Cuatro equívocos sin importancia

EQUÍVOCO I:
DÍAS DE LLUVIA

Los días de lluvia en la ciudad son peligrosos. Apenas las nubes han iniciado su alivio y pareciera que del cielo cayese fuego y no agua. Las calles quedan repletas de seres humanos que corren en todas direcciones, tratando de resguardarse, sin mirar a ningún sitio más allá de la puntera de sus zapatos, atropellando a todo aquél que arriesgue interponerse en su búsqueda de protección. Los paraguas florecen, los impermeables relucen. Las solapas de las chaquetas se levantan, los cuellos encogen. Los hombros se elevan, las chepas crecen.
Los días de lluvia en la ciudad son peligrosos. En esos tiempos surge de entre la masa humana una facción especialmente violenta y vehemente: son las viejas con paraguas. Estos seres no atienden a razones. No tienen alma. Ni escrúpulos. Ni piedad. Son inmisericordes. Caminan en línea recta, la vista perdida en la memoria de su última confesión, con las varillas de sus artefactos asesinos justo a la altura de tus ojos; ajenas a cualquiera que tenga la desgracia de cruzarse en su camino.
Aquella mañana de aguaceros pertinaces yo fui uno de esos desgraciados.
He de reconocer que en parte fue culpa mía: la jovencita de carnes trémulas y trotecillo delicado y retemblón -a la que seguía con la vista en el momento de mi calamidad- bien se merecía mi admirativo repaso.
La vieja se me vino encima como un tranvía sin campana. El entrecejo arrugado; un rictus de desprecio en su rostro amojamado; una raya fugaz delante de mis ojos, y mis gafas fueron a parar a una alcantarilla.
Tengo nueve dioptrías en el ojo bueno.
Durante casi un minuto permanecí plantado en medio de la acera, sin moverme, empapándome y con una mano cubriéndome los ojos. Y recibiendo numerosos empujones y algún que otro improperio. Lo que antes era claro y nítido se había convertido en una bruma espesa entre la que se apresuraban fantasmas grisáceos. Estaba desorientado, sin saber cómo reaccionar.
Por fortuna me encontraba cerca mi café preferido así que, como buenamente pude, tratando de disimular mi estado de indefensión, conseguí llegar hasta uno de sus asientos de terciopelo verde. Telefoneé a casa y me dispuse a entretener la espera hasta que Fuensanta apareciera con mis gafas de repuesto.
Fuensanta es mi mujer.
Un bulto blanquinegro surgió de la ensalada multicolor que me rodeaba y me preguntó qué deseaba consumir. Su voz me resultó conocida; era Elías, el camarero bizco. Era un hombre siempre atento y servicial con el que, de vez en cuando, mantenía conversaciones intrascendentes. Ordené un café con leche y un plato de almendras saladas, y adopté pose de trascendencia; es decir, lancé mi mirada disminuida hacia el infinito, erguí la espalda, entreabrí los labios ligeramente y enarqué una ceja en un reflejo de la profunda meditación en la que pretendía hallarme sumido.
A mordiscos minúsculos fui devorando las almendritas. Empezaba por la punta y seguía hacia la base. Cada tres almendras me chupaba los dedos con fruición y daba un sorbo a mi café.
Una hora más tarde en el plato sólo quedaban migajas y granitos de sal. Y mi desesperación.
El aburrimiento me chorreaba por todos los poros cuando una forma confusa se sentó a mi lado. Reconocí su perfume al instante: C&K One Unisex. Fuensanta y yo usamos el mismo.
Me giré, fruncí el ceño y entrecerré los párpados en un vano intento de aclarar en algo mi visión. Notaba la calidez de su cuerpo cada vez más próxima. Una mano suave inició una sugestiva caricia sobre mi nuca. Aquella actitud me sorprendió un tanto porque Fuensanta no es precisamente cariñosa; sus comentarios al teléfono cuando le expliqué lo que me había sucedido con las gafas no podrían definirse como tiernos. Y es que Fuensanta no ha sido nunca demasiado femenina ni en absoluto sofisticada.
Como las caricias continuaban, decidí que mi estado de postración la había llevado a mostrar su faceta oculta, y hasta ahora desconocida, de mujer afectuosa.
Acaricié su cabello y discurrí que se lo debía haber cortado aquella misma mañana. En lo que no pudo ser sino una especie de arrebato pasional, Fuensanta se arrojó sobre mí y sus labios se posaron en los míos con ansia y un punto de violencia. Qué extraño, pensé. Mi mujer no fuma y el vello de su bigote no pincha. La pregunta que surgía en mi mente no me llegó a salir de la boca; con una voz grave, netamente masculina, quien yo creía Fuensanta me susurró al oído:
-Me pones a cien, cariño.
Mi sobresalto se disolvió en el grito que me llegó desde la entrada. El perfil ceniciento que así me había hablado emprendió una rápida carrera y se sumergió en la niebla de la que había brotado. Un nuevo alarido me asaltó los tímpanos. Esta vez lo reconocí como claramente originado en mi mujer. Llegó acompañado por un fuerte golpe en la cabeza. La funda con las lentes rebotó en mi regazo.
-Maricón -berreó de nuevo. Y acompañó está única palabra con dos sonoras bofetadas que no vi venir. Cuando me recuperé y logré colocarme las gafas sobre la nariz, aún tuve tiempo de ver el trasero de Fuensanta cruzando como una exhalación la puerta del local.
Aún desconcertado, comprobé que todos los parroquianos del café me miraban. Elías, el camarero bizco, frunció los labios con un mohín lascivo, me guiñó un ojo y me lanzó un beso.

