El mendigo

Se quedó sentado en el interior del coche mientras contemplaba cómo la lluvia oscurecía el aparcamiento; algunos de sus compañeros peleaban con el aguacero camino del bloque de oficinas. Abrió el portafolios y hurgó en su interior a tientas, sin apartar la mirada del vaivén del limpiaparabrisas. Cuando tuvo el teléfono en la mano, buscó el nombre de su jefe y pulsó el botón de llamada. El crío se había puesto enfermo durante la noche y estaba en urgencias. Su mujer le había llamado… Seguro que no era nada grave, cosas de niños…
Cuando cortó la comunicación, se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento; lo soltó de golpe, con un jadeo, y arrancó el vehículo. El suave zumbido del motor se diluyó entre las voces exaltadas de un grupo de comentaristas radiofónicos; clavó el dedo en un botón y el silencio invadió el habitáculo. El anagrama de BMW comenzó a girar en la pantalla del salpicadero; lo estuvo mirando durante tres minutos, los tres minutos exactos que tardaba en desaparecer después de apagar la radio, consciente del paso de cada uno de los segundos, permitiéndose desperdiciarlos de una manera voluntaria y premeditada, sin disfrazar aquel tiempo con los ropajes que adornaban el resto de las horas del día, de todos los días.
Algo más tarde estaba de nuevo en su garaje. Salió a la calle y encendió un cigarrillo; se le acababa de ocurrir la estúpida idea de que a su hijo pudiera haberle sucedido algo de verdad. Antes de entrar en el portal cogió el teléfono y marcó el número se su mujer.
¿Qué quieres, Enrique?
—Hola, Marga, sólo quería preguntarte por el niño… ¿Qué tal está?
En el auricular oía la respiración de ella rodeada de silencio.
—¿A qué viene esa pregunta, Enrique? —se interrumpió un instante y continuó con un tono de voz más elevado—. ¿Qué te pasa, me lo puedes explicar? Hace semanas que no sabemos nada de ti, y ahora, de buenas a primeras, llamas para interesarte por Diego…
Se apartó el teléfono del oído y se quedó mirando la pantalla. La voz de su ex-mujer seguía desgranando reproches, sus palabras le salpicaban la cara. Dejó caer el móvil al suelo y lo aplastó bajo su zapato. Después le dio varias patadas hasta que lo hizo desaparecer por una alcantarilla. Se quedó plantado en medio de la acera, bajo la lluvia, viendo como las gotas golpeaban un pedazo de carcasa y lo iban arrastrando poco a poco hacia el desagüe. Se encogió de hombros. El crío estaba bien.
Subió a casa y se derrumbó en el sofá. Consultó el reloj; apenas eran las diez de la mañana. Se planteó regresar a la oficina, pero la bilis le amargó la garganta al pensar en las paredes de su despacho, en las caras borrosas de sus compañeros, en sus sonrisas falsas, en la desesperante rutina de controlar la hora una y otra vez hasta que llegaba el momento de poder escapar de allí, de volver a su vida de verdad, de volver a ese silencio que ahora le oprimía el pecho. No sabía qué le causaba más desesperación, si el aburrimiento que durante ocho horas se le adhería a la piel como mugre o ese silencio, esas baldas mudas, repletas de discos y libros cubiertos de polvo, de copas sin estrenar, de recuerdos de viajes que ya jamás iba a repetir.¿Por qué seguía allí, colgada de la pared? ¿Por qué seguía allí la foto de su boda? No soportaba la mirada dulzona de Marga dirigida precisamente hacia donde estaba sentado, su sonrisa empalagosa de novia feliz, sus dedos entrelazados en torno al ramo nupcial como si desearan estrangularlo. ¿Y las manos de él, por qué sus manos no aparecían en la foto? Nunca se había fijado en ese detalle. Se acercó a la fotografía hasta pegar la nariz a ella. No, él no tenía manos. Descolgó la imagen y la arrojó al suelo. El eco de madera y cristal al quebrarse rasgaron el silencio del salón durante apenas segundo. Mientras contemplaba el rectángulo de pared amarillento, el zumbido metálico que acompañaba al silencio desde hacía semanas volvió a clavarse en sus oídos.
Cerró con un golpe la puerta del salón y fue al dormitorio. Se quitó la corbata, la camisa y el traje, y lo arrojó todo sobre la cama sin hacer. Se estaba ahogando, necesitaba salir del piso. Se vistió con unos vaqueros y una camiseta y bajó a la calle otra vez.
