La gama de Gama

En los viejos tiempos, el frío y la oscuridad de las noches de invierno se mojaban junto con los “sobaos” en tazones de leche mientras, al calor de la cocina de carbón, se contaban las historias de los héroes y sus hazañas.

En estos tiempos nuevos, los programas de televisión basura, los videojuegos estercolero, las páginas de interné escoria, las películas escombrera y los productos editoriales de charcutería tienen a la sociedad mesmerizada, de forma que nadie siente el frío ni la oscuridad de las noches de invierno y menos aún la necesidad de escuchar las historias de los héroes y sus hazañas. Sin embargo, algunas de ellas aún suenan tan fuerte, que incluso un oído abotargado por veinte años de depósitos de grasas provenientes de hamburguesas de “chopin cénter” podría escucharlas...

Don Euristeo reinaba en el Valle desde su despacho de la sede comarcal del Movimiento, allí administraba las escasas partidas económicas enviadas por el ministerio, recibía en audiencia a chivatos y lameculos, perseguía toda sombra de disidencia contra el régimen y, también, resolvía los pequeños problemas domésticos que generaba la mastodóntica burocracia del partido único y el sindicato vertical. Pequeños problemas como el que le planteó Pepe, el de Fresneda, aquella mañana de invierno.

- No se podrá contar con la gama en la montería de la semana próxima por que se ha escapado de la reserva...

El de Fresneda era un hombre parco en palabras, acostumbrado al Monte, donde el ahorro de todos los recursos era indispensable para situaciones de escasez; incluido el miedo, que debía gastarse únicamente en momentos trascendentales, y este, a pesar del estallido de cólera de Don Euristeo, no era uno de ellos, por lo que se limitó a identificar los cambios de rubor en la cara de aquél, con las frutas silvestres: desde la fresa a la mora pasando por la grosella y la endrina, mientras el otro se incorporaba aparatosamente, tirando hacia atrás el sillón, tapizado de cuero, para apoyar los puños en la mesa y vociferaba entre espumarajos de rabia:

- ¡¿¡¿¡¿Cómo que no tenemos a la gama?!?!?!. A esta montería viene el Caudillo y no viene solo, viene con todo su séquito: Carmencita, el primo Pacón, Muñoz Grandes, Alonso Vega, Solís, Carrero, hasta ese nuevo, ¿cómo se llama?... Fraga... voy a ser el hazmerreir de toda la Falange...

Pepe colocó el sombrero en el cañón de la escopeta, que había dejado apoyada en la mesa de caoba, sacó el cuarterón de caldo y se lió un pitillo, aprovechando, el segundo que se tomó Don Euristeo para respirar, para encenderlo y contestarle:

- ... pero sé donde está.

Don Euristeo se hizo un eco:

- ¿Dónde está?

Al que Pepe contestó lacónico:

- En Gama.

Consiguiendo que Don Euristeo retomara su furia.

- ¿Qué gama? ¡La puta gama de la montería del Caudillo! ¡La única gama del mundo que tiene cuernos! ¿Es que te has vuelto gilipollas, Pepe?.

Entendiendo el malentendido, el de Fresneda se esforzó por ser diáfano en su explicación:

- La gama ha sido vista en Gama, cabecera del municipio de Bárcena de Cicero, por el guarda de la marisma de Santoña, que ha dado parte a la Dirección General de Montes que a su vez ha informado a todos los guardabosques.

Don Euristeo, se volvió y enderezó el sillón de cuero, sentándose despaciosamente, para decir, mostrando un cansancio infinito, con un hilito de voz:

- Tienes que traérmela, Pepe.

Pepe, se puso el sombrero, cogió la escopeta y, poniéndose el sombrero, se despidió, desapasionadamente:

- Lo siento, Don Euristeo, sabe que no puedo salir del Saja.

Don Euristeo, se sintió desamparado. Necesitaba ese animal, tan particular, para hacerse un sitio en el Movimiento. Si quería dejar de ser el caciquillo del último valle de la última provincia de la nación, necesitaba darse a conocer y entonces podría conseguir la Jefatura Provincial del Movimiento, después un escaño en las Cortes, luego una subsecretaría y a forrarse... Pero esto solo sería la versión nacional - católica del cuento de la lechera si la primera montería del año era una montería más con jabalís y venados. Necesitaba ese animal y solo había una persona capaz de devolverlo al valle. De repente, un dispositivo se activó en el fondo de su cerebro, haciéndole gritar:

- ¡Merino! ¡Que venga el de Cos!.

