Sosiego

No recuerdo sentir el sosiego en mi vida desde aquellos días, cuando regresaba, disfrutando, casi masticando la ligereza en el espíritu, como si flotara. Es una sensación única y para mi irrecuperable, mezcla de inteligencia y orden.
 
Siempre tomaba el mismo camino, el mío, salía de San Felicísimo como un brazo de mar y cruzaba la Media Naranja. La llamábamos así porque en medio de la plaza chuleaba una fuente de esas monumentales con un cascaron de tres metros apoyado a cuarenta y cinco grados en un poyete. El cascaron de azulejos esmaltados musgosos y sucios no dejaba de manar agua jamás, como un milagro. Por allí pululaba a todas horas mi mejor amigo, Oscar. Paticorto y tirando a bajito siempre perdía en carreras y juegos de pillar y eso –yo lo comprendo- le predisponía en contra del mundo y mas en concreto en contra de mi que resumía su mundo en aquella plaza. “Mi padre tiene mejor coche que el tuyo y además trabaja en Iberduero y el Banco de Bilbao y el tuyo solo es un vendedor de muelas” decía siempre después de quedar eliminado en el burro o en el pedo alturitas. (Lo de vendedor de muelas era cierto, sonrojantemente cierto. Cada primer día de clase yo era consciente de esa dura realidad: ser primogénito de un vendedor de muelas. “Niños, voy a pasar lista y a rellenar la ficha”. Y el terror mas profundo se apoderaba de mi y encogía aun más mi ya desde la mañana estrangulado estomago. Llegaba mi turno y tras soltar nombre, apellido, dirección y demás zarandajas, atronaba el aula la descarnada pregunta. “¿Profesión del padre?” Con un hilo de voz, musitaba: “Vendedor de muelas”. Desde los bancos del fondo todos los años alguien anunciaba: “Y el mío de colmillos y paletas”, acompañado de un coro de risotadas que enrojecían aun mas mi semblante apocado. Luego supe que mi padre no era un enterrador que vendía restos de dentadura sino un honrado representante comercial para talleres de mecanizado y forja. Ahí es nada, cuando lo recitaba orgulloso en los últimos cursos de mi bachiller. Sin embargo el ínclito progenitor de Oscar resultó ser un practicante -el de las inyecciones y los cortaplumas para partir la cabeza de los frasquitos de los sueros- comisionista). Recuerdo que Oscar necesitaba lideres a los que adorar y servir y yo claro está, no lo era (con un padre con ese coche, no era posible). Apareció una temporada por la Media Naranja un chico alto, algo mayor que nosotros y con bicicleta de corredor. Esa circunstancia y el hecho de que compartiera algunas tardes con una panda de chicas de las Esclavas en no se que grupo de Confirmación, produjo en Oscar una admiración tal por Sergio –así se llamaba el mozo- que se convirtió en su sombra, lugarteniente y valedor. Yo me aparté discretamente de ellos y me exilié un tiempo en la Sagrada Familia –otra plaza con jardincillos y caminos, perfecta para juegos donde los más rápidos, ágiles y dispuestos solían ganar. Por ello Oscar huía y me hacia huir de ella-. Afortunadamente el reinado de Sergio duró lo que éste en darse cuenta de que allí no iba a progresar: un par de meses pero en las contadas ocasiones en que coincidí con Oscar en la oscuridad de aquellos días, siempre proclamaba lo mismo: “Sabes, soy primo segundo de Sergio”. Y me soltaba su nombre y los cinco apellidos de siempre (yo ya me los sabía de memoria porque acostumbraba a repetirlos tres veces por semana por razones que yo no alcanzaba a comprender) pero ahora cerraba la lista uno nuevo, desconocido y que le emparentaba con la nobleza o algo así: Sergio. Si Oscar sostenía que su sexto apellido era Sergio, que su padre –el practicante de coche flamante- se lo acababa de ratificar.
 