Cuando estuvo en el exterior, aspiró una bocanada de aire húmedo. Algo le llamó la atención en ese momento, antes no lo había visto. Al lado de la puerta del garaje, bajo los soportales, una manta grisácea cubría unos cuantos bultos. Se acercó y levantó con la punta de los dedos una de las esquinas de la manta, arrugó la nariz y se abanicó con la mano; olía a sudor rancio y colonia para bebés. Algún mendigo se había refugiado en aquel rincón durante la última noche.
Estuvo un par de horas paseando por la urbanización, tratando de no pensar en nada. Cada vez que pasaba delante de un escaparate miraba de reojo su reflejo, su espalda cargada, su culo plano, los años de gimnasio que estaban a punto de perecer bajo el perfil de un vientre forjado a base de codos en las barras de los bares, sus cabellos cada vez más blancos. La cara no, la cara no había querido mirársela. Ni siquiera se afeitaba ya delante del espejo, tenía miedo de que su cara se hubiese transformado en esa mancha pálida y sin ojos con la que soñaba desde hacía semanas, desde que ella lo había abandonado.
Antes de subir al apartamento se entretuvo fumando bajo los soportales. Después de cada inhalación soplaba el humo sobre la brasa. Las hebras de tabaco se tornaban de un color anaranjado intenso, el blanco del papel se retiraba ante aquella marea, su orilla cada vez más próxima a los dedos. Extendió el brazo y el cigarrillo empezó a volverse gris bajo las gotas de lluvia. Con un golpe de muñeca cargado de rabia lanzó la colilla al centro del callejón. Fue entonces cuando su mirada tropezó de nuevo con los bultos del mendigo. El dueño había regresado y se recogía bajo las mantas mugrientas de tal manera que daba la impresión de hallarse cómodamente sentado en un sillón. Las diminutas gafas que se asomaban desde la punta de la nariz hacia el libro que sostenía en el regazo reforzaban aquella impresión. Encendió otro cigarrillo y se quedó observándole. El hombre acariciaba las páginas del libro antes de pasarlas, meneaba la cabeza cada poco como si aprobase lo que estaba leyendo, sonreía de vez en cuando y cerraba los ojos, acaso tratando de degustar alguna imagen, de retenerla bajo los párpados. Ella solía hacer lo mismo. Apretó los dedos sobre el pitillo y lo aplastó contra la pared.
Debajo de la ducha se entretuvo pensando en cómo era posible vivir en la calle, entre porquería, aunque el tipo parecía feliz con su novelita entre las manos, tirado en el suelo, rodeado de ropas grasientas y expuesto a aquella mañana inhóspita. Mientras se secaba el pelo fue a la cocina y abrió la puerta del frigorífico. Un yogur volcado ofrecía la fecha de caducidad como una sentencia; un par de manzanas cubiertas de moho y un bote de tomate frito abierto se apiñaban en la parte baja. Se mordió el labio para reprimir un juramento y cerró de un portazo.
Comió algo rápido en el restaurante chino de la esquina y decidió acercarse hasta el centro comercial. Cuando iba a entrar al garaje, se fijó de nuevo en el vagabundo. Seguía más o menos en la misma posición, pero ahora se afanaba sobre un recipiente de plástico del que sacaba con un tenedor algo indefinible. No se atrevió a espiar la comida cuando pasó a su lado, apenas tuvo tiempo de echar un vistazo a su cara. Por los gestos que componía aquello le debía estar pareciendo exquisito. Un pedacito con aspecto de fideo de color verdoso se le había quedado prendido en la barba.
Una hora más tarde el tipo sesteaba acurrucado bajo las mantas, sin duda reposando la suculenta comida. Se sonrió, no era mala idea. Mañana él también se echaría una cabezada después de comer. Su hijo se iba a pasar un par de días en el hospital. Vació las bolsas de la compra y sintió un vago placer al contemplar la nevera abastecida de nuevo. Se preparó un café, fue al estudio y encendió el ordenador; la bandeja de entrada del correo estaba vacía. Se acordó entonces del mendigo. Él no se sentiría frustrado por no existir para nadie; parecía feliz de verdad, sin preocupaciones, aunque seguro que eso no era cierto del todo porque hay que comer todos los días, y nadie regala nada. Pero eso tampoco tenía por qué ser cierto. Se volvió hacia las estanterías y cogió un par de libros al azar. El tipo agradecería aquel regalo inesperado.
