La negra uña de Dios

Julia levanta los ojos hacia el reloj de la iglesia y aguarda a que las campanas llamen a misa de doce. Cada mañana durante los últimos veinte años ha arrastrado su pequeño puesto ambulante de golosinas hasta los soportales que se abren hacia la plaza, enfrente de la parroquia, y ha visto amanecer allí, siempre con la sombra de la alta torre del templo extendiéndose sobre el pavimento como el dedo acusador de Dios, un dedo enorme, oscuro e implacable que cada día ha marcado con su negra uña un ceño más sobre su frente. Cada mañana durante los últimos veinte años ha aguardado en ese lugar a las bandadas de niños que revoloteaban unos instantes en torno a su muestrario de dulces tentaciones antes de correr hacia la escuela, y en ese mismo sitio ha permanecido hasta que regresaban a sus casas. Cada día, todos los días.
Los domingos suele esperar a que finalice la misa de mediodía, es entonces cuando las mismas criaturas de cada mañana —aunque hoy vestidas de fiesta, con sus oídos atronando con las palabras del Señor y con Su cuerpo aún pegado a los paladares— se escapan de las manos de sus mayores y acorralan su tienda, dispuestos a gastar sus monedas en unos pocos minutos, olvidando que hasta pasadas unas horas no podrán mancillar la morada de Dios en que se han convertido sus pequeños cuerpos. Pero hoy es un domingo especial, por eso apenas las puertas de la iglesia se cierran y las campanas dejan de repicar, Julia cubre las mercancías con unas portezuelas de madera y se encamina hacia su casa, en realidad sólo un modesto cuarto en una pensión cercana. Aparca el carrito en un oscuro rincón del zaguán y sube los quejosos escalones de madera hasta el primer piso. Todo el lugar huele a coles y a sardinas fritas.
Es su aniversario de bodas, sus bodas de plata. Han pasado veinticinco años desde que se casase con Fabián, desde que don Antonio Villastre, con la voz imperativa de las sentencias y una mirada socarrona por encima de los anteojos, les diera permiso para besarse. Fue la última boda que celebró don Antonio. Unas semanas después, cuando la ciudad se rindió, lo fusilaron cerca del cementerio, como a tantos en aquellos días. Fabián fue afortunado; la misma noche en que no pudieron consumar su matrimonio vinieron a buscarle y hubo de regresar al frente. Su esposo no tuvo que ir hasta el cementerio, como don Antonio, como tantos en aquellos días, para ser asesinado por los mismos también a él acabaron por arrebatarle las ilusiones.
Julia se mira en el espejo del corredor. La patrona siempre se ha negado a colocarle uno en su cuarto. ¿Para qué, Julia? No te hace falta, ¿acaso quieres enamorar a tus clientes? Después le arroja al rostro una risa crispada, rasposa que le araña el corazón. No, ella sólo quiere gustarle a su esposo, a Fabián, a nadie más. Se alisa el pelo y se lo sujeta en un moño en el que las canas se trenzan en hilvanes cada vez más gruesos; se palpa las bolsas debajo de los ojos, las profundas marcas que se descuelgan desde su nariz hasta la comisura de los labios, como dos arcos tensos y cargados de tristeza. Por un instante sorprende un ligero brillo en el fondo de sus pupilas y no sabe si es de contento. Su mano se posa sobre el vientre y aprieta allí donde escondió todo su dolor, ese dolor que ha pulido con paciencia porque era lo único que la ayudaba a soportar cada mañana el roce de Dios en su cara; se da cuenta de que el dolor se ha esfumado y con él la amargura que le servía de nicho. Sus ojos vuelven a mirar entonces hacia los ojos en el espejo. Sí, el brillo continúa sobre el azogue, alumbrando su rostro incrédulo; no se atreve a creer que tenga derecho a dejar de ser infeliz. Al menos no todavía. Baja la cabeza y ahoga un sollozo mientras corre hacia su habitación huyendo de esos rasgos avejentados donde la sonrisa no ha dejado una sola muesca en todos estos años.
Mientras se abrocha el abrigo, trata de recordar la última vez que sonrió, y sin quererlo regresa al día de su boda. Hoy sí se atreve a revivir la dicha que golpeaba en sus venas aquella tarde, la turbación que sonrojaba su piel cuando en su mente se dibujaba la noche, la primera noche con Fabián; ni siquiera la madrugada próxima, tan celosa de ella que ya había marcado la hora en que él habría de partir otra vez hacia el frente, consiguió apagar aquel anochecer su gozo. Aquel fue el último día que sonrió. Nunca más, ni siquiera cuando supo que Fabián continuaba vivo, aunque fuera en una cárcel lejana; una cárcel lejana, entonces. Su alegría apenas tuvo tiempo de dibujarse en sus labios; se la borró el funcionario que se negó a dejarle visitar a su marido porque ella no era su esposa, le dijo, porque un juez no podía consagrar un matrimonio. Eso era asunto divino, concluyó su sentencia aquel burócrata cargado de fe, pero sin ninguna compasión. Por entonces habían transcurrido ya tres años desde la boda, tres años que hoy Julia sólo ve en su interior como páginas cargadas de celajes, los mismos que comenzaban a empañar los rasgos de Fabián en su recuerdo.
Julia sale a la calle y al oír la campana del tranvía acelera el paso. Once paradas la separan de su esposo. Once paradas y veinticinco años, porque Julia no ha vuelto a ver a su marido desde aquel día, desde la tarde en que sonrió por última vez. Nunca le dejaron visitarlo, porque ella no era nada de aquel recluso, porque nadie era nada de aquel preso condenado a muerte, indultado y sepultado después en una celda sin luz, en los sótanos de una cárcel lejana; una cárcel lejana, entonces. ¿Qué les hiciste, Fabián, qué les hiciste para que te odiaran tanto?, se ha preguntado Julia cada noche, cada noche muchas veces, antes de sucumbir al cansancio y a ese sueño piadoso y anhelado donde la realidad queda recluida, también en una celda oscura, durante la breve tregua de la madrugada.
En la muñeca de un pasajero Julia consigue adivinar la hora; apenas faltan diez minutos para que las puertas metálicas que rompen la uniforme grisura de las paredes de la cárcel se abran y su esposo recupere la libertad. Y ella también, porque ella ha estado tan presa como él durante ese tiempo; presa de la angustia y de la incertidumbre, porque jamás supo si sus cartas le llegaban a Fabián, si le dijeron alguna vez que ella estaba a once paradas de tranvía. Once paradas y un muro. Sólo le hemos perdonado el morir, le dijo un juez que no era como don Antonio, sólo le hemos perdonado el morir pero ello no significa que tenga derecho a la vida. Sin embargo, como un fermento cruel, sobre ella sí se fueron destilando confidencias acerca de su esposo. Las torturas, los castigos, la enfermedad. La sombra sólida de la ceguera incrustada en las pupilas de Fabián. Cada noticia aceptada con un gemido y disuelta en lágrimas, excepto la última. Ese día el llanto sumiso se transformó en blasfemias; ese día apartó la cara, no quiso aceptar más arañazos de Dios en sus mejillas. Desde entonces tampoco volvió a llorar; decidió guardar toda su amargura y convertirla en fortaleza. Hasta hoy, por fin el día de su salida de la prisión. Qué ignorantes sus carceleros; después de tantas humillaciones les entregaban aquel regalo de aniversario, les devolvían el uno al otro, los dos incompletos, mutilados, pero juntos otra vez, como si la boda no se hubiera interrumpido jamás, como si tantos no hubiesen ido a morir al cementerio, contra unas tapias del color de las piedras, tan grises como la piel de los muros de la cárcel, esa misma piel que ahora se rasga en forma de portones que por fin se abren.
Jamás creyó Julia que la felicidad se pudiera anunciar con un chirrido. Un hombre da unos pasos de sonámbulo hacia el exterior; a su espalda, la puerta se vuelve a cerrar con un golpe vibrante y metálico. El hombre se queda inmóvil, con el rostro ligeramente levantado hacia el cielo; Julia se acerca, le coge una mano y la coloca sobre su pecho. Después se inclina hacia él y le besa los ojos. Él tantea en el aire hasta que sus dedos rozan la cara de ella, la acarician despacio, recorriendo sus pliegues, recordándola. Y ella sonríe otra vez, como entonces, porque sabe que así él podrá recordarla mejor. Fabián despega su mano de la mejilla de Julia y la deja resbalar por su cuello hasta el hombro. Entonces comienzan a caminar, alejándose de la negrura que los muros de la cárcel derraman sobre el empedrado, alejándose de las sombras.
 

Roberto Sánchez