Bajo el influjo del cometa

 


 

 

“Hasta dios está loco y la virgen tira piedras”, reza el dicho popular con que uno se refiere a ciertas perturbaciones o mismamente aberraciones conductuales colectivas que no sabe explicar. A menudo bajo el supuesto estrato de normalidad subyace la fangosa naturaleza del monstruo (en condiciones de temperatura y presión ambiente, no hace falta que el personal esté “Bajo el influjo del cometa”). Bien, pues ese podría ser uno de los vectores de esta colección de cuentos que me ha deslumbrado como la cola del Hale-Bop, el cometa que da origen al relato que da título al libro.

 

Se me olvidaba decir que es que en mí también habita el monstruo. Él pensaba que Jon Bilbao era de ese tipo de escritor novísimo que había tenido la suerte de dar con un filón de frikis deseosos de ser los primeros en haber descubierto un becerro de oro. Pero mi experiencia me viene demostrando que los de la editorial Salto de Página no yerran el tiro. Y como equivocarse es de tontos, pues ahí estaba yo, ciego en el país de los tuertos, teniendo que rectificar mi nulo punto de vista al atisbar una escritura contundente, cuyo paso siguiente consiste en afianzar el anterior, un discurso narrativo al servicio, nada más y nada menos, que de un contador de historias. Al final, ocho relatos casi a escala 1:1. Y eso porque los relatos se van desplegando con una lentitud geológica y necesaria; con una extensión que no invita a ninguna relectura, pero suficiente; palpables y reales como ese vecino que saca la basura a deshoras.

Creo que era Ángel Zapata citando a alguien, quien decía que en los relatos de ahora no se come. Que en la literatura del XIX se comía, y había placer en ello. En el libro de Bilbao se come, sobre todo mucho cordero, y tiene algo de narrador clásico, nada de cocina experimental con platos desecados a base de nitrógeno líquido del tipo “fulanito/a, arquitecto/a de éxito estaba en una encrucijada de su vida en la que si podía ser que sí, iba a ser que sí, y si podía ser que no, iba a ser que no y por eso puso agua de por medio iniciando una nueva vida en el minimalista apartamento neoyorkino del edificio Dakota…” Nada de esa nata montada que con la facilidad que procura la ósmosis inversa se disuelve en las papilas gustativas sin dejar rastro. “Y qué le voy a hacer, si me gusta el buen comer…” cantaban los payasos de la tele seguido del “poromponpon, Manuela, poromponpon, Manuelaaaaaa”. Pues eso.

Bueno, me he equivocado. “Belígero”, si es de ese tipo, pero solo en cuanto a la protagonista: chica de la tele que debe andar bastante hastiada del éxito busca rincón apartado donde encontrar su camino de iniciación como yogui. Y también de paso quiere entrar en comunión con la naturaleza a través de un zorro que la desquicia, dando la razón al acervo popular japonés que trata al zorro como un animal maléfico que vuelve locas a las personas. Pero hace demasiado frío, y estos labriegos son todos unos gárrulos que quieren matar a mi zorrito, el mío, porque ha hociconeado en el corral de una abuela sorda. Yo, que ahora soy una ecologista furibunda con delirios de conexión cósmica lo voy a salvar. No me estoy mofando del relato. Es así de poliédrico: uno lo puede contar de esa guisa, a costa de la pija, sombra del urbanita cargado de soplapolleces que cuando llega al campo quiere poner a comer latas de conserva a quien siempre se ha tenido que ganar el sustento. Lo otro, la atmósfera, las pequeñas señales equívocas o ruido de fondo, brindan una lectura inquietante, el lector muy pronto empieza a querer atar la gavilla de sus barruntos y termina equivocándose de cabo a rabo, y termina con el rabo entre las piernas humillado por ese “savoir faire” y reconociendo las facultades de trilero con clase que luce el escritor, capaz de tensionar nuestros nervios, y eso sin ser un relato de suspense ni de misterio. Un combinado cuyo final da para pensar un rato: ¿somos así, y con este tipo de gente, cuya cordura pende de un hilo tenemos que convivir? Es extraño que no pasen más cosas. Hasta dios está loco y la virgen tira piedras.

