El fruto

La niña se quedó embarazada después de que le cayera un rayo, don José. Jamás ha conocido varón, se lo juro.

José se acarició la barba gris y desvió la mirada hacia la chiquilla. Tenía la cabeza y los hombros cubiertos por un chal de color turquesa; sus ojos, enormes y azules, lo observaban con curiosidad desde el umbral de la casa. En los labios del hombre se dibujó una sonrisa invisible para el padre de la joven, demasiado ocupado en alabar sus virtudes.
Será una esposa cariñosa y sumisa…
Está bien, Joaquín, está bien… Me has convencido, aunque no me creo lo del rayo… Seré viejo, pero no idiota… Me la quedo.
Sacó la cartera de un bolsillo del gabán y como con desgana, sin contarlos, le entregó al padre un fajo de billetes. Se dio la vuelta y caminó hacia el coche de caballos que le esperaba en el borde del camino; sostuvo la portezuela abierta y ordenó a la muchacha que subiese. Ella corrió con pasos cortos, pasó por debajo del brazo extendido del hombre y se acurrucó en el extremo más alejado del asiento. Durante el trayecto no se hablaron, no se miraron.
Cuando llegaron a la casona, la acompañó hasta las cocinas. El hombre dio una voz y de entre unos cortinones raídos surgió una mujeruca vieja y encorvada.
Báñala y fíjate en lo que ya sabes. Después me la llevas a la habitación.
La anciana se encorvó aún más en una mezcla de reverencia y asentimiento.
Él subió a sus aposentos, se quitó la ropa y observó el reflejo de su desnudez marchita, de su piel amarillenta y ajada, de su miembro arrugado e inane. Tomó un baño y se envolvió en un albornoz del color de las granadas. Después encendió un cigarro y aguardó.
Media hora más tarde unos golpes débiles le desenredaron de las guedejas de humo que lo habían aprisionado.
Entra, mujer.
La miró con la muda pregunta en sus pupilas.
Es virgen, don José.
La voz de la vieja tembló. Quiso decir algo más, pero se limitó a negar con la cabeza. Estaba llorando.
Hazla pasar y vete.
La vieja la empujó con suavidad a través del umbral de la habitación, le acarició el cabello aún húmedo y le susurró unas palabras tranquilizadoras en el oído. Cuando la puerta se cerró, el hombre se acercó a ella y le puso las manos en los hombros, se inclinó y la besó en la frente. Los dedos nudosos deshicieron la lazada del camisón, y el pálido cuerpo de la pequeña fue surgiendo del capullo de seda que se deslizaba hasta sus tobillos.
Más allá de los ventanales, el sol se mantenía en equilibrio sobre el verde horizonte de las campos de trigo. Las nubes batían el cielo con sus alas blancas; un jirón se descolgó de la última de ellas y se detuvo sobre la casa. Sus bordes deshilachados se pintaron de púrpura.
Túmbate en la cama.
La joven obedeció, después giró la cabeza y lo miró. El azul intenso de sus pupilas brilló con reflejos de bronce; en sus ojos no había temor. Él se sentó a su lado y le acarició el vientre hinchado, sintió su calidez suave, la tensa piel bajo sus dedos, el latido de la sangre contra su mano y en su propias sienes. Se fijó en sus pechos apenas insinuados, en los hoyuelos bajo sus clavículas; con la otra mano le sujetó la delgada barbilla y depositó un leve beso en sus labios entreabiertos.
Dime tu nombre... Dímelo, por favor…
Ella apretó con sus pequeñas manos la del hombre contra su vientre desnudo. El corazón de él comenzó a latir cada vez más rápido, como si el espíritu de un gorrión aleteara en su interior; sentía que le faltaba el aliento. Los sollozos que le subían por la garganta se le ahogaban detrás de los labios.
Dímelo…
La muchacha asintió una sola vez y le sonrió.
José cerró los ojos y entonces sus lágrimas se derramaron como una tormenta sobre el vientre de la niña.
 
 
Roberto Sánchez