La culebrona de Ruente

En los viejos tiempos, cuando las noches de invierno eran largas y oscuras, y solo la lumbre ahuyentaba el frío y las sombras, la única manera de acortar las horas de tedio era por medio de las historias de los héroes y sus hazañas.

En estos tiempos nuevos, de luz eléctrica y calefacción, de mamoneos televisivos e informáticos, ya nadie necesita oír aquellas leyendas... o ¿quizás sí?. Quizás tú, lector, quieras conocer los hechos del más vigoroso de los mortales. Si es así, yo puedo calmar tu sed de aventura. Desconecta tus trastos electrónicos, corta la corriente de tus lámparas de bajo consumo, interrumpe el suministro de gas a tu caldera, eso sí, cúbrete con la manta del abuelo, y enciende el cirio de la Procesión del Milagro, aquél que tu sacrificada madre te envío, tratando de encauzar esa vida vacía que llevas... y escucha.

Hacía años que los valles cabuérnigos yacían oprimidos por la inmisericorde bota de Don Euristeo. Ninguno de los sufridos lugareños osaba a contradecir sus opiniones mientras jugaba al dominó en la tienda de ultramarinos; los niños temblaban espantados durante las clases de Formación del Espíritu Nacional que impartía en la escuela; los furtivos huían despavoridos al sentir el roce del cuero de los atalajes del cabo Merino y sus números que, con el chopo al hombro, patrullaban por vegas y maseras buscando rojos y masones, susceptibles de ser reeducados en los lóbregos sótanos de la sede local del Movimiento; Don Quirón fustigaba, desde el púlpito, las conciencias de los frívolos, poblando las pesadillas de aquellas gentes sencillas con las calderas de Pedro Botero y sus demonios con cuernos, rabo, tenedores e insignias del NKVD.

La comarca era suya y de los suyos sin embargo la felicidad de Don Euristeo no era completa. Había una oveja negra, un garbanzo negro, una leyenda negra, un borrón negro... no sé si lo he dejado claro... una oveja descarriada, un hijo pródigo, una bala perdida, un barco a la deriva: Casimiro más conocido por “Hércules de Cos”. Un disidente, un sospechoso, un indomable... en suma: un mal español, siempre según el criterio de Don Euristeo, ¡claro!.

Este individuo, estrechamente vigilado por la Brigada Política Social, contaba con la protección de Don Quirón, que lo había tutelado desde niño, lo que le había permitido obtener la redención por medio de trabajos sociales con los que debía probar su afección a los Principios Fundamentales del Movimiento. De estos trabajos, el segundo es uno de los más recordados debido a la terrorífica criatura con la que tuvo que enfrentarse.

Una mañana de primavera un monstruo apareció en la Fuentona de Ruente y se comió el pollino de Maximino Rodríguez Abad alias “Mino”, mientras éste llenaba un garrafón de agua del manantial, muy apreciada para combatir las dolencias reumáticas. Mino, tras recuperarse del susto en el estanco, por medio del trasiego de dos porrones de mistela y la explicación, detallada y reiterada, del acontecimiento al tabernero, al cartero, al guardia de montes, al sacristán, al albarquero, al herrador y a la “Señá” Rosario, quienes, casualmente, se encargaron de difundir la historia por todo el Valle, acudió inmediatamente al cuartelillo para dar parte del suceso, describiendo al endríago como una culebrona tan larga como como el autobús de linea, con media docena de cabezas, cada una de ellas del tamaño de la de un percherón, con cuatro ringleras de dientes, como de lobo, en cada boca y ojos amarillos de gato, en todas las cabezas.

El cabo Merino no dudó un minuto en encerrar en el calabozo a Mino, no por que tuviera un pasado político turbio, ya que había servido en el Tercio Ortiz de Zárate y puntualmente acudía a Montejurra cada 9 de mayo, si no por que Merino poseía un olfato tan fino como su bigote y distinguió perfectamente el tufo a moscatel barato entre las explicaciones del carlista, a pesar de lo cual, decidió acercarse hasta Ruente para evitar que el burro, descuidado por su amo tras la visita a la tasca, se metiera en alguna huerta.

