La alta estela del cometa

   En el año 1472, el astrónomo germano Johan Müller Regiomontano avistó un cometa y, tras muchas cavilaciones, sospechó que también lo habían visto surcar el cielo las gentes que vivían en el año 239 a. C. Cuando fue bautizado tomó su nombre del hijo de un acaudalado fabricante de jabones llamado Edmund Halley, que había nacido cerca de Londres y le gustaba observar el cielo desde muy pequeñito. Este hombre despierto, con los medios de su época, se atrevió a afirmar que aproximadamente cada 76 años el cometa visitaba la Tierra. Como cuentan las enciclopedias, se trata de un cometa grande y brillante que orbita alrededor del Sol y uno de los mejor conocidos y más brillantes cometas de periodo corto del cinturón de Kuiper.
    Esta podría ser la somera biografía de algo inerte como es un cometa y que, con los conocimientos que uno posee, nunca hubiera podido imaginar que fuese eterno. Su melena de fuego ha alumbrado el cielo durante siglos sin perder su fuerza y además, como un familiar lejano, nos visita cada cierto tiempo para saber si estamos bien. Pienso que si fuera un Titán, nuestras pequeñas vidas serían apuntes mínimos en sus diarios contando con que en alguna visita hubiera sabido de nosotros. Serían pequeños detalles de unos familiares lejanos.
    Si uno ve pasar el cometa Halley a principios del siglo XX y vuelve a verlo a encontrarse con él a finales de ese mismo siglo, podemos establecer que su longevidad ha sido excepcional. Y no sólo eso : si además ese hombre vivió la guerra del material – la Primera – y, aún habiendo sido herido varias veces, participa también en la Segunda, sin duda alguna, estamos ante un ser tocado por los dioses y quizá también por las estrellas. Sabemos de hecho que ni él se auguraba tan larga vida en su adolescencia, ya que sus testimonios hacen pensar que no esperaba llegar a la treintena.
   Pero hablemos de este hombre singular que, efectivamente, era un oficial del ejército alemán y algunos le recuerdan como un “anarquista” prusiano que tras la guerra se convierte en un oficial a medio sueldo y se pasea altivo y sin uniforme entre los desempleados hambrientos de aquella Alemania de entreguerras. Este hombre cobró cierto protagonismo en la segunda conflagración que devastó Europa y la puso al borde del colapso. En este caso su participación fue en la retaguardia, lejos de los frentes, en el París ocupado. Allí entró en contacto con muchos artistas y diferentes personalidades del momento. Dicen que frecuentó algunos fumaderos de opio que hicieron que su psique se acercara al lado nebuloso y oculto de la existencia, que se evadiera del Tiempo a este lado del muro. Otra cosa sabida es que ayudó a las gentes que por su condición de judíos, principalmente, debían huir del alargado brazo del ejército de ocupación- sin olvidar que él era uno de sus miembros-, y de los omnipresentes servicios de información que hacían especial hincapié en el origen semita de la población, de ese gran cedazo logístico que los ponía en trenes para conducirlos a un seguro exterminio.
    Tras la devastación de la Segunda se dedicó a lo que verdaderamente le interesaba como eran la literatura, la entomología, es decir, cualquier saber que ensanchara su espíritu; también son destacables sus experiencias con las drogas – probó con su amigo Hoffmann, el creador del ácido lisérgico, los efectos de esta droga en varias sesiones controladas en su consulta –. Algunos piensan – yo me encuentro entre ellos - que estos viajes a otros mundos mágicos hicieron más larga y fecunda su vida.
    También están ahí la escritura de libros, la reflexión y los viajes a los lugares más exóticos y dispares del mundo con objeto de ensanchar sus experiencias. Pasaron los años -muchos- y siguió cultivando su fe, su camino, la literatura, disfrutando de los buenos vinos y los buenos cigarros como si la vida no tuviera final, como si el Paraíso hubiera abierto sus alas sobre esta tierra.
    Nos preguntamos acerca de dónde pudo estar el secreto de una larga vida después de tanto tiempo y tanto sufrimiento. Buscando alguna explicación plausible, como corresponde a nuestra condición racional, sólo hemos encontrado algo definitivo en un hecho del 20 de julio de 1944.
    Unos cuantos hombres - conspiradores, militares de alta graduación y aristócratas- fieles a su país y a su conciencia, estaban preparados para asesinar al hombre que los había metido en el aquel atolladero.
    Un oficial, lisiado en el Afrikakorps y de apellido Stauffenberg, sería el autor material del magnicidio. Otro militar, de cuna aristocrática y apellidado Boeselager, probaría previamente varias clases de explosivos daneses, italianos, franceses, polacos para decantarse por los mejores, los ingleses. Hizo el envío de dos maletas que debían estar guardadas hasta la fecha señalada. Este oficial estaba por aquel entonces en el frente ruso y lo abandonaría ese día después de la hora convenida al mando de mil jinetes con objeto de alcanzar un aeródromo de la retaguardia para volar a Berlín y así poder ayudar a los rebeldes después del atentado. Cuando estaba llegando a este lugar, el cuerpo de guardia lo oyó y salió de la garita. Se cuadraron ante el oficial Boeselager mientras éste descendía del caballo. Uno de ellos le daría entonces un pequeño papel con un mensaje corto pero inquietante. El conjurado lo abrió y leyó :

