Cabohorneros de latón y terciopelo

La ciudad viste una niebla príncipe de gales, gris confederado. La ría hace de corbata parda pero difícilmente se divisa desde el puente del Arenal, por donde paso completamente desapercibido. Nadie repara en mí, ya por la espesa niebla, ya por la distracción que suponen, para los ciudadanos comunes, los fenómenos meteorológicos más acusados de lo habitual. Aunque tengo que reconocer que esto no es una calima veraniega ó una neblina matinal; es un nieblón de alta mar en toda regla, que más parece que haya llegado cargado en gabarras desde el Abra que sido producido por efectos naturales.

Voy acercándome a la plaza donde monta guardia el Caballero, casi a tientas y algo confundido por la llamada del afilador, que parece llegar de todas partes, y, siguiendo el aroma del Café, alcanzo la puerta giratoria que actúa como barrera contra los elementos, que se quedan en la calle algo decepcionados.

Me siento bajo el cartel de Mazzantini, confiando en que parte del sol que pregona seque esta humedad que me he traido puesta en las rodillas. En seguida, Elías, con esa distancia aristocrática que solo es patrimonio de los profesionales, me trae: el anís y la prensa metálica de la tarde.

MATANZA DEL DÍA DE SAN VALENTIN.

La banda de Bugs Moran ametrallada por los sicarios de Al Capone. Fuentes policiales relacionan el hecho con el control del contrabando de un licor rojizo, de procedencia desconocida.

- ¡Señor, cómo está el mundo! ¡Buenas tardes, D. Miguel!

Cotidio me despierta de mis sueños de contrabandistas, leyes secas y metralletas de cargador redondo, mientras despliega su industria.

- ¡Hola, Cotidio! ¿Cómo va el negocio?

Un griterío, bajo el espejo convexo, corta nuestra conversación...

- ¡Sátiro! ¡Sobón! ¡Te voy a cortar...!

La lotera está dándole un repaso fino a un marinero inolvidable: viste pantalones de mahón, camiseta de rayas y un tabardo cruzado con botones negros. Es alto, robusto, un poco encorvado y se esconde detrás de la melena y la barba, ambas erizadas de canas blancas, que le suavizan la tez colorada y aguachirlan el verde oscuro de sus ojos. Mientras tanto, Carmen, con la cabeza gacha y hundida entre los hombros, mira a su alrededor tratando de entender lo que está sucediendo.

- Cotidio, acércate, por favor, y rescata a ese buen hombre antes de que Begoña le corte algo.

Sufriendo algunos empujones y bastantes improperios, Cotidio cumple su cometido y sienta al marino en el escaño de terciopelo.

- Descanse un momento con nosotros Sr...

- Ripper. Jack Ripper.

- Encantado. Él es Cotidio y a mí puede llamarme D. Miguel. Y perdone la curiosidad, pero: ¿cómo se ha enzarzado en una discusión con ese demonio con bragas?

- Sólo quería un cuarterón de picado y como la chica estaba, distraida, hablando con esa mujer tan fea; he agarrado a la cigarrera por el brazo para llamar su atención y ahí ha empezado todo.

- ¡Desde luego! Ya eres atrevido, con lo celosa que es Begoña de su muñequita, pero tu qué vas a saber ¿verdad, D. Miguel?

- No seas así, Cotidio, algo sabrá Mr. Ripper, que tiene aspecto de haber corrido mucho mundo. Y lo digo por el zarcillo, que me parece algo exótico en estos tiempos que vivimos. ¿Es alguna costumbre melanesia?

- No, D. Miguel. Los marinos ingleses, que hemos doblado el cabo de Hornos, tenemos derecho a llevar un pendiente de oro y a llamarnos cabohorneros.

Elías se acerca con un pacharán para el cabohornero.

- Hay que ver que rebuscados son Uds., los ingleses, ¿no sería más sencillo atravesar el canal de Panamá?.

- ¿Y qué me dice de la aventura, del desafío de luchar contra el viento y superar los rugientes farallones de agua que separan los dos océanos?.