Al llegar al pueblo, no solo no encontró al burro si no que halló a la mitad de la población expectante junto al manantial. Esta situación le produjo una gran inquietud ya que una manifestación no organizada por el Gobierno Civil era un hecho inusual y muy peligroso puesto que podía ser un instrumento de debilitamiento del régimen en manos de las fuerzas opositoras. Así pues, se abrió paso entre la multitud y ordenó a sus subordinados que dispersasen al populacho, lo que se produjo, inopinadamente, de forma tumultuosa, ya que tras oirse un ligero chapoteo en el estanque, se oyó un súbito griterío y todo el mundo echó a correr, a gran velocidad y en todas las direcciones opuestas a la Fuentona, mientras, de la cuevecillla que albergaba la fuente, se erguía el dragón, que tan minuciosamente había descrito Mino, y dirigía las miradas de diez de ojos hacia el pasmado guardia civil al tiempo que, la pareja restante, se disparaba sobre la cabeza del aterrado Merino, que salvó su vida por que el rígido tricornio mantuvo abiertas las fauces que querían cerrarse alrededor de su cuello.

Tras este encuentro, la bestia volvió a su guarida y Merino, dejando dos números de guardia con instrucciones de impedir el acceso a las inmediaciones del manantial a cualquier particular no autorizado, marchó a la oficina de correos para telefonear a Don Euristeo e informarle de todo lo sucedido.

Don Euristeo se estremeció al construir en su cerebro a la hidra comunista, la bestia del infierno estalinista. ¿Sería posible que fuese un presagio del retorno de tiempos pasados? ¿de iglesias quemadas? ¿de carros calzados con imágenes de santos? Debía extirpar ese tumor inmediatamente... e hizo llamar a Casimiro.

Casimiro había pasado aquellos días trabajando en el monte, tronchando castaños centenarios, sin incidentes que reseñar, salvo que, cuando limpiaba de escajos las orillas del Argoza a su paso por Correpoco, encontró entre los bardales a un joven bastante magullado. Dicho joven era Félix Rodríguez de la Fuente, estudiante de odontología y biólogo aficionado cuyo objetivo en la vida era la defensa de los derechos de los lobos, lo que en el Valle, que frecuentaba cada estío, por que su familia veraneaba en la capital, le había ocasionado más de un disgusto, principalmente con los alimañeros, los pastores, los guardabosques, los lecheros y los ganaderos, de manera que se ganó el mote de el “Yolao” por aquello de que siempre acababa escayolado tras sus encuentros con los vehementes opositores a su cruzada. También es cierto que el Yolao tenía alguna culpa en haberse creado la animadversión de estos colectivos, debido a su costumbre de reventar las trampas y retirar los cepos loberos, cosa que era considerada un sacrilegio en aquellos parajes.

Casimiro, por su parte profesaba un sano afecto y admiración por el joven conservacionista, puesto que no había muchas personas en el Valle, y más aún en todo el país, que defendieran sus convicciones en solitario y en contra de la opinión general.

Así, mientras Casimiro escuchaba las vicisitudes del último encuentro de Yolao con Pepe el de Fresneda, y restañaba los rasguños y moratones producidos por los cartuchos especiales de sal y arena del alimañero, se acercó a ellos el conductor del camión de recogida de la leche: Jacinto Torrecilla Pando, comunmente llamado “el de las Perolas”, quién les informó de que Casimiro era requerido en Ruente para hacerse cargo de un trabajo, encargo de Don Euristeo, según aclaró el de las Perolas, y añadió el ofrecimiento de acercarle al pueblo, previo paso por la central lechera para descargar la leche, lo cual era ineludible ya que la tarde amenazaba tormenta y no era un buen plan arriesgarse a que se le cortaran los cuatro mil litros que llevaba. Casimiro agradeció la buena disposición de Jacinto y el Yolao solicitó al de las Perolas que le permitiera acompañarles, lo que aceptó este último un poco a regañadientes, por razones de todos conocidas.

Tras la parada en la central lechera y con el camión lleno de perolas vacías; de camino a Ruente, el de las Perolas les explicó como un culebrón tan largo como un vagón de tren, con doce cabezas, cada una de ellas del tamaño de la de un lobo, con ocho ringleras de dientes, como de oso, en cada boca, y ojos amarillos de rámila, en todas las cabezas, y que entre los ojos tenía dos pelucos que si se los arrancabas, los dos, la culebra moría, pero si le arrancabas uno, la cabeza se secaba y le salían dos cabezas iguales a la que se había secado... se había comido todas las vacas de la “Señá” Rosario mientras las llevaba al abrevadero, justo al pasar al lado de la Fuentona y que la Guardia Civil había detenido a Mino, por rojo y por haber echado la culebra al manantial, por envidia a la “Señá” Rosario con la que tenía un problema de lindes en la cuesta del cementerio, donde el pollino de Mino le ramoneaba la huerta a la “Señá” Rosario.