“Los espías” es anterior, el que abre el libro, y el primero de esta serie de tres en que la normalidad de los personajes “normales” es una falacia. Pero aquí el juego es todavía más sutil. Es casi al final cuando nos vemos obligados a recomponer la pose, rápidamente tenemos que hacer permutaciones binarias. ¿Cuál es la combinación ganadora? Espiador-espiado, espiado-espiador, espiador-espiador… Porque claro, ya el lector había juzgado, tenía repartidos los papeles entre los buenos y los malos y de pronto su verdad era un castillo de naipes donde habitan un par de neuróticos. Jon Bilbao sabe lo que interesa: queremos personajes cercanos a nuestra cotidianeidad, con una sencillez vecinal, y sobre todo y por encima de todo, saber tanto tantísimo de ellos que quepamos en ellos para vestirnos su traje.

Incluso en los entornos más raros (“Una victoria parcial”, tercero de la cuerda que citaba), la angustia existencial, la consciencia de una vida cuyo valor es el del conjunto vacío, la deformidad maniática (¿por qué necesitan disponer de la playa en exclusiva absoluta, como si estuvieran en la escena final de “El planeta de los simios”?) se expresa a un nivel entendible, con una plasticidad supina sin ese lenguaje cabalístico que luego da tanto juego a los escritores en las entrevistas, como a los políticos en las grandes cumbres internacionales donde se dice mucho y no se ataja problema alguno.

Y si antes he citado una película, creo que los cineastas lo tienen difícil con los relatos de Bilbao. Porque son tan visuales como algunos de sus elementos: el agua marrón del barreño sobre la que flota una capa de grasa, o esa voz como un estropajo viejo, o página 74: “… de su gran boca manaba una nube de vapor de agua que, con el frío de la mañana presentaba una apariencia consistente y bulbosa, como un colosal cerebro albino”). Un director, un guionista, no podría más que trasladar plano a plano, secuencia a secuencia, lo dicho en cada narración, adiós a su impronta personal, en estos metrajes largos que se desvían en ramificaciones necesarias hasta generar la copa esférica y perfecta de un árbol cuyas ramas se comunicaran en forma de redes neuronales, no hay ninguna calle cortada y el inciso que ahora se produce conecta perfectamente con lo anterior y lo que viene después.

Quizá el único ejemplo en que esa “visión cinematográfica” hace resentirse a la narración es la parte de “Soy el dueño de ese perro”, en que dos personajes conversan en un despacho y el diálogo desprende cierto tufillo a gato-ratón, entre lo que podría extrapolarse al esquema de un detective duro y un interrogado al que se acorrala (aunque aquí los papeles virarán en un momento determinado). Por lo demás esta historia trasmite esa sensación de totalidad, otra vez repito lo de esférica porque no hay fisuras, el lector tiene la sensación de haber leído una novela condensada. Y además se adereza con componentes del cuento antropológico de toda la vida ya que consigue espolear la racionalidad del lector retrotrayéndolo a sus miedos de niño.

La foto fija, ese fósforo que se quema a sí mismo también encuentra su rincón. “El mejor regalo posible” es el relato inesperado y bisagra que remansa el ánimo del lector, que viene de unas lecturas que le producen una inquietud de baja intensidad pero de frecuencia constante. Pero esa placidez solo se consigue cuando el relato termina. No porque sea aburrido o malo, sino porque no sabiendo cual es su extensión uno se prepara para un relato de fondo, atento a las múltiples expectativas que se podrían ir abriendo, dispuesto a que el detonante, le estalle de un momento a otro. Y no hay detonante, sino un giro inesperado en forma de reacción intermedia (ni huída ni lucha) de uno de los contendientes que se baten literalmente en el relato. El final nos conduce a un fundido en negro por un camino aterciopelado con un pasamanos hecho de filamentos de erotismo. Contrariamente a lo que cabría pensar, desemboca en un dulce adormecimiento poético.

 

El anterior es el mejor entremés posible antes de atacar este plato consistente titulado “Un padre, un hijo”. Ya digo, que menos el anterior, cada uno de los siete relatos proporcionan por sí mismos la sensación de haber leído mucho. Y no por cansancio en la extensión de las historias. Hay libros que pese a gustar uno agradece cuando terminan, pero este, aún con sus 249 páginas se cierra sin sentir alivio. En ese orden de cosas uno hubiera aguantado Jon Bilbao para rato.

Bueno, volviendo al relato, el caso es que creo que antes hablé demasiado rápido de “novela condensada”, porque esta narración, esta auténtica road movie, sí que lo es.

