La cosecha

    Patrick extendió el brazo y palpó la ausencia de su esposa entre las sábanas tibias. Aún adormilado, echó un vistazo al reloj de la mesilla. Eran las tres de la madrugada. Se dejó caer sobre la almohada y aguardó el familiar sonido del agua corriendo en el baño, el roce de los pies de ella sobre la alfombra, el siseo del camisón al agitarse sobre su piel desnuda. Se despertó de nuevo aún aguardando el leve beso de ella en su frente antes de resguardarse de nuevo entre las mantas. Habían pasado apenas diez minutos. Trató de abrir los ojos, aspiró muy hondo toda su pereza y al final se levantó acunado por el suave rumor que se colaba a través de la ventana entreabierta. Ése no era el sonido de la noche. Allí la noche no sonaba como el deslizarse de cientos de suelas sobre el asfalto, como cientos de respiraciones entremezcladas con el aleteo de cientos de chaquetas, pantalones, vestidos. Allí la noche sonaba a luz amarilla y a hojas cayendo, así era como lo habían acordado cuando se casaron y comenzaron a vivir en aquel apartamento. Una ráfaga de aire agitó las cortinas lo suficiente como para que una fugaz imagen se acoplara con el sonido que le estaba acompañando desde que se había despertado, ahora se daba cuenta; un movimiento fluido de hombros y cabezas bajo las ramas de los árboles que flanqueaban las aceras, un río lento de cabellos teñidos de cera por la luz de las farolas, un mar de silencio sólo alterado por el escollo de algunas toses.
   Aprisa y sin encender la luz caminó por el pasillo susurrando el nombre de su mujer, temeroso de despertar a los niños pero en el fondo asustado de romper con su voz aquella extraña comunión que acaba de contemplar. La encontró vestida con ropa de calle y una pequeña bolsa de viaje a sus pies. Patrick sacudió la cabeza tratando de despojarse de los últimos jirones de sueño; se mordió los labios mientra buscaba las palabras adecuadas para la muda pregunta que ya se le dibujaba clara y precisa en el rostro. Ella le contestó con cariño pero con desinterés, como si la respuesta fuera tan obvia que no mereciese la pena darla; sus frases breves, la mano que le acariciaba la mejilla mientras hablaba le fueron golpeando y hundiendo en una sustancia compuesta por la esencia de la incomprensión. Le causaba una pena enorme abandonarle a él y a los niños, pero cumplía órdenes, le dijo; además él también tendría que obedecerlas dentro de poco… Se interrumpió y murmuró que era extraño que aún no hubiera recibido la llamada. Sí, esa expresión había empleado, la llamada, como si acabase de ingresar en alguna extraña orden religiosa.
  Recogió la bolsa, le dio un desganado beso en los labios y se encaminó hacia la puerta de la calle. Una desazón desconocida hasta entonces se fue abriendo paso en su interior, una inquietud que se volvía sólida en sus entrañas ante lo ilógico de aquella situación. Sin saber qué decir, la siguió y se asomó a las escaleras. Muchos de sus vecinos pasaron a su lado en silencio, con sus miradas abstraídas, concentrados en la extraña sinfonía que pudiera estar sonando en sus cabezas. Tragó saliva, tosió y por fin llamó a su esposa a voces, la llamó escupiendo a su alrededor, los dedos crispados sobre la barandilla, inclinándose por encima de ella como si fuera a lanzarse al vacío para así llegar al portal antes que ella. Mientras lo hacía se vio a sí mismo babeando toda su incoherencia; su propia crispación le resultaba paradójica ante la tranquilidad y la calma de aquellas personas. Una débil luz en algún cuarto de su mente iluminó la idea desatinada de que el único que no se comportaba de una manera normal era él. Un joven que vivía unos pisos más arriba le lanzó una mirada irritada, se llevó el dedo índice a los labios y le ordenó silencio.