Llegados a la Fuentona, fueron recibidos en el estanco por el cabo Merino, que a falta de tricornio había repescado su gorra cuartelera con borla, la cual parecía que le hacía recordar la vieja camaradería del Tercio, por lo que, en un acto excepcional, sacó su cajetilla de “Celtas” y ofreció tabaco a todos, con objeto de relajar el ambiente mientras daba la novedad a Casimiro.

Según Merino, un culebrón tan largo como el mercancías de las dos de la madrugada, con docena y media de cabezas, cada una de ellas del tamaño de la de un oso, con doce ringleras de dientes, como garras de milano, en cada boca, y ojos amarillos de villería, en todas las cabezas, y que entre los ojos tenía dos hoyucos que si se le metías en uno, el bueno, un ramuco de romero, la culebra moría, pero si te equivocabas y se lo metías en el otro, el malo, la cabeza se secaba y le salían dos cabezas iguales a la que se había secado... se había comido a la “Señá” Rosario justo al pasar al lado de la Fuentona, mientras perseguía al pollino de Mino que le había estado ramoneando la huerta.

Acabado el “Celtas” y visto que las versiones de lo ocurrido era un poco dispares, Casimiro decidió echar un vistazo por sí mismo, para lo que, al pasar por el corral de la “Señá” Rosario, cogió una gallina y se dirigió al manantial seguido de Yolao. Superaron los dos amigos el cordón policial y soltaron a la gallina junto al pretil. Estuvieron unos pocos minutos sumidos en un silencio pastoso, en el que casi se podía tocar el ruido del picoteo del ave, cuando, como por ensalmo, salió la culebrona y engulló al animal de un solo bocado.

Casimiro se rascó la cabeza y volvió en silencio al estanco, pensando que la versión de Merino era la más acertada, pues había visto los dos hoyucos entre los ojos de la bestia, pero no estaba seguro de que el método del ramuco de romero fuera muy efectivo, cuando se dio cuenta de que el Yolao estaba frenético, explicándole algo sobre una joven llamada Ana Conde.

Una vez llegaron al estanco y tras pedir un porrón de tinto, queso picón y pan de borona, Yolao pudo explicar su teoría:

La culebrona no era una si no varias serpientes anaconda, de nombre científico Eunectes Murinos, originarias de Sudamérica, donde vivían en las cuencas de los grandes ríos Orinoco y Amazonas. El cómo habían llegado a Europa y más concretamente a estas comarcas cabuérnigas era un misterio, pero podía especularse con que algún huevo o alevín hubiera acompañado a las palmeras y plantas tropicales que los indianos trajeron desde América para adornar sus mansiones, como la Casona de la Nogalera o la de Cossio. Estos alevines habrían habitado en las cuevas subterráneas del río, por que, por otra parte, la Fuentona, donde se escondía la bestia, tenía la forma de una surgencia natural que salía al exterior al pie de una pared de caliza, siendo lo más destacable de esta fuente, que no era tal fuente sino un río que nacía ya con gran fuerza, en cuanto a volumen de agua, y que, además, tenía la peculiaridad de que, muy de vez en cuando, dejaba de manar durante unas horas, reapareciendo posteriormente con la misma fuerza. Es cierto que no se había llegado a una explicación satisfactoria para ese fenómeno, aunque la tesis más válida podría haber sido un sistema de sifones, que darían lugar a los descensos de caudal y que hubieran podido cobijar a la familia de anacondas hasta que la sequía del manantial hubiese permitido que salieran al exterior.

Casimiro y sus compañeros oyeron boquiabiertos las lecciones simultaneas de zoología, historia y geología, arrullados por el particular tono de voz de Yolao, sin embargo Casimiro, que además de una fuerza poderosa poseía un sentido común sanchopancesco, arguyó que aún cuando la teoría estuviera bien construida no solucionaba el problema principal que les atañía, a saber, como atrapar a las “anacondes”; por lo que estructuró aquello que sabían de ellas con total seguridad:

1º Eran al menos seis serpientes.
2º Tenían varias ringleras de dientes.
3º Les gustaban los burros y las gallinas.
4º Tratar de matarlas metiendo el ramuco de romero en el hoyuco bueno podía traer consecuencias no deseadas.

