Entrevista a Tachia (amante de Gabo y Blas de Otero)

 

Margarita Vidal

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Para convencerlo de vender el gallo, su mujer le había dicho al Coronel: “cuando se acabe el maíz, tendremos que alimentarlo con nuestros hígados”.

Él no había dado el brazo a torcer; le contestó que faltaba poco para que el gallo acabara con cualquier rival que le echaran en la gallera. Podrían resarcirse entonces del hambre perpetua que les forraba las tripas y de la inútil espera, durante 56 años, de la pensión prometida por el gobierno a los veteranos que, como él, se la habían jugado al lado del General Rafael Uribe Uribe en la Guerra de los Mil Días.

Semanas después, en medio de una desesperación galopante, la coronela machacó: “Dime, qué comemos”.

“El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto-, para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-Mierda”.

Gerald Martin, el autor inglés de “Gabriel García Márquez, Una Vida”, la “biografía tolerada” del fabulador de Macondo, dice que “éste párrafo final es uno de los más perfectos de toda la literatura”, y en el sugestivo capítulo “Hambre en París: La Bohème”, establece un paralelo con la historia de Gabo y su novia española y revela un detalle desconocido dentro de su azarosa vida en París (año 56), cuando abandonó la escritura de La Mala Hora y acosado, él también, por las penurias del hambre, escribió febrilmente su novela, El Coronel no tiene quién le Escriba.

Martin narra el apasionado romance del escritor con la bella vasca, actriz de teatro en ciernes, María Concepción Quintana, que tenía 24 años, iba invariablemente de negro hasta los pies vestida, el pelo a la “garçon”, tenía “duende” y era dueña de una mente libertaria y una personalidad arrasadora. “La vasca temeraria”, la bautizaría el futuro Nobel, que retrató sus rasgos y su carácter en la Amaranta Ursula de Macondo.

Ella había llegado a París en 1953, huyendo voluntariamente de la España franquista y de un romance intenso y amargo, con el gran poeta español Blas de Otero, un “churro” de proporciones bíblicas y uno de los máximos exponentes de la literatura de la posguerra:

“…cuerpo de mujer, fuente de llanto
donde, después de tanta luz, de tanto
tacto sutil, de Tántalo es la pena…”

De Otero, encantador y mujeriego, había seducido a “Conchita” Quintana, que estudiaba teatro en Bilbao. Decía que ella era diferente a todas las demás Conchitas de España, de modo que reorganizó las letras de su nombre y la bautizó “Tachia”, tal como se la presentó, en un café parisién, un viejo poeta portugués.

Ese costeño reflaco, de pelo alborotado, mirar alucinado y bigote tempestuoso, parecido a un argelino como una gota de agua a otra, le pareció petulante. Media hora después, mientras caminaban por la orilla del Sena, Tachia había caído en la red de su palabra embrujada, mientras le iba contando vida y milagros, como barrido por un súbito huracán de desamparo.

Hasta ella llegó, muchos años después, la tenacidad de sabueso de Martin, y en el capítulo décimo, Tachia hace un relato tierno, evocador y triste sobre esta relación condenada de antemano al fracaso, que duró nueve meses, que tuvo un epílogo sorprendente y desgarrador y sobre el cual ella se ha propuesto no hablar nunca más.

Quien quiera desentrañar el misterio, tendrá que leerse las 634 páginas de la biografía, que remata un final típicamente Garcíamarquiano. Mientras se celebraba el Congreso de la Real Academia de la Lengua en Cartagena y todo el país festejaba los ochenta años del novelista, sesenta de su debut como escritor, cuarenta de Cien Años de Soledad y veinticinco del Premio Nobel, el biógrafo le dijo a Gabo: “ Ví mucha gente que no podía contener las lágrimas”. “Yo también estaba llorando –repuso García Márquez- sólo que por dentro”.

