La primavera prohibida

El arrabal presentaba un aspecto fantasmagórico, envuelto como estaba por una densa calígine. Cientos de chabolas se escalonaban en las faldas de un monte próximo a la ciudad y se extendían hasta el cauce del río que la atravesaba y que en aquella zona hacía funciones de vertedero, un río de aguas pestilentes y contaminadas hasta el último milímetro cúbico por toda clase de residuos químicos procedentes de un polígono industrial cercano. A aquella hora de la madrugada reinaba un silencio sepulcral y la única señal de vida que se apreciaba era la luz mortecina de varios candiles de gas que se traslucía por las cortinas que cubrían los ventanucos de algunas covachas en la parte alta de la ladera, la que ocupaban los últimos en arribar al enclave, conocido por el nombre de “Aldea paria”. Nelson era uno de éstos. Aterrizó por allí medio año atrás y se instaló en el primer hueco que encontró libre, un chamizo construido con diversos materiales de desecho que el anterior inquilino, por la razón que fuera, había abandonado. No era, ni mucho menos, el mejor lugar del mundo, aunque tampoco se diferenciaba demasiado del resto de las misérrimas edificaciones circundantes. Desde el primer momento comprendió que del pomo de su puerta colgaría un invierno perpetuo, que la escarcha cubriría el suelo de tierra y que sus paredes tiritarían a golpe de trueno. Con todo, decidió instalarse en aquel reservado para indigentes. Y no se equivocó: siempre llovía sobre su tejado y por las goteras penetraba el agua que mojaba sus noches y le calaba hasta el tuétano de los huesos. Un día tras otro esperaba en aquella especie de útero de chapa y madera a que despuntara la aurora para sacudirse el temblor de su cuerpo álgido y cambiara su sino, lo cual nunca ocurrió, puesto que una jornada y otra renacía para hundirse indefectiblemente en el cieno de las cloacas de la metrópoli. Y ya no sucedería, porque acababa de posicionarse en el cantil del abismo. Se había subido a un taburete y ajustaba en el cuello el nudo corredizo de la bufanda que, previamente, había atado a una barra de hierro que soportaba el peso del techo de uralita y que le servía como improvisada horca. Sólo le restaba lanzarse hacia delante y golpear con el talón la banqueta en la que se sostenía, para desplazarla a una esquina de la cochambrosa estancia y quedar irreversiblemente suspendido en el dogal. Su último pensamiento fue para su amado Frank: recordó su cara atezada, sus ojos fúnebres, su sonrisa hierática y sus largos y huesudos dedos resbalando por el teclado del vetusto acordeón que siempre llevaba consigo. Y abrazado a esta imagen dio el definitivo salto al vacío.
Dos meses antes, cuando lo vio por primera vez, todo resultó bien distinto. Le embargó una vaharada de sensaciones que creía extintas, una insólita alegría de vivir y, al mismo tiempo, un jubiloso y repentino golpe de amor. Se lo encontró en el vestíbulo de la estación de trenes de cercanías en la que acostumbraba a mendigar. Fue como una aparición: alto, enjuto, con la melena recogida en una coleta, ataviado con un quepis de cuero y una bufanda de colores y enfundado en una parka trescuartos, tocaba el acordeón junto a la puerta de acceso a los andenes. Le impresionó el porte majestuoso de aquel ángel caído e intentó acercarse a él. No sabía muy bien por qué, pero se avergonzó un tanto de su propio aspecto externo: reparó en su pelambrera desaliñada abierta en guedejas, en su sotabarba rala y ridícula y en que vestía una ropa astrosa y calzaba unos zapatones ajados y mohosos dos o tres números más grandes que la talla de su pie. Se sintió grotesco e indigno, por lo que se dirigió a la zona en donde se hallaban las expendedoras de bebidas y chucherías. Semioculto entre las máquinas y la gente que pululaba alrededor, lo contempló extasiado. Pensó que su sola presencia era un regalo del cielo y que aquella tarde la dedicaría exclusivamente a disfrutar de tan bello espectáculo. No pordiosearía. Además sería bochornoso que le conociera en semejante circunstancia. Así que continuó en su discreta posición, resguardado por la bambalina de personas que iban y venían por el hall de la estación, deleitándose en la contemplación de aquel ser divino y en su gracia de enamorado, hasta que unas horas después el extraordinario sujeto recogió los bártulos y abandonó el lugar.
 
