El león de Tonetti

En los viejos tiempos, las historias de los héroes de la antigüedad, que se contaban al calor de la lumbre en las noches de invierno, servían tanto de distracción para los hombres como de ejemplo para los niños.
 
Ahora, la calefacción central y los medios de comunicación, fijos y portátiles, han acabado con aquella costumbre y, quizás por ello, los ancianos están más aburridos que sus abuelos y los jóvenes pueden comportarse como villanos sin ningún remordimiento.
 
Es cierto, ahora ya nadie escucha historias de héroes de la antigüedad al calor de la lumbre, pero eso no quiere decir que esas historias hayan desaparecido y que el recuerdo de estos semidioses y sus hazañas se haya perdido. Yo las recuerdo y tu, lector, si quieres puedes conocerlas, por que estoy dispuesto a relatarte las aventuras del más vigoroso de los seres humanos...
 
Nació en Cos; no en la isla que fue patria de Hipócrates, si no en un valle verde y lluvioso, al pié de los montes que indican a los marineros el fin de la Mar Océana; donde sus gestas comienzan desde el mismo momento del parto, cuando, después de recibir el azote que abriría sus pulmones, golpeó a la matrona y la tumbó inconsciente en el suelo.
 
Fue bautizado con el nombre de Casimiro y su llanto, al recibir el agua bendita, agrietó la imagen del Señor Santiago en el retablo de la humilde iglesia de la aldea.
 
Esta presentación en sociedad sembró el pavor entre el vecindario y Casimiro creció en soledad. Los chavales le rehuían, aterrizados por sus madres quienes, antes de dormir, les avisaban de la posibilidad de ser desmembrados, durante los juegos infantiles, por los poderosos brazos de Casimiro.
 
Su mala fama aumentó cuando, el primer día que acudió a la escuela, partió la mandíbula a Don Lino, quién insensátamente había alzado la vara de avellano contra él, al confundir al cachorro de titán con un tierno querubín que se empecinaba en leer “me mamó mi mama”.
 
Privado de la posibilidad de una educación reglada; Don Quirón, el párroco de Cos, que había encontrado su vocación en la cabina de su panzer III, mientras devastaba la estepa rusa como un centauro mecánico, se encargó de transmitirle las leyes de la naturaleza y el mensaje de la divinidad, haciendo comprender a Casimiro que debía dominar su mastodóntica fuerza... no ser dominado por ella.
 
Así pasó Casimiro su niñez y adolescencia: trabajando en la hacienda familiar, asistiendo a la catequesis de Don Quirón y dedicando su tiempo libre a vagar por los montes.
 
Era en estos momentos de asueto cuando Casimiro se sentía él mismo y se dedicaba a transformar la naturaleza a su antojo: cambiando de lugar bosques enteros, fabricando cascadas, abriendo puertos de montaña, horadando simas y fundiendo glaciares. Encontró en los bosques amigos leales, aquéllos a los que la prensa del Movimiento llamaba bandoleros y la mayoría silenciosa “los del monte”, que le enseñaron atajos y escondites; y enemigos irreconciliables, como Pepe el de Fresneda, guardabosques y cazador, que le persiguió como si fuese la más feroz de las alimañas; o el cabo Merino, guardia civil de tricornio y naranjero, que le odiaba por su relación con los guerrilleros.
 
Cuando entró en caja, el sorteo le llevó a prestar el servicio militar en los Regulares y, antes de marchar hacia África cumplió con la tradición de subir la burra al campanario, proeza que realizó solo, por no haber más quintos en Cos.
 
Así, cambió la recia boina castellana por el colorado fez moro y el tabardo de paño por la chilaba de algodón. Pronto se ganó la confianza del comandante del tabor que le encomendó la vigilancia de los faros de Ceuta y Tarifa, realizando esta labor con tal diligencia y eficacia que desde aquél momento se conoce al estrecho con el nombre de las Columnas de Casimiro.
 
