Fernando Pessoa 75 años

30.11.2010 - CARLOS TAIBO

Fernando Pessoa murió hace exactamente tres cuartos de siglo, el 30 de noviembre de 1935. Aunque su obra, recuperada unos decenios después, ha suscitado un vivo interés, no faltan las disputas en lo que atañe a quién fue, en su vida real, la que discurrió entre 1888 y 1935, el poeta. Si así se quiere, tienen su origen en tres circunstancias. La primera no es otra que el permanente ocultamiento al que Pessoa se entregó. La segunda bebe de un puñado de tópicos que acuñó João Gaspar Simões, el biógrafo por antonomasia, empeñado en retratar a un hombre enfrentado con la familia, inmerso en una vida miserable y víctima, en los años postreros, de una radical decadencia personal. La tercera, resultado de la conversión de nuestro escritor en una suerte de poeta nacional en Portugal, identifica, entonces, con gran imaginación, un buen hijo, un buen burgués, un buen amigo y un hombre de orden, sobrio y equilibrado.
Lo suyo es que demos cuenta de quién fue, en su condición más esencial, Fernando Pessoa. Si hay que destacar un rasgo por encima de los demás, ése es el que nos habla de una franca renuncia a la vida en provecho de la construcción de la obra. «Vivir no es necesario; lo que es necesario es crear. No espero gozar de mi vida, ni pienso gozar de ella. Sólo deseo hacerla grande, aunque para ello haya de ser mi cuerpo la leña de ese fuego», anotó el poeta. Esa renuncia se produjo en provecho de una voluntaria instalación en la marginalidad, muy lejos de los oropeles de la literatura bendecida en los estamentos oficiales. A manera de compensación medió, con todo, una clara conciencia en lo que se refiere a la fama que había de llegar. «Y dentro de un siglo se habrá olvidado todo cuanto se agitó e hizo ruido en esta hora en la que vivo. Y los bisnietos de los opresores de hoy, de esta loca lucha conocerán, bien que vagamente, la fecha, y claramente mis sonetos», escribió Pessoa en 1922.
Aun así, y como hemos adelantado, esa vida a la que el poeta renunció es una fuente de disputas. Intentemos recogerlas de forma somera. La relación de Pessoa con su familia ha hecho correr, por lo pronto, mucha tinta. Si para unos fue tensa y desapacible, para otros los problemas resultaron ser siempre menores. Admitamos que el poeta no se sintió cómodo, luego de la muerte de su padre en 1894, cuando su madre al poco contrajo nuevo matrimonio y la familia se trasladó a Sudáfrica (Pessoa regresó, solo, a Lisboa en 1905 y en los hechos pasó tres lustros lejos de su progenitora y de sus hermanastros). Pero recordemos en paralelo que las tensiones se vieron con certeza mitigadas por el apoyo que la familia, en sentido amplio, dispensó al poeta a lo largo de esos años: no hay motivo para concluir que Pessoa, cuyo talento pasó inadvertido a ojos de los suyos, se vio privado del cariño de éstos.
No es infrecuente, por otra parte, que Pessoa nos haya sido presentado como una figura antipática y descortés. Semejante imagen algo parece deber a los escándalos literarios y políticos que el poeta protagonizó. La mayoría de las fuentes nos hablan, sin embargo, de alguien tímido y discreto, educado e irónico, acomplejado y con las emociones siempre controladas -incluso cuando estaba bebido-, poseedor, en fin, de un agudo sentido del humor. Para certificar la corrección de esta descripción basta con leer la correspondencia amorosa -acaso el adjetivo suena un tanto excesivo para describir a quien renunció, también, al amor en provecho de la obra- que Pessoa mantuvo, en dos etapas, con Ofélia Queiroz. El temor a enloquecer que el poeta arrastró toda su vida, y que él mismo admitía era un fermento de locura, no impidió que nuestro hombre realizase a plena satisfacción su trabajo de traductor de cartas comerciales, como no impidió que en 1935 respondiese de manera lúcida y prolija a una solicitud de explicación del fenómeno de los heterónimos que planteó Adolfo Casais Monteiro.
Se ha discutido mucho, también, si Fernando Pessoa atravesó etapas de genuina pobreza. Aunque el poeta se inclinó por trabajar por libre, algo que le permitió disponer del tiempo necesario para la escritura a la vez que redujo, por fuerza, los ingresos, parece que las estrecheces, que no faltaron, fueron menores. Es verdad, aun así, que los últimos años fueron duros: mientras las deudas se acumulaban, la conciencia de que el final estaba cerca y la certeza de que la obra quedaría inconclusa y desordenada a buen seguro dejaron su huella.
En otro terreno, Fernando Pessoa ha sido retratado muchas veces como un conservador y, llegado el caso, como un reaccionario. Aunque pueden aportarse numerosos textos que justifican tal descripción, el poeta fue, también, otras cosas: republicano durante la monarquía, monárquico durante la república, conservador inclinado a reclamar la rebelión, crítico impenitente del imperio colonial portugués y, en fin, fustigador sarcástico de las formas de vida que llegaban de Estados Unidos. Hora es ésta de recordar que en el decenio de 1930 Pessoa entró en franca colisión con el salazarismo imperante, circunstancia que bien podía haberlo colocado, antes o después, en las garras de la policía política del Estado Novo.
Admitiremos de buen grado, con todo, que disputas como las que acabamos de rescatar tienen un relieve reducido en comparación con lo principal: el inmenso legado literario del poeta. Robert Bréchon, el biógrafo francés, no dudó en recordar ese legado con unas palabras de Henry James que parecen de estricta aplicación a Fernando Pessoa: «Es parte de la luz por la que nosotros nos movemos».

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