Ya lo siento, así son los recuerdos se apoderan de ti y no sabes como regresar. Yo perseguía hablaros del sosiego y un poquito del sentido de la vida como interpretación de un todo con sentido. Yo creo que desde ese sosiego con el que os martirizo, se podría encontrar alguna explicación a las cosas. Dentro de ti todo encaja, fluye. ¿No se si habéis tenido alguna vez esa sensación? Yo corría a San Felicísimo, angustiado, desasosegado y me lo reprochaba el padre Jacinto. Sin embargo el regreso se transformaba en un desfile triunfal con galardón en forma de chucho de merengue en la Granja Achu. Así rezaba un luminoso fundido y desmochado que dintelaba una panadería, perdón la Panadería. En todo el barrio era la única con pan decente (por lo menos eso mantenía mi padre), con pan que crujía cuando lo estrujabas (¡oh, qué sonido aquel! ¿Hay algo mejor que robar el currusco de la barra y comértelo según vuelves de comprarlo?). En todas las demás panaderías del barrio, retorcías el pan para encontrar la música celestial y acababas con una trenza muda. Recuerdo a Vicente el dueño, alto y delgado como un junco, armado de un bigote blanco que imponía respeto. Mi hermano y yo nos turnábamos los fines de semana para comprar el pan. No era tarea cómoda, la panadería distaba tres manzanas de mi casa y siempre se formaban unas colas tremendas de las gentes del barrio que también conocían el crujido y no querían vivir sin el. (Conviene explicar que el domingo era el día de los tebeos, el portero nos los subía temprano junto con el periódico. Ni mi hermano ni yo deseábamos perder ni un minuto de la mañana de aquel glorioso día y la Granja Achu se interponía). El pan llegaba a la panadería de Vicente en unos cestones metálicos donde las barras de pan aun tibias se alojaban en vertical. Cuando los cestones hacían su entrada en el reino de Vicente los clientes en la cola pescueceabamos para calcular si nos alcanzaría o tendríamos que esperar al siguiente y perder mas tebeos. Entonces comenzaba la exhibición, Vicente descargaba a mano los cestones, emplazaba minuciosamente una cuerda dividiendo en dos cada uno y con ¡los cinco dedos de cada mano! sumaba las barras para luego vocear –dirigiéndose a la cola- “¡Sesenta y tres!”. La cola se removía incomoda calculando su posición y la comanda de cada antecesor. “¡De esta no nos llega!”
El padre Jacinto siempre estaba de guardia. En la penumbra fresca de San Felicísimo, ver su luz representaba un descanso. Lo recuerdo gordo y tierno, envuelto en una sotana preconciliar con brillos en las haldas y con una voz cantarina y ligera que te reposaba el espíritu. Y salías a la calle como si comenzaras a vivir de nuevo y la Media Naranja y Vicente y el cine Filarmónica con aquellos carteles sepia y ese eterno olor a Menforsan. Fue allí donde Oscar –el primo segundo de Sergio- y yo vimos “Adiós, cigüeña, adiós” aquella ñoñeria de Summers con la que me emocioné hasta las cachas y me enamoré de aquella chiquita que se queda preñada y a la que sus amigos se encargaron de arropar hasta su feliz alumbramiento. Todavía recuerdo que le aclaramos al acomodador que estudiábamos Derecho.
 
La confesión no duraba mas allá de diez minutos de los que el padre Jacinto utilizaba siete para desgranarme toda la relación de buenos propósitos que yo ya conocía bien pero que aun pudiendo no hubiera rechazado. Nunca mandaba penitencia y si lo hacia era delgada y siempre la cumplía al llegar a mi portal, madera de castaño y Poli, el portero, siempre solicito, dispuesto a prohibirme subir en el ascensor porque todavía no alcanzaba los catorce.
Admito que no he sido capaz de centrarme en lo que perseguía contaros, me despisto y en lugar del relato existencial que pretendía haber escrito me ha salido una ruta turística por recuerdos pequeños y un tanto mezquinos. Será que no se contar ninguna otra cosa. Pero os juro ahora que no me oye nadie que no recuerdo haber tenido más paz, más calma, más control, más seguridad, inteligencia y bondad que durante aquel trayecto habitual y conocido de San Felicísimo a mi casa. Os lo juro.
 

Joseba Molinero