Al día siguiente no falló a la cita que él mismo había concertado con sus propios deseos. Lo hizo totalmente trasfigurado. No era amigo de aprovechar el auxilio social, pero la coyuntura lo merecía; y por la mañana acudió al albergue municipal, donde atendían las necesidades básicas y perentorias de toda clase de individuos en situación de penuria. Allí le dispensaron los cuidados que precisaba: servicio de higiene personal, peluquería y vitualla de ropa y calzado; incluso tuvo la oportunidad de almorzar en el comedor público del establecimiento. De esta guisa, con su vestimenta pulcra y seminueva, aseado, rasurado y rapado y con el estómago caliente, se plantó en el recibidor de la estación de cercanías, con semblante alegre, satisfecho de su prestancia y seguro de sí mismo. Enseguida distinguió la cabeza del hombre que le fascinara la víspera. No le resultó difícil. Él también era espigado; y sus testas sobresalían por encima de las del resto de los pasajeros y transeúntes que abarrotaban el espacio de tránsito. El apolo portaba el quepis de cuero y la bufanda multicolor que le resultaban familiares. Sus miradas se cruzaron. El corazón se le puso a mil revoluciones y se quedó clavado en donde estaba. Esperó a que la avalancha de viajeros se perdiera por las escaleras de acceso a los andenes y se despejara la zona. Cuando esto se produjo, tomó posición en las inmediaciones del área de tiendas y hostelería. Era un buen sitio para limosnear y, lo mejor de todo, desde él podía observar todos los movimientos del atractivo acordeonista. En esa ocasión no se escondió y se mostró tal cual era. Durante un buen rato, cada uno se dedicó a lo suyo. Eso sí, varias veces se intercambiaron miradas furtivas. Transcurrida una hora, consideró que había llegado el momento de la toma de contacto y se le aproximó. En tono amistoso, le preguntó que qué tal le iba la tarde. El sorprendido músico le sonrió y se encogió de hombros. No esperaba esa reacción y, ruborizado, se arrepintió de su atrevimiento. Sospechó que quizá no comprendiera sus palabras y de ahí que le respondiera gestualmente para contemporizar. No insistió más. Simplemente le devolvió la sonrisa y, con gran decepción se alejó de él. Triste y abatido se afanó en su brega de mendicante. No lograba sacudirse el sentimiento de ridículo que le dominaba. En su fuero interno se lamentaba de su mal hado. Era consciente de su situación: si el hombre de sus sueños era extranjero, no tenía nada que rascar, con lo que la flecha del amor se perdería en el laberinto de una babel idiomática. No obstante, sus tribulaciones dieron paso de súbito a una inmensa dicha, cuando la voz del adonis resonó en la estancia. Entonaba una canción popular del país. La escuchó alelado. A ésta le siguieron varias más. Su gozo crecía por segundos. Hasta entonces no le había oído cantar. Dedujo que se trataba de una señal - de una llamada- y que lo sucedido anteriormente obedecía con toda probabilidad al asombro o, tal vez, a la timidez del desconocido y no a la indiferencia o al desinterés por su parte. Parecía que la saeta de Cupido había alcanzado su destino. Y no lo dudó. Hora y media más tarde, cuando el trajín de la estación decreció ostensiblemente y había llegado el momento de la retirada, volvió a la carga. “Por hoy ya vale, ¿verdad?” – se atrevió a decir, al comprobar que el anhelado músico guardaba el acordeón en un aparatoso estuche-. “Sí” – le contestó éste-. “Creo que nos hemos ganado unas cervezas” – añadió, a modo de invitación-. “Sí” – aceptó el aludido-. Ambos lucían una sonrisa de oreja a oreja. Se intercambiaron los saludos al uso y, sin más, se marcharon a la calle.
 