Después de recibir la blanca, volvió a su tierra y allí encontró las cosas muy cambiadas por obra y gracia de Don Euristeo, alcalde de Cabuérniga, jefe local del Movimiento y de la Sindical; miembro de la Vieja Guardia, que celebraba el 18 de Julio con camisa azul, chapela roja y brazo en alto; lucía bigote fino y pelo engominado y saludaba a los suyos con el ¡C.A.F.E! o el ¡Arriba España!, según la prisa que tuviera.
 
Don Euristeo había ganado cierta notoriedad en el Ministerio de Gobernación por haber erradicado durante su mandato a la VI Brigada Guerrillera del Norte, propiciando la eliminación de Ceferino Roiz alias “Machado”, José Lavín Cobo alias “Pin el Cariñoso”, Juan Fdez. Ayala alias “Juanín” y Francisco Bedoya Gutiérrez alias “Bedoya”.
 
El brazo ejecutor de Don Euristeo era el cabo Merino, que desde el cuartelillo controlaba todo lo que ocurría en el valle mediante una tupida red de chivatos e informadores, la mayoría a la fuerza pero todos dispuestos a depositar, en los oídos del guardia civil, denuncias y chismorreos. De esta forma, el cabo Merino, en cuanto tuvo noticia del retorno de Casimiro, acudió al ayuntamiento para sazonar con hiel la calenturienta imaginación, en materia de rojos y masones, que tenía Don Euristeo, quién ordenó su detención fulminante y la apertura de un expediente informativo político-militar.
 
Casimiro fué conducido a la casa consistorial donde Don Euristeo le explicó que conocía perfectamente su relación con algunos individuos contrarios al régimen y que si no hubiera sido por la intercesión de Don Quirón, divisionario antaño y sacerdote hogaño, y por su excelente hoja de servicios en el tabor de Ceuta, hubiera sido enviado, de forma fulminante, al Dueso. Sí, Casimiro estaba libre pero debía probar su adhesión a los Principios Fundamentales del Movimiento, superando aquellas pruebas que Don Euristeo le planteara, de forma que quedase probado, de forma diáfana, que Casimiro no tenía relación alguna con los odiosos bandoleros que durante años habían sembrado el terror por las caseríos y collados cabuérnigos.
 
Casimiro aceptó la condición y se puso a disposición de Don Euristeo que, con gran satisfacción y una sonrisa bajo su bigote fino le comunicó que comenzaría, inmediatamente, dando caza a un fiero león que asolaba los rebaños que la Sociedad Agropecuaria Montañesa tenía en el valle.
 
Casimiro se quedó mudo de asombro; mientras pasaba ante sus ojos una imagen de los condenados a trabajos forzados en la cantera del Dueso; puesto que hubiera sido más fácil encontrar, en aquellos parajes, un dinosaurio que un león.
 
Transformando su sonrisa en una carcajada, Don Euristeo le explicó que el felino pertenecía al Circo Atlas, que se había establecido en el Pueblo de las Chimeneas, y que se había escapado la semana anterior, quizás espantado por los malos humos de aquéllas o quizás atraído por la copiosa cabaña ganadera que ramoneaba por los prados del valle.
 
La visión de Casimiro se tornó en el Circo Atlas, con su carpa de dos picos, con franjas rojas y blancas, cuya llegada otoñal a la comarca era tan segura como la de las golondrinas en primavera. Todos los pueblos se llenaban con los carteles del circo, en especial con los retratos, del artista fotógrafo Chapestro, de sus propietarios y estrellas principales: los Hermanos Tonetti.
 
El payaso y el augusto, Manolo y Pepe, el listo y el tonto, la cara blanca y la cara anaranjada, el panoli y el pícaro, las enormes cejas negras y las enormes narices rojas, el hermano menor y el hermano mayor, el amplio traje de lentejuelas y el amplio traje escocés, el alguacil y la sardinera, los zapatos de tacón y los zapatones, el abucheo y el aplauso, el sombrero de cucurucho y el sombrero canotier, el suicidio por la desesperación y la desesperación por el suicidio, el circo y el circo.
 
