Nostalgia en rojo y gris

Ni hilen naiz
nire arima galduko da
nire askazia galduko da
baina nire aitaren etxea
iraunen du
zutik”.
 
Gabriel Aresti
 
"Un mundo como un árbol desgajado.
Una generación desarraigada.
Unos hombres sin más destino que
apuntalar ruinas".
 
Blas de Otero
 
Durante las noches el cielo es rojo; las nubes se convierten en una pantalla sobre la que el fuego y el hierro proyectan su amor altivo y milenario. En esas horas los gemidos de los grandes hornos insomnes surcan la oscuridad y anuncian la consumación del misterio; una vez más la criatura ígnea fluye libre y rugiente ante los rostros ennegrecidos y sudorosos de sus creadores. El rojo del cielo se hace más intenso entonces, palpita hasta quebrarse en un gozo que se derrama sobre los tejados, los patios, las calles y las plazas aún envueltos en el sueño. En esas madrugadas de eucaristía, el polvo de hierro tiñe de ocre los alféizares, lagrimea sobre la ropa blanca colgada en los balcones.
Las ciudades son grises por el día, el aire húmedo y salado. Lluvia.
Asfalto gris, fachadas grises, cielo gris. Lluvia a las siete de la mañana, mientras el gran reloj del ayuntamiento bate las calles mojadas con sus tañidos y las sirenas reclaman con un silbido agudo a los oficiantes de la liturgia fabril. Caras y ropas grises se apresuran por las cuestas hacia la estación del tren camino de los templos. Las grúas ya ejecutan su danza lenta y majestuosa contra el telón de unos montes nublados, varados en una extraña red de tuberías, cables y estructuras de metal; las gaviotas traducen con sus graznidos la queja eterna de aquellas montañas prisioneras. Un tren destartalado recorre un paisaje de fábricas oxidadas en las riberas de la ría; de chimeneas enhiestas blanqueando con su humo las nubes de acero que siempre están ahí; de astilleros con monstruos varados a medio devorar, sus entrañas de metal asomadas al húmedo amanecer. Algunos coches se aventuran por carreteras sinuosas que bordean montañas de escoria, vómito arrancado a la tierra; se asoman a las canteras vertiginosas de las que brota sangre sólida; sobre ellos vuelan los cangilones con carbón hacia las fauces de los hornos insaciables.
En cada lugar el mismo olor a acero oxidado y fuego, mar y algas, cloaca y bosque. Y el olor metálico del agua de lluvia mojándolo todo.
Fuego, hierro, rojo, gris… Gaviotas y ría. Lluvia y grúas.
Así es como recuerdo el paisaje de mi infancia.
 

Roberto Sánchez