El poeta

Antes de ser hombre, fue un árbol. Un árbol bueno, donde amanecían primaveras y atardecían esperanzas. Un árbol firme, empeñado en colmar el hambre de los niños, en servir de cobijo a los pajarillos, en guardar los secretos de los amantes, en precipitar lluvias de lágrimas salvíficas, en promocionar jardines de libertad y en ulular sueños. Un árbol de excelente maderal colmado de fantasías que le tenía miedo al leñador y al fuego.

Pero un mal día éstos llegaron: el leñador taló todos los árboles del bosque y se llevó sus troncos; al tiempo que el fuego quemó los matorrales, las hojas y el ramaje.
De este modo, el árbol se hizo leña; luego cenizas; y definitivamente hombre.

Y ese hombre nació en una ciudad, en un cementerio de hastío y soledad habitado por otros hombres, todos ellos pululando por las calles, todos ellos a la deriva, todos ellos con el corazón acartonado de egoísmo y egolatría, todos ellos procreadores de una estirpe de hurones y sanguijuelas.

El hombre, que antes fue árbol bueno y firme y temía al leñador y al fuego, era un hombre justo y cabal, amante de la naturaleza, compañero de sus iguales, merodeador de corazones, cantor de todas las lenguas, pregonero de madrugadas, adalid de la paz, defensor de utopías y constructor de sueños inmortales.
Así que, viendo que en la ciudad imperaban el hacha del leñador y el fuego- convertidos ahora en violencia poliforme y miseria humana-, cuando cumplió mil años, decidió irse a vivir al mar.

Como antes de ser hombre fue árbol, quizá por simpatía natural, o tal vez por prevención, germinó en el fondo marino con condición de coral.
Allí, fue testigo de historias de amor entre viejos lobos de mar y bellas sirenas, de cientos de naufragios, de no pocas peripecias de piratas y corsarios, del sosiego en la profundidad de las aguas y de la agonía de los peces atrapados en las redes de los pescadores. Allí conoció la majestuosidad de los cetáceos y la gracia de los caballitos de mar, la fortaleza de los vientos, las aventuras de las olas, las confidencias de la luna y las tonadas de las nereidas.

El tiempo, inexorable, transcurrió en siglos. Y el coral se transformó en alga que, a lomos de una ballena, navegó por todos los océanos; alga que enroscada en la pata de un albatros voló hasta tocar las nubes; alga que una noche arribó a una playa desierta y devino nuevamente en hombre. En hombre in-corporado que regresó a la tierra, pero no a la tierra mezquina y tétrica de los antepasados, sino a una tierra de promisión.

Imaginó este hombre galaxias de amor libre, un planeta sin abismos ni alimañas y ciudades insólitas donde desplegar bulevares de concordia y calles que condujeran a los despeñaderos para los jinetes del Apocalipsis. Se erigió en guerrero de la vida, conversó con las estrellas, dialogó con sus congéneres, participó del vuelo de las aves y se hizo amigo del águila y del cóndor, de quienes aprendió la altura del amor. Finalmente, fue a habitar una ciudad inventada por las golondrinas. Y se hizo sombra en la choza y la reja del individuo humano y se transmutó en canción para la vida.

Hoy, aunque su cabaña se ubique al borde de un barranco por el que a veces se precipita hacia el vacío y aunque, otras tantas, sienta la tristeza de la hoguera, sabe que su destino es ser madera, un humilde poeta.
 

Nicolás Zimarro