Equilibrismo

Unos focos abollados alumbran a lo alto donde hay un hombre con mallas brillantes. El público zurea de expectación ante el comienzo del número. El equilibrista va a iniciar la maniobra sin red en la cima de la vieja carpa. El sudor que brilla en su rostro es incapaz de borrar su sonrisa. Toma la pértiga y va caminando paso a paso en medio de un silencio desazonante hasta la mitad del trecho. La sonrisa no se disgrega ni incluso después de realizar una difícil equilibrio de arriesgada ejecución.
Nadie sabe que meses atrás falleció su hijo ejerciendo el mismo oficio. Carece de importancia. De la misma forma caminamos sobre el fino alambre de la vida sin que se note el dolor ni la angustia. Silenciosa y cadenciosamente con la vista en el vacío. El público aplaude con estruendo otra tarde más al hombre de las mallas brillantes tras culminar con éxito el número circense. El aplauso se amplifica mientras el trapecista, en soledad, regresa a su caravana.     
  

 

 
 Jon Rosáenz