   Corrió tras ellos hasta el zaguán. De los otros edificios salían grupos con el mismo aspecto decidido y concentrado; en los labios de todos asomaba un cierto rictus de preocupación, pero sus mandíbulas apretadas denotaban al mismo tiempo una gran decisión en la que no había grietas que permitiesen filtrarse ninguna duda. En la esquina de la calle unos autobuses con las puertas abiertas aguardaban a sus pasajeros. Varios policías iban dirigiendo a aquella masa nocturna hacia los vehículos; bastaban unos leves roces en los brazos, unas palabras susurradas, breves asentimientos de cabeza, y cada pocos minutos partía uno de los transportes, siempre en dirección sur hacia la salida de la ciudad. El silencio, el orden, la serenidad de las actitudes concedían a la escena un halo de irrealidad que se veía reforzado por la pálida luz de las farolas y el brillo de la luna que se derramaban sobre la multitud. Patrick divisó a su esposa entre el gentío y corrió hacia allí gritando su nombre, clamando contra aquella visión demencial, desgañitándose con la esperanza de despertar y sentir sobre su frente las caricias consoladoras de ella. Un agente se interpuso en su carrera y le impidió acercarse. Algunos le miraron extrañados por su comportamiento, otros molestos, como si acabara de interrumpir con sus voces una ceremonia sagrada.
   El policía le obligó con amabilidad pero con determinación a volver atrás, le reconvino por haber salido en pijama a la calle y le sugirió que regresara a su piso. La llamada le llegaría en cualquier momento, su agitación no tenía sentido, le aseguró. Al pronunciar estas palabras, Patrick percibió la perplejidad en los ojos del hombre; había algo que no encajaba en lo que acababa de decirle y trataba de adivinarlo. Patrick supo que sería mejor no aguardar a que encontrara lo que fuese que lo estuviese turbando. Mientras caminaba hacia su edificio, echó un vistazo hacia atrás; el policía continuaba en medio de la calzada, observándole cada tanto desde debajo la visera de su gorra y anotando algo en una pequeña libreta de tapas negras.
   Subió las escaleras, entró en su dormitorio y se vistió aprisa; por un instante, la cama se le ofreció como una invitación al olvido de aquel mal sueño. Meneó la cabeza y el aturdimiento de su rostro reflejado en el espejo le hizo huir hacia la sala. Conectó el televisor con la esperanza de entender algo de lo que estaba sucediendo; la pantalla se iluminó con una niebla pálida y muda. La radio llenó de crujidos la habitación cuando trató de sintonizar alguna emisora. Se derrumbó sobre un sillón, apoyó los codos sobre las rodillas y se apretó los párpados con las manos tratando de reprimir las lágrimas. Quizá se estuviera volviendo loco, pero no, no era así; desde donde se hallaba podía ver los cientos de espectros que se deslizaban en silencio por la calle. Aquel silencio no era normal, nada lo era, pero menos que nada aquellos labios apretados de los que no salía ni una queja, ni un comentario, ni un grito. Inspiró muy profundo, levantó la ventana del todo y se asomó al exterior; entonces, expulsó el aire de sus pulmones en un chillido cargado de desesperación y con una pregunta que no obtuvo respuesta. Nadie levantó la cabeza, nadie contestó adónde se dirigían.