 

EQUÍVOCO II:
EDUVIGIS RELOADED

- ¡Coño! -rezongó el hombre sin dirigirse a nadie en concreto-. Justo ahora tenía que pararse el ascensor. Cuanta más prisa tiene uno...
-Pues sí -le apoyó, comprensiva, la mujer que le acompañaba-. Suele pasar. ¿Usted no vive en el edificio, verdad, joven?
-No, no. Sólo vengo a hacer un trabajito.
-Ya, bueno. A ver si tiene suerte.
- ¿Suerte?
-Sí, es la tercera vez que el ascensor se avería esta semana. La última, tardaron ocho horas en sacar a los vecinos que se quedaron atrapados.
- ¡Ocho horas! -exclamó el individuo-. ¡No me joda!
- ¡Oiga, joven! ¡Sin ofender!
-Perdone, señora. Es una forma de hablar.
-Ya, pues tranquilícese, que no nos queda otra que esperar.
-Estamos buenos. No... Si para una vez que encuentro un chollo, me tiene que pasar esto -murmuró el hombre mirando la solitaria bombilla del techo del ascensor.
- ¿A qué piso va usted, joven?
-Al último, señora -respondió el hombre sin pensar.
- ¿Y qué trabajo le han encargado?
-Eh... Bueno... Pues... Una limpieza integral se podría decir.
- ¡Qué curioso! No sabía que Gertrudis anduviera con esas. No me había dicho nada.
- ¿Gertrudis? -dijo el hombre rascándose la cabeza.
-Sí. Usted va a su casa. Yo también vivo en el último. Somos vecinas desde hace cincuenta años.
-Sí, ¿eh? ¿Y dice que se llama Gertrudis?
-Sí, joven, a mí me lo va a decir después de tanto tiempo.
-Pues sí que es extraño -dijo el hombre un tanto confundido mientras se pellizcaba el lóbulo de la oreja izquierda.
-Ya sabe. Antes ponían unos nombres tan raros que adónde íbamos a parar. Ahora, sin embargo...
- ¿Cómo dice, señora?
-Digo que ahora los nombres son más bellos, más sonoros, más musicales.
-Se me pone usted lírica, señora.
-Sí, es que me estaba acordando de mis nietas. ¿Sabe cómo se llaman?
-No, pero seguro que me lo dice -musitó el hombre cada vez más impaciente.
-Verónica y Beatriz. Bonitos, ¿verdad?
-Sí, señora, sí. Preciosos. ¿Y dice usted que su vecina se llama Gertrudis?
-Ahora que, como los nombres de estas chicas sudamericanas que vienen a España a trabajar... -continuó la mujer ignorando la pregunta de su acompañante-. La chica que trabaja en mi casa, por ejemplo, tiene un nombre precioso, de musa griega.
- ¡Coño! -exclamó el tipo mientras ponía cara de pasmo y una horrible sospecha le germinaba en el estómago-. ¿No será Calíope?
- ¡Uy! Pues sí. ¿Cómo lo ha adivinado?
-Es que soy muy leído, abuela.
-Eso está bien. La gente ya no lee, sólo ve basura en la televisión. Guarras y prostitutas, eso es lo único que quiere la audiencia.
