La hernia

Aprovecha para ajustarse el braguero, suspira y encara el tramo de escaleras despaciosamente, dejando que la punzada coincida con el resuello. Se escuchan los chirridos de las barcazas. Huele a hierro allí en el andén.

Atraviesa las gentes que se mueven impulsadas por el frio y el hollín y atisba detrás de unos cajones la caseta. Camina con dificultad hacia allí. El jefe de estación, un hombrecillo uniformado en marino está tapando con periódicos una esquina rota del cristal de la puerta.

Quién le habrá mandado venir del tirón, sin billetes, ni horarios, ni nada. Y caminando desde la clínica después de rechazar avergonzado por no sabe muy bien qué el taxi que le ofrecieron. Seguro que a ninguno de aquellos que están sentados esperando le duele lo que a él, ni siquiera al anciano con el bastón y mucho menos al hombre del traje o a esa señora con el vestido de tafetán que lleva un bolso con ovillos.

Encara al jefe, observa con descaro su gorrilla colgando de una mano entintada y asiente.

- Me han dicho que usted me podría decir si el expreso del oeste viene con retraso.

El jefe le mira con recelo. Saca un paquete de canarios y ofrece. El jefe coge uno sin decir nada y tira de mechero. Así la cosa es diferente.

- Ven, vamos al bar que aquí corta el frio. Telefonearé allí.

Huele a fritura de rabas. Sentada en una mesa, cerca de los urinarios esperaba la de los ovillos. El jefe pide dos coñacs mientras descuelga el teléfono. El humo del canario prende en la fritura y el olor se concentra y relaja.

- Lleva media hora de retraso y lo que le falta pa su hora hacen una hora completa. ¿A dónde vas?

- A mi pueblo. Vuelvo. Me hernié al levantar la izada de carbón. Tuve que dejarlo y me dieron dinero. Para compensar, me dijeron.

- ¡Vaya suerte volver donde uno nació!

- Pues diga usted que sí. Quiero poner un bar, el que había cerró hace ya unos años.

- Y tendrás familia y novia …

(Recuerda a su padre como tras un sueño hipnótico. Le escribía con frecuencia al principio, después de trabajar, cansado pero lo hacía. Su padre contestaba, en precario pero contestaba. Distanció más las cartas según el padre se aficionaba al vino y olvidaba las cartas. Ya casi no escribía y recordaba a duras penas el color de sus ojillos requemados)

- Familia poca ya, mi padre ya mayor y algún primo. Novia aquí pero se queda. Es de aquí y tiene aquí sus padres y todo. Además van a liquidar un bar que tenía el abuelo que murió hace unos días y piensan sacar un buen dinero.

- Un bar es una buena cosa, sacrificado pero un buen negocio ¿Dónde lo tienen?

- En el desmonte del Arrabal. Bar Real creo que se llama.

- Ya conozco aquello. Queda por donde el meandro. No es mala zona aunque un poco a desmano. Yo soy de aquí y he vivido aquí siempre y conozco toda la ciudad. Es lo que yo digo hay que vivir donde Dios nos hizo nacer. Yo no podría vivir en otro lado y tú es natural que eches de menos tu pueblo y que en cuanto has tenido oportunidad te vuelvas. Es lo suyo…

(Las viñas del alcalde. Costaba recoger las uvas. Siempre doblado y con la solana encima que en el pueblo la vendimia se hacía temprano. Las manos llagadas de los pinchos y la boca reseca del dulzor de las uvas)

- Claro.

- Además mujeres hay muchas y seguro que en el pueblo se te rifan, cojo y todo. Siempre hay alguien esperándole cuando un hombre regresa.

(Cerró el hotel del médico, casa rural le decían. Los veranos son cortos pero tórridos y el personal forastero se sentía cocer. No era suficiente con los tomates, los pimientos, el queso o el vino. Pasadas las fiestas no quedaba ya nadie, ni siquiera los que venían de la ciudad a ver a sus padres. La semana de San Lorenzo fue menguando y ya solo queda la romería del Santo y dos casetas. Será que se mueren más de los que nacen.)

- Sí.

- Trabajar en lo de uno es lo mejor. Si yo hubiera tenido un trozo de tierra aunque fuera minúsculo como un carbón, otro gallo me hubiera cantado. Tenlo por seguro.

La tarde desciende por los ventanales de la estación. Se respira turbio y pesado, como de hierro escarchado. El anciano con el bastón se ha cansado de esperar y como todos los días saca un resto de un cigarro del bolsillo del gabán, se lo coloca en la boca y se va. Solo la cafetera habla en el bar de la estación y la señora de tafetán se afana en su labor, en una bufanda tardía. El jefe de estación sale del bar, mira hacia el oeste y cree escuchar un traqueteo conocido. Se sonríe para dentro y piensa que se han equivocado otra vez. Mira dentro y no encuentra. Se apresura hacia las ventanillas y allí solo encuentra al vendedor dormitando sobre sus brazos. Vuelve al andén y aprieta los ojos hacia el oeste. Asiente.

- Oye ¿has visto al que estaba aquí conmigo?

- ¿El que cojeaba?

- Sí, ese…

La mujer de tafetán parecía estar rematando los flecos de la bufanda. El silbido de la cafetera se agolpaba sobre el otro, el del tren.

- Me preguntó que como se llegaba al Arrabal y si sabía la dirección de un bar, algo así como Real. Que entre bares todos nos conocemos, me dijo…Y salió disparado, bueno todo lo que le dejaba la hernia. Porque tenía una hernia ¿verdad?

- No sé, creo que sí…

- Oye ¿no te dijo que se iba en el expreso del oeste? Porque ahí llega…

- Quizá entendí mal…

Se levantan algunos remolinos de hollín y se oyen los silbidos del tren ya en el andén. La señora de tafetán sale del bar con una enorme bufanda al cuello canturreando un estribillo lejano.
 

Joseba Molinero