   Unas manos infantiles le golpearon las piernas. ¿Por qué estaba gritando por la ventana? El escalofrío se le quedó dentro del cuerpo, le atenazó los pulmones hasta dejarle sin aliento. Se giró muy despacio; la mirada de sus hijos le atemorizó hasta hacerle jadear. Por Dios, ninguno de los dos llegaba a los diez años. ¿Qué hacían allí observándole como si fuese un delincuente? Esa seriedad, esa seguridad en sí mismos no tenía sentido. Echó un vistazo al reloj, sólo habían pasado treinta minutos desde que se despertó y ya nada tenía sentido. Volvió a mirar por la ventana. La muchedumbre era cada vez más densa, sin embargo la consistencia del silencio que rodeaba sus cabezas le daba una cualidad submarina a toda la escena. Con un sobresalto, la voz de su hijo mayor le arrancó de su estupor. Tenían que irse ya, habían recibido la llamada… Otra vez aquella jodida llamada, qué llamada, les chilló. No iban a salir de aquella habitación, por supuesto que no. Él era su padre. Les dio una bofetada a cada uno, los sujetó por el cuello y trató de arrastrarlos hasta su cuarto. El mayor se giró inesperadamente y le dio un fuerte empujón. La maniobra del niño tuvo éxito; Patrick trastabilló hacia atrás hasta caer sobre el suelo y golpearse la cabeza contra la pared. Apenas dos segundos más tarde escuchó como se cerraba la puerta de la casa. Aún conmocionado, se pasó la mano por la nuca y se miró los dedos manchados de sangre. Fue hacia la escalera y bajó a la calle de nuevo. Nada tenía sentido… Los niños se habían esfumado entre la gente. Un hilo rojo le manchaba el borde de la camisa cada vez que giraba el cuello hacia un lado y hacia otro intentando hallar sus siluetas en la masa oscura y amorfa que se agitaba ante él. El mismo policía de antes le observaba ceñudo; con un gesto que a Patrick no le pasó desapercibido, abrió la cartuchera y depositó la mano sobre la culata de la pistola. Notaba la tibieza de la sangre resbalándole por debajo de la ropa. Los ojos del agente estaban fijos en él, pendientes de cualquier movimiento que resultara sospechoso. Ambos eran como un par de rocas en medio del cauce de un río. Las aguas fluían tranquilas a su alrededor, tan sólo alguna mirada ocasional y algún gesto de fastidio denotaban que aquellas personas eran conscientes de su presencia en medio de la calle.
   Patrick extendió las manos mostrando sus palmas vacías y se acercó al de uniforme. ¿Qué estaba sucediendo, por el amor de Dios? Su mujer y sus hijos habían desaparecido entre toda esa gente sin darle ninguna explicación y… Interrumpió sus súplicas y decidió jugárselo todo. Él no había recibido la llamada aún, por eso no comprendía lo que estaba ocurriendo. Vio como el policía asentía en silencio, alguien le estaba hablando por el auricular que llevaba en el oído. Volvió a asentir y con el cabeceo final dio otro paso hacia él. Ahora empuñaba su pistola; levantó el brazo, e apuntó a la cabeza y comenzó a hacerle una serie de preguntas desatinadas. Era obvio que vivía en esa calle, joder…, si acababa de verle en pijama… Claro que estaba casado y tenía hijos…, y sí, ellos se habían ido, ¿no se lo había explicado ya? No, él no había recibido ninguna llamada. Por favor, ¿podía explicarle qué era aquello de la llamada? ¿Por qué la gente continuaba subiéndose a los autobuses como si aquel sitio fuera la Estación Central?
   Patrick señaló hacia los vehículos al acabar su pregunta; en ese momento percibió algo que hasta entonces no había conseguido ver. Por un instante se olvidó de la pistola que le apuntaba y contempló absorto a la multitud; vio como se iba desgajando en filas a medida que llegaban a los transportes, y en cada una se agrupaban según su edad. Ancianos, hombres y mujeres de mediana edad, jóvenes, niños… Todos con igual gesto serio, concentrado en la absurda tarea de aguardar cola durante esa madrugada igual de absurda. Sus hijos tenían que estar allí… Amagó un paso en aquella dirección, pero el cañón del arma le presionó la sien. El policía le estaba diciendo algo, hubo de repetir sus palabras para que pudiera entenderlas. ¿Que estaban en guerra? Pero, ¿qué clase de estupidez era esa? ¿En guerra con quién, desde cuándo, por qué? ¿Y qué tenía eso que ver con que su mujer y sus hijos hubiesen desparecido…?