Casimiro, más conocido como Hércules de Cos, era una leyenda en el Monte. Su fuerza sobrehumana y su capacidad para resolver las situaciones más complicadas eran temas de conversación obligados en la feria y en la tienda de ultramarinos. Los furtivos y los alimañeros envidiaban sus trofeos de caza: leones y anacondas. Los falangistas y los guardias civiles desconfiaban de él por su turbio pasado en la guerrilla. Don Euristeo, ajeno a todos estos runrrunes, le utilizaba como Cesar a sus legiones.

Al cabo de un rato; que D. Euristeo empleó en cerciorarse de cuál era la forma más rápida de llegar a Gama; la puerta del despacho se abrió, dando paso a un bigote fino seguido de un guardia civil.

Con su permiso, se presenta el cabo Merino acompañado del civil conocido como Casimiro, el de Cos.

D. Euristeo despidió a Merino con la mano izquierda e invitó a sentarse a Casimiro con la derecha.

- Casimiro, una vez más el Movimiento reclama tus servicios... El Caudillo ha concedido el honor a este valle de ser el escenario de la primera montería del vigésimo sexto año triunfal. Vendrán las máximas autoridades del clero y del gobierno, lo más granado de la sociedad, toreros, actores, periodistas. Como comprenderás debemos corresponder a esta deferencia con las mejores piezas de nuestros montes y así iba a ser ya que, el de Fresneda encontró, hace algún tiempo, un rarísimo ejemplar de gama con cuernos, algo único en el mundo y que fue determinante para que el propio Generalísimo eligiera nuestro modesto coto municipal para el desarrollo de tan magno acontecimiento. Sin embargo, esta mañana todo se ha ido al carajo, pues he sido informado de que la gama ha desaparecido...

Casimiro, acostumbrado a las excentricidades de D. Euristeo le escuchaba en silencio, asintiendo en los momentos adecuados, es decir detrás de las palabras habituales: Movimiento, Generalísimo, año triunfal, clero y gobierno.

- ...Afortunadamente, la gama ha sido localizada en Gama...

Extrañado por el tartamudeo de Don Euristeo, Casimiro se atrevió a preguntar:

- ¿En donde?

Lo que volvió a encender a Don Euristeo:

- Pero ¡qué ostias os pasa a los del Monte! ¿es que desayunáis sopas de orujo? ¡Cojones!... Calma, Teo, Calma – dijo para sí - En Gama, carretera a Bilbao, antes de llegar a Laredo... y debe ser devuelta al Valle de forma rápida y discreta... ya sabes por quién.

Casimiro se revolvió un poco en el asiento, como si le hubieran anunciado que debía salir inmediatamente a la Patagonia.

- Pero ese pueblo está lejísimos y no me puedo imaginar como voy a llegar allí.

Don Euristeo sonrió triunfante.

- Ya está todo preparado, irás en la bicicleta del cartero hasta Cabezón, donde cogerás la línea hasta Torrelavega y allí el rápido a Bilbao. Saliendo ahora mismo estarás en Gama para cenar. ¡Ah! No vuelvas sin la gama, es un viaje demasiado largo para hacerlo de vacío y, en ese caso, estarás mejor en El Dueso.

Mentar el penal fue suficiente para cambiar la actitud de Casimiro, que poniéndose firme dijo:

- Salgo ahora mismo.

Las patas de gallo de Don Euristeo le sonrieron a modo de amable despedida.

- Merino te proveerá de todo lo que necesitas. ¡Llamame cuando la hayas cazado!.

Un zurrón con una hogaza, un trozo de queso manchego y media docena de manzanas, una bota de vino y un sobre con cinco duros y dos cartas de presentación: una para el capitán de la Guardia Civil del Dueso y otra para el prior de Montehano; era todo lo necesario, lo que comprobó en el autobús, que le esperaba en Cabezón por orden del alcalde, que había recibido la llamada de Don Euristeo pidiéndole ese favor.

