La gama de Gama (epílogo)

Aquella madrugada de sábado el Valle hervía de actividad. Todos los próceres de la nación habían acudido a la montería; todos habían ocupado las mejores habitaciones en todas las casas de los alrededores y todos habían desayunado de cuchillo y tenedor, pero solo uno de ellos irradiaba satisfacción.

Era la ocasión de Don Euristeo, que la paladeaba en la familiaridad que se había creado entre él y la cúpula del Movimiento, lo que se manifestaba en todos y cada uno de los pequeños encuentros que, antes de la cacería, permitían hacer más política que en las anquilosadas sesiones de los consejos de ministros.

Este era el caso del que mantenían, Don Euristeo y Don Camilo, el ministro de gobernación, para organizar la seguridad del Caudillo.

No podemos dejar ningún cabo suelto, Teo. Sabes que, en la última cacería del año pasado, el Generalísimo resultó herido en la mano y esto provocó todo tipo de especulaciones acerca de la posibilidad de un atentado. Hoy todo debe ir sobre ruedas y para ello he encargado el mando de la escolta a un joven oficial de gran porvenir y totalmente adicto a los principios del Movimiento: el teniente Tejero. Espero que contemos con la total colaboración de los efectivos locales.

Don Euristeo se cuadró ante el ministro, apoyando la culata del Lebel en el suelo.

- Don Camilo...

Pero este le interrumpió condescendiente, soplando, despreocupadamente, en el interior del cerrojo de su carabina Destroyer.

- Vamos, Teo, trátame de tu.

Lo que le hizo sonreir patagalludamente:

- Camilo, toda la tropa de la Benemérita y los guardias de montes están dispuestos y en alerta. Son gente bragada que ha limpiado de maquis estos montes. Lo sabes perfectamente.

El ministro asintió satisfecho mientras observaba, con recelo, la extraña pareja formada por el joven ministro de información y turismo, que con sus correajes de cazador de opereta y su desvencijada escopeta Sarasqueta proclamaba que ésta era su primera intervención en los eventos cinegéticos del gobierno, y el subsecretario de la presidencia, que con sus hirsutas cejas de ogro y aparatosos aspavientos de su Winchester 70, aterrorizaba a su interlocutor con las disensiones internas que agrietaban el bunker donde se aislaba del mundo el régimen heredero de la Cruzada.

El Generalísimo nombró capitán general al vicepresidente por tenerle algo de miedo y quererle contento, ya que cree que arrastra a una gran opinión civil y militar.

El joven político no daba crédito a sus oídos sin embargo pudo controlar su desazón echándole una ojeada al pandero de Carmencita, que armada con un Lee Enfield reglamentario del ejercito inglés, charlaba animadamente con el párroco.

- ¿Dice Ud que la gama tiene cuernos? Es realmente una maravilla de la naturaleza y da un poco de lástima tener que disparar contra ella.

Don Quirón, que, tras la misa de campaña, había cambiado la casulla por un clerguiman y el copón de consagrar por su Mauser Kar 98k de divisionario, recuperó algunas frases de su sermón.

- Sí, hija mía, pero Dios cuida de todas sus criaturas y Él solo sabe si los mozos del pueblo no harán alguna trastada; sobre todo uno, un tal Casimiro, que, curiosamente, fue el encargado de traerla de vuelta al Valle, y que ha estado alborotando a los parroquianos de la tienda de ultramarinos con los mismos argumentos que tu has utilizado.

Tratando de apartar cualquier pensamiento funesto alzó los ojos, buscando consuelo, pero solo encontró, en el puesto de caza más elevado, al vicepresidente del gobierno que le mostraba su Mosin – Nagant al secretario general del Movimiento.

- Es un recuerdo del Voljov ¿Sabes que este modelo de carabina es el mismo que utilizaba Zaitsev, el francotirador de Estalingrado?. Es resistente, fiable y muy exacto. Yo no fallo ningún blanco a kilómetro y medio.

El falangista sonrió y le dio unas palmaditas a la culata de su Remington 700.

- Yo prefiero el material americano y puede que hoy demuestre que tengo mejor puntería que tu.

Y dirigió una mirada maliciosa hacia el Caudillo que avanzaba por el camino, haciendo patria con su CETMETON, acompañado por su primo y secretario militar, al que le explicaba.

- Mira Pacón, no me explico de donde saca Camilo a algunos gobernadores civiles, sin aceptar las directrices del secretario general del Movimiento, alardeando, además, de poca simpatía hacia la Falange y presumiendo de tener influencia en Estoril.

Pacón calló y cambió de tercio, como siempre, tras echarle un vistazo a su viejo Carcano.

- Olvidate de los monárquicos, Paquito, y concéntrate en la caza. A propósito, ¿a quién tienes hoy de compañeros? ¿Al joven ministro y a Carmencita?

