Historia de Fabio Scargieli

Años más tarde, Fabio Scargieli recordaría sus tiempos de hombre más alto del mundo como un paisaje con un fondo de rejas y sombras. Fabio Scargieli llegó a ser durante una época de su vida el hombre más alto del mundo, y si dejó de serlo no se debió al nacimiento de ningún otro fenómeno como él, sino al amor de una mujer. Algunos dicen que aún continúa enamorado a pesar de su trágica muerte en defensa de la Patria.
Nació Scargieli en una aldea escorada sobre las laderas argentinas de los Andes. El lugar no tenía nombre, aunque los naturales de la localidad aseguraban que tenerlo sí que lo tenía, pero que nadie se acordaba de él. Como ésta era una explicación demasiado prolongada para un sitio tan pequeño, cuando a Fabio, ya siendo famoso, le preguntaban, él se limitaba a responder que había nacido en la Patagonia. Esto sucedió en el año 1952, exactamente el mismo día que Evita Perón abandonó la Argentina, el mundo y la vida, todo lo cual venía a ser lo mismo, según el progenitor de Scargieli. Durante los primeros años de su infancia, las únicas palabras que su padre pronunciaba lo eran para lamentar la pérdida de tan ilustre mujer y de sus habilidades sexuales, conocidas, según él, por miles de argentinos. La mañana en que los milicos se lo llevaron, su mujer, la madre de Fabio, apenas enarcó una ceja y pronunció un lacónico, “sos un bocón”.
Los dos años de ausencia de la figura paterna marcaron profundamente la vida del niño Scargieli. Uno de sus mejores amigos durante su etapa de luchador, el difunto Mateo Promovski, explicaba a quien quisiese oírle que en aquel tiempo Fabio desarrolló un poderoso complejo de Edipo, jamás superado. Su madre, María Cano Gómez, gallega de Monforte de Lemos y emigrada a la Argentina con su familia al acabar la guerra civil en España, fue, mientras vivió, una mujer bajita, y cuando murió, se quedó en nada. Ése fue el epitafio que su marido mandó grabar en su lápida pocos años después de regresar de la cárcel, cuando María Cano Gómez murió a causa de un mal golpe al caerse de la mesa de la cocina mientras trataba de cambiar una lámpara. Por aquel entonces Fabio tenía ya unos siete años y a buen seguro fue quien más se dolió con la muerte de la mujer, más aún cuando fue él quien la vio morir. Según testimonio de su entrenador de baloncesto, Ludolfo Goldstein, cuando se emborrachaba, y durante esa época esto era algo frecuente, Fabio hablaba de la impotencia que sintió al ver a su madre trastabillar y precipitarse contra la chapa metálica de la cocina de carbón. Contaba cómo había alargado sus bracitos en un intento de sujetar la cintura de la mujer, y que a causa de su corta talla no lo había conseguido. Según su compañero de equipo, Eladio Soncillo, el poderoso sentimiento de culpa que experimentó Fabio Scargieli por la muerte de su madre le hizo crecer y crecer y crecer en un intento imposible de salvarla. Según Eladio, ésta y no otra hubo de ser la razón de la elevada estatura alcanzada en la adultez por Fabio, porque sus ancestros maternos allá en la Madre Patria eran apodados los “taponcinhos” y los paternos, oriundos de Brindisi, en Italia, jamás superaron el metro y medio. El hecho de que el carnicero de la perdida aldea patagona midiera más de dos metros siempre fue silenciado por los biógrafos y amigos de Scargieli. Al parecer el carnicero de apiadó del niño huérfano y, una mañana, un par de semanas después del óbito materno, una llamada de teléfono y una breve negociación de su padre con el carnicero le llevaron a trabajar de ayudante de éste. Allí fue donde creció. Y creció Y creció… Y creció tanto entre las mollejas, filetes y chuletillas que pronto comenzaron a llamarle “el del asombroso parecido”. El genetista finlandés recientemente suicidado, Haari Vaatakoonen, aseguró en 1970 que es factible que un hijo llegue a parecerse físicamente a sus padres adoptivos. Poco después, el genetista fue encarcelado por abusar de varios menores mientras intentaba, según él, demostrar sus teorías. Los habitantes de la innominada aldea patagona, desconocedores de tales aseveraciones, pronto comenzaron a murmurar a propósito del mentón de Fabio, igualito que el del carnicero; a propósito de la nariz de Fabio, igualita que la del carnicero. Y así sucesivamente. Lo cierto es que con doce años, Fabio ya era tan alto como el carnicero. Una borrachera y un comentario maledicente escanciado en el oído del señor Scargieli llevaron a éste a aporrear la puerta de la tienda una noche, y después a intentar pegarle fuego. Según algunas versiones su muerte fue rápida, su cráneo hendido por un certero hachazo del carnicero. Según otros vecinos, entre ellos cabe citar a Genaro Valcancillo, a la sazón propietario del local donde se ubicaba el negocio de casquería, el señor Scargieli tardó bastante en sucumbir a la furia de su agresor. Según contó a quien quiso oírlo, el fallecido recibió no menos de diez hachazos en diferentes partes de su anatomía, dos de ellos tan simétricos que sus piernas quedaron amputadas a la altura de las rodillas. Parece ser, siempre según Valcancillo, que el carnicero no hacía más que gritar algo así como: “sos un atorrante, puto enano, y voy a hacer que los huevos te arrastren por el suelo”.