“Todos están en la vieja fosa”

Su rostro se endureció, según cuenta un testigo presente, y trato de ocultar entonces la sombra de angustia que había penetrado en sus ojos para no abandonarlos en mucho tiempo. La imagen de su familia vino a su mente rápidamente. “Qué será de ellos” pensó.
    Se sabe que tras el suceso le presentaron al Führer una lista de los presuntos autores intelectuales de la conjura. Dicen que estaba más dolido aquella tarde por la traición de sus propios hombres que por las heridas sufridas en su brazo y pierna derechas. Mientras acariciaba a un perrazo imponente pensaba en el pequeño gesto que lo había salvado : alguien había movido sin advertirlo la cartera de los explosivos a un lugar más lejano del que él ocupaba en el bunker. Sabemos que como Stauffenberg estaba físicamente impedido no pudo activar las dos maletas como era el objetivo inicial. Quizá en este caso, el magnicidio se hubiera consumado con éxito.
    El médico que atendía al Führer hizo hincapié en que debía reposar y abandonar todos los asuntos durante unas horas, tal vez algunos días. Su secretario seguía leyendo los nombres de los oficiales que el servicio de inteligencia había confeccionado tras algunos interrogatorios a las personas adecuadas. Cinco mil personas, entre implicados y familiares fueron asesinados o obligados a matarse como es el caso del general Edwin Rommel más conocido como el zorro del desierto.
Cuando leyó en el papel : “Ernst Jünger, oficial destacado en la ciudad de París”, una llama pequeña fulguró en los ojos del caudillo alemán. Jünger era un reputado mando del ejército por aquel entonces. Había escrito algunos ensayos como “El trabajador”, preludio de la era naciente en la que esa figura se haría con el poder absoluto en todo el mundo, y otro sobre su conocida experiencia en la primera guerra titulado “Tempestades de acero”. Algunos estudiosos de su obra ven en el primero la aplicación de la teoría nietzscheana del Superhombre encarnado en una nueva y moderna figura. El nazismo, sin duda, se veía retratado en aquel texto y pronto se dieron cuenta Hitler y Goebbels de lo útil y bello que era aquel retrato para sus fines totalitarios. El régimen le ofreció un puesto en la Academia Alemana de las letras pero enigmáticamente Jünger lo rechazó.
No era un soldado cualquiera. Su cabeza estaba muy bien amueblada y eso para el régimen del tercer Reich era un orgullo. Se había movido en círculos de excelencia en su destino parisino. No es que fuera un hombre puesto en duda por el régimen pero era conocida su ambición por nadar contracorriente, por ser y permanecer como un emboscado allá donde se moviese. Tampoco hay que olvidar que mantenía amistad con la mayor parte de los conjurados.
Tras un silencio, que hacía presagiar pensamientos encontrados, el Führer dijo a su Secretario :

  - A Junger no me lo toquéis.

Y así fue, ni en ese momento ni después ya que la gran Alemania cayó en una estrepitosa derrota y su caudillo se inmoló antes de pagar como directo responsable de ella. La muerte también había oído el mandato del hombre del gran mostacho oscuro y la mirada torva.
    Ernst Jünger salió del ejército y siguió la estela alta y clara del cometa que marcó su adolescencia. Lo vio pasar de nuevo en la última visita del año 1986 cuando ya contaba los 91 años. Se había retirado hace tiempo del mundo para vivir aislado en un pueblecito conocido como Wifinglen, sin teléfono ni posibilidad de ser molestado en una casa que perteneció a su amigo Stauffenberg.
    El 18 de febrero de 1998, el Frankfurte Allgemeine publicaba “Ernst Junger Gestorben” en unas austeras ocho columnas. Pensé : “Cómo habrían sido sus últimos días después de haber vivido 103 años y de haber visto tantas gentes, sucesos y cosas.”
    Aunque sus libros me hacen compañía el misterio de su muerte me sigue conmoviendo. Había pasado aquende el muro del Tiempo que es cómo él mismo calificaba el tránsito entre este mundo y el otro. Sabemos que descansa en paz, un merecido descanso tras un larga y sorda batalla contra el Tiempo.
 

El maestresala