El cadáver exquisito

 

La noche era desapacible. Un leve sirimiri embrumaba el callejón de salida del aparcamiento privado del casino de la ciudad. Yo lo vigilaba desde el parking de la estación de tren aledaña. . Era el sitio ideal para atisbar el movimiento de los vehículos que abandonaban el local de juego y, también, para iniciar su persecución, ya que éstos únicamente contaban con la posibilidad de embocar en una avenida que distaba unos cincuenta metros del sitio en el que me hallaba, a la cual podía acceder fácilmente con sólo dar marcha atrás y enfilar una calle que confluía con ella en una rotonda cercana.
 
Llevaba más de media hora dentro del coche. Permanecía alerta, con la mirada fija en el callejón, atento a lo que allí pudiera ocurrir. La visibilidad era escasa, porque el parabrisas estaba empañado. Caía una pertinaz lluvia. Por enésima vez accioné el interruptor del limpiaparabrisas. Nada había variado: el callejón se desdibujaba entre las sombras, la luz titilante de dos farolas se desvanecía entre cortinas de agua de lluvia y los destellos espasmódicos del letrero de neón que adornaba la entrada del casino refulgían en los peldaños mojados de la escalinata que se abría un metro delante del coche. Eso era todo.
 
Bueno… Todo no. Porque me hervía la sangre y, por momentos,, mi malestar iba en aumento. En ese instante, una vaharada de odio envolvió mi mente y la embrumó con un tul de recuerdos hirientes. Era ella, ella que me agitaba las entrañas, ella que me bombardeaba con sus miradas, sus palabras y sus fragancias, ella que no cesaba de torturarme con su omnipresencia: su cara, sus labios, sus manos… se habían convertido en afilados cuchillos que me desgarraban el corazón; y sus besos, sus promesas, sus caricias… en látigos que me descarnaban.
 
Ella, sí, era la causa de todos mis males: me traicionó…, echó por tierra mis sueños… y me hundió en la miseria. Aquella pécora rastrera me borró del mapa de su corazón y arrojó mis proyectos a las cloacas de un desdén lacerante; mientras que, por su parte, llevaba una vida gozosa de mantenida. Como en esa oportunidad, que se estaba divirtiendo en aquel club de recreo privado en compañía de su flamante maromo, ajena a mi tormento. ¿La muy zorra…! ¿Qué poco le quedaba! ¿Acaso creía que se iba a ir de rositas, después de haberle dejado plantado? ¡No sabía muy bien con quien se la estaba jugando! Y, en caso contrario, debía conocer que había apostado a perdedor. Su suerte estaba echada. ¡Por mis huevos que sí! Zanjaría el asunto de una vez por todas. Y lo haría como se merecía aquella vulpeja que me había humillado con su desprecio. Yo que se lo di todo, yo que velaba celoso sus noches y sus días, yo que me desvivía para satisfacer sus necesidades, yo que trabajé duro para cimentar un hogar donde primara el orden y el respeto a las normas, yo que le profesé tanto cariño, estaba desahuciado. Y es que la muy cretina no entendió de la misa la media.
 
Desde el primer momento, le hice ver que el éxito de nuestra relación dependía de su actitud. Sólo le pedí que se amoldara a mis gustos y preferencias. No le costaría mucho, porque todo lo que hacía era siempre pensando en ella. No debía preocuparse por nada. Yo la mimaría y la protegería. Con dejarse llevar y hacer bastaba. ¿No era aquello lo más parecido a la felicidad?
 
Pues… la ingrata víbora no lo estimó de esa manera. Y eso que al principio la entente funcionó a pedir de boca. Ella era complaciente y sumisa. Se esmeraba en tenerlo todo a punto para mí y rara vez protestaba por algo. La situación cambió cuando se apuntó a un taller de escritura creativa. Entre las horas lectivas y el tiempo que invertía en zarandajas literarias, bien para escribir en casa poemas y relatos, bien para charlar en una cafetería con sus nuevas amistades o bien para asistir a todo tipo de actividadess relacionadas con su afición, se le iba la mayor parte de la jornada. La consecuencia inmediata fue que advertí cierta negligencia en las labores domésticas y un incipiente descuido en sus obligaciones. Y así se lo dije. Le recordé que su deber inexcusable era atenderme con diligencia y, sobre todo, respetar mi voluntad. Le dejé claro que quien mandaba allí era yo y que no permitiría su libertinaje. No respondió. Soltó unas lágrimas y me sirvió la cena.
 