Tachia se casó años después con Charles Rosoff, un ingeniero de petróleos, con quien vivió cuarenta años felices. Veintidós años después de sus amores frustrados, Tachia Rosoff recibió un regalo inesperado: una cariñosa carta de puño y letra de Gabo, regalándole su “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, con el que, muchos años después, ella debutará el próximo 8 de Noviembre en el Teatro Heredia de Cartagena. Con su bella voz, Tachia Rosoff, lleva muchos años “diciendo” -que no recitando- poesía; de Machado, Miguel Hernández, García Lorca.

O éste, de posguerra, de Blas de Otero:

“…no quedan de los muertos ni sus nombres
No olvidemos.
No podrá el olvido vencer sus ojos contra el cielo abiertos.
Larga es la noche Tachia,
Escucha el ruido del alba
Abriéndose paso a paso entre los muertos.

Su apartamento en la Rue du Bac, en París, está lleno de luz, de cojines, libros y cuadros, de objetos singulares. Y de fotos. Tachia con García Márquez y Mercedes en Estocolmo. Tachia y Blas, Tachia y Rosoff, Tachia y Violeta Parra, Tachia y Paco Ibáñez, Tachia y su mundo. El pelo, blanco ya, sigue cortado a la garçon, su figura es esbelta, sus ojos traspasadores y rientes, sus manos cálidas. La boca pequeña y firme, las orejas delicadísimas. La piel transparente, surcada por líneas finas. La voz, clara y firme, juvenil todavía.

¿Cómo fueron sus amores con Blas de Otero?

Bastante caóticos. Ahora te recojo, ahora te dejo. Él era un hombre muy importante y encantador pero también podía ser muy complejo. Lo conocí en el año 50 y yo digo que mi relación duró 10 años porque en el 60 estuve a punto de casarme con él. Sin embargo ya había vivido la historia con Gabriel en París, y también venía de conocer a Rosoff, un ingeniero de minas, con quien viví cuarenta años, hasta el día de su muerte.

En varios de los poemas de Blas figuro como Tachia, desde luego, y como decía Lola Flórez ,quedé “mortalizada”.Risa. Manolo Caracol, que trabajaba con ella, decía “Y ahora les vamos a cantar una canción que habemos “mortalizao” Yo y la Lola”.
En la biografía de Gerald Martin usted cuenta unas situaciones dramáticas vividas con Gabo, a las que nunca se había referido.

Sí, nunca había contado esa parte de la historia que vivimos, pero a su biógrafo sí, porque los biógrafos siguen al personaje minuto a minuto. Lo interesante es que yo continué una amistad muy querida con Gabriel, hasta hoy y soy amiga de Mercedes y de sus hijos, que me quieren como a una tía.

¿Cómo era el “nido de amor”?

Yo vivía en la Rue D’Assas,en la antigua cocina de un hotel particular. Yo tenía un pequeño jardín de cuatro metros cuadrados, al que daba mi ventana. Allí sembré unas capucine, pero las enterré tan hondo que nunca germinaron y Gabriel se burlaba: “Esas flores están saliendo en Japón”.Risa. El me esperaba sentado en ese jardincito con la cabeza entre las manos, preocupado porque vivíamos en medio de una gran pobreza.

¿Cómo lo vio al momento de conocerlo?

Tenía unos andares como de torero, que a mí me sorprendían. El primer día me pareció un poquito pedante. No pensaba volver a verlo, pero empezamos a pasear por la orilla del Sena y, oyéndolo, con esa magia que siempre ha tenido en su palabra, me iba pareciendo un hombre cada vez más interesante. Gabriel era justamente la antítesis de lo que a mí me gusta en los hombres. No era físicamente mi tipo, para nada, y yo en mis tiempos era bastante mona (bonita) Aunque no se podría decir que Gabriel fuera un hombre bello sí tenía un magnetismo y un atractivo muy singulares.

¿Es cierto que llegó a París huyendo de su amor tormentoso con de Otero?