A lo que el General le contestó, con su voz aflautada:

- Puede.

La cacería estaba a punto de comenzar, los perros ladraban corto y seguido, los ojeadores fumaban el último cigarrillo antes de empezar la marcha, los cazadores más rezagados alcanzaban sus puestos y los más minuciosos revisaban su arma y munición, pero no eran los únicos que se ocupaban de su fusil.

Casimiro había madrugado más que ninguno para ocupar un risco, que dominaba toda la vaguada donde se apostaba la partida de caza. Estaba furioso con Don Euristeo; que había hecho oídos sordos a sus súplicas para detener lo que había calificado de asesinato de un ser inocente; y decidido a impedir que los jerifaltes del régimen sacrificaran a su gama. Oculto en la espesura había identificado a todos y cada uno de los participantes y, en ese momento, él también comprobaba que su antiguo Mauser 98, el mejor fusil de la historia de las armas de fuego, se encontraba preparado para disparar.

De repente, cuando ya Juanito, el maestro armero del Caudillo, se llevaba el cuerno a la boca, la atención general se concentró en el teniente Tejero que se acercaba a Don Camilo gritando:

- ¡Quieto todo el mundo!

En un aparte explicó a Don Camilo y a Don Euristeo que Pepe, el de Fresneda, había avistado a un desconocido oculto en la espesura y que debían hacerse las comprobaciones rutinarias.

Sin más dilación, el Teniente Tejero; acompañado por el de Fresneda, el cabo Merino y dos números; se dirigió hacia el lugar donde había sido descubierto el intruso, atrayendo la curiosidad del Generalísimo que, mientras seguía la operación de descubierta de la improvisada patrulla, le comentó a su hija, con voz muy finita:

- Recuerda lo que te digo, Carmencita... este tenientillo hará historia...

Dando un pequeño rodeo, Tejero y los suyos sorprendieron al emboscado, derribándole, aquél, de un culatazo, que le desplomó como un fardo. Tejero le dio la vuelta y, al comprobar que era un muchacho desarmado, exclamó extrañado:

- ¿Quién coño será este tío?

Entonces, Merino y el de Fresneda comenzaron a explicárselo, de forma bastante confusa.

- Es el Yolao...
- Es un cabrón...
- ... es un veraneante inofensivo...
- ... ¿inofensivo? Es un “tocagüevos”...
- a ti lo que te pasa es que que te jode que te reviente los cepos...
- ... a mi lo que me revienta es que me toquen los cojones...
- ... no te toca los cojones, solo es un pobre loco trastornado por la defensa de los animales...

Tejero cortó la discusión .

- ¡Se callen! ¡Coño! Estos iluminados son peligrosos. Empiezan defendiendo a los animales y acaban liándose a tiros en las Cortes.

Cuando ordenaba a los números que lo incorporasen, todos volvieron la cabeza hacia la vaguada tras oír un disparo, seguido de un agudísimo lamento de agonía.

La sangre se heló en las venas de Tejero que comenzó una loca carrera hacia los puestos de caza mientras gritaba:

- ¡El General! ¡El General!

Una vez llegaron al puesto que ocupaba el Caudillo, la escena que encontraron le confirmó que había ocurrido una tragedia: La ropa ensangrentada en el suelo, el fusil abandonado, un improvisado hospital de campaña levantado con mantas, la partida de caza transformada en una muchedumbre silenciosa y expectante, Don Quirón que desaparecía con la estola y los óleos tras las mantas.

Tejero, loco de ira, le propinó otro culatazo al Yolao, procediendo a un interrogatorio preliminar sobre su participación en el suceso.

- Tenías razón Pepe, es un cabrón. Ha sido una trampa, ha sido una añagaza de los putos rojos. ¿Te ha mandado La Pasionaria que hicieras esto? ¿Quienes son tus compinches?

El de Fresneda, ajeno a los comentarios de Tejero, recogió el fusil y la ropa y, tras inspeccionarlos detenidamente, le interrumpió mostrándoselos.

- Es cierto que ha habido un herido, pero ha sido la Nenuca. Este es su rifle inglés y estos sus pantalones, que como puede ver tienen agujereada la culera por una descarga de perdigones... del 16 probablemente.. casi seguro que se le ha disparado el arma a algún novato... y ha sido una suerte que fuera así por que si llega a ser herida de bala... en fin, tendrá que estar un par de semanas sin sentarse pero nada más.

Y volviéndose a Merino le susurró, con un guiño.

- Además, las de la Sección Femenina llevan bragas de acero...

Merino se reconcilió con él pasándole el cuarterón de caldo y una sonrisa fugaz, pues se puso firme inmediatamente, ya que apareció el Generalísimo, seguido del joven ministro que farfullaba disculpas atropelladamente.

El General, colmada ya su paciencia, se detuvo y le contestó secamente:

- Quien no sepa cazar que no venga.

Miguel San José