A partir de aquel día, decidí realizar un marcaje más cerrado de sus actos. Así, cada vez que me disgustaba le apercibía por su falta. Pero mis consejos no surtieron efecto. Sus yerros persistían . Aquello no era circunstancial. Me convencí de que me estaba desafiando, de que su modo de proceder se enmarcaba dentro de un plan encaminado a quebrar mi autoridad. No había lugar para la duda: sus colegas del taller de escritura le habían llenado el fajín de proclamas fenimistas; y ella seguía a pies juntillas los dictados de aquellas fulanas que, probablemente, no valdrían ni para echarles un polvo. Determiné que, sino variaba en su comportamiento, las tendría gruesas conmigo. Nada de sermones ni miramientos. En adelante, el trato con ella se reduciría a la pura bronca. Aquella díscola descastada se lo había ganado a pulso. ¡Y vaya si tuvo broncas! Una tras otra. La gilipollas no espabilaba. Sólo hacía llorar y lamentarse. Eso sí, al cabo de unos días, me la volvía a jugar.
 
Con el paso de las semanas, su descaro alcanzó cotas insospechadas. En cierta ocasión, intentó vejarme obligándome a poner la mesa. ¡Lo que me faltaba! Nadie que fuera un hombre se tragaría semejante sapo. Yo que venía de trabajar hambriento y con prisa – porque, claro, esa era otra; la “señorita” no pegaba un palo al agua-, no tenía por qué encargarme de esa tarea propia de un ama de casa. ¡Menuda desvergüenza! La filípica que le cayó fue de campeonato, por mucho que pretendiera excusarse alegando que le había pillado el toro en un trabajo que debía rematar para el taller de escritura. Aún recuerdo sus palabras: “Es un cadáver exquisito que compusimos ayer y quería pasarlo a limpio”. ¡Un cadáver exquisito!... ¡Y una mierda!
¡Vaya tomadura de pelo! Un cadáver iba a ser ella, si seguía por esa senda. No sé cómo no le partí la cara. Aunque lo que si hice fue tirar por el inodoro toda la comida que había preparado y largarme a la calle.
 
Esa tarde se desató la cadena del fin. Cuando retorné al hogar, no la encontré en él. Apareció una hora después. No medié palabra alguna; me acerqué a ella y le pegué una bofetada de “chúpame dómine”. No se arredró y clavó en mí una mirada displicente, provocadora y terrible. Mi respuesta fue de recibo: un puñetazo en el estómago y otro en el ojo izquierdo. La imbécil se lo había buscado. ¿Quería follón? Pues allí lo tenía. ¡A mí no me tocaba las pelotas aquella payasa ! ¿Quién llevaba los pantalones? ¿A cuenta de quién vivía la malnacida? ¿Qué era sin él, más que una inútil con pretensiones literarias? ¡Se acabó! Le prohibiría acudir al taller de escritura de marras, incluso salir de la vivienda si no era en mi compañía. Le confiscaría la cartilla del banco y le anularía las tarjetas de crédito. Y, cómo no, daría de baja el número de su teléfono móvil. ¡Bravuconadas a mí!... A ella lo que le tocaba era obedecerme a rajatabla; y sin rechistar. Esperaba que con estas medidas, de una vez por todas, aprendiera la lección. Sin embargo, no sucedió así; y le tuve que calentar prácticamente un día sí y otro también.
 
El tiempo se desplegaba muy lentamente; y los minutos parecían no transcurrir. ¡Una hora! Había pasado una hora. Y las cosas seguían igual, salvo el hecho de que entonces precipitaba un intenso aguacero. Comencé a impacientarme. Puse de nuevo en funcionamiento el limpiaparabrisas. Vislumbré el callejón anegado de oscuridad. ¡Cómo tiraba! No se veía nada. En esto, oí un ruido. Me sobresalté. Era un transeunte que pasaba junto a mi puerta, rozándola. Se protegía de la lluvia enfundado en su gabardina y oculto bajo un enorme paraguas. Una nueva vuelta del limpiaparabrisas… y pude fisgarlo mejor. Me entretuve mirándolo. Andaba con paso inseguro, como quien teme resbalar y caerse al suelo; y eso que calzaba unos zapatos enormes con una gruesa plataforma. El desconocido bajó despacio por la escalinata y se perdió en la callejuela adyacente al aparcamiento del casino. Aseguraría que no había reparado en mí, mas la visión de aquel individuo me desasosegó.
 