Casimiro llegó al Pueblo de las Chimeneas a mediodía y empleó cuatro pasos para llegar a la estación del Cantábrico donde, tras sacar el billete hasta Gama y cruzar las vías, le dio tiempo para probar el queso y el vino y liar un cigarrillo mientras esperaba al tren, que llegó con un estruendo de mil demonios.

Mientras encendía el pitillo, observó la flamante locomotora diésel, roja y azul, que aún estando más limpia que las de vapor, era más fea y cuadrada, de forma que sin ruedas ni bielas y sin el ténder de carbón, le pareció cualquier cosa menos una locomotora. Enseguida, subió a un vagón de económica, que parecía, también, echar en falta a la vieja locomotora con la que había viajado tanto y que, por ello, comunicaba su tristeza a su interior y a sus ocupantes: dos militares sin graduación, que en traje de paseo volverían a finalizar el servicio en Garellano, un joven párroco con tonsura que acudiría al obispado a responder de alguna mala interpretación de la Doctrina y una madre, ya madura, que llevaría, a su hijo a alguna consulta en Valdecilla. Todos ellos esparcidos en los bancos de madera, como objetos olvidados por los viajeros que se acababan de apear. Casimiro ocupó un asiento al lado de una ventanilla, en el lado izquierdo, y acabó su cigarrillo, tirándolo al suelo y apagando la colilla de un pisotón.

El tren arrancó a trompicones y, pronto, alcanzó una velocidad que, si no muy elevada, amenazaba con descuajeringar todas y cada una de las piezas del vagón, sin embargo no fue así y Casimiro se distrajo mirando el paisaje.

El tren pasó sin detenerse por Barreda, donde su gigantesca fábrica de lejía mostraba dos enormes torres de refrigeración y dos, no menos grandes, nubes de agua evaporada. La fábrica parecía que se prolongaba hacia la costa con un tránsfer aéreo de vagonetas amarillas, que daban la impresión de estar paradas. Hizo memoria y no recordó que las vagonetas se movieran en ninguna de las ocasiones en que había tomado el tren. El tren tampoco se detuvo en Requejada, ni en Mar, ni en Gornazo ni en muchas otras estaciones y apeaderos hasta llegar a Santander, donde se apearon la madre, el hijo y el cura y subieron nuevos pasajeros; tres soldados más y una familia: los padres, tres niños, una niña y la abuela, con maletas de cartón, bolsas de malla y una cesta de mimbre; que con su bullicio llenaron el vagón.

Casimiro fumó otro cigarrillo, acompañado de un par de viajes de bota, antes de que el tren reanudara su marcha, su arrancar a trompicones, su descuajeringarse y su no detenerse en estaciones y apeaderos. El vino, los trompicones, los descuajeringamientos, las estaciones y los apeaderos le invitaron a dormirse y así lo hizo.

Un castañueleo le despertó. El revisor, con su uniforme azul de doble hilera de botones dorados, chaleco de cinco botones, camisa blanca, corbata negra y gorra de plato estrecha, abría y cerraba sus tenacillas delante de la cara de Casimiro y sonreía amistosamente, como si fuera el espíritu del convoy mostrando su alegría por haber conseguido que uno de los pasajeros descansara entre tantos trompicones y descuajeringamientos.

Casimiro se incorporó y le entregó el billete. El revisor lo picó, sonrió aún con más ganas y le dijo, mientras se lo devolvía:

- ¡Ha tenido mucha suerte, joven!

Casimiro le miró con ojos de besugo y preguntó:

- ¿Por qué lo dice?

El revisor replicó, arcangélico:

- La próxima es su parada y llegamos en tres minutos. Si hubiera seguido durmiendo tendría que haber continuado el viaje hasta Bilbao.

El tren quiso respaldar a su emisario a base de tropezones y desencajaduras, hasta detenerse frente a una estación cuyo nombre vio por encima de los militares sin graduación: ¡GAMA!.

Casimiro se levantó, cogió su zurrón y se dirigió a la puerta del vagón, despidiéndose del beatífico revisor:

- ¡Gracias! ¡Buen viaje!

Bajó al andén y el convoy arrancó, con sus conocidos trompicones y descuajeringamientos, dejándole solo frente a un farolillo de baja tensión que luchaba, inutilmente, con las sombras del atardecer.