Ya no llovía y una suave claridad dorada se había posado a los pies del vagabundo. Absorto en su lectura, no pareció darse cuenta de que alguien le privaba con su sombra de lo único que no era gris en aquel callejón.
Enrique se cambió los libros de manos varias veces a la espera de que el pordiosero levantara la cabeza. Empezó a sentirse ridículo allí, aguardando a que un mendigo andrajoso le concediera audiencia. Creía haberle visto echar alguna rápida mirada hacia su sombra; casi con toda seguridad le estaba ignorando de manera deliberada. Su concentración no era más que fingimiento y desprecio, y le irritó que alguien así —un leve siseo se le escapó entre los dientes— se creyese con derecho a despreciar a una persona normal como él. La piel de los nudillos se le tornó blanca; el lomo de uno de los libros empezó a hacerle daño en la palma de la mano. Sintió unas ganas terribles de tirárselos a la cabeza.
Hola… —su lengua se le trabó entre los dientes. Le parecía grotesco, humillante incluso, dirigirse a aquel individuo como señor. Carraspeó y lo intentó de nuevo.
Hola, veo que te gusta leer y había pensado… —extendió el brazo y dejó los dos libros sobre la manta. Apartó la mano aprisa y sólo consiguió que aquel gesto involuntario e infantil le irritara aún más.
El vagabundo se acomodó las gafas y movió los libros con los dedos hasta que pudo ver los títulos.
Gracias, pero ya los he leído —dijo. Regresó a su libro sin haberle dedicado siquiera una mirada.
A Enrique le molestó la voz quebrada del hombre, la voz de quien hace muchas horas que no ha hablado. La suya crujía de aquel modo muchos lunes por la mañana.
Bueno, quédatelos de todas formas. Quizá los puedas vender o cambiar por otros…
Por fin el mendigo levantó los ojos hacia él. En ellos había algo que no llegaba al insulto, pero que tenía implícito el desprecio silencioso del que se resiste a que le despojen de su propia dignidad. Pareció masticar su respuesta antes de soltarla.
Claro, tú tendrás muchos…
Aquel tío era un imbécil. Pretendía ayudarle y él se comportaba como si le estuviera ofendiendo. Demasiado orgullo en alguien que duerme entre la mierda. Se quedó mirándole a la cara unos segundos, tratando de componer un gesto de superioridad y asco, y de provocación El otro aguantó sin bajar los ojos hasta que con un chasquido de la lengua puso fin a la conversación. Enrique se quedó observándole unos segundos. Ya no había desafío en su mirada, sólo rencor.
Una vez en casa trató de calmarse. Extendió las manos en el aire; le temblaban. Era absurdo que una nimiedad consiguiese alterarle de aquella manera. Un mono como ése, un borracho, un desgraciado que se creía con derecho a despreciarle. Seguro que no se acordaba ni de su propio nombre… Respiró hondo, cerró los ojos y trató de no apretar las mandíbulas; después se sirvió una copa de whisky con hielo. No se molestó en reprimir un juramento cuando el teléfono comenzó a sonar. La blasfemia aún le rodaba sobre la lengua al responder.
¿Sí?
¿Enrique…? Hola, soy Gustavo… No esperaba encontrarte en casa, sólo quería dejarte un mensaje en el contestador… Te he llamado al móvil, pero lo debes tener apagado.
Se rascó la nuca y buscó una coartada.
Hola, Gustavo. Acabo de volver a casa… He venido a darme una ducha…
¿Cómo está tu hijo? —le interrumpió el otro.
Balbució unas cuantas disculpas plausibles y se desembarazó de su jefe. Abandonó la copa sobre la mesa y se plantó delante de la ventana. Echó un vistazo al reloj, los críos empezaban a llegar al parquecillo que verdeaba al otro lado de la calle. Habían pasado ya diez semanas desde que había visto a su hijo por última vez. Y a su esposa. Fue tal la intensidad de la discusión y el resentimiento que le guardaba desde ese día que había sacrificado las visitas a su hijo por no encontrarse de nuevo con ella. Un sollozo le agitó porque la cara del niño empezaba a difuminarse en su memoria. Se arrodilló delante del mueble y comenzó a saquear los cajones, a arrojar su contenido sobre la alfombra: folletos de viajes, mapas, entradas antiguas, fotos de ellos dos antes de su hijo, pero de él ni una. La muy hija de puta se había llevado todas sus fotografías. Cogió el teléfono y la llamó.