Sonó el móvil. No lo cogí… No estaba para conversaciones; y, además, debía evitar cualquier distracción. El timbre de la llamada insistió. Me puse nervioso, pero aguanté. Y al final el tono del teléfono se apagó en la bandeja del salpicadero. Para relajarme, apoyé la nuca en el cabezal del asiento y extravié la mirada en la contemplación de los hilos de agua que serpenteaban de una punta a otra del cristal. Esta lasitud momentánea duró poco, porque seguidamente me asaltaron los monstruos que habitaban en mi interior por causa de la ignominia en que caí tras el definitivo desplante de aquella arpía.
 
Nunca he entendido por qué quiso que nuestra relación terminara así, por las buenas, en un pispás, como si todo lo que habíamos vivido juntos le importase un bledo. El espectáculo que me montó la última vez que la tuve a mi lado era digno de la mejor de las tragedias shakespearianas: a ratos, gritaba como una posesa; a ratos, gemía lastimeramente; a ratos, balbucía; a ratos, profería amenazas; y en medio de tanta pamplina y exabrupto, recitaba unas estrofas esperpénticas que, por supuesto, habrían salido de su maravilloso taller de escritura – algo así como:”No quiero estar condenada a sufrir una pesadumbre sin matiz, no quiero estar condenada a vivir por vivir, no quiero estar condenada a tener que ir por el camino de otro sin desliz, no quiero estar condenada a servir una servidumbre sin porvenir.”-. Finalmente, bañada en lágrimas, guardó silencio.
 
¡Condenada, condenada! Condenada… ¡a qué? ¡Anda que la hija de furcia no tenía jeta ni nada! Si vivía como una reina… La paliza que le propiné fue de órdago. Cayó al suelo, creo que inconsciente. Allí la dejé, despatarrada en medio de la cocina, perdida de sangre. Y me marché al bar a jugar la partida de cartas. A mi regreso, no la hallé en casa. Al parecer, la andanada de golpes que recibió resultó insuficiente para escarmentarla. “¡La mato! ¡La mato! ¡Cuando vuelva, la mato!”, fue lo primero y único que pensé. Pero jamás volvió.
 
De pronto, llamaron mi atención los dos haces de luz que iluminaron el callejón. ¡Un coche! Me incorporé rápidamente. El limpiaparabrisas dio tres barridos a la luna. Decepcionado, comprobé que no era el que esperaba. Se trataba de un monovolumen oscuro de gran tamaño que en nada se parecía al coche del amante de la raposa de mi exmujer, que tan bien conocía. No en vano llevaba expiando sus movimientos desde que una tarde pillé a los tortolitos haciendo compras en unos grandes almacenes. ¡Cómo se reía la muy puta! No sé si ella se percató de mi presencia. Da lo mismo. El caso es que sus carcajadas me supieron a anuros venenosos y me revolvieron las tripas. Aquello era inadmisible: yo… vilipendiado y enfangado en el infortunio; y ella, destilando alegría a expuertas. No podía consentir semejante ultraje. Me las iba a pagar todas juntas. Y había llegado el día.
 
Pasaron quince minutos, que se me antojaron lustros, hasta que de nuevo dos cañones luminosos albearon el callejón. Di otro toque a la palanquilla y comenzó a girar el limpiaparabrisas. Percibí con nitidez dos faros de xenón. Contuve la respiración. Luego aprecié el brillo argentino del felino insertado en la parte delantera del capó y la palidez cenicienta de la pintura gris metalizada de su lateral derecho - fenómenos producidos por el tenue reflejo de la luz de una farola- y definitivamente, el automóvil al completo. Era el Jaguar del cabrón que se tiraba a mi excostilla rota.
 