   El agente murmuró algo sobre el micrófono que llevaba enganchado en la trabilla del hombro, gruñó un par de veces y enfundó el arma. Patrick soltó un suspiro de alivio y una leve esperanza le acarició el pecho. Desde el cielo le llegó el sonido de las aspas de un helicóptero y un haz de luz se desplazó sobre las cabezas de todos ellos quebrando por unos instantes la oscilante monotonía de aquel río. A su alrededor muchos elevaron el rostro hacia la noche; él también lo hizo hasta que se vio obligado a cerrar los ojos cuando la potente luz que los envolvió a él y al agente en un cono más allá del cual el mundo se sumergió en las tinieblas. No vio acercarse al vehículo que unos segundos después penetró la frontera intangible; el de uniforme abrió la puerta y con un gesto le invitó a entrar. Antes de hacerlo volvió a mirar a su alrededor, intentó romper la pared que les rodeaba y comprobar que aquello, fuese lo que fuese, no estaba sucediendo en realidad. Suspiró con algo parecido a la resignación, cerró los ojos y se dejó guiar al interior de la cavidad oscura que parecía guardarle desde siempre.
   Se movieron con suavidad dentro de la urna de cristal negro; cuando escuchó el chasquido de la puerta al abrirse, se insultó por no haber consultado el reloj al principio del viaje. No podían haber pasado más de cinco minutos, así que aún estaba cerca de su casa. Era un pensamiento estúpido, lo sabía, pero aquel hecho, la proximidad a su hogar, le otorgaba un retazo de confianza al que aferrarse en aquella madrugada demencial.
   Un individuo le aguardaba en una actitud que le recordó a su época de servicio en el ejército. Sin mirarle a la cara, el soldado no pudo evitar ya pensar en él de esa forma le indicó que le siguiera. Se hallaban en un garaje vacío, sus pasos resonaban sobre la pulida superficie de asfalto como un instrumento desafinado; al final del pasillo de columnas les esperaba un montacargas con otro individuo con el mismo aspecto marcial. Patrick ralentizo su avance hasta detenerse unos metros antes de las puertas del elevador, se giró hacia su acompañante y se enfrentó a su frialdad. ¿Qué había hecho, cuál era su delito? Tenía derecho a saberlo. Su respiración se estaba acelerando, la confusión, el nerviosismo y la tensión que hasta entonces sólo había logrado descargar en parte gritando hacia la indiferencia de su mujer y sus hijos se le mezclaron con una ira que jamás había sentido. Sus ojos giraron hacia todas partes, se tambalearon entre los pilares buscando una huida, una escapatoria de aquella trampa a la que él mismo se había abalanzado. A su alrededor no había más que rejas. Se revolvió, intentó una breve carrera que murió a las pocas zancadas entre los cuatro brazos que habían surgido de la nada. Los dos guardianes le empujaron con incongruente amabilidad hacia el cajón de acero.
   Cuando las puertas se apartaron, se imaginó como una nave desarbolada; sus ropas, velas desgarradas; sus brazos y piernas, inútiles mástiles apenas unidos a la estructura por unos tendones a punto de romperse; su cráneo, un puente batido por un mar tan salado como sus lágrimas y tan violento su angustia. Otro soldado le esperaba, este con unas insignias indescifrables sobre la pechera de su casaca. Fue en lo primero que se fijó de aquel individuo, quizá una cabeza más alto que él. Había algo indefinible, a la vez familiar y lejano, en el rostro de aquel hombre, como si perteneciera a una raza desconocida, a pesar de que sus rasgos eran tan regulares y perfectos como los de una estatua de un dios griego. Por un momento, le sorprendió aquella idea. La rabia y la derrota se disolvieron en una curiosidad odiosa que no era capaz de arrojar lejos de sí. Estaba al mando de aquel lugar, era evidente, sin embargo la duda se apuntaba en su entrecejo, la duda y…, sí, el desconcierto. Con un gesto leve de la mano le invitó a seguirlo a través de un pasillo en penumbra hasta una habitación vacía que él mismo identificó como su despacho. Eran sus primeras palabras, pronunciadas sin ningún tipo de acento, perfectas en su dicción, como si se estuviera esforzando en hablar un idioma que no fuese el propio, como si se dirigiera a niño incapaz de comprenderle. El hombre no rehuyó su mirada, al contrario, pareció recrearse en él, como si estuviera ante un animal desconocido y peligroso, estudiándolo, dispuesto a iniciar la lucha. Las cejas se le elevaron hasta quebrar la perfección de aquella frente de mármol, los labios se movieron lo suficiente y unas palabras en una lengua desconocida le cayeron encima. Le golpearon dentro de la mente y le inundaron de espanto porque las había entendido. ¿Qué eres? Y su miedo fue doble porque él mismo acababa de hacerse la misma pregunta. ¿Qué eres? Dio unos pasos hacia atrás hasta que la gris suavidad de la pared se acopló a su espalda; se dejó resbalar y se aovilló en el suelo. Desde allí continuó repitiendo la misma pregunta mientras veía sus propias babas gotear sobre los pantalones. Sólo cuando su cerebro pareció explotar recordó de nuevo a su mujer y a sus hijos; fue un destello, después llegó el dolor.