Si el fin de un relato es contar una historia, me parece que una prueba de su rendimiento (energía invertida vs. trabajo conseguido) es el hecho de que pueda ser resumido en pocas palabras. Pues bien, los relatos de este libro admitirían perfectamente una indización mediante unos cuantos descriptores, y un abstract. Los descriptores de “Un padre, un hijo”: dios, todo lo demás. Abstract: un hombre físicamente fuerte, iracundo, con una buena cuenta corriente, cree que puede, que es su deber organizarle la vida a todo el mundo. Incluido el amor.

Para resumir el acierto de Bilbao a la hora de dibujar sus personajes solo se me ocurre compararlo con algo que hacen los biólogos: la PCR o reacción en cadena de la polimerasa. Por lo que sé se trata de multiplicar ADN. Si los personajes tuvieran eso, ADN, los de Jon Bilbao serían genéticamente puros, sin máculas. ¿Cómo consigue replicar estos segmentos completos de biografía? Si yo lo supiera no estaría escribiendo esta reseña, sino un relato.

“Ha desaparecido un niño” como el anterior, es otro “espejo social”. En el anterior, un padre-dios debería dar un hijo-dios, y no alguien a quien un palmetazo de su padre en las espaldas casi le disloque un hueso. Una mujer, según cualquier manual de antropología, como fruto de la educación recibida debería ser la antítesis de la protagonista de este relato, máxime si su madre es una señora madre de las de toda la vida.

O los mecanismos de respuesta vecinal que se desatan en este relato son producto del fariseísmo social y la protagonista es la única capaz de reconocérselo a sí misma, o es que en el fondo nos puede la parte animal, y para nuestros adentros pensamos lo de “si cae alguien, que seas tú”. Para recomendar este relato solo podría volver a enarbolar mis ya cansinos argumentos anteriores, pero no podía dejar de citarlo al menos.

Y en “Bajo el influjo del cometa”, como en todos los anteriores el lector sigue pisando sobre losetas sueltas que resuenan a cada paso. Solo cuando hemos pisado, oímos el ruido y ya no hay forma de evitarlo; solo cuando el escritor muestra una nueva evidencia, el lector comprende que sus elucubraciones anteriores no tienen sentido, y que efectivamente estos vecinos tan normales (los protagonistas) también están más para allá que para acá, a tenor de su afán por perpetrar un robo con el único afán de deshacerse del botín.

Pero tampoco el argumento es convencional. Desastres naturales o nucleares: abarca a todo el planeta, todo el mundo está jodido, y cada cual salva su culo. En este relato, contrariamente a lo habitual, la cosa sucede en el punto medio: solo algunas partes de los países se ven afectados por un fenómeno natural, esto es, el paso del cometa Hale-Bop, que desde hace semanas inutiliza las redes eléctricas y a partir de ahí todo lo demás. Otras partes a pocas horas en coche, siguen con su rutina habitual, pero en cualquier caso la vida discurre por unos cauces no tan terroríficos como siempre imaginamos.

Parece mentira que la luz de muchas de las estrellas que vemos haya viajado durante millones de años a la máxima velocidad, la de la luz, y que esos mismos cuerpos celestes se hayan extinguido en tanto que su producto energético sigue viajando. Es algo parecido a la literatura, autores muertos cuyas obras se siguen leyendo. Jon Bilbao es lo más parecido un clásico, y esto casi no pega con lo anterior, pero bueno. De modo que aunque usted sea una de esas personas que solo leen un libro en el puñado de años que tarda un cometa en pasar dos veces por el cielo, este bien podría ser el suyo.

 

 

José Cruz Cabrerizo

 

http://jonbilbao.wordpress.com/

http://juancarlosmarquez.blogspot.com/2010/05/bajo-el-influjo-del-cometa-de-jon.html

http://www.conoceralautor.com/obras/ver/NjU4

http://www.koult.es/2010/05/jon-bilbao-el-western-es-una-fuente-de-alta-literatura/

 

PD : ponemos esta reseña hoy miércoles 15 de septiembre de 2010, después de haber asisitido a la presentación del libro en el FNAC de Bilbao. El autor mismo nos ha explicado los entresijos de su obra con asombrosa didáctica y unas meditadas cuatro razones para prescindir de los guiones de los diálogos.

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