El dolor de Schopenhauer

Pío Baroja y Miguel de Unamuno fueron atentos lectores del filósofo alemán, de cuya muerte se cumplen 150 años

IÑAKI ESTEBAN TERRITORIOS EL CORREO

En 1894, poco antes de empezar a ejercer como médico en Zestoa, Pío Baroja presentó su tesis doctoral, que tituló 'El dolor. Un estudio psicofísico'. Sin la lectura de Arthur Schopenhauer, el filósofo alemán fallecido hace 150 años, a Baroja ni se le habría pasado por la cabeza el tema, basado en la hipótesis de que los cerebros más perfeccionados sienten más los estímulos dolorosos, lo mismo que los tejidos 'superiores' tienen más capacidad para una percepción más aguda del sufrimiento.

Es una idea que hoy llamaríamos existencialista, y que también se halla en la obra de Miguel de Unamuno 'Del sentimiento trágico de la vida', cuando el pensador bilbaíno escribe: «El dolor es el camino de la conciencia, y es por él como los seres vivos llegan a tener conciencia de sí. Porque tener conciencia de sí mismo, tener personalidad, es saberse y sentirse distinto de los demás seres, y a sentir esta distinción sólo se llega por el choque, por el dolor más o menos grande, por la sensación del propio límite».

Baroja leyó desde muy joven a Schopenhauer. También quiso adentrarse en Kant, pero le resultó más difícil por falta de preparación técnica. Si por criterio filosófico el autor de las 'Críticas' es muy superior al primero, en cuanto al estilo hay que reconocer que Schopenhauer no sólo es claro sino también, en ocasiones, divertido. ¿Divertido Schopenhauer? Quien haya leído unos cuantos párrafos de su obra más conocida, 'El mundo como voluntad y representación', sabe que es así, lo mismo que quien haya catado sus obras menores, más vitalistas y amenas. Desde luego, ésta fue la impresión de Unamuno, que llegó a traducir al español una de las obras del filósofo alemán, 'Sobre la voluntad en la naturaleza', traducción todavía hoy disponible en la editorial Alianza.

El ejemplo más claro de la influencia de Schopenhauer en Baroja se halla en la que probablemente sea la mejor novela del escritor vasco, 'El árbol de la ciencia'. En ella su 'alter ego' Andrés Hurtado, incapaz de adaptarse a las circunstancias de la España de principios del siglo XX, observa en el hospital en el que trabaja como interno el dolor de los pacientes y la insensibilidad del personal, síntomas de que la única postura sensata es el pesimismo.

Como los budistas, Schopenhauer suponía en el ser humano una ansiedad por satisfacer sus continuos deseos, imposibles de colmar, lo que llevaba a la frustración y el dolor. «Todo querer procede de una necesidad, es decir, de una privación, esto es, de un sufrimiento. La satisfacción le pone fin: pero por cada deseo satisfecho, hay por lo menos diez contrariados; además, el deseo es prolongado y sus aspiraciones tienden al infinito, mientras que la satisfacción es corta».

Fuerza o condena

Andrés Hurtado y otros de personajes de Baroja, como Fernando Ossorio en 'Camino de perfección' y Quintín en 'La feria de los discretos', no sólo firmaría el párrafo anterior sino también el remedio ético que propuso el filósofo, la solidaridad por el dolor ajeno, la piedad, el rechazo de la hipocresía, aspecto éste sin el cual escritor de Itzea no tendría ni la mitad de su atractivo, literario y vital.

En su reseña de 'Vidas sombrías', el primer libro de Baroja, Unamuno ya detectó la huella de Schopenhauer, así como la de Dostoievski y Poe. «Hay algo de doloroso, de cierto ensañamiento en la observación menuda», escribía en el periódico 'Las Noticias' a propósito de los cuentos que componen el volumen. Unamuno sabía de lo que hablaba, ya que desde muy joven fue un atento lector del filósofo de Dantzig.

No obstante, él aspiraba a la innovación filosófica y por tanto no podía limitarse a recrear las ideas del alemán. Si bien los puntos de partida de ambos se mueven alrededor de la insatisfacción y el pesimismo, los resultados son dispares. Según Unamuno, el individuo lucha por superar sus frustraciones, y en esa batalla el deseo juega como fuerza fundamental para romper las limitaciones y tratar de superarlas. Por contra, en Schopenhauer el deseo es una condena que obliga a actuar de modo irracional y confuso, por lo que, otra vez en consonancia con los budistas, lo mejor es controlarlo y anularlo.

El pesimismo estaba en gran medida en el ambiente, fue el caldo de cultivo de la Generación del 98 y Baroja y Unamuno lo reflejaron en su obra cada uno a su modo. Después de la Guerra Civil, el pensamiento español se hizo escolástico, esencialista, profundamente reaccionario e hizo de la filosofía un suplicio innecesario.

Sólo la generación de los sesenta -la de Eugenio Trías, Fernando Savater, Javier Echeverría y Félix de Azúa- volvió a la época en que vivió Schopenhauer, un poco antes y un poco después, y desde entonces su presencia ha sido una constante, no decisiva pero a tener en cuenta, en el panorama hispano.

FORMAS DE ACERCARSE

Quizá el mejor libro para tener una primera aproximación a la vida y obra de Arthur Schopenhauer sea el de Rüdiger Safranski, titulado 'Los años salvajes de la filosofía', actualmente en el catálogo de Alianza. La editorial Gredos acaba de publicar sus obras completas, y de su obra cumbre, 'El mundo como voluntad y representación' hay varias ediciones, la de Trotta, la de Galaxia Gutenberg y la recién llegada a las librerías, en el renovado libro de bolsillo de Alianza.

En esta misma editorial están la mayoría de aforismos y escritos menores, según el criterio filosófico, aunque muy seguidos por el público en general, como 'El arte de insultar', 'El arte de tener razón' o 'El arte de tratar con las mujeres'. Una de sus últimas obras, 'Parerga y Paralipomena', muy querida por Baroja, se halla en Valdemar.

Para conmemorar el 150 aniversario de la muerte del filósofo, la editorial Herder ha publicado 'Arthur Schopenhauer', un valioso estudio introductorio de Volker Spierling; 'Arthur Schopenhauer. Religión y metafísica de la voluntad', de Manuel Suances, y dos obras del filósofo, 'El arte ser feliz' y 'Senilia'.