La velada fue apoteósica: alcohol, alborozo, charleta y sexo a tutiplén. Frank le presentó a sus colegas. Eran okupas que se hacinaban en los locales de las oficinas de un pabellón abandonado en el polígono industrial próximo a los suburbios del área norte, bastante cerca de la Aldea paria. En aquel islote de miseria, hombres y mujeres se dejaban hacer por el infortunio y, quien más quien menos, dependían de alguna droga para enajenarse de una vida que hacía tiempo se les había escapado de las manos. Frank no era una excepción. Lo supo el tercer día que salieron juntos. Se le veía nervioso, desencajado, como habitado por un enjambre de avispas que le picaran desde dentro el tronco y las extremidades. “Estoy frito. Necesito chutarme”, le dijo. No dio más explicaciones; salió disparado de la estación y emprendió la marcha en dirección a la boca de metro que servía de entrada a la línea que conducía al extrarradio. . El peso del acordeón no le impedía caminar a grandes zancadas. Nelson le seguía a duras penas. Nunca lo había visto en aquel estado: se le antojó un zombi poseído por una energía misteriosa que le impelía a volar rumbo a un objetivo apremiante. Volar… Volar constituía su mayor obsesión. No sabía demasiado sobre él, pero en las pocas ocasiones que intimaron le había oído repetir lo que podría ser una máxima, algo así como “Volar es lo sumo, es la libertad; sólo es soberano quien vuela alto, quien vuela sublime, quien vuela por volar”. No parecía que éste fuera el caso, porque la inercia de sus movimientos de autómata y su volada acotada a ras de suelo resultaban impropias de un individuo libre y excelso. Comprendió a qué se refería, cuando ya intramuros en el territorio okupa fue testigo del vuelo psicodélico que protagonizó su dilecto amigo, después de haberse metido una hiperdosis de ácido. Le sobrevino una sensación agridulce: por un lado, se colmó de alegría, tras constatar un cambio radical en su semblante - ahora distendido y risueño- y en su humor, hasta hacía un rato desangelado y desabrido; y por otro, le subyugó la angustia de saberse enamorado de un yonqui. Él nunca juzgaba a las personas. Asumió que no era quien para hacerlo, cuando pasó a engrosar la nómina de los infelices de la tierra a causa de una conducta díscola y licenciosa que le eslabonó a la cadena de las desgracias: fracaso familiar, pérdida del empleo, coqueteo con el alcohol, hundimiento social e indigencia fueron los hitos de la debacle. Aun así, pensó que volar de aquella manera no era tal, sino más bien un salto en caída libre al abismo. De todos modos, no le recriminó su comportamiento y dejó que los acontecimientos siguieran su curso. Y no le fue nada mal, porque Frank se mostró especialmente cariñoso y receptivo aquella noche y también los días posteriores. Su ventura era plena, si bien por momentos se veía empañada por la sombra de la inquietud. No era para menos, puesto que jornada a jornada Frank volaba cada vez más bajo. Se le apreciaban signos de arrobamiento, a ratos rayanos con la idiotez. Presupuso que se picaría a diario y, teniendo en cuenta el galopante deterioro mental que evidenciaba, a buen seguro lo haría administrándose una cantidad mayor de droga en cada chute. No entendía por qué actuaba con tanta irresponsabilidad. ¿Acaso no lo amaba? ¿No era consciente del dolor que le causaba? ¿Había resuelto quizá renunciar a ser persona para desvanecerse en el espacio etéreo de la vesania? Fuera como fuera, decidió hablar con él. Debía prevenirle del peligro en el que se hallaba y hacer que atendiera a razones. Lo tenía claro: si fuese menester, lo arrancaría del círculo pernicioso de sus colegas okupas y se lo llevaría a otra ciudad, lejos de aquel entorno nocivo que había minado su ánimo y arruinado su dignidad. Iniciarían una nueva vida absolutamente distinta a la que ahora malgastaban de manera pueril y absurda. El amor les proporcionaría la fortaleza necesaria, sería la tabla de salvación que ayudaría a ambos a reencontrarse consigo mismos y a volver a ser aquellos hombres honorables y de provecho que fueron en otra época. Sin embargo, no tuvo opción a cumplir su propósito. Llegó a destiempo. Tanto… que Frank ya se había estrellado en el fondo de su propio precipicio.
 
