continúo con la lectura de —lo siento, el título es un poco largo—, con la lectura, decía, de El cielo es azul, la tierra blanca de Hiromi Kawakami. Una joya que os aconsejo. Mi concentración dura poco. A mi lado, una mujer en la treintena y de relativo buen ver, entabla una conversación telefónica que me expulsa de las páginas mi libro.

—… Claro, es que yo duermo en la sala —no especifica el porqué, lo cual es una lástima—, y no me deja pegar ojo… Está toda la noche mordiendo los barrotes de la jaula, hace un ruido horrible… Yo así no puedo seguir… Ya, cuando lo saco es peor, me muerde las zapatillas… Me ataca… El otro día se me tiró al culo y me mordió… Además, el bicho pega unos saltos terribles y da vueltas en el aire… Me acojona, tía, de verdad… Las zapatillas las tengo destrozadas…
La conversación continúa así un par de minutos. Cuando cuelga, me inclino y le toco el codo mientras me disculpo. Ella da un respingo y me mira mosqueada. Le obsequio con mi mejor sonrisa, aunque no parece tener demasiado efecto. La luz cenital siempre me ha perjudicado.
Perdona, pero es que no he podido evitar oír tu conversación, y me preguntaba qué clase de animal es ése del que hablabas.
Entiendo su primera intención, la posibilidad de ignorarme se balancea dentro de sus pupilas: a mí tampoco me gusta que me hablen desconocidos en la calle, o en las cafeterías si se tercia. Sin embargo, es tal su agitación, que opta por responder a mi impertinente curiosidad.
Pues es un agaporni, me lo ha dejado mi hermana durante las vacaciones y… —aquí regresa al tema de las zapatillas.
Ya —me solidarizo con ella.
Trato de atajar su verborrea, creo que es de la mayor importancia lo que tengo que decirle.
Según eso, entonces es imposible que te haya mordido.
Ella se queda como congelada, ni parpadea. Su labio superior empieza a temblar y se eleva ligeramente en un inconfundible gesto de asco.
Oye, ¿tú eres bobo o qué? Me lo vas a decir a mí, si te parece… —me parece que la gente es demasiado agresiva, pero no se lo digo. Por desgracia no me muestra las evidencias glúteas.
Me aclaro la garganta y trato de explicarme.
No, verás, es que los pájaros tienen pico, no tienen dientes, por lo tanto es imposible que muerdan y como tú decías que… —me interrumpe con un sonoro manotazo sobre la barra.
Oye, ¿tú eres anormal o qué? —su vocabulario agresivo refleja cierta variedad—. Mira tío, apártate de mí o te juro que llamo a la policía…
Quizá esté equivocado. Es posible que si un pájaro te pellizca con el pico a eso se le llame morder. Debo consultar el diccionario. En fin, me encojo de hombros y opto por regresar a mi lectura. Ella por lo visto no ha quedado satisfecha con los insultos y amenazas.
Oye, Íñigo —Íñigo es el camarero—, ¿se puede saber quién es el tío raro éste?
Me está señalando con el pulgar sin ninguna discreción. Algunos clientes vuelven la cabeza y nos miran. Pago el café. Por suerte tengo suelto y no necesito esperar las vueltas. 
 
 
Roberto Sánchez