La presa

  Envuelto en la tenue luz del compartimento del tren en el que viaja, acunado por el vaivén del vagón, cierra los ojos y se pregunta qué hace allí; recuerda que la última vez se prometió no acudir de nuevo a la llamada del viejo, que inventaría cualquier excusa para escabullirse de aquel ritual que nunca tuvo sentido más allá del puro capricho despótico de un hombre. Inútiles como el anillo de oro que lleva desde hace más de veinte años, así le parecen las reuniones familiares que su padre se empeña en convocar cada inicio del invierno; reuniones tan incómodas como lo es el incómodo aro con el que juguetea porque éste le trae recuerdos de días rotos, al igual que cada cita se acaba transformando en un desfile de historias cargadas de tedio y casi siempre de rencores.
   La tos del otro viajero le hace levantar los párpados. Durante unos segundos observa cómo se hurga en el oído con la uña del dedo meñique; trata de disimular el gesto de asco que se le está formando en los labios y piensa que en la próxima ocasión viajará en su propio coche… La ocurrencia le enoja porque ya ha aceptado que habrá próxima ocasión; es tan pusilánime que después de la última derrota ya ni se plantea la posibilidad de una negativa. Los insultos que se dirige a sí mismo se le escapan entre los dientes; se da cuenta de ello cuando su acompañante abandona su afán y le lanza una mirada cargada de suspicacia. Aún falta casi una hora para llegar, demasiado tiempo para permanecer encerrado con aquel individuo. Escapa al pasillo, baja la ventana y enciende un cigarro. El humo le golpea el rostro con violencia, después le alcanza una bofetada húmeda y fría que sólo sirve para recordarle las tres próximas madrugadas en las que verá amanecer mientras acecha a sus presas, aterido de frío, cargado de sueño y rebosante de mal humor. Se consuela pensando que lo único satisfactorio de los siguientes días será el estampido de la pólvora prolongado por el eco hasta disolverse entre los montes, el golpe repentino y provocador de la culata sobre su hombro, la explosión de sangre sobre la piel gris de la pieza. Sólo eso.
   Arroja la colilla al exterior y durante un instante le sorprende el reflejo de la luz del vagón sobre el anillo. Se lo queda mirando, le da varias vueltas en el dedo y al final se lo quita. La iluminación es suficiente para leer su cara interna, aunque no le hace falta. Allí están grabados el nombre de ella y la fecha de su matrimonio: Regina – 20 abril 1963. Regina. Ese nombre le araña la garganta, le quema la lengua cuando intenta gritárselo a la noche que se desplaza veloz entre la oscuridad. Regina. Lo intenta otra vez, y después un insulto, el más común en su familia, el mismo que su padre le endosaba a su madre cuando volvía de sus francachelas; el mismo que le ha lanzado su propio hermano cada Navidad, borracho filósofo y patán agresivo. Idéntico al que empleó cuando ella le anunció que lo abandonaba y por qué lo hacía. Pero Regina no era ninguna hija de puta. Era él quien se había enamorado de una estudiante de veinte años, fue él quien se la presentó como una joven promesa de la poesía y fue él quien se jactó con inconsciente frivolidad de su belleza y encanto.
   Un movimiento seco de la muñeca, y aquel retazo metálico de conciencia que aún le ahogaba el anular sale despedido hacia la nada.
   El tren comienza a detenerse, unos prolongados gemidos puntean los bruscos bandazos que da el vagón hasta que un andén gris y una tejavana desguarnecida se detienen con suspiro cansado. Allí están, envueltos en abrigos, bufandas y gorras, su padre y su réplica más joven. Deja la bolsa de viaje y las dos fundas con las escopetas en el suelo, y mientras se pone los guantes, los observa con una fascinación que no deja de sorprenderle porque nunca se había dado cuenta del parecido entre ambos: la estatura, el pelo crespo asomando bajo las gorras, los ojos crueles y socarrones, los labios ácidos de gesto insultante. Adivina cuáles serán las primeras palabras de su hermano, ve la mofa de su mirada, imagina las obscenidades con las que se referirá a su amante. Sabe que Regina habló con su cuñada antes de solicitar el divorcio, y no espera ya ninguna discreción. Sin duda también su padre conoce todo lo sucedido, pero él no dirá nada; se limitará a chupar su faria pinchada en el extremo con un palillo y envuelta en papel de liar tabaco, se conformará con exhalar ese humo apestoso y a arrojarlo con aquel olor a una época de menosprecios y vacíos que nunca van a terminar.
