La causa

El cadáver se encontraba en posición decúbito supino, con los brazos extendidos en cruz y las piernas abiertas en compás. El informe provisional del perito forense certifica que la muerte se produjo por las múltiples y graves heridas provocadas en el rostro y tórax por lo que parece un disparo de postas efectuado desde corta distancia. El cuerpo presentaba también una herida inciso-contusa en la región parietal derecha del cráneo, probablemente producida por un golpe efectuado por la espalda por un hombre diestro de estatura algo superior a la de la víctima. Su arma estaba caída en el suelo a pocos centímetros de su mano derecha si bien no había sido disparada.

 

- ¿Usted estaba presente cuando marcharon?

- No, aún estaba acostada.

- Entonces, sus declaraciones anteriores…

- ¿Qué?

- Usted dijo que salieron cinco personas al despuntar el alba y se encaminaron por el oeste hacia la vega.

- Si, fue lo que me contaron.

- Pero no lo vio personalmente.

- No.

- Entiendo. ¿Quién se lo dijo?

- Mi marido.

- También fue su marido la última persona que vio con vida a su hermano…

- ¿Qué quiere decir con eso?

- Sólo estoy poniendo en orden…

- ¡No estará insinuando que mi marido asesinó a mi hermano!

- Señora Murillo, me limito a constatar qué son hechos y qué conjeturas.

 

Permanece al borde de la sima mientras se escuchan los ecos que devuelve el caprichoso perfil de sus paredes, cada vez más débiles y espaciados. Al fin la negra boca se encierra en un silencio mineral y obstinado. Aún da un paso prudente y se asoma a la oscura garganta como queriendo atravesar la oscuridad hasta la entraña misma de la Tierra. Entonces se vuelve y baja resbalando por el pedregal hacia el llano en que pasta su montura, una mula parda de traza enferma. Enrolla las riendas en su mano diestra y con el cabo da un par de reveses en el lomo de la bestia, que se pone perezosamente en marcha. El descenso desde el collado no ofrece dificultad a este hombre acostumbrado a la textura vacilante de la hierba y las aristas traidoras de las peñas. Al fin, alcanzada la senda del valle y antes de que desaparezca de la vista el roquedal, se gira por última vez, comprueba que nadie le ha seguido y continúa la marcha, seguro de que la sierra guardará su secreto hasta el fin de los tiempos.

 

- Y además de su marido y su hermano, ¿puede asegurar que los otros participantes eran los que señaló en su primera declaración?

- Ya no sé que decirle, eso fue lo que me contaron pero, como le digo, yo a esa hora seguía en la cama.

- Ya. ¿También fue su marido el que le dijo quienes le acompañaban?

- Si.

- Y eran amigos suyos de la ciudad.

- Si.

- Pero se marcharon de la finca antes de que yo llegara.

- Si.

- Entiendo Probablemente sabrá facilitarme la forma de ponerme al habla con ellos.

- Mi marido podrá hacerlo, yo les conozco casi de vista.

- ¿Y dónde se encuentra ahora su marido?

- Ha ido a ver al párroco de Burguillo para arreglar lo de las exequias.

- Ya… ¡demonios, qué coincidencia!

 

Está completamente confirmado que el hermano político de la víctima había alcanzado un nivel del endeudamiento que no podía afrontar con sus ingresos regulares. También ha sido comprobado que había vendido recientemente algunos objetos del patrimonio familiar (ignora este instructor si con conocimiento de su cónyuge) por un importe muy inferior a su valor de mercado. No se puede ignorar que la muerte sin descendencia de su cuñado convierte a su esposa en heredera universal de los títulos y el resto del acervo económico de los Murillo, del que podría disponer el ahora duque consorte sin restricción alguna, ya que la titular de tales derechos ha demostrado su incapacidad o desinterés por la administración.