Con plazo de tres días, Casimiro retomó su boina y su tabardo y subió al monte, reflexionando sobre como encontrar al animal y después en como capturarlo. Decidió, en primer lugar, armarse para cazar a semejante fiera; cosa difícil en el valle, donde solo tenían armas de guerra: los guardabosques, los guardias civiles, los falangistas... y los del monte... Pensó que aún cuando los guerrilleros hubieran sido amortizados, esto no significaba que sus arsenales hubieran sido decomisados... que a Pin le mataron en la capital y allí no se puede andar con carabinas por la calle y, por tanto, su fusil debía estar aún donde lo dejó... rebuscando en sus recuerdos infantiles halló el camino del Collado de Carmona, donde, tras unos frondosos escajos, encontró la entrada a una cuevecilla, en cuyas paredes se podían ver bisontes paleolíticos gritando UHP y, en el suelo, una caja de pino, en la que, tras retirar la tapa, aparecieron: un mauser 98, tres peines de cinco balas, una granada limonka, una soga y un cuchillón... quizás era un armamento modesto, incluso para hacer aquella guerrilla de pobres, pero parecía muy apropiado para enfrentarse al rey de la selva. Ya solo faltaba encontrarlo.
 
Sentado sobre un madero, mientras comprobaba que el cerrojo del fusil funcionaba correctamente, a pesar de los años de desuso, Casimiro reflexionaba sobre donde buscar al felino. Había atacado el ganado de la SAM y seguramente se consideraba en la cúspide de la pirámide alimenticia de aquel lugar y era bien sabido que los superdepredadores no se esconden cuando no cazan... duermen, comen, beben, cagan y mean sin miedo... ¿a quién habrían de temer?. Por tanto, Casimiro se convenció de que su objetivo se encontraría en las proximidades del lugar en el que la fiera se había alimentado por última vez y donde sabía que quedaban presas suficientes para algunas comidas más. Sin más dilación se encaminó hacia las cuadras de la central lechera, haciendo un par de paradas para probar el funcionamiento del mauser y cazar el conejo que demostraba el buen uso en el que se encontraba su arma.
 
Llegó a las instalaciones de la SAM al anochecer y buscó un sitio discreto donde acechar la llegada del león, mientras tanto encendió una fogata para asarse la cena, junto a la que se sentó, para quitarse el frío de la noche, mientras despellejaba el conejo. Entregado a esta labor, y a los pensamientos de como localizaría el león, pasó un rato distraído hasta que un ronquido apagado le hizo levantar la vista.
 
Casimiro se quedó atónito... unos ojos de color amarillo limón, detrás de los cuales había un animal enorme, le estaban mirando y se estaban invitando a cenar, aunque desgraciadamente para Casimiro, estaba claro que no se conformarían con compartir el conejo.
 
Es curiosa la rapidez con la que funciona el cerebro humano, pues en el tiempo en el que el león comenzó a avanzar hacia él, Casimiro tuvo tiempo de sorprenderse por el gran tamaño de la fiera, alta como un niño de doce años y larga como un caballo; discutir consigo mismo por no haber buscado un lugar bien protegido donde no hubiera sido sorprendido por la bestia; valorar la distancia a la que se encontraba aquélla; decidir que no podría alcanzar el fusil, cargarlo y apuntar, antes de que se le clavaran aquellos afilados dientes en el pescuezo; y, finalmente, asumir que el método más seguro y rápido para librarse de tan grande peligro sería utilizar la granada que llevaba colgada en el pecho.
 
Casimiro se incorporó en un santiamén, quitó el seguro de la limonka y la lanzó con toda su fuerza mientras la fiera tomaba carrerilla e iniciaba el salto. Inmediatamente, se tiró al suelo, cubriéndose la cabeza con las manos y esperó la explosión. Sin embargo, no oyó nada más que un ruido sordo seguido de otro mayor, como el caer de un gran saco de patatas, justo a su lado.
 