-Tiene usted toda la razón. Toda, toda... -dijo el hombre pensativo, sin hacer demasiado caso a la anciana y sin entender lo que estaba sucediendo. ¿No le había dicho Calíope que la vieja se pasaba las mañanas enteras en misa? ¿O no era aquella vieja, "la vieja"?
-Es agradable conocer a gente a la que le interese la literatura. Y, dígame, joven, ¿qué es lo que está leyendo últimamente?
-Pues... Yo... -los ojos del individuo bailaban por las cuatro paredes del ascensor.
- ¿Le gusta Sartre? -preguntó la vieja.
- ¿Quién?
-Sartre, hombre. Ya sabe, el existencialismo y todo eso. La Beauvoir...
-No... Yo... No, es que no sé. Yo... Ibáñez es mi preferido.
- ¿Ibáñez? ¿El cantante? Vaya, no sabía que también escribiera.
-Eh... Pues sí, sí, también, también. Unos personajes... Tiene unos personajes tan divertidos en sus historias...
-Ya... Ya...¡Qué tiempos aquellos! Claro, usted no los ha conocido, joven, cuando prohibían los conciertos del pobre.
-No, no... ¿Qué pasa? ¿Qué cantaba mal o qué?
- ¡Que gracioso! No, hombre. La dictadura. Ya sabe.
-Ah, claro. La dictadura... Y... Oiga, señora. Usted, ¿cómo me dijo que se llamaba? -preguntó el hombre temiendo lo peor.
- ¡Uy! Tiene usted razón, estamos aquí de cháchara y no nos hemos presentado aún. Mi nombre es Eduvigis, pero me llaman Edu.
La frente del hombre se empezó a cubrir de un velo de sudor.
-Joder... Eduvigis...-murmuró en voz no tan baja como hubiera deseado. Era "la vieja" de Calíope.
-Pues sí, ya ve, lo que le decía antes. Y usted, ¿cuál es su nombre?
-Pedro... Yo sólo me llamo Pedro -contestó el hombre, mustio.
-Vaya, qué casualidad. Como el chico de Calíope.
-Sí, sí, es un nombre muy común.
-Muy devaluado, es verdad -apostilló la anciana-. Y... ¿a qué decía que iba donde Gertrudis?
- ¿Donde quién?
-Gertrudis, mi vecina.
- ¡Ah!... A nada... A nada... -se corrigió de inmediato-. A limpiarle la casa, pero ya no lo tengo tan claro...
-Pues sí, porque ella también tiene una chica que se encarga de las tareas domésticas.
-Será otra musa -comentó el tipo, resignado.
-No, no, ésta es de Cuenca.
-Claro, y en Cuenca no hay musas.
- ¡Qué gracioso! Fíjese que, pensándolo, si quiere, otro día, puede venir a mi casa y hacerme también una limpieza general. Me ha caído usted bien y seguro que no le viene mal un dinerito extra, ¿eh?
-Claro, claro, señora.
- ¡Uy! Ya se mueve el ascensor. Bueno ha sido cortito, ¿no? Y muy agradable la conversación con usted, joven. Se lo digo de verdad.
-Gracias, señora, gracias.