 

Camina por el margen de la senda para no dejar huellas, calzado con unas abarcas gastadas y sucias que parecen parte indivisible de sus pies. La mula le sigue con la cabeza gacha, no se sabe si pesarosa de su suerte o agotada por la carga. Nada tiene de extraño su caminar por la falda de la sierra y sin embargo el hombre afila los ojos y escruta a los lados sin girar la cabeza. Cuando el regato se presenta cortando perpendicularmente a la trocha, introduce los pies en el agua como si quisiera refrescarlos y se agacha para mirar con disimulo en todas direcciones y escuchar, como sólo saben hacer los hombres de campo, las señales que le ofrece la naturaleza. Más tarde, prosigue su camino por la corriente estrecha hasta que, un centenar de metros más abajo, abandona su curso y se adentra en una extensión rocosa y plana. La montura rezonga un instante clavando los cuartos y moviendo la testa, pero un chasquido del hombre y un tirón de las riendas consiguen hacerla avanzar por la superficie irregular y áspera.

 

- Entonces, usted se hallaba lejos cuando sonó el disparo.

- Así es.

- ¿Lo escuchó desde donde se encontraba?

- Bueno, oí la detonación y al principio pensé que era de la otra pareja aunque sonó por donde había venido. Me extrañó que Miguel hubiese disparado, pero en fin, estábamos de cacería. Es natural escuchar disparos.

- Ya. Dice que le extrañó que su cuñado hubiese disparado, pero no volvió a comprobar si había ocurrido algo.

- ¿Por qué debería haberlo hecho? Le repito, estábamos de cacería, disparar no tiene nada de raro.

- Sin embargo a usted le extrañó que lo hubiese hecho su cuñado. ¿Por qué?

- Bueno, él no era muy diestro con las armas, y además estaba un poco indispuesto.

- ¿Estaba borracho?

- No quiero decir eso, había estado bebiendo la víspera como hacía todos los sábados, y no sé si habría llegado a dormir un par de horas.

- Y usted le dejó solo y armado.

- Sargento, yo era el marido de su hermana, no su padre. Él se había empeñado en acompañarnos y no le encontré tan mal como para negárselo. Sinceramente, pensé que se dormiría en cuanto le dejara sólo en el cobijo.

- Pero no le extrañó escuchar el disparo.

- Y dale…

 

Según información obtenida del personal de servicio, los otros dos cazadores son amigos del marido de la señora Murillo. No era –dicen las mismas fuentes- la primera vez que los veían por la finca, aunque desde hacía un par de temporadas no habían recalado por allí. Desconocen el grado de parentesco que pudiera unirlos, aunque la familiaridad en el trato les hace suponer que es alto. Ninguna presenció su partida, pues no se levantaron para ayudar en los preparativos por expreso deseo del “señor”, como denominan al cuñado de la víctima, al que significativamente se refieren como “el señorito” a pesar de ser tan solo tres años más joven, lo que parece indicar un tipo distinto de autoridad sobre ellas. Igualmente denominan a su mujer “la señorita” no obstante ser la titular de los derechos de propiedad al haber fallecido su madre hace pocos meses. No parecen tener demasiado afecto al “señor” a diferencia de lo que ocurre con su esposa y el desdichado hermano de ésta. El quinto miembro de la partida es el hijo de un aparcero, un muchacho parco en palabras al que no ha sido sencillo tomar testimonio. Vive a una considerable distancia de la mansión de la familia, aunque dentro de los términos de la finca, en una construcción pequeña y pobre de una sola planta, junto a su padre viudo y a dos hermanas menores. Parece por completo ajeno e indiferente.

 

- ¿A qué hora salisteis de la casa?

- Antes del alba.

- ¿No había asomo de luz en el cielo todavía?

- No.

- ¿Siempre salíais tan temprano?

- Más o menos.

- ¿No había nadie de la casa levantado?

- No.

- ¿Habías acompañado al señor otras veces?

- Si.

- ¿Solía cazar solo o con el señorito?

- Según.

- Las más de las veces.

- Solo, creo.

- ¿Siempre le acompañabas tú?

- No sé.

- ¿No sabes si salía sin ti alguna vez?

- No.

- Ya. ¿Qué tal te trataba?

- Normal.

- ¿Qué quiere decir normal?

- Pues normal.

- No te cae muy bien ¿verdad?

- Ni bien ni mal.

- ¿Y el señorito?

- Igual.

- ¿Ni bien ni mal?

- Si.

- Pero si tuvieses que elegir con quien salir a cazar, ¿a quien preferirías?

- No puedo elegir al difunto.

- Ya me entiendes, es un suponer.

- Me es igual.

-¿Te pagaba por acompañarle

- Si.

- ¿Cuánto?

- Una propina.

- ¿Sólo una propina? ¿No cobrabas un jornal por ir con él?

- No.

- Se quedaron en un aprisco y tú continuaste con los otros dos, ¿no es así?

- No es un aprisco.

- Bueno, un refugio, como se llame, ¿tu continuaste con los otros si o no?

- Si.

- ¿Y tardasteis mucho en regresar?

- Bastante.

- Y cuando no los visteis en donde los habíais dejado ¿qué hicisteis?

- Seguir.

- ¿Hasta la casa?

- Si.

- ¿Es reciente esa cicatriz?

- Si.

- ¿Cómo te la hiciste?

- Con una rama.

- No pareces muy afectado por la muerte del señorito.

 

Los otros dos cazadores dicen tener una relación intermitente con el marido de la señora Murillo. Afirman conocerle desde hace bastantes años y compartir con él la afición por la caza. También aseguran haberle prestado dinero en algunas ocasiones, que no siempre ha sido fácil de recuperar. Manifiestan haberse marchado antes de mi llegada sin premeditación ni intencionalidad alguna, tan sólo movidos por el deseo de “no estorbar” en esos momentos ya que si se exceptúan las salidas de caza, su relación con la familia y especialmente con la hermana del difunto, era escasa. Han hecho entrega de sus armas a este instructor sin demostrar resistencia o inquietud alguna. El perito ha certificado que ambas son incompatibles con el tipo de munición usada en el crimen, así como que los residuos presentes en las mismas tienen una antigüedad coherente con la fecha en que ocurrieron los hechos. Declaran no tener más armamento que ese, lo que está pendiente de confirmar.

 

Llega a la casucha y amarra a la mula en una anilla ruginosa que cuelga de la pared encalada. Se desata las abarcas y las pone a secar sobre una piedra. Descorre la basta cortina y entra en el interior oscuro y fresco. El muchacho le mira un instante y continúa faenando sentado. Un poco después y sin dejar su tarea pregunta:

- ¿Recogiste todos los guijarros que fui dejando?

- Si.

- ¿No dejaste ninguno?

- Te digo que no. Además, ¿qué tiene de particular una piedra en el campo?

- El chico se rasca la cicatriz de la mejilla y continúa:

- ¿A qué sima tiraste la bocarda?

- ¿Qué más da eso?

- ¿Comprobaste que llegó bien abajo?

- Claro, deja de temer.

El hombre aparta el visillo blanco clavado en un dintel que, de tan irregular, parece dentado. Se asoma y mira a la niña, afanada en guardar su ropa en un serón de cáñamo.

Sus pequeñas manos estiran las prendas con delicadeza observadas por sus ojos, menguados y húmedos, única presencia de vida en el rostro inerte.

- ¿Estás lista?

- Casi.

- Estarás bien en el convento. Tu tía sabrá cuidar de ti.

La barbilla de la niña se arruga y tiembla y una lágrima gruesa se arrastra despacio por la piel de su cara, alcanza la quijada, se suelta, salva el obstáculo de los hinchados pechos y revienta sobre el vientre redondo y abultado.

 

 

Carlos Fernández