Tras un momento de reflexión, dos tragos de porrón y un currusco con queso picón, Casimiro propuso el siguiente plan:

Soltarían un numero suficiente de gallinas en las inmediaciones del “surgiente”, siempre con el consentimiento de la “Señá” Rosario, que había aparecido en el estanco para desmentir todos los infundios levantados contra ella, aprovechando el revuelo producido por la aparición de la culebrona, y con la seguridad de que sería debidamente compensada por las instituciones del Estado, representadas por el cabo Merino, quién se atusó el bigote fino para confirmar su autoridad y respaldar la propuesta de Casimiro. Cuando las cabezas, las culebras, las “anacondes” o lo que fueran estuvieran entretenidas persiguiendo a las gallinas, el cubriría cada una de las cabezas con una perola, que, obviamente, sería suministrada por Jacinto el de Perolas y transportadas hasta el teatro de operaciones por el cabo Merino y sus números. Una vez cegada la culebrona, el Yolao ataría las asas de la perola al cuello de la serpiente, con un cuerda gruesa, para impedir que se desprendiesen de la perola y volvieran al “surgiente” o, peor aún, se comieran a cualquier civil o militar.

Todos se pusieron manos a la obra y al cabo de un cuarto de hora contaban con todos los elementos necesarios: perolas, gallinas y cuerda, que solo pudo ser la de atar morcillas del estanquero, por lo que Yolao quedó emplazado a dar un número suficiente de vueltas para evitar su rotura.

Así marcharon Casimiro, el Yolao, el cabo Merino y sus números, Jacinto el de las Perolas y la “Señá” Rosario hacia la Fuentona.

Allí soltaron las gallinas y, efectivamente, empezaron a salir serpientes y Casimiró cubrió a cada una de ellas con una perola y Yolao ató la perola al cuello de cada culebra con el hilo de atar morcillas y al cabo de dos horas, cuando ya se acabaron las gallinas de la “Señá” Rosario y habiendo sido descargado medio camión de las perolas vacías, el surgir de culebras del manatial cesó.

Contaron dos docenas de serpientes, retorciéndose enfurecidas en su perola, una de ellas con el pollino de Mino en su interior, otra con el tricornio de Merino y todas con al menos una gallina, cuyas formas se notaban claramente en medio del cuerpo de cada reptil. Tras este recuento, Casimiro se preguntó qué harían con tantos bichos. Desde luego, no era plan retirar las perolas y probar con ramucos de romero, por lo ya explicado en el punto 4º.

Yolao, como adivinando las cuitas de su amigo, le habló de un tal José Ignacio Pardo de Santayana, de Reocín, que recogía animales con ánimo de montar un zoológico, que quizás se haría cargo de ellas. Casimiro miró fijamente a Yolao, después al cabo Merino, con su gorra cuartelera y, finalmente, al de las Perolas, decidiendo en el acto que lo mejor era mandar lejos de Ruente a las culebras y que si ese Pardo de Santayana quería un zoológico; con las “anacondes” iba a hacer uno cojonudo. Así cargaron el camión de las perolas con los reptiles y el Yolao y el de las Perolas marcharon a Reocín.

Al poco tiempo llegó Don Euristeo, ya informado de todo, tranquilo y despiadado. Se dirigió fríamente a Casamiro y le reprochó que hubiera completado su trabajo con la ayuda del joven Rodríguez de la Fuente y que esperaba que en el futuro pusiera más empeño en resolver los encargos que le hiciere sin ayuda de otros, pues la nobleza de los servidores del Movimiento se mostraba en los esfuerzos en solitario, como la de los mártires de la Cruzada, como la de los misioneros en el África Central, como la del Caudillo en el timón del Azor, arrostrando las peligrosísimas galernas cantábricas. Después se volvió hacia Merino y le metió dos semanas de arresto por estar de servicio sin el tricornio.

La “Señá” Rosario no se atrevió a pedir la compensación por sus gallinas.

NOTA: Esta es una historia apócrifa. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

 

Miguel San José