- Que más peligroso es enfrentarse a diario con una mujer en las situaciones cotidianas y, en principio, inofensivas que se plantean en la vida.

- Tiene razón, pero con un poco de experiencia y capacidad de observación, las mujeres se comportan como corderitas, deseosas de ramonear las perneras de los pantalones de los hombres.

- No sé que decirle. Lo que he visto hacer a Begoña hace un momento me ha parecido de todo, menos que le estuviera ramoneando nada a Ud. La verdad.

- He hablado de mujeres, el caso de las tortilleras es diferente y bastante más complicado.
- D. Miguel no sea tan picajoso y deje que se explica. Igual todavía aprendemos algo. Sigue, Jack, majo.

- Verán, la mujer es el ser de la creación con mayor coeficiente de encefalización ...

- ¿Coequé de encefaqué?.

- Ahora no le interrumpas tú, Cotidio.

- La encefalización representa la relación entre la masa del cerebro respecto de la del cuerpo. Por ejemplo, los dinosaurios tenían una baja encefalización: su cerebro pesaba unos pocos kilos y su cuerpo muchas toneladas, así si dividen un peso entre otro y lo multiplican por cien, podría decirse que la encefalización de aquéllos grandes seres que dominaron en mundo, no representa más que unas centésimas por ciento. Los hombres, por el contrario, pueden alcanzar valores superiores al 2 por ciento y, fíjense, las mujeres alcanzan el 3 por ciento.

- Creo entender que está proponiendo que las mujeres son más inteligentes que los hombres, pero esa pequeña diferencia en dicho coeficiente no debe ser determinante para respaldar, con contundencia, su afirmación.

- ¿Y si le digo que la diferencia entre los porcentajes de encefalización de los chimpancés y los hombres es menor que ese uno por ciento de diferencia entre hombres y mujeres?

Cotidio y Elías se encuentran en una especie de trance, rebuscando en su cerebro alguna imagen que pueda adecuarse a la conferencia que ha dado el sociólogo de ocasión en que se ha convertido el marinero. Yo prefiero apurar el anís, que actúa como anestésico ante tamaña sucesión de desatinos.
- Tonterías, los hombres controlan la sociedad y el gobierno, han explorado el planeta, inventan máquinas voladoras, han plasmado la belleza y el horror sobre lienzo y papel... y las mujeres...las mujeres...

- Las mujeres han disfrutado de todo ello sin ningún esfuerzo. Aunque, déjenme que se lo aclare. La mujer tiene un mecanismo sicológico que bloquea cualquier pensamiento creativo, sería un gasto de energía innecesario, más aún cuando tiene a su disposición un títere perfectamente capacitado para ello. ¿Quieren ejemplos?: ¡Tengo frío!, el hombre controla el fuego. ¡Estoy cansada!, el hombre inventa la rueda. ¡Qué bonita es esta cosa amarilla!, el hombre desarrolla la metalurgia del oro. ¡Este cuchillo no corta!, el hombre comienza a trabajar el hierro. ¡Cuanto mejor que nosotros viven los pepeslavos!, el hombre va a la guerra ... y así podríamos analizar la historia completa de la Humanidad.

- El hombre no es más que un mero instrumento de la mujer, sin ella seguiríamos en el paraíso, haciendo lo que realmente nos gusta: nada y meternos el dedo en la nariz.

- ...y.. el amor,.. la ternura, la pasión...

- ¿Amor? ¿Siente Ud. amor por su perro? ¿Le causa ternura su gato? Le arrebata de pasión una mirada del burro que tira del carro de las perolas? Las mujeres únicamente entienden de sentimientos, y no precisamente positivos, entre ellas: envidia, rencor y desprecio son los más comunes.

- Respecto de los hombres, creo que es evidente que los eligen según las aportaciones que puedan hacer para satisfacer sus caprichos.

-Pero está la procreación, la perpetuación de la especie.

- Sí, ese es un mal trago que pasan, acuérdese de la mirada de pasión del burro del lechero. Aunque lo superan fácilmente pensando que no pueden quedarse sin tener hijos, cuando su vecina ya los tiene...

