23 de abril de 2105

  Los focos se encendieron con un poderoso chasquido e iluminaron a las tres figuras del plató. En el centro, con sus labios de silicona e hilo de oro desplegados en una imperturbable sonrisa, Pasión Sena, la presentadora de mayor éxito en la televisión mundial contemplaba hierática la luz roja de la cámara que tenía enfrente. En aquellos momentos, se mostraba por completo ajena a los dos invitados que la flanqueaban. Estaba a punto de comenzar su emisión el programa que desde hacía meses ocupaba el primer puesto en todas las mediciones de audiencia, La Máquina de Escribir. Un formato innovador en el que cada semana eran entrevistados los más célebres personajes de la literatura universal. En una fecha como la de ese día, sólo los dos con quienes compartía escenario podían haber sido los elegidos. A su izquierda, en actitud tan pétrea como la de su anfitriona, el mentón ligeramente levantado y la mirada displicente perdida en sus abismos interiores, Don Quijote de La Mancha ignoraba a la maquilladora que extendía su trabajo sobre una frente esculpida de pliegues y cicatrices. A la derecha de Pasión, arrellanado en una butaca en el que apenas cabía su trasero, Sancho Panza se rascaba los sobacos con un placer que emanaba entre las rendijas rodeadas grasientas en que se habían convertido sus parpados.
   Pasión Sena inspiró despacio y se llevó la mano al minúsculo auricular que se escondía en su oído izquierdo. Sus dedos trataron de no descomponer las ondas milimétricamente ordenadas de su roja melena; su entrecejo se frunció lo que las inyecciones de bótox permitían, apenas le coloreó una levísima sombra en su piel mientras escuchaba las últimas instrucciones del regidor. Aunque no lo aparentase, estaba nerviosa y un tanto alterada. La dificultad de entrevistar a un loco convertía el de esa noche en un programa de alto riesgo; era tanto lo que podía salir mal que se estaba empezando a preguntar si había sido buena idea invitar a aquellos dos. El aire parecía no llegarle a los pulmones; con una ojeada confirmó que las manos le temblaban. Recordó la noche de la frustrada entrevista con Mr. Hyde. Lo de las maquilladoras fue una auténtica lástima, eran tan jóvenes y tuvieron una muerte tan salvaje… Les había costado mucho tiempo y dinero acallar los rumores acerca de lo que había sucedido. No, no era sencillo dirigir aquel programa, no todos los invitados eran tan cómodos como Anna Karérina o la mismísima Madame Bovary, a pesar del empeño de ésta en tomarse una dosis de arsénico en directo. Esa noche se había ganado el salario que le pagaba la cadena al disuadirla de sus intenciones.
   La luz roja comenzó a parpadear. En su oído resonó la sintonía del programa. El realizador inició la cuenta atrás con los dedos de la mano, ocultando uno a uno hasta transformarla en un puño que golpeó el aire en el momento en que los tres se asomaron a las pantallas de mil quinientos millones de espectadores en todo el mundo. Lo primero todos percibieron en sus aparatos sensoriales fue un olor fétido e intenso que produjo náuseas, vómitos y mareos en muchos hogares. Era difícil discernir quién hedía más, si el Caballero de la Triste Figura o su fiel escudero. La presentadora reprimió una arcada y se volvió hacia Don Quijote. Hizo honor a su nombre y se lanzó con pasión sobre su presa.
   - Buenas noches, don Alonso, bienvenido a nuestra emisión de esta noche -Pasión hizo una breve pausa a la espera de alguna señal de reconocimiento del entrevistado, pero su interlocutor parecía ausente en su pose de estatua. Se encogió de hombros, se aclaró la garganta y continuó-. Díganos, Don Alonso, queremos saber la verdad de su relación con Aldonza Lorenzo. ¿En algún momento llegó usted a saber de su condición?
   Don Quijote giró todo su cuerpo hacia la mujer. La bacía se le inclinó ligeramente sobre el cogote. El aire se removió a su alrededor y se impregnó de olores cargados de historia y caminos.
   - ¿Qué quiere decir Vuestra Merced, fermosa dama?
   Sancho se inclinó sobre Pasión y le tanteó el hombro. La mujer se dio la vuelta sobresaltada; un gesto de asco se congeló en su rostro al ver la dentadura podrida de aquel hombre. Demasiado cerca, demasiado. El tufo a cloaca que fluía entre las almenas quebradas de aquella boca la obligó a cerrar los ojos durante unos segundos. La voz del hombrecillo le llegó de alguna sima muy distante.
   - Señora, señora -le palmoteaba el hombro-, mejor pregúntele por algún otro asunto que mi señor está algo alterado hoy.
Don Quijote miró torcido a su escudero.