Las puertas del ascensor se abrieron y Eduvigis se encaminó hacia su domicilio. Pedro se hizo el remolón y comenzó a aporrear desesperado el botón de bajada.
-Pero, ¿qué hace, joven? Si este es el piso al que usted va.
Las puertas se cerraron y el hombre lanzó un suspiro de alivio.
-Si lo sabré yo, señora. Si lo sabré yo...

 

EQUÍVOCO III:
ENTRE UNOS CACAHUETES Y UN GIN TONIC

Fermín deambulaba por el enorme atrio de la recepción del hotel. El frío y brillante zócalo de mármol no conseguía mitigar su nerviosismo. Cuando se detenía y miraba los ventanales que se asomaban a la playa próxima, sus ojos bizcos se inundaban de lágrimas ante la imagen reflejada de un individuo sin afeitar, en pantalones cortos y camiseta sudada y con una gorra amarilla de White Label sobre su cabeza. La visión de los huéspedes en traje de baño, tomando el sol, relajados y felices, conseguía que la angustia que le anidaba en el estómago se le transformara en rabia.
Desde que llegó tuvo la intuición de que no había sido buena idea pasar la Semana Santa en aquel lugar. La mirada desdeñosa que el portero dedicó a su coche fue la primera señal. El color azul mosca y los seis mil euros en tunning de su Renault Clío desentonaban algo con el rebaño de Mercedes y Audi que pastaban por allí. Eso era cierto. Pero no justificaba la expresión de asco del empleado del hotel cuando le hizo ver que el estacionamiento estaba reservado sólo para clientes. La palabra "sólo" flotó en el aire, inflada de desdén. Las cejas enarcadas del portero -en un claro gesto de escepticismo- cuando Fermín respondió que él -y aquí se golpeó el pecho con el índice, enfatizando su propia presencia en aquel lugar-, que él era cliente del hotel, fueron la segunda señal.
Y es que ya lo sabía; sabía que tenía que haberse quedado en Mocejón, disfrutando con sus amigos de las vacaciones. Mientras observaba a un grupo de norteamericanas rubias, rollizas y escandalosas abordar el mostrador de la recepción, se imaginó a sí mismo en el pub "El Dorado", con una cerveza fresquita, acodado en la barra y charlando con el Remi. Y más tarde, con el Dani y el Ivan, de excursión en "The Florita's Club", la casa de putas del pueblo. Antes se llamaba "Ca'Florita", pero es que la Flora, con eso de que su hijo estudiaba inglés en Ósfor, le había cambiado el nombre al local. No. Tenía que irse a Cádiz, a un hotel de cinco estrellas GL -gran lujo-. Con oberbuquin, le había dicho el relamido de la recepción; que su reserva no estaba confirmada (esta última palabra la pronunció remarcando cada una de las sílabas, como si Fermín fuera
incapaz de entender su significado); que debía esperar; que tal vez le
tuvieran que trasladar a otro hotel. Cinco horas hacía ya de aquella conversación y nadie se había dignado a ofrecerle más explicaciones.
Las esponjosas norteamericanas fueron engullidas por los ascensores y de repente el atrio sólo estuvo habitado por el leve zumbido de los equipos de aire acondicionado. Y por Fermín. Él en un extremo, fatigado ya de su caminar obsesivo, sentado sobre su maleta. El recepcionista en el otro, atrincherado tras el mostrador. Sus miradas se cruzaron y con un encogimiento de hombros éste último le hizo un gesto a Fermín para que se acercara.
-Caballero -dijo el del hotel con retintín-. Hemos encontrado una solución a su problema.
Fermín caviló que tal vez el problema fuera del hotel, no suyo, y él la víctima. Pero prefirió asentir y mantenerse en un silencio ofendido.
-Hemos pensado que quizá no le importe compartir habitación con una señorita durante una noche.
La señorita partía al día siguiente. Le habían consultado y no había puesto reparos a la solicitud.