   Era un monstruo…, no, una anomalía, corrigió sus palabras el hombre. Patrick Seteais era una anomalía. Inconcebible, inaudita, única, desconcertante, sí, pero sólo una anomalía. Patrick se miró las manos esperando ver algo diferente a lo que siempre había estado allí, aguardando unas garras que tomarían vida propia, que rasgarían su piel y comenzarían a trocear su vientre, a arrancar pedazos de su cara, que le sacarían los ojos y le perforarían el cráneo. Una anomalía. El soldado se inclinó y le ayudó a levantarse. En todo el planeta no había nadie como él. No tenía la culpa de su anormalidad, pero la guerra les obligaba a aislarlo. No podían tolerar que su extraña mutación se propagara hacia el futuro. Patrick levantó el rostro hacia su interlocutor, quizá no había escuchado bien. ¿De qué hablaba aquel individuo? ¿Estaba loco? El tono neutro, casi profesoral que había empleado no se adaptaba al sentido de sus palabras, salvo que fuese alguna especie de psicópata. Volvió a observar sus rasgos hermosos y atractivos; ahora ya no había extrañeza en su frente, se había transformado en curiosidad, y en una amabilidad difusa y huidiza, la misma que podría tener el veterinario a punto de sacrificar al animal de compañía de su cliente. La idea le llegó como la punzada fina, pero profunda y dolorosa de una aguja. No debía infectar la cosechas futuras; no sabía qué había querido decir con aquello, pero tuvo la certeza de que estaba refiriéndose a sus hijos. Sus hijos, sus hijos… ¿Dónde estaban? ¿Qué iban a hacer con ellos? ¿Cuál era su maldita mutación? Su voz no rebotaba en las paredes desnudas de aquel despacho, sus súplicas se convirtieron en charcos a sus pies. El hombre hizo un gesto con la mano que a Patrick, a pesar de su miedo, le pareció elegante. Lo ridículo de aquel pensamiento deformó su temor, lo desgajó en jirones de rabia que le fustigaron hacia delante, hacia aquella figura majestuosa que ahora alzaba la palma de su mano y le ordenaba detenerse. Y obedeció, aunque sus dedos se crisparon, a pesar de que los tendones del cuello se le tensaron hasta el dolor; obedeció porque su cuerpo decidió que era lo que tenía que hacer. El soldado miró por encima de su cabeza hacia la pared que había detrás de él, pasó a su lado y se sumergió en la viscosa superficie gris en que se acababa de transformar el muro. Él le siguió.