   - ¡Calla, mastuerzo! - Luego, dirigiéndose a la presentadora-. Dígame, señora, ¿cuál es el sentido de su inquisición?
   Pasión se alisó la falda sobre los muslos. Ella no se amilanaba ante nadie. Inclinó su busto hacia el caballero, clavó el codo con fuerza en el brazo del sillón y le miró a los ojos.
   - Se lo repetiré de nuevo, don Alonso. Millones de personas están aguardando a saber si usted conocía la auténtica condición de su amada. Es una pregunta muy sencilla.
Sancho se removió en su asiento y levantó la nalga derecha unos centímetros, los suficientes como para que en todo el mundo se pudiera percibir una amalgama de olores de tan variados orígenes como el asno, el sudor son solera y las heces. Un gemido de repugnancia dio la vuelta al mundo como una ola.
   - Señora, ¿acaso vuestra merced no ha leído sobre nuestras andanzas?
La mujer le miró con una sorpresa que sólo se aparentaba en la dilatación de sus pupilas. A su lado, Don Quijote golpeteaba el suelo con la contera de su lanza.
   - Señor Panza, por supuesto que no he leído El Quijote, ¿por quién me ha tomado? Para eso dispongo de mi equipo de investigación. No le tolero que me insulte de esa manera.
   Le hubiera gustado que sus mejillas acartonadas le permitiesen expresar toda la rabia que le borboteaba en la lengua. Sancho la miró algo sorprendido porque no entendía dónde estaba el insulto. Se encogió de hombros y murmuró un refrán que sólo el cuello sucio de su camisola pudo oír. Pasión se volvió hacia Don Quijote y le taladró con sus ojos negros. El escudero pinchó de nuevo con sus sucias uñas el pálido hombro de la presentadora.
  - Mire vuestra merced, mi señora, que no es el momento, que justo ha llegamos ahora de El Toboso y no está el horno para bollos. Además, llamadla Dulcinea a la dama de mi señor, os lo ruego.
Pasión ignoró la parrafada y prefirió no pensar en las marcas que ahora mismo debían estar apareciendo sobre su piel. La peste, le iba a contagiar la peste aquel tarado. Pero ella era una profesional y estaba en directo para todo el mundo. Meneó la cabeza, y como quien escupe le lanzó de nuevo su pregunta al caballero. Sancho Panza se llevó las manos a la cara.
  - Señor don Alonso, ¿sabía usted que Aldonza Lorenzo ejercía la profesión de puta en la mancebía de El Toboso? Responda a mi pregunta, es verdad que…
   El caballero no le dio tiempo a terminar la frase. De pronto, estaba en medio del plató blandiendo su mandoble, con babas espumeantes de rabia resbalándole por la perilla y con los ojos dándole vueltas como hondas dentro de las órbitas.
  - ¿Cómo se atreve a ofender a mi dama de aquesta manera, señora? ¡Retráctese!
   Pasión se levantó y extendió las palmas hacia arriba tratando de tranquilizar a aquel loco. El pánico se le enroscó en la garganta cuando vio que el filo mellado de la espada volaba ya por encima de su cabeza dispuesto a hendirla de un único tajo.
   A una señal del regidor, cuatro tiradores de la compañía de seguridad privada de la cadena apretaron los gatillos de sus fusiles de asalto. Cuatro balas consiguieron que el cráneo de Don Quijote estalla en pedazos de hueso, cartílago y cerebro. La bacía salió despedida como un resorte y fue a golpear en la cara al petrificado Sancho.
   Los micrófonos de ambiente captaron el involuntario comentario de Pasión Sena:
   - Jodido loco…
Mientras los asistentes retiraban el cadáver del ingenioso hidalgo, Pasión, con voz aún algo temblorosa, comenzó a dar entrada a la publicidad.
   - Una lástima querido público, pero son los imponderables del directo. Ahora ya nadie habrá leído la obra de…, de…
Dudó, miró confundida al regidor quien se limitó a encogerse de hombros. Como un pez entre los dedos, el nombre se le escurría hacia algún lugar oscuro y distante, tanto que en realidad no había existido jamás. ¿Cervantes?, pronunció dubitativa mientras se pasaba la mano por la frente desechando aquel nombre desconocido. Las cámaras seguían allí, pendientes de sus labios.
   -… De…, eh… Ahora damos paso a unos consejos publicitarios.
En sus hogares, los televidentes se preguntaron qué le sucedía a la presentadora. A qué obra se refería, quién era ese Cervantes que acababa de nombrar. Durante unos momentos todos se sintieron confundidos; manipularon sus mandos a distancia y revisaron la programación. El de esa noche trataba sobre la vida, obra y milagros de El ingenioso labriego de La Mancha Sancho Panza y su amada, la puta Aldonza Lorenzo, obra del inmortal Avellaneda.
 

Roberto Sánchez