- Y pronto encontrarán a algún mentecato que desarrolle un método de reproducción sexual sin sexo, de forma que solo haya un semental en cada provincia para que las mozas se queden preñadas.

- ¡Qué desgracia para los hombres! Los niños serán capados al nacer; obviamente, la sociedad hembrista necesitará de estos capones que impidan que el mundo vuelva a la Edad de Piedra, pero su influencia en la sociedad será aún menor que en la actualidad.

- ¡Pero, Señor, qué insensateces! Si las mujeres necesitan el consentimiento del padre o del marido para realizar la más mínima actividad social.

- Don Miguel, no sea ingenuo. Junto al padre hay una madre y junto al marido: una esposa, que son quienes realmente organizan el cotarro.

- A ver, hablando en plata, Cotidio, a ti ¿qué es lo que más te gusta de la vida?

- ¡Follar! ¡Cómo a todos!

- Y, sé sincero, ¿quién es la persona que elige cuando y como?

- En mi caso nadie, porque desde que me licenciaron del Regimiento de Ligeros de La Habana no me he comido un rosco; pero últimamente he estado cerca de verle la saya a Gertrudis.

- Cotidio acaricia el terciopelo del escaño con ojos soñadores, como si imaginara la tersura de los muslos de Gertrudis en la desgastada tela de los asientos.

- Y ¿Ud. D. Miguel? Me ha parecido que observa a la cigarrera con un interés no demasiado paternal.

- ¡Ejem! No creo que sea este el lugar adecuado para comentar mis aventuras galantes, además ya tengo experiencia suficiente para comprender que entablar relaciones con una mujer es buscar todo tipo de problemas.

- Buena salida, D. Miguel, pero bastante arriesgada, puesto que el comentario femenino general pondrá en duda su masculinidad.

- ¡Oiga Mr. Ripper! ¡Que soy muy macho!.

- No se altere y reflexione. Las mujeres se acicalan para ser observadas por el resto de las mujeres. En efecto, solo una mujer puede apreciar la delicadeza de los pespuntes de una blusa o discernir entre un verde turquesa y otro piscina. Estas sutilezas están vedadas a los hombres que solo podemos demostrar nuestra admiración por las mujeres por medio de las hormonas, con lo que un hombre que no se deje encandilar por los encantos de una mujer, debe ser, de acuerdo con la lógica difusa femenina: un marica.

- ¡Señor, Señor! ¡Hazme sitio entre los franciscanos! En resumidas cuentas, y según Ud., Mr. Ripper, los hombres estamos indefensos frente a las mujeres y nos encontramos abocados a caer en un precipicio cultural que nos llevará a la desaparición como...¿subespecie?.

- ¡Tranquilos!, ya les dije que existe una manera de contener la arrogancia de las hembras y conseguir sus favores sexuales con facilidad.

- Un silencio espeso, como la niebla que espera en la calle, se cuelga de los apliques de latón y hace que los parroquianos nos miremos nerviosos tratando de encontrar la solución de la adivinanza propuesta por el viejo marino, que ahora muestra una sonrisa de colmillos afilados, más propia de una alimaña que del "gentleman" de incógnito que había sido hasta este momento.
El terror.

- ¡Jesús, bendito! ¿¡Qué dice Ud.!?

- Sí, D. Miguel. La mujer es presa de todas las fobias que pueda imaginar: a las arañas, a los ratones, a la oscuridad... ¡Hagan que sientan terror y conseguirán lo que quieran de ellas!

Un gruñido a mi espalda hace que de un respingo. Es Begoña, que se ha acercado a nosotros camino de los retretes, como para afirmar que toda la perorata de Jack no ha sido más que una historia marinera, muy apropiada para impresionar a infelices como nosotros. Cosa que empiezo a creer cuando veo a Cotidio, acunando su cajoncillo de betunes y pienso que sería el último ser capaz de aterrorizar a una mujer.

Jack, sin embargo, se encuentra relajado y oigo su voz calmosa mientras se levanta.

- Disculpen, debo lavarme las manos.

Y baja las escaleras buscando la palangana de Pilatos, por que sabe Dios que no ha dejado títere con cabeza.

