Brevedades fantásticas

EL HOMBRE se acercó la taza a los labios. Apenas había dado un sorbo al café hirviente cuando uno de sus ojos le resbaló por la mejilla y se sumergió en el líquido humeante. Apurado, dejó la taza sobre la mesa y, agitando los brazos, empezó a gritar: "¡Me quemo, me quemo!"

EL CARTERISTA se aproximó con disimulo a su víctima. Se detuvo detrás de ella y con un ágil aletear de dedos abrió la cerradura del bolso. Despacio, muy despacio fue introduciendo la mano en él y comenzó a tantear en su interior. De repente un tremendo escozor le atenazó la muñeca. El semáforo cambió y la mujer del bolso empezó a caminar mientras le lanzaba una mirada de reojo. Una sonrisa irónica asomó a sus labios. El carterista quiso gritar que le robaban la mano, pero cayó al suelo antes de poder hacerlo, muerto de vergüenza.

EL TIPO del cuadro se parecía mucho a mí. Sí, sí que se parecía. Si me hubiera dejado una perilla y colocado unas antiparras como las suyas, se habría podido decir que éramos la misma persona. Pero la pintura era de 1646, así que el hombre del cuadro estaba muerto y bien muerto. Y desde hacía mucho tiempo. Mientras me dirigía hacia la salida del museo todos comenzaron a mirarme de una forma extraña. El agente de seguridad corrió detrás de mí. "¡Oiga, vuelva usted al cuadro ahora mismo!", chillaba. Pensé que sería mejor hacerle caso.

NUESTRAS VENTANAS se vigilaban sobre el patio de luces. Cada noche, a la misma hora, mi vecino encendía la solitaria fluorescente de su cocina. Le veía trastear mientras parecía prepararse algo de cenar. Luego pasaba al comedor, se sentaba a la mesa y allí contemplaba su plato, siempre
vacío, durante un largo rato. Después las lámparas de su domicilio se apagaban, pero podía apreciar el brillo de sus ojos observándome desde el fondo del salón. Ayer me lo encontré en la escalera y me invitó a cenar en su casa. No sé por qué, pero no fui capaz de rechazar el ofrecimiento. De todas formas debí traer algo para abrigarme. En esta nevera hace mucho frío.

MARIVÍ se ató un extremo de la cuerda al cuello. Después sujetó el otro a la lavadora con varias vueltas y nudos. Se dirigió hasta la ventana y la abrió. El ruido del tráfico espantó una imagen de su mente, algo tal vez no muy importante, pero que ahora se escapa entre los vericuetos de ruedas y pies en la calle. Aquel olvido le causó un leve desasosiego que trató de desterrar de su estómago. Se encaramó en el alféizar y contó los diez pisos que le separaban de la calle. La soga detendría su caída a la altura del segundo piso. Lo había calculado. Justo delante del dormitorio de Cayetana Martínez. Y Cayetana no estaría sola. No. Eso también lo había calculado. "Estará con el cabrón de mi marido", se sonrió. Echó un último vistazo a la alcoba, aspiró una bocanada de aire y se arrojó al vacío. Cuando pasaba por delante de la ventana de Maite, la del 4º, recordó que la lavadora estaba llena de ropa sucia.

 

Roberto Sánchez