   Un espacio sin límites precisos sustituyó a la habitación de unos momentos antes, una inmensa catedral donde las formas más lejanas se tornaban borrosas hasta fundirse en una niebla sólida. A su lado, en silencio, el soldado lo guiaba. Con un leve gesto de la cabeza le invitó a contemplar la inmensidad que se desplegaba ante sus ojos, a perderse en la liturgia que parecía destilar aquel templo gigantesco. Las columnas curvadas sobre el espacio central se perdían entre las brumas plomizas que ocultaban la bóveda del recinto; donde deberían haber estado los vitrales, las imágenes sagradas habían sido sustituidas por flujos de colores pulsantes que latían al ritmo de un oculto corazón. Las capillas laterales eran atrios divididos en infinidad de niveles donde se afanaban figuras cada vez más pequeñas hasta volverse indiferenciadas en el gris omnipresente. Un zumbido suave y orlado de una cierta armonía flotaba a su alrededor; su tono variaba cada pocos segundos, y entonces la densidad del aire se modificaba sobre su piel de una manera sutil. Decenas de dedos parecían estar explorándole y transmitiendo a la vez mensajes cifrados a la oculta inteligencia gobernante de ese mundo.
   Preguntó qué lugar era aquel, si existía de verdad o sólo era una recreación distorsionada de algún recuerdo olvidado en un bolsillo de su memoria. Acaso en los ojos de su guardián asomó un hilo de piedad, si así fue pronto de disolvió en la extraña ciénaga gris que se reflejaba en sus pupilas. Eso no era importante en aquel momento, debía ir con él, a pesar de todo aún podría contribuir de alguna manera en el esfuerzo que la Humanidad estaba llevando a cabo… Frases hechas y elusivas. Él quería saber qué estaba sucediendo, deseaba despertar de aquella pesadilla, volver a estar en su cama abrazado a su esposa, oír el soñoliento rebullir de sus hijos. La súplica final se le atascó en los labios, inútil. La inexpresividad del rostro del soldado que le acompañaba era en sí misma una respuesta. Se había transformado en una muestra de laboratorio que debía ser analizada en busca de la anomalía, del maldito error que lo condenaba a la muerte.
   El guardián asintió como si estuviera escuchando alguna silenciosa orden en el interior de su cabeza. Asintió de nuevo, y una mano se apoyó sobre su antebrazo y lo dirigió hacia una de las capillas. Varias manos más lo sujetaron y lo tendieron sobre un lecho gelatinoso en el que se hundió muy despacio hasta que sólo su cara quedó fuera del fluido. En algún rincón de su cerebro comenzó a resonar un coro de voces desafinadas hasta que una de ellas dominó a las restantes y sus frases se fueron haciendo nítidas y precisas. Su muerte era necesaria. La investigación de su error genético lo requería. Ya que no otra, esa sería su contribución a la victoria en la guerra. Había perdido la conexión con la raza. No podían tolerar que él o su progenie contaminaran la siguiente cosecha… Y así un latigazo tras otro. Sus hijos, era lo único que había comprendido. Los iban a matar, a sus hijos los iban a matar… Como a él. Movió los ojos hacia todos lados, quería saber quién de ellos era el que le estaba hablando, quería saltar desde aquel magma que lo tenía atrapado y matar él también, matar al asesino de sus hijos.
   La voz se extinguió como un siseo; la sustancia que lo aprisionaba empezó a reptar por su rostro hasta sumergirlo por completo. Los ojos le ardieron durante unos instantes y después todo fue negro. Las fosas nasales se le inundaron con aquella gelatina. Y sus oídos. Oscuridad. Silencio. Durante un tiempo pareció no suceder nada, quizá ya estuviera muerto, tal vez la asfixia fuese así, aunque la desazón que rascaba en su mente estaba apunto de hacer estallar su cabeza. Quería saber antes del final, sumergido en el limbo líquido que lo tenía atrapado, los restos de su voluntad se plegaban ante la angustia de no saber.
   Un dolor intenso y uniforme se posó sobre toda la superficie de su piel, un dolor que fue escarbando hacia el interior como si le arrancara el cuerpo capa a capa. El martirio se mezcló con el bullir de miles de imágenes en su cerebro. Entonces lo comprendió todo, y supo que era mejor morir.
 

Roberto Sánchez