Con más extrañeza que temor, Casimiro alzó la vista y vio, primero, al león despatarrado a su derecha y, después, la granada, íntegra, un poco más allá, lo que le hizo pensar que el material soviético no era de fiar y que sería mejor no acercarse a ella. Volvió su atención al felino, observando que tenía un herida con la forma de la limonka sobre los ojos, con lo que volvió a pensar en el material soviético con más simpatía. Comprobó que estaba vivo, por lo que le ató de pies y manos y ... procedió a cenarse el conejo.
 
Tras fumarse el cigarrillo de caldo y esconder el mauser en unos matojos, se cargó la fiera al hombro, como representan a los pastores en los nacimientos, y se encaminó a la portería de la SAM, esperando que no lo recibieran a tiros y pudiera llamar por teléfono a Don Euristeo para que se cerciorara de que había concluido su primer encargo con éxito.
 
Cuando llegó a la puerta de la central lechera no le hizo falta tocar el timbre pues, en el monte, la limonka hizo explosión, reivindicando los logros del paraíso socialista y despertando a los porteros y a la mitad de la población del valle.
 
Al cabo de un rato, el patio delantero de la SAM era un hervidero de guardias civiles, guardabosques, veterinarios, empleados del circo y fisgones, incluidos los reporteros y fotógrafos de la prensa del movimiento.
 
Don Euristeo estaba radiante, recibiendo los fogonazos de los flases mientras pisaba la cabezota del león, cuando éste se despertó, rugiendo con ferocidad, haciendo huir al alcalde entre la hilaridad general.
 
Poco después, se produjo la llegada de los dos payasos que, con trajes de calle y sin maquillaje, estaban irreconocibles. Pepe, delante, parlanchín y sonriente; y Manolo, detrás, callado y cortés; fueron atendidos por Don Quirón; puesto que Don Euristeo había buscado refugio en el interior de un gran bidón metálico; quién les explicó las circunstancias de la caza del león y, a renglón seguido, aprovechó para comentar la gran diferencia que existe entre la vida pública y la privada; a lo que Pepe contestó que esto no era aplicable a los payasos... y antes que el buen cura pudiera replicar cosa alguna, sacó una pelota roja del bolsillo derecho de la americana, se la colocó en la nariz y se volvió hacia su hermano, diciendo:
 
    - “Manolo, te ha caído un mancha”.
 
    - “¿Donde?” preguntó Manolo sorprendido.
 
    - “Ahí, en la corbata que te regaló Madre” respondió Pepe, señalando una mancha imaginaria.
 
Manolo miró su corbata con un estupor que se fue transformando lentamente en pena, hasta gemir:
 
    - “¡Que desgracia!” entre pucheros.
 
    - “¡Que desgracia!” le hizo coro Pepe.
 
Y comenzaron a llorar desconsoladamente, caminando en círculo, uno tras otro, llevándose las manos a la cabeza, berreando, tirándose de los pelos; hasta que Pepe se detuvo, se golpeó la frente con la mano y tranquilizó a su hermano:
 
    - “Acabo de acordarme de que tengo un quitamanchas”.
 
    - “¿De verdad, Pepe?. ¡Me has salvado!” replicó Manolo esperanzado.
 
Entonces, Pepe sacó, del mismo bolsillo de la americana, unas tijeras, y con la mano izquierda agarró la corbata para, a continuación, cortarla por la mitad de un tijeretazo y entregarle el trozo a su hermano, gritándole con toda su bocota abierta:
 
    - “¡Ya está!. Ya te he quitado la mancha”.
 
Manolo lanzó un chillido y comenzó a perseguir a su hermano entre las risas y aplausos de un público improvisado, que había formado un circulo, para presenciar la actuación.
 
Acabada la función, los dos hermanos saludaron ceremoniosamente, le dieron el trozo de corbata a Don Quirón y se dirigieron hacia Casimiro, elogiando su fuerza y su valor y ofreciéndole la plaza de forzudo en el espectáculo cirquense.
 
Casimiro dirigió un mirada lateral al tonel donde aún se escondía Don Euristeo y declinó amablemente la invitación, alegando que tenía aún muchos trabajos pendientes en el valle.
 
Y has de saber, lector, que no se equivocaba...
 
 

Miguel San José