Sí, y con poquísimo dinero y sin un oficio para hacer valer, pero dispuesta a trabajar en lo que fuera y como fuera, porque París era el gran sueño. Dejé la maleta en la consigna de la Gare de Austerlitz y me eché a andar hasta la Torre Eiffel. Un camino largo, pero yo caminaba como flotando. Venía por un mes, pero me hice el propósito de trasladarme del todo a esta ciudad tan bella.

¿Y cómo una mujer tan joven, en esa época de posguerra, y sin dinero, se lanza a esa aventura?

Unas amigas madrileñas me dijeron que vivir en París sin dinero era facilísimo. Imagínate. Ellas habían trabajo colectando remolachas y cosas por el estilo. ¿Qué sabe hacer? Me dijeron. Yo soy actriz, pero soy capaz de cuidar niños, de cocinar y de trabajar en lo que sea. Cuidé niños y me conseguí una trabajo mal pagado en la radio y hacía teatro esporádicamente. Ganaba poquísimo, pero tenía un cuartico y algo que comer.

Y para rematar, muy poco después de iniciar su romance con Gabo, a él le dejaron de mandar el sueldo.

Si, inicialmente tenía el cargo de corresponsal y vivía en su hotelito, pero cerraron El Espectador y a partir de ahí ya no tuvo nada. Él dice que gracias a mí sobrevivió. Yo siempre le digo que no es así, porque de no haber sido yo habría sido algún compatriota. El caso es que compartíamos la pobreza y los sinsabores. Pero le cuento que me he jurado, ahora que me voy a presentar en Colombia, que no vuelvo a hablar de aquel affaire, porque todo está en la biografía de Martin y yo no quiero que me lancen por ahí.

Pero sí podría contarme cómo era París con Gabo

Pues era algo muy curioso porque, al mismo tiempo que nos la pasábamos peleando -como el coronel y su esposa que no sabían qué hacer para derrotar la escasez, pero se querían-, nosotros nos queríamos. Gabriel era un hombre maravilloso, de una ternura infinita, y yo me dí cuenta enseguida del valor literario de su obra. Naturalmente, a partir de allí escribiría el grueso de su obra maravillosa, que le valió el Premio Nobel. Qué lejos estábamos entonces de imaginar -o soñar siquiera- semejante triunfo.

Él le regalo a usted su “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, que es el que usted va a presentar en Cartagena.

Sí, cuando éramos novios, pobrísimos, me regalaba “claros de luna” y cuando me mandó el Monólogo, me llamó y dijo: “Ese monólogo se me cayó de La Hojarasca” .Y me lo dedicó:

“Tachia bella:
Cuando nos conocimos en el helado otoño de 1955, en París, lo primero que se me ocurrió, al ver tu abrigo de tigre y al oír tu voz, fue que quería escribir un texto para oírtelo a ti. Esa misma noche me acordé que ya lo tenía: es el “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”.

Por eso me alegra tanto de que tú lo digas por ahí, por el mundo, porque todo fue como una premonición.
Te mando, pues, un beso de bendición con todo el amor.

Gabriel

La única carta que tengo de él. Y como las premoniciones a veces se cumplen, me encanta estrenarlo en Cartagena, porque Isabel nació por allá.

¿Cómo serán el decorado y el vestuario?

El decorado es de Hernán Peñuela,un gran escenógrafo colombiano que trabaja en la Comedie Française. Yo misma hice una bata sencilla de lino beige con chal largo, de seda. Isabel es la representación de Luisa Santiaga, la mamá de Gabriel, y en un momento dado, dice:

“Llovió durante todo el Lunes, como el Domingo, pero entonces pareció como si lloviera de otro modo, porque algo distinto y amargo sucedía en mi corazón. Al atardecer, dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora esta lluvia”. Sin voltear a mirarlo, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba a mi lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había cesado desde aquella madrugada de Diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses. Ahora yo esperaba un hijo, y Martín estaba a mi lado diciendo que le aburría la lluvia”.