Excitado, arranqué el motor. Aguardé a que la berlina alcanzara la glorieta donde interseccionaban la vía que ella transitaba y la que yo debía tomar. Cuando lo hizo, me coloqué detrás de un taxi que circulaba a una distancia prudencial de mi objetivo, y lo seguí. Los tres vehículos, interpuestos entre otros, recorrimos varias calles. Conocía el destino de quienes perseguía: el Sheraton. Allí tenían reservada la habitación 707. Todos los martes y jueves acudían a fornicar a su nidito de amor. La procesión se detuvo cuando el Jaguar accedió al parking del hotel. El taxi se paró frente a la entrada. De él descendió un hombre, paraguas en mano y con la cara escondida tras los cuellos alzados de la gabardina. Me dio que era el mismo tipo que había visto antes. Me amosqué bastante; y cavilé un poco. Resolví que se trataría de una casualidad y que el extraño sería un cliente del hotel. Y, por fin, estacioné en la calle.
 
El hall estaba muy concurrido, y la cafetería abarrotada de gente. Se celebraba una gala de recepción a los participantes en el Congreso Internacional de Medicina Rural y de Asistencia Primaria. Así rezaba en el cartel informativo instalado en la entrada. Un cuarteto de jazz amenizaba la reunión. Tocaban en un escenario improvisado al efecto, situado justo en medio del espacio abierto que adornaba el claustro futurista del local. Me mezclé con los invitados a la fiesta.
La velada discurría animada. Todos parecían disfrutar del excelente ambiente que reinaba en la planta baja del Shératon. El júbilo se expandía en burbujas de champagne y canapés de caviar, y la ventura se propagaba en volutas de humo, palmadas en la espalda, apretones de manos y desinhibidas risotadas.
 
Cuando consideré que los encelados ya se habrían puesto cómodos en su lujoso picadero, subí a la séptima planta y me personé en él. Lo tenía todo previsto: nada más que me abrieran la puerta, sacaría la pistola que ocultaba en el bolsillo de la parka y les amenazaría; una vez en la habitación, les compelería a tumbarse boca abajo en la cama, no sin antes hacer que la urraca colocara a su amado pichoncito las esposas que había adquirido en un sex-shop; luego les inyectaría sendos compuestos químicos: a él, un específico letal, y a ella un inhibidor muscular; y acabaría la faena forzando el suicidio de aquella desgraciada que lo único que me reportó fueron dolores de cabeza y desdicha.
 
El plan salió a las mil maravillas: el Romeo de turno expiró a los seis minutos de recibir su banderilla y, entretanto, los músculos de la felona abarraganada ya se habían atenazado, hasta el punto de convertirla en una marioneta descoyuntada. Sólo el parpadeo estroboscópico de sus ojos delataba que todavía continuaba viva. Sin perder ni un segundo, le mandé que se levantara de la cama. Lo hizo con gran torpeza; si bien, muy dócilmente, como a mí me gustaba. Actuaba bajo los efectos del fármaco que le había proporcionado. Ahí quería tenerla yo: sometida a mis exigencias. Si la majadera de ella hubiera entrado en vereda, no se habría visto envuelta en su propia burbuja de muerte. Me sabía dueño de su cerebro y de su cuerpo, de modo que le conduje afuera de la pieza y, ya en el pasillo, le ordené que se subiera a la barandilla de una de las balaustradas que piso sobre piso jalonaban el perímetro interior del hotel y que se lanzara al vacío. Me retiré al extremo del corredor más alejado del lugar de la escena, justo en la zona de ascensores; y esperé a que saltara.
 
Cuando llegué al vestíbulo mi venganza se había consumado. Las voces de los congresistas e invitados asistentes al lunch se habían acallado y, también, desdibujado las sonrisas de sus caras. Entre el hervidero de curiosos distinguí al sujeto de la gabardina. Se había quitado la prenda, pero lo reconocí por sus descomunales zapatones. Me posicioné a su par y lo miré de soslayo. En su semblante se perfilaba un gesto de perplejidad. Él, como el resto, atónito y petrificado, observaba horrorizado el cuerpo desnudo de una mujer estampado sobre el piano de cola que poco antes tocara el teclista del grupo de jazz. Aquello si que era un cadáver exquisito. Era la victoria… Mi victoria.
 
 
Nicolás Zimarro