Ulises se va

Mientras aguardaba sentado a su tren volvía a repensar la muerte que no era sino una teoría más del silencio. Como las hay en música, en mística, en retórica, en las liturgias religiosas e incluso en las Bellas Artes. El espacio entre párrafos, el vano o esa zona del cuadro poco matizada que nos deja apreciar una parte de un pequeño lago, una esquina en penumbra de un recibidor o el socorrido fantasma del hogar esbozado con una mancha oscura en una pared detrás del donante. En el caso de la muerte, no era sino la teoría definitiva, como una estancia del olvido que nos acoge sin querer expresar nada más. Creía haberla insertado con éxito en su paisaje interior.
Un bufido repentino acompañó al rastro fugaz de pensamiento que se iba y, pese al vertiginoso correr de los tiempos y a los adelantos tecnológicos, la locomotora el tren que esperaba bufó, o por lo menos ésa es la impresión que tuvo y sigue grabada en su recuerdo. La gran vidriera de la estación ― la que cubre el acceso a los andenes y que a través de unos vivos colores nos habla del desarrollo de la ciudad ― daba al momento la majestuosidad que procuraría el estar sentado en el interior de una catedral gótica. La recesión económica que había caído sobre el planeta y las malas relaciones con su superior le habían hecho tomar la aventurada decisión de abandonar su puesto y buscar en otros mundos, en otras latitudes el sustento, ese precio pagado en la imperiosidad del día a día. Había vivido demasiado tiempo al amparo del rencor, de la rabia de ser un hombre común. De momento, tras el recuento del servil finiquito, iba a emplear un mes en seguir las huellas de Unamuno : trazar sus pisadas, seguir sus rastros, ver los objetos que quedaran de su paso terrenal, apreciar su casa ― su portentosa biblioteca ―, cuna de angustias, contemplar la ciudad que lo acogió y, sobre todo, calmar la vista en el paisaje ocre, verde y sobrio a la vera del Tormes.
La maleta era liviana : algunos libros, un cuaderno, dos trajes y las previsibles cosas de aseo. El tren volvió a bufar en el fondo de su alma : era ésta la que transformaba la realidad sin darse uno apenas cuenta. Los instantes perduraban gracias a ella. La vida toda era posible por su intercesión e incluso el tiempo se ensanchaba o se achicaba según su disposición, su estado. Caminaba lentamente por el andén sin saber a qué altura abordar el convoy. Abundaban personas acompañando y despidiendo a otros pasajeros, mientras que en su caso, ajeno al mundo y a las relaciones sociales, perseguía solo su destino sin demasiadas ganas de juntarse con otras compañías.
- Caballero, disculpe, sería tan amable de ayudarme con la maleta - le pidió una voz que primero fue un rostro, unos ojos y una comisura con un pitillo, y más tarde un hombre delgado y alto coronado por un sombrero.
Subieron la pesada maleta hasta el descansillo mientras rumiaba contrariado esta salida inesperada de sus ensoñaciones.
- Muchas gracias. ¿Va usted muy lejos? - aquel hombre horadó su aislamiento.
- Sólo hasta Salamanca. De nada.
Pensó en caminar por dentro del tren hasta encontrar su asiento. El hombre le debió mirar extrañado mientras se alejaba ― una rara intuición de algo sentido, nada más. Leyó los letreros de los compartimentos hasta dar con el suyo : estaba vacío, pensó, como su vida. Podía definirse por lo que no era, la sombra, lo inexistente. Subió el equipaje al maletero con una sensación de descanso, de augurio del misterio que todo viaje en tren despierta en la conciencia. Una persona convencional sueña con conocer a otras quizá menos convencionales; una persona solitaria, como era el caso, espera ser mecida por el paisaje para dar a su alma una volatilidad vertiginosa cercana al duermevela, un encuentro consigo mismo mientras el cuerpo va veloz entre túneles y montañas con un fondo de paisaje inasible; pero también hacía luz sobre un posible encuentro fugaz con gentes que nunca hubiera frecuentado si no fuera gracias al viaje. Dobló la chaqueta y sacó los libros. Los dejó en la mesita de debajo de la ventana dispuesto a la inmersión en la lectura.
Dieron las nueve y, con puntualidad inglesa, se puso en movimiento el acero y la sensación de vértigo de su interior. Trató de renovar en su memoria el bufido pero su sonido no llegó a la conciencia. Dudó entonces de su realidad sin saber por qué. Penso sólo creemos en los sentidos y ésto nos aleja de lo inmaterial, tan cercano y lejano a un tiempo de la vida. Pasaban a mayor velocidad cada vez, las calles y gentes anónimas de la ciudad, las nubes y los paredones, un poco después, que anunciaban el pasadizo bajo la montaña que permitía al tren escapar de la ciudad y llegar al verde de los campos y montes que la rodeaban, al silencio tranquilo del paisaje campestre.
El cielo no era azul porque las nubes lo velaban. La luz todavía débil, era empobrecida por el tiempo agreste del norte. El compartimento seguía cobijándolo en solitario, lo que favoreció su caída en el sueño sin ningún pudor. Las imágenes doblaron su conciencia de tan profundo que era el abismo en el tiempo. Pudo ver el rostro duro de Unamuno bajo la penumbra del sombrero y unos ojos en fulgor tras las anchas lentes. Caminaba áquel por las arcadas de la Plaza Mayor de Salamanca: hablaba consigo mismo como si recitara el miserere que en el fondo fue su vida. El rostro torvo, recio y sin suavidades, con el ceño fruncido. El andar envarado del que no siente su caminar ni ha observado la forma dura de dibujarse su sombra en las paredes y tapias, en el empedrado. Por la calle que conduce al complejo universitario, iba y lo veía de espaldas con su sombrero de rector y su capa indisimulando su cuerpo recio de vasco. Lo recibió en su mesa de trabajo, en una esquina de la habitación, al lado de la jofaina mientras se quitaba su sombrero y se ajustaba los anteojos. Buscaba algo en su interior lo que le hizo acercarse a los anaqueles. En el lomo le pareció ver que el nombre de su autor era Kierkegaard, otro gran desesperado.
En un momento... despertó y quedó libre de la visión del estudio de Unamuno. La puerta del compartimento se cerraba con estruendo al entrar un pasajero y acomodarse. Al suceder cosas de estas, pensó, poco después uno trata de rememorar el estruendo oído desde dentro del sueño y lo puede recordar pero con otra intensidad amplificada, quizá falsa. Volvía a caer en la modorra...
De nuevo vio el rostro de don Miguel, aquellos ojos que se habían enfrentado con decisión a Millán-Astray, a esa mirada de militar recalcitrante. La mujer del futuro dictador le había sacado del paraninfo en previsión de mayores consecuencias. Ahora lo veía sentado a la orilla del Tormes, en aparente calma, pensativo. Leía y en un determinado momento levantaba la cabeza. Se quitaba los lentes y los limpiaba. Cuando parecía volver a su lectura, rompía el silencio y su voz decía : Todo lo vital es antirracional, no ya sólo irracional, y todo lo racional, antivital. Qué tremenda paradoja. Sentía su tensión. Su bullir mental que nunca se detiene y se pregunta por la muerte y busca y requiere una salvación. Un buen amigo que vive en la capital le había contado que en la inauguración de un busto en su honor fue invitado don Miguel. Y cuando llegó el momento de descubrir su imagen esculpida en piedra, quitó el lienzo y ante tal contemplación se desmayó y tuvieron que agarrarlo entre varios de los prohombres que habían sufragado aquella escultura. Debió sentir el alma de piedra en su propia alma, la solidificación para siempre en estatua. La nada.
Estimaba la estela que Unamuno había dejado como si hubiera abierto un camino perdido pero luminoso. El traqueteo del tren volvía a sacarlo del sopor, de las sombras del entendimiento. El hombre de enfrente lleva anteojos y lee. No puede ver qué titulo ha escogido. Le devuelve la mirada como a un naufrago recién rescatado. Pero al levantarse para salir del departamento, deja el libro con la cubierta hacia arriba. Lo toma entonces con avidez entre sus manos y lo ojea al azar sin saber por qué. Un autor centroeuropeo traducido del alemán. Lee algo demasiado profundo para tomarlo como literatura convencional :
Sobre la cómoda sonaba el tictac de un reloj. Aunque se soltaran amarras con el mundo exterior, el hilo del tiempo continuaría en la intemporalidad del Yo, un trenzado infinito, hecho por uno mismo con infinitos filamentos, red de la que no se puede escapar; el corte serviría sólo para hacer desaparecer el hilo del tiempo, de forma que todo el Ser volvería a la intemporalidad dentro de la anchura infinita, del tamaño insondable del espacio...
Y piensa … qué obsesión le hace a uno verse reflejado en ciertos pasajes de los libros. Cómo continuar escribiendo un texto y mantener su altura sin decaer. En este momento, además, tomaba conciencia de su rostro reflejado en el vidrio del ventanal sobre el paisaje huyendo. Enfrentado a su imagen cambiante debería vivir sus horas futuras. Quién puede pretender más. Los árboles en penumbra, un río, gentes dispersas a las orillas de los caminos, y ganado vacuno salpicando el verdor de los prados difuminados por la velocidad. Nubes de algodón que invitan a ser tocadas y se desvanecerían. La urdimbre de la vida reflejada, recobrada a través de la literatura y sus aledaños. Unamuno seguía allí en su entendimiento como en un cuarto trasero en el que se guardan cosas valiosas que no dejan lugar para otras más perentorias. La certeza de haberlo comprendido, compadecido. Un lazo invisible hacia el pasado que germina. Su compañero de viaje era de su cuerda y no saldría de su ensimismamiento leyendo esos pasajes tan profundos que no sabemos nunca a dónde pueden llevar nuestras preguntas, nuestros anhelos. La locomotora silba al acercarse a un pueblo y termina de sacarlo de su aturdimiento, de sus ensoñaciones. Divaga y nota que es lo que combina y transgrede su existencia. Ulises mesa sus cabellos como por vago instinto olvidado. El tren aminora la marcha como un cansado paquidermo en un paisaje perdido de la India. Es la vida y sus vaivenes que transcurre siempre bajo un cielo colmado de nubes. Y entonces acierta a entonar para sí mismo en su propio pensamiento una cierta letanía melancólica : estación claridad ... vamos llegando.
 

 

El maestresala