Eso lo escribió al mismo tiempo que escribía “La Hojarasca”, antes de escribir “El Coronel”.

Volviendo a París, donde “El Coronel” se le desgajó de La Mala Hora, como sucedía con muchas de sus obras, la dejaba leerla?

Me leía El Coronel, a medida que iba escribiendo esa obra maestra. Años después de nuestra separación, vi a Blas de Otero en Madrid y de puro coqueta le dije: Mi segundo novio fue Gabriel García Márquez. No está mal, -contestó- El Coronel me gusta más que Cien Años de Soledad. Ah, -dije- pues qué bien, esa es la mía, porque yo soy la coronela. Risa. Me regaló un libro y me lo dedicó: “A la “coronela” de París”. Risa. Lo gracioso es que Gabriel casi nunca me llamaba por mi nombre, sino que me decía el “general” y sus amigos también, porque yo era bien mandona. Risa.

¿Cómo era la bohemia parisina?

Había muchos amigos, entre ellos estaba el arquitecto Hernán Vieco, que era el único que tenía carro, plata y casa, donde hacíamos fiestas interminables, en las que Gabriel cantaba de maravilla y tocaba guitarra. Me chiflaban los vallenatos porque me recordaban, de alguna forma, el flamenco y son historias juglarescas.

Gabriel cantaba La Casa en el Aire, La Patillalera, El Testamento, todas. ¡Madre mía! Cuando le entregaron el Nobel en Estocolmo, tuve una de las emociones más grandes de mi vida cuando empezaron a cantarle las mismas canciones que Gabriel cantaba en París, cuando estaba conmigo. Algo inolvidable.

También se aprendió las canciones de Brassens, que eran muy difíciles de captar porque para hacerlo hay que ser poeta como Gabriel. Brassens era el gran exponente de la “chanson” francesa y de la trova anarquista de la época. Cantábamos La Mauvause Réputation, Les copains d´abord, Le Gorilla, a la que tacharon de pornográfica y la prohibieron por un tiempo.

Su romance duró nueve meses, y según cuenta Martin, en su biografía, usted quedó embarazada. ¿Podríamos hablar de ello?

No. No quiero hacerlo,(tajante).

Como diga, ¡mi generala! Se termina esa relación y usted regresa a Madrid, muy triste. ¿Cómo recuerda ese momento?

Nosotros terminamos y nos juramos que nunca más. Pero no estábamos enfadados. La prueba es que Gabriel me acompañó a la estación del tren con los amigos colombianos. Llegué tarde y como inmediatamente sonó el pito del tren, cada uno cogió unas maletas y las tiró por las ventanas como pudo.

¿Es verdad que llevaba dieciséis maletas (!)?

Eso dice Gabriel, pero en realidad eran ocho. La verdad es que cuando el tren partió me cayó la tristeza, pero me sobrepuse porque sabía que era definitivo y que tenía que salir adelante. Al llegar a Madrid hice una tourneé por la que me pagaban una miseria. Pero esto no duró porque París me llamaba y yo me veía nuevamente envuelta en el franquismo y en la misma situación de antes. Regresé y nos vimos con Gabriel una vez más, muy furtivamente, para terminar las cosas como debía ser.

La legendaria comprensión de la señora Lacroix, dueña del Hotel de Flandre, fue también muy importante -como todas las mujeres en la vida de Gabo- y muy paciente con los arriendos atrasadísimos. ¿Cómo la recuerda?

Ella fue definitiva pero yo no la recuerdo, porque con mi mojigatería de chica de Bilbao, me daba pena que supiera de mi relación con Gabriel. Es que era muy difícil acostarse con el novio en esa época y, cuando yo iba al hotel, entraba lo más clandestinamente posible. Recuerdo sí, a la señora del bistró La Chope Parisienne, que me llamaba Mademoiselle Chocolat, porque como yo no bebo alcohol, siempre me tomaba un chocolate. De tal modo que un día que estaba Gabriel esperándome, la llamé por teléfono y le dije : “Ici, Mademoiselle Chocolat, por favor dígale a mi novio que no puedo ir”. Ese café se llama ahora La Sorbonne.