La gendarmería dio buena cuenta del carnicero, mientras que Fabio, ya huérfano del todo, ingresó en el hospicio de la ciudad de Santa Filomena. Allí cumplió los quince años y alcanzó los dos metros y treinta centímetros de altura. Uno de los celadores aseguraba que por aquella época, al chaval le dio por practicar la lucha libre con sus condiscípulos. Un compañero del anterior matizó esto último; según él, masacre es la palabra que mejor se adaptaba a lo que solía practicar Fabio en realidad. No queda claro, pero la muerte de uno de los jóvenes de la inclusa por estrangulamiento, fractura de columna, hundimiento de la zona parietal del cráneo y politraumatismos, motivó la expulsión del joven Fabio del hospicio el mismo día que cumplía dieciocho años.
Gracias a su prodigiosa altura pronto fue contratado por el equipo de baloncesto local. Su entrenador, un exguerrillero chetnik llamado Iván Locomovic, huido de Yugoslavia en 1945 y acusado de crímenes de guerra por los tribunales soviéticos, declaró que el chaval tenía aptitudes, pero era incapaz de controlar su agresividad. Según el señor Locomovic, durante el último partido que jugó en la cancha de Santa Filomena, el equipo contrario hubo de abandonar por lesiones irreversibles de todos sus jugadores. Ludomiro Libero, psicólogo de la policía de Santa Filomena, según él, aunque de hecho su ocupación era la de cantinero en el penal de Chiloé, asegura que el visionado de la muerte de su padre a manos del carnicero fue lo que llevó a Fabio a tales cotas de violencia. La profundidad del comentario avala la versión acerca de lo tangencial de los conocimientos de psicología del tal Ludomiro.
Pero el joven, aunque violento, también era capaz de enamorarse. Se sabe que en 1977 su corazón quedó prendado de Julia Gonzaga. Por entonces Fabio llevaba ya cuatro años alistado en el Ejército de Tierra argentino donde había alcanzado cierta notoriedad por ser el hombre más alto del mundo. Este hecho le proporcionó ciertos privilegios en las Fuerzas Armadas; convencido de que el uniforme y las mencionadas prebendas y fama le otorgaban permiso para obrar a su voluntad, decidió actuar en consecuencia con la mencionada señorita Gonzaga.
No se conserva el contenido de la declaración de amor del joven Scargieli, pero sí la denuncia de la muchacha contra él por intento de violación. Durante el juicio, Fabio lo negó de manera vehemente, pero ciertas peculiaridades anatómicas del encausado mencionadas por la víctima fueron prueba de cargo suficiente. Los cinco años de cárcel a los que fue condenado le sirvieron para escribir una nueva, prolongada y tórrida declaración de amor hacia Julia Gonzaga, esta sí conservada en el Instituto Psiquiátrico de Buenos Aires. No quedó claro tras la investigación, pero no se llegó a descartar que la lectura de la citada declaración tuviera algo que ver con el suicidio de la joven Gonzaga.
Deprimido por la muerte de su amor, Fabio se presentó voluntario para combatir en las Malvinas nada más salir de la cárcel en 1982. Allí rindió su vida a la patria en junio de aquel mismo año. El 13 del citado mes, a las 3h 47m, un obús británico explotó en la posición que ocupaba el batallón nº 14 de la brigada General San Martín. En aquel preciso instante, la cabeza de Fabio Scargieli se desprendió de su cuerpo con gran efusión de sangre. Pocos minutos más tarde el resto de sus compañeros fue pasado a cuchillo tras el salvaje asalto de una compañía de mercenarios gurkas del ejército británico. Depravah Gong Suahilan, sargento gurka, aseguró durante su juicio por crueldad innecesaria en el campo de batalla, que el cuerpo de Scargieli permanecía en pie a pesar de encontrarlo descabezado. En un rincón de la trinchera, recubierta de sangre y barro, halló la cabeza del soldado patagón. Depravah juró que al recoger la cabeza, los ojos le miraron, la boca se abrió y, después de musitar tres veces el nombre de Julita, le arrancó el dedo índice de la mano derecha de un bocado. Durante el juicio, Depravah Gong mostró a quien la quiso ver su mano mutilada como prueba de su inocencia y, en definitiva, de la caída en la locura de su compañía a raíz de aquel fantástico suceso. Los miembros encausados fueron absueltos de las imputaciones.
Fabio Scargieli descansa en una fosa del cementerio de San Cirilio Metodio del Gran Buenos Aires. Hay quienes cuentan que cada aniversario de la muerte de Julia Gonzaga, se escuchan voces que salen de la tumba de Scargieli clamando el nombre de la fallecida. Otros dicen que es el nombre de su madre el que se escucha. La fiscal del distrito 4 de Área Metropolitana, Hilda Metternich Bustos, asegura que estos hechos son infundados e inciertos, además de una burda mentira ya que la cabeza del finado jamás fue recuperada de las trincheras de la isla Soledad en las Malvinas. La señora Metternich asegura asimismo que está hasta la concha de su madre del quilombo del asunto Scargieli.
 

Roberto  Sánchez