   Los manotazos del imbécil de su hermano arrecian sobre su espalda, cada estallido acompañado de una blasfemia y una pregunta sobre su amante. Su padre se limita a darle la mano, sin abrir la boca, no por ningún tipo de miramiento -  eso lo sabe - , sino por pura indiferencia. En el fondo quizá prefiere aquellas escandalosas risotadas a esa mirada vacua en la que, si acaso, sólo apunta la vergüenza por aquel hijo tan blando y, en definitiva, tan gilipollas. Así le dice un rato más tarde, mientras conduce hacia la casa familiar, apartando de vez en cuando los ojos de la noche blanquecina para echarle un vistazo por el espejo retrovisor. Eres un gilipollas, hijo; las palabras envueltas en nubes de aliento y humo. Lo mismo le habló cuando se fue a Madrid, convencido de que al acabar los estudios haría una gran carrera en el mundo de la literatura. Veinticinco años después, sólo es un gris profesor de una aburrida asignatura en una facultad en la que abundaban más los días de algaradas que los de clase. Sí, un gilipollas, soñador y fracasado.
   Se encoge en el asiento, se quita los guantes y se frota las manos. Si hubiese luz suficiente sabe que las vería de color morado. Le duelen, y cada pinchazo le recuerda que a causa de ese color que ahora sólo imagina no hizo el servicio militar; esas punzadas le traen a la memoria otro desplante más de su padre al maricón de manos de señorita de su hijo. Dieciocho meses estuvo sin dirigirle la palabra, justo el tiempo que hubiera debido pasar en algún cuartel haciéndose hombre. Haciéndose hombre como su hermano, le echaba en cara cuando le dejó salir de la imaginaria cuarentena. A hacerse un hombre, a eso se había dedicado su hermano mientras él se metía las manos debajo del culo para calentárselas. Ahora las esconde entre las piernas porque su padre acaba de bajar la ventanilla, y un frío blanco y afilado penetra en el interior del coche.
   Entre las rachas de aire helado se agitan de nuevo las mismas palabras de siempre, atadas con eslabones a la boca del viejo, para que no se pierdan. Eres un gilipollas, hijo. Sus ojos se cruzan en el espejo, pero no le aguanta la mirada porque su padre tiene razón. Ni él ni su hermano lo saben aún, aunque está seguro de que a esas horas Regina ya habrá llamado a su cuñada para darle la noticia de su hundimiento definitivo, de la confirmación absoluta de su absoluta cualidad de gilipollas. Ella no le ahorrará aquella última mezquindad, y no se lo reprocha. Cuando conoció a su joven amante, creyó tocar algún cielo inesperado, aunque no fuese capaz de entender qué podía haber visto en un cuarentón aburrido y oscuro como él. Tembló como un adolescente la noche de hacía casi un año en que ella se le declaró en una cafetería, rodeados de humo, envueltos en el estruendo de una música que desconocía; sus ojos se llenaron de lágrimas cuando le dijo toma mi corazón, es tuyo. No, no pensó que fuera un gilipollas mientras entraban en su piso de estudiante y allí aprendía lo que jamás había pensado que existiera. No pensó que fuera un gilipollas cuando se volvió atrevido e inconsciente. No supo darse cuenta de que la llama se apagaba, y no quiso ver cómo ella metía la mano en el bolsillo de su chaqueta y recuperaba su corazón. Era tan gilipollas como su padre decía, y aún más, porque había perdido a su esposa y a su amante, y esa misma mañana le acababan de expulsar de la universidad.
   Su hermano cabecea sobre la ventanilla con ronquidos sobresaltados y cargados de flemas de borracho. Su padre conduce pendiente de la franja gris que se escabulle ante las luces del vehículo. ¿Por qué ha acudido una vez más al reclamo de ese hombre? En ese instante se da cuenta de que la contestación a su pregunta está allí, sobre el asiento, y de que la ha conocido desde antes de recibir su llamada; un reclamo que anhelaba porque tenía que sentir la amenaza y el empuje de la humillación que le esperan ya a pocos kilómetros, los necesitaba para hacer lo que aún no se atreve a pensar siquiera. Amparado en el estruendo que penetra por la ventanilla bajada y los ronquidos del hermano, ha montado una de las escopetas y la ha cargado con postas. La deja sobre el asiento unos instantes mientras contempla la nuca de su padre cubierta de gruesas cerdas blancas, como de jabalí. Aprieta la culata entre las manos y reprime un sollozo. Con un gesto rápido pone la escopeta entre las piernas y apoya la barbilla sobre la boca de los cañones. Un bandazo del coche le hace perder el equilibrio. En la oscuridad nota el rubor en su cara, le duele la ridiculez de su propia ineptitud. En ese momento se encuentra los ojos de su padre en el retrovisor; en ellos no hay asombro ni alarma, sólo la fijeza y concentración del cazador a punto de cobrarse su presa.
 

Roberto Sánchez