Contesta, hija de puta, contesta —murmuraba mientras escuchaba los tonos, indiferentes a su urgencia.
Ni un saludo al contestar.
¿Qué quieres ahora?
Ni un saludo antes de lanzar su frustración a través del auricular.
¿Por qué te has llevado todas las fotografías de Diego, hija de puta? Devuélvemelas, tú ya le tienes a él.
De nuevo los tonos, ahora más breves y rápidos, casi impertinentes. El plástico del auricular crujió en su puño. Despacio, muy despacio lo colocó sobre la horquilla. Una de las aletas de la nariz le palpitaba con tal intensidad que arrastraba el labio hacia arriba. Una chispa de humor oscuro lució en sus ojos; le hacía gracia aquel azar de la genética, era exactamente el mismo tic que tenía su padre cuando se enfurecía. Su padre… Se acababa de dar cuenta de que cuando estaba con él jamás miraba su cara, ni la de su madre. No se atrevía a mirar los rostros de sus seres queridos, ni el suyo propio. Era como si se negase a aceptar el paso de los años, unos años que se traducían en el desastre que era su vida; era como si manteniendo vivas en su memoria las caras de veinte años atrás pudiese limpiar la suciedad que lo empañaba todo, negar el avance de una marea que lo había barrido todo. Sólo se atrevía a mirar la jeta del mendigo de mierda, la recordaba en todos sus detalles; su barba apelmazada; el bigote desparramándose sobre unos labios invisibles, sus pelos húmedos de babas y mocos; la nariz roja, grande y ofensiva; los ojos pequeños, semiocultos por bolsas de grasa; el pelo pegado al cráneo por la grasa de meses sin aseo. Aquel tipo era el que se había atrevido a despreciar sus libros y su amistad… Titubeó ante aquella palabra que había acudido a su mente si ser convocada. El fuego de su enfado chisporroteó cuando la arrojó entre sus brasas. Sus libros… Si no los quería, no pensaba dejárselos.
Salió a la escalera dando un portazo y en unos segundos estaba plantado de nuevo delante del mendigo. Éste dormitaba con la cabeza apoyada en unos fardos llenos de ropas viejas. Enrique los empujó con el pie, pero el otro se limitó a mirarle el zapato antes del volver a bajar los párpados. Enrique empujó los fardos con más fuerza. La cabeza del mendigo rebotó sobre ellos.
Devuélveme mis libros —dijo haciendo un esfuerzo por no levantar la voz.
El hombre se frotó la nariz y sorbió con fuerza. Tanteó bajo las mantas y dejó los libros junto al pie que le había despertado, sin levantar la mirada.
Claro, quizá no tenías tantos como pensabas… —dijo.
Enrique apretó los puños. Pegó los brazos a los costados. La respiración se le aceleraba. Cambió de pierna de apoyo.
Mírame cuando me hables —las palabras surgieron de algún lugar muy profundo dentro de su garganta, a borbotones, atropelladas, rotas.
El mendigo no vio llegar el pie que le destrozó los dientes y los labios. Apenas un leve gemido surgió entre las ruinas que sus dedos incrédulos empezaron a palpar. La monótona orden seguía lloviéndole, mezclándose con su sangre sobre las mantas.
Mírame cuando me hables, mírame cuando me hables…
La cabeza del hombre se quebró contra los ladrillos al recibir otro puntapié. Pareció quedarse allí, inmóvil, pegada a la pared. Los ojos se levantaron hacia el agresor, pero ya no llegaron a verle. Después el cuerpo resbaló en la oscuridad.
Miró la sangre en la puntera de los zapatos, se agachó y recogió los libros; unas gotas rojas resbalaron por la portada de uno de ellos.
Caminó hacia el portal con pasos inseguros y subió las escaleras muy despacio. Cuando entró en la sala, contempló el marco destrozado, la fotografía de la boda hecha pedazos, la alfombra y el suelo cubiertos de papeles. Una sombra que no quiso ver se desplazó sobre un espejo. La copa de whisky casi intacta seguía en la mesa, aún con un resto de hielo flotando inmóvil. Estuvo mucho rato mirándola hasta que el hielo terminó de deshacerse.

 

 

Roberto Sánchez