Basilio

Una bruñida mañana de primavera, el sol inundaba de una luz turbia las copas de las encinas, las carrascas, los alcornoques, los melojos, propiciando un efecto irreal, lento, eterno. Basilio caminaba parsimonioso por la senda polvorienta que une su casa con la choza de la Dehesa. Mientras calentaba la panceta para el desayuno, se había propuesto terminar ya con el recuento de los marranos de Don Jorge. Alcanzó el prado del arroyo dispuesto a conseguirlo. Llevaba acotados tres encinares y anotados cuatrocientos treinta y tres marranos de diferentes tamaños. Se notaba cansado y de su frente requemada brotaban torrentes de sudor que empapaban el pañuelo que llevaba anudado al cuello. Se acercó al arroyo a refrescarse. Le costó desanudarse el pañuelo nervado y pellejo. Bebió con mesura y a pequeños sorbos cantarines hasta que el agua ya no sabía a sal. Lió un cigarro con un picado gordo para escupir como a él le gustaba. Fumaba concentrado, guiñando el ojo del humo, masculinamente serio. Volaba el gavilán raudo, sediento. Al fondo junto al matorral, detrás del tomillero, un grupo de perdices prestas, cobrizas y más al fondo el conejo. Por la izquierda un chasquido, giró la cabeza y columbró a Matías que saludaba. Venía ligero con la vara de avellano en ristre.

- Parece que calienta más de la cuenta.
- Sí.
- Qué, ¿de recuento?
- Hoy acabo.
- Y ¿el hijo?
- Le ha salido un apaño para vender móviles en Talavera. Dice que da dinero a poco que te espabiles.
Matías se protegió la vista para otear el frente.
- Dicen que en nada se contarán los marranos desde el aire, con un avión que saca fotos y los marca.
- ¿Eso dicen?
- Sí, y que en una mañana te cuenta los marranos de la dehesa entera y además sin errar.

Basilio tiró el cigarro, pisó la colilla, escupió la última brizna de picado y se anudó de nuevo el pañuelo. Se marchaba a la faena.
- Pues vaya con los aviones.

Joseba Molinero