Esa tarde recaló en el tajo – así denominaban ambos a la estación de cercanías- cargado de ilusión y con la firme convicción de sacarlo de allí para largarse juntos a cualquier destino que se ubicara a años luz de su pasado, a cualquier sitio donde pudieran resurgir en una nueva primavera. Mas nada más pisar el vestíbulo, todo se le reveló diferente y extraño: las salas de espera estaban atestadas de viajeros que departían en pequeños grupos, los locales comerciales y de hostelería semivacíos y la zona de aseos acordonada por varios policías. Lo buscó con la mirada en las proximidades de la escalinata de acceso a andenes, aunque su esfuerzo fue baldío. Se estremeció. Desde que coincidieron por primera vez, jamás faltó a su actuación musical en la estación. La ausencia del príncipe azul desató un torbellino de preguntas en su mente. ¿Dónde se ocultaba Frank? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué pintaba allí la pasma? ¿Por qué todo el mundo se aglomeraba en el área de tránsito? Miró y remiró a un lado y a otro y no acertó a verlo en ninguna parte. Histérico, empezó a empujar y a apartar a la gente de su alrededor para abrirse camino hasta el cinturón policial. Las protestas de algunos afectados y los codazos en el estómago que le propinaron otros lo detuvieron en seco. “¡Que todos queremos saber qué ha sucedido ahí adentro!”- se quejó una anciana-. La mujer ignoraba que, de los presentes, era Nelson quien tenía un interés más imperioso por averiguar lo acontecido. Fue entonces cuando oyó que alguien murmuraba que la camarera de la cafetería había comentado que habían descubierto un fiambre en los váteres, al parecer un acordeonista que tocaba en la estación. Se puso lívido. No podía ser. No, Frank no. Aquello era una hablilla de taberna, una asquerosa patraña que se aclararía enseguida. No quería ni imaginar la posibilidad de que fuera verdad lo que había escuchado; y buscó y buscó de nuevo por todos los rincones de la estación. Como no halló ni rastro de Frank, quiso convencerse de que seguramente habría enfermado y que estaría guardando catre en la comuna de okupas. Lo más sensato sería cerciorarse de tal extremo y salir de dudas definitivamente. Y se disponía a ahuecar el ala, cuando se percató de una terrible contingencia: un policía portaba en un carro una funda de acordeón. La retiraba de los baños a la franja de seguridad establecida por el dispositivo de emergencia desplegado al efecto. La reconoció de inmediato por la enorme pegatina con la efigie de Buda que adornaba la tapa. Obviamente Frank había estado en la estación, ya que por nada del mundo se hubiera separado de aquel instrumento, “su amante fiel” – como solía llamarlo en broma-. No tenía sentido pues indagar en otro escenario; y exánime se dejó engullir por la multitud. Permaneció indiferenciado en la barahúnda hasta que la policía ordenó desalojar a los curiosos allí congregados. Una vez en la calle, cuando se quedó solo, no fue capaz de reaccionar. Se había convertido en un pelele; y como tal procedió: vagó toda la noche por las calles de la ciudad y posteriormente por los límites del arrabal.
 
Por la mañana se personó en la comisaría del centro de la ciudad para informarse de primera mano acerca de lo que había sucedido horas antes en la estación de trenes. Su figura era lamentable: sucio, greñudo, ojeroso y derrengado; vamos… toda una piltrafa. A punto estuvieron de expulsarlo de la jefatura. Menos mal que un agente se compadeció de él, cuando aseguró ser el novio del acordeonista que, según se rumoreaba, había fallecido en los servicios de la terminal de ferrocarriles. El mismo agente le comunicó que no se trataba de ningún chisme y que la víspera habían encontrado a un sujeto indocumentado muerto por sobredosis de ketamina en ese lugar. Lo atendieron muy bien: le permitieron lavarse, le facilitaron ropa limpia y le sirvieron el desayuno. Después dos mujeres vestidas de paisano le formularon mil y una cuestiones sobre su relación con Frank. La rememoración de los instantes vividos con su amado, lejos de reconfortarlo, lo sumió en una crisis de ansiedad que devino en shock cuando lo condujeron al depósito de cadáveres y lo vio metido en una caja de cinc. Lo tuvieron que ingresar de urgencia en un hospital, en donde estuvo en observación hasta la noche. Cuando le dieron el alta, el agente que lo había custodiado lo obsequió con un regalo. No abrió el paquete que lo envolvía hasta que llegó a la chabola del arrabal. En su interior apareció la bufanda arco iris de Frank. La sorpresa lo emocionó: acarició la prenda, la besó, la plegó y desplegó varias veces y, finalmente se la enroscó al cuello. Sus ojos refulgieron en la oscuridad y el corazón le latió atropellado. Acababa de descubrir cuál era su suerte

 

 

Nicolás Zimarro