- ¡Demonios con el cabohornero! Sí que sabe de mujeres, no como nosotros, D. Miguel:

"Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montando en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.".

- ¿No le parece?

- ¡Venga, venga, Cotidio! Que ya has confesado que, desde Cuba, lo mejor que te ha pasado es la puntilla de Gertrudis, no vengas con romances que aún no se han escrito.
Cotidio ha empezado a lustrarme los zapatos y se encuentra más tranquilo. Elías vuelve a la barra y yo trato de calcular el porcentaje de encefalización que me corresponde, pero me doy cuenta que me falta el dato del peso de mi cerebro.

- Oiga D. Miguel, ¿no le parece que Jack está tardando mucho? ¿Le habrá dado un apreton? ¿Igual los ingleses dicen que van a lavarse las manos y en realidad van a cagar?.

- ¡Que Dios te bendiga, Cotidio!

Nuevos gritos interrumpen nuestra conversación. Esta vez es Gertrudis que sube las escaleras de los servicios, gritando y llorando:

- ¡Está muerta, está muerta!

Don Gordiano sale de la trastienda, bastante malhumorado e increpa a la pobre fregona:

- ¿Qué dices? ¿Estás loca?

Gertrudis solo puede murmurar unas palabras entrecortadas entre hipidos y sollozos.

- Abajo... en el retrete de señoras.

Don Gordiano baja rezongando las escaleras y yo me permito seguirle; Cotidio se acerca tímidamente a Gertrudis y Elías se pone a la cabeza de la patrulla de curiosos que se ha formado entre la clientela.

Don Gordiano avanza decidido hasta la puerta de los servicios y allí se para en seco, emitiendo un ruido gutural y dejándome paso, como cediéndo la responsabilidad en un acto importante, a la vez que se vuelve hacia el pasillo para vomitar, ruidosamente, con olor a cocido medio digerido.
¡Virgen Santa!. Begoña está en suelo, panza arriba, bueno despanzurrada, desde el coño hasta la garganta, abierta de un solo tajo,...

- ¿Cómo le habrá podido cortar el esternón?...

Con las manos crispadas, tratando de agarrar la vida que se le ha escapado; rodeada de un revoltijo de tripas, higado, corazón y pulmones, empantanados en una marisma de sangre. Y con una expresión... ¡Dios mío!... de puro terror.

Dándome la vuelta, cierro la puerta tras de mí. La vomitona de D. Gordiano ha detenido a los curiosos que empiezan a subir la escalera en parejas, comentando la falta de consideración del propietario del local y ajenos, gracias a Dios, a la verdadera tragedia que se ha desarrollado junto a ellos. Me dirijo a D. Gordiano lleno de piedad.

- ¿Podrá esperar aquí a los migueletes y no dejar que pase nadie?

- Descuide, D. Miguel.

Me contesta algo más calmado y contento por poder recuperar su hombría. Inmediatamente, miro a Elías.

- ¿Dónde está el inglés?

- Ha salido hace un momento del excusado de caballeros, secándose las manos y ha subido al café.

Y corro. Corro todo lo que me deja la ciática y llego arriba, donde Cotido abraza a Gertrudis con algo más que buenas intenciones.

- ¿Dónde está el inglés?

Acaba de salir por la puerta de atrás. ¿Verdad, Tula? ¡Pobrecita mía!.
Gertrudis ocupa el lugar del cajoncillo de betunes, permitiendo que los dedos negros de Cotidio busquen su combinación por debajo de la falda.

Voy hacia la puerta pero Carmen se interpone en mi camino y me abraza.

- No vaya, D. Miguel. No me deje sola.

Me retiene clavándome los pitones en el pecho, haciéndome desfallecer y pensar que Jack tenía razón. Muy a mi pesar, me libro de sus brazos con un corto:

- ¡Espérame aquí!.

Salgo a la calle y la niebla me envuelve. Es imposible saber hacia donde ha ido. Solo puedo escuchar la llamada del afilador, que silba algo parecido a "Rule Britannia". En algún lugar, Jack está afilando su cuchillo.

NOTA: Esta es una historia apócrifa, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
 

Miguel San José