Una sonrisa rubia amarilleó el rostro cetrino de Fermín. Sus ojillos bizquearon algo más de lo habitual. Plantó sus manos sobre la superficie del mostrador, como si quisiera darse impulso y saltar al otro lado para abrazar al empleado. Cuando vio el borde renegrido de sus uñas arañando la madera -y la mirada del relamido clavada en ellas-, decidió que sería mejor aparentar un mínimo de dignidad. Frunció el entrecejo con un viso de profunda reflexión, hinchó su cavidad torácica y se enderezó en un intento de disimular la cordillera de su espalda.
Aceptó la propuesta, después de fingir que meditaba en ella el tiempo que estimó suficiente como para dejar a salvo su orgullo de cliente mancillado.
A pesar de su recién adquirida condición de huésped, Fermín tuvo que acompañarse a sí mismo hasta la habitación. Cuando estuvo delante se atusó el pelo y se acomodó el paquete. Tropezó con la maleta y golpeó la puerta con todo el cuerpo.
Parpadeó muchas veces y muy seguidas al contemplar la figura que se le aparecía en el umbral de la habitación. ¡Qué suerte tengo! ¡Qué pibón!
¡Qué noche voy a pasar! Y así durante varios segundos en los que, con el belfo caído, permaneció embobado delante de su anfitriona. Era una chica esbelta, rubia de pelo y tez bronceada. Sus largas y desnudas piernas finalizaban en la minúscula braguita de un bañador azul celeste. Por encima del elástico, un vientre liso del color de las arenas del desierto que invitaba a naufragar en sus dunas. Su ombligo hizo tragar saliva a Fermín. Un top de Calvin Klein cubría su generoso pecho. Los pezones se marcaban por debajo del tejido empujando la C y la K hacia el valle profundo que se abría entre sus senos. El cuello sin final estaba coronado por un rostro deslumbrante. En él se engarzan las esmeraldas de sus ojos, pensó Fermín en un arrebato lírico, recordando seguramente alguna de las escasas lecturas de su adolescencia.
Con una sonrisilla irónica y repasándole de la cabeza a los pies con una mirada aquilatadora, la joven se presentó.
-Hola, buenas noches, me llamo Alejandra, estudio logopedia y estoy sola.
Tenía una voz sensual, un punto grave. Las eses se le desbordaban desde unos labios carnosos que parecían insinuar más de lo que decían. Fermín consiguió reaccionar y sustraerse a la succión de su boca. Balbuceó como pudo.
-Hola, yo soy Fermín y trabajo en la industria agropecuaria.
Se sintió orgulloso de su frase. Lo de ser porquero restaba bastantes puntos ante las mozas. Por hacer algo y tratar de esquivar la mirada escrutadora de la chica, cargó el peso de su cuerpo de una pierna a la otra, metió su mano bajo la camiseta y se rascó su peluda barriga. Un sonido áspero como el de las patas de cien cucarachas golpeteando un tablero surgió de entre sus dedos. Detuvo la chirriante música y trató de iniciar una conversación con la muchacha.
-Así que logopedia. Eso va de los pies, ¿no? -proclamó levantando una ceja. Él era un hombre de mundo.
-No, cariño. En ese caso sería podóloga -respondió ella mientras le cogía de la mano y le acompañaba hacia el interior de la habitación.
- ¡Ah, ya! -dijo Fermín azorado ante la sublime visión de las nalgas desnudas de Alejandra.
La joven se recostó en la cama y colocó los brazos detrás de la cabeza.
Los ojos de Fermín no pudieron eludir la colisión contra lo que apuntaba debajo de la ceñida camiseta.
-Lo mío son los monemas, los morfemas y los sintagmas, cariño-susurró Alejandra.
La miró sin entender nada. Aquellos nombres parecían bautizar enfermedades terminales.
- ¡Ah, ya! -repitió-. ¿Y eso con qué tiene que ver?
Alejandra frunció los labios. Entrecerró los ojos y le contestó mientras con una mano se hacía tirabuzones en el pelo.
-Eso -remarcó la palabra- tiene que ver con usar bien la lengua, amor.
El corazón de Fