Con la izquierda

- ¿Robarme a mí un partido, al Lami, dónde se ha visto eso?- bramaba el gigantón rubio y mal encarado. Caminaba por una calle estrecha y húmeda cercana al Estadium Polideportivo.

- Si lo llego a saber, juega su puta madre. Ya sabía yo que no se podía confiar en el porterito ese valenciano. Si solo saben hacer paellas y petardos. ¡Mariconazo de mierda!-. Algunos peatones se paraban a contemplar el espectáculo y el ogro les espetaba con un queostiasmirasputofisgon, o en otros casos más flagrantes les obsequiaba con el clásico aquetesalpicounacollejaqueteavio.

- A mí que estuve en un tris de fichar por el Madrí, que me llamó Valdano y todo para que firmara. Que me dijo “mira Lami, tu no te preocupes por el dinero, ni por nada, tu a jugar”. “Gracias Jorge”, le dije porque yo tenía confianza para mentarle por el nombre, “solo quedan dos partidos y voy pallá”. Y aquel hijoputa del central de la Ponferradina, le hice un sombrerito y no tragó y me soltó una patada alevosa que me partió la zurda, la buena, que los zocatos solo tenemos una pero vale por dos. Y lo del Madrí a tomar por culo y un año entero sin jugar y me cagüen su puta madre…-. Comenzaba a llover y el Bar Ros asomó por poniente prometiendo cobijo y sustento.

- Yo comencé en esto del balompié por las tías, si ya sabes Lalo, si jugabas al futbol en el equipo del Insti y así rubio y ojos azules y las pibas se derretían. Y leí en el Marca que hacían falta zurdos en España y yo pues que era zurdo y miel sobre hojuelas como dice mi vieja. Y para que te voy a engañar, que se me daba bien, que tenia condiciones que decía Malabares, el de gimnasia. Jugaba y jugaba bien y me entrenaba y luego el River y la Deportiva y ganaba pasta, no creas, que me compré aquel “Peyó” azul metalizado que daba gloria verlo y en el barrio era más famoso que Julio Iglesias. Salía con los del equipo y sus amigos y me iba de puta madre. Íbamos a fiestas con una pila de novietas y hablaba por la radio. Jodé Lalo eso era vida, eso era vida…-. Al fondo, a la derecha de los wáteres, en una mesa de formica marrón, un hombre moreno no podía apartar la mirada del gigantón rubio. Se levantó, plegó el periódico, apuró el vaso de cerveza desespumada y se acercó a la barra.

- ¡Enrique Sasamon! ¡Qué fuerte tío, no te veía desde…, la verdad es que no me acuerdo pero un mogollón de años! Si ya sé, me abrí sin dar señales de vida. Pero comprende que andaba liado con el equipo y las entrevistas. Hasta tuve que hacer un cursillo para hablar por la tele y a decir eso “de la verdad es que” que queda tan chulo. La verdad es que resultaba fácil hablar así. Te daba tiempo a pensar, sonreías y soltabas lo de siempre, que si el equipo es lo primero, que si hay que ir partido a partido, que si no hay enemigo pequeño, que si no tenemos miedo a nadie y la mentira más gorda que salimos a ganar en todos los campos. Y chorradas así. A veces te pagaban y todo y hasta me propusieron liarme con una friqui de Gran Hermano con las tetas operadas. A mí me dio un poco de asco y no cuajó. Hablaba sin parar y ametrallaba perdigones en todas direcciones. -. Dejó de llover y el calor, el agobio y la vergüenza empujaron al Lami fuera, a la calle con el aroma picante de la lluvia insatisfecha.

- Me voy a casa de mis viejos. Tengo hambre y como las croquetas de mi madre, nada. A fin de cuentas ella fue la que me puso el nombre profesional. “¡Joaquín, eres una calamidad!”, decía siempre. Y claro tanto calamidad, calamidad me quedé con lo de Lami. Y suena como americano, mucho mejor que Joaquín Rodríguez Pastor, que vaya mierda de nombre. Pero, ¡cómo me han podido robar el partido!.- En el portal, una polilla se empeñaba en golpear la lámpara desportillada, obsesionada con la luz, una luz amarilla y sucia.

- Madre, me robaron el partido. Nueve años en el equipo y me roban el partido. Seiscientos pases de la muerte, setecientos cincuenta libres directos a la escuadra y no sé cuantas roscas y me roban el partido ¡Tú te crees, madre! Cincuenta mil euros le pagaron al cabronazo ese del Cornet por dejarse ganar. Sé tiró que daba vergüenza verle. El paralitico del Cote de la Cultural le amagó por la izquierda, parecía un Cristo de marfil, acartonado, no engañaba ni a una vieja. Y va el Cote y traga y Cote con los ojos como platos, empuja el balón a gol y la gente que grita “Gooool” y yo que miro al míster que está hablando con Fede, el de los balones y que me sube todo el coraje al cielo del paladar. Madre, que a mí me ofrecieron cien mil. A robar a la mina, les dije entero. O ciento cincuenta como al Hércules o a reírse al circo. Y mira tú. Es que no me llegó un puto balón en condiciones. Mierda de vida, madre.
 

Joseba Molinero