¿Y cómo ha mantenido esa figura tomando chocolate a toda hora?

Si hubiera tomado alcohol no la tuviera tan buena. Risa.

¿Cuáles de sus obras prefiere?

El Coronel me parece maravillosa, pero me gusta muchísimo El Amor en los Tiempos del Cólera, que él me dedicó en la edición francesa, y a mí me divierte mucho que, a partir de esa dedicatoria, a la gente le parece que tengo más importancia. Risa. No sé si sea cierto o no, pero Gabriel me dijo que se lo había sugerido Mercedes.

¿Y cómo se hizo amiga de Mercedes?

Gabriel me dijo que cuando ella viniera a París me iba a mirar con lupa. Yo ya me había casado, y congeniamos tanto las dos parejas -y los niños también, que ella se dio cuenta de que soy una persona honesta.

Mercedes, “El Cocodrilo Sagrado”, como le dice Gabo, es una mujer muy especial y debe agradecerle a usted el haber permitido que Gabo sobreviviera a su azarosa etapa en París.

Yo terminé siendo muy amiga de toda la familia, inclusive de la “Niña Luisa”, como él le decía a Luisa Santiaga, su mamá, a quien visité, en el año 73, en Cartagena. Era tal como me la había pintado Gabriel. Me sorprendió la cantidad de hermanos y hermanas, que no eran de ella.

Bueno, recuerde que la Niña Luisa es Ursula Iguarán, quien recogía todos los hijos que sus hijos iban regando por el mundo.

Cuando leyó Cien Años de Soledad Luisa Santiaga dijo: “Yo no sabía que Gabito fuera tan chismoso”. Claro, contó todos los cuentos de la familia. Risa.

Martin dice en su biografía que veinte años después del romance García Márquez escribió “El rastro de tu sangre en la nieve” y aventura que posiblemente se trate de “una clara autocrítica y una reivindicación tardía” de usted y se pregunta si acaso era un exorcismo.

Es evidente la simbología en ese cuento precioso; la historia de una joven embarazada, Nena Daconte, que viajó de España a París (mi ruta, inversa), se pinchó un dedo con una rosa, sangró todo el camino, en medio de la nieve, y murió en un hospital galo.

¿Cree que hubiera podido casarse con Gabo?

No. Los dos tenemos los mismos defectos y por eso éramos muy incompatibles. Creo que yo no hubiera sido para nada la mujer que él necesitaba. La encontró en Mercedes, total.

Usted hace recitales con el gran cantautor Paco Ibáñez, ¿cuándo lo conoció?

Hace cincuenta años y es como un hijo para mí. Es muy divertido porque me dice: me da coraje que siempre hablen de ti como “la novia del uno, la amante del otro”. Y, tú y tu arte, qué? Más bien ellos deberían estar orgullosos de poner en sus currículos que fueron novios o amantes tuyos. Un día yo voy a ser tu telonero. Risa.

¿Diría el Monólogo para mí?

Y Tachia dice el monólogo, con su voz maravillosa que resalta la belleza de las palabras Garciamarquianas, durante casi una hora. Y yo, dueña del privilegio, asisto, con la piel erizada por la atmósfera y la tensión que ella va dibujando con sus labios dulces y sabios, a “ese ejercicio de humildad y contención del cuerpo y de la voz que se presta, se dona, se regala, al poema. Porque recitar es devolverle al texto su voz. Si la palabra escrita emociona hasta las lágrimas, cómo no va a hacerlo la palabra viva?”, como escribiera alguien que admira su arte: la palabra de Tachia.

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