Casimiro salió de la estación y caminó entre dos filas de casucas dispersas hasta la carretera general, miró a ambos lados y cruzó hasta el arcén opuesto, giro a la derecha y comenzó a andar a buen paso. Las luces y los ladridos de los perros de los caseríos adyacentes a la carretera, junto con los faros de los pocos vehículos que circulaban, le fueron indicando el camino, que la noche se obstinaba en ocultar.

Al cabo de una hora, el olor de algas y légamo le informó de que había marea baja y que se estaba acercando a su destino. Un camión, que marchaba hacia Bilbao, le alumbró una casa que anunciaba orgullosa, en su fachada, con un mosaico de azulejos azules y letras de imprenta blancas, su llegada a Cicero y un camino a la izquierda, que siguió, internándose en la marisma.

Con unos pocos pasos cruzó sobre aquella por un puentecillo y, enseguida se topó con dos sombras, una sólida, a su izquierda, y otra, a su derecha, con luciernaguitas naranjas que, según se acercaba a ellas, se convirtieron en ventanas que enmarcaban las velas junto a las cuales los monjes leían, quizás, la “Imitacion a Cristo” de Fray Tomás de Kempis.

Al llegar al estragal del monasterio, una bombilla le mostró una puerta, cuya aldaba utilizó sin timidez.

Cuando ya empezaba a valorar la posibilidad de utilizar la aldaba de nuevo, se abrió una mirilla en la que aparecieron unos ojos que le preguntaron.

- ¿Qué se te ofrece hermano?

Casimiro respondió:

- Tengo una carta para el prior.

Y alargó una de las cartas de recomendación hacia la puerta, por la que salieron dos dedos huesudos que la cogieron y la hicieron desaparecer por la mirilla.

Transcurridos unos minutos, la puerta fue abierta por un capuchino, que sosteniendo una vela con una palmatoria, le mostró unas escaleras y le dijo:

- ¿Has cenado, hermano?

Casimiro negó con la cabeza y el monje le invitó a que le siguiera con otro gesto.

Subieron al primer piso y avanzaron por un pasillo con puertas de madera a ambos lados. Algunas tenían una raya de luz en la parte inferior, pero el fraile eligió una completamente negra; tras la que encontraron un camastro, una mesa y una silla, todas de la misma madera tosca de la puerta y una ventana en la pared opuesta: y, de algún pliegue del hábito, sacó un trozo de cirio que encendió con la vela y lo dejó sobre la mesa, despidiéndose de Casimiro con:

- Espera aquí hermano.

Casimiro se acercó a la ventana y adivinó, entre claros de luna menguante, que daba a la marisma; después se sentó a la mesa y encontró sobre ella un libro piadoso que hojeó sin interés, en esto, otro franciscano entró en la habitación y dejó sobre la mesa un plato, una cuchara y una jarra de barro.

Casimiro evaluó la cena como frugal, ya que no iba más allá de un puré de lentejas con picatostes y agua. Mientras daba cuenta del puré, aborrecía el agua y la completaba con unos tragos de vino, el resto del queso y dos manzanas; reflexionaba sobre donde encontraría a la gama y como la atraparía. Si bien en ocasiones anteriores había hallado una solución o la solución le había hallado a él, en ese momento se sintió desesperado y sin ideas.

Tampoco el liarse un cigarro y encenderlo con el cirio mejoró la situación, así que optó por abrir el libro y leyó:

- “No debes juzgar como te sientes ahora, ni embarazarte ni acongojarte con cualquier contrariedad que te venga como si no hubiese esperanza de remedio”.

El cirio se consumió y le mandó a dormir un sueño de trompicones y apeaderos.

Justo había amanecido cuando el monje cocinero le trajo un vaso de leche y una rebanada de pan con mermelada de moras.

No había acabado, aún, el desayuno cuando se presentó un fraile anciano al que imaginó el prior, quien le preguntó:

- ¿Qué te ha traído a Montehano?

Casimiro descargó sus cuitas en los hombros del viejo fraile, que le escuchó con la misma sonrisa angelical del revisor del tren y tomándole del brazo le acompañó a la ventana, señalando con el dedo, a través de ella, una esquina del patio y provocando el asombro de Casimiro que observó, atónito, la presencia de la gama en un pequeño cercado.

- Llegó en Navidad y desde ese día la alimentamos y la cuidamos. Ha sido una gran distracción para los hermanos más jóvenes pero si la hemos mantenido aquí ha sido por que creíamos que el Señor nos la había enviado por alguna razón que ya entenderíamos en su momento. El momento ha llegado y la razón es tu libertad. Llévala contigo y da gracias a Dios.

Casimiro bajó al corral, y se acercó con una soga a la gama, que permitió que se la anudara al cuello sin dificultad, tan confiada y dócil como cualquiera de sus vacas. La observó un instante, fijando su atención en los cuernecillos que la hacían tan especial para los cazadores y opinó que más sorprendente era su comportamiento doméstico que su valor cinegético. La gama le devolvió una mirada de reproche, como si supiera que su llegada era el comienzo de su último viaje al matadero.

Casimiro abandonó el convento seguido por la gama, comprobando que la sombra sólida de la noche pasada se había convertido en una cantera rodeada de pinos a la que comenzaban a llegar los obreros, quienes, desde sus bicicletas, lanzaban furtivas ojeadas a la gama.

Casimiro y la gama pasearon hasta Santoña rodeados por la marisma, donde la marea baja permitía el marisqueo de las vecinas de Cicero y de las aves migratorias: garzas y garcetas, correlimos y zarapitos, chorlitos y chorlitejos, todas ellas, vecinas y aves, haciendo gala de su condición de chirleras.

Según se acercaban al pueblo, el olor del légamo se transformó en el más ofensivo de la harina de pescado de las conserveras, lo que provocó un ligero estornudo en la gama y un sorber de mocos secos en Casimiro, quién decidió rodear el pueblo por la marisma, para no llamar la atención, llegando, en un suspiro, a las puertas del penal, donde un grupo de mujeres, jóvenes y viejas, esposas y madres, esperaban el permiso de visita a sus hombres, jóvenes y viejos, esposos e hijos. Ninguna de ellas prestó atención a Casimiro, que sí se vio interpelado por el cabo de guardia del cuartelillo, situado frente a la penitenciaría, que le recordó a Merino, sobre todo por el tricornio, el uniforme aceituna y el bigote fino.

- ¿A dónde vas con ese venado?

Casimiro le contestó con una sonrisa, dirigida al animal:

- Es una gama.

El guardia reflexionó un momento y contestó:

- Pues igual es mejor que vuelvas a Santoña y cojas la carretera de los puentes hasta Cicero y luego por la general hasta Gama...

Casimiro sonrió otro poco a la gama y le entregó la carta de recomendación al cabo desconocido:

- Necesito ver al capitán de la compañía.

Ver sello del yugo y las flechas y el nombre de su capitán, impresos en el sobre, fue suficiente para que entrara en el cuartelillo con paso marcial, dejando a Casimiro y a la gama bajo el cuidado y vigilancia de los números de guardia.

No tuvieron que esperar mucho a que saliera el capitán: bajito, andaluz y sonriente que les dio la bienvenida:

- ¡“Ozù” que “é” raro “ehte” “animá”! No parece “er” “mah” “deceado” por “er” “Caudiyo” “pa” “adorná” “er” “zalón” de “casa” “der” Pardo. Pero, ¡digo! “Ci” Don “Eurizteo” “pienza” que “é” una “piesa” única, no “ceré” yo quién “oztaculice” “er” “dezarroyo” de la montería de la “prozcima” “zemana”.

Buscó con la mirada al cabo, para darle las instrucciones pertinentes:

- ¡”Montiya”! Prepare “er” “coshe” “celulá” “pa” “procedé” “ar” “trahporte” de “ezta” “valioza” “mueztra” de la fauna ibérica a “zu” “lugá” de origen.

Y dirigiéndose a Casimiro.

- Y “uzté” joven, ¿”é” “Cacimiro”, “verdá”? “Zepa” que le ha “hesho” un gran “cervicio” “ar” Movimiento “Nacioná” y “precéntele” “mih” “rehpetoh” a Don “Eurizteo”.

Sin más les dejó en manos del cabo Montilla, que diligente, les transportó cómodamente hasta el Valle, donde la semana siguiente tuvo lugar la montería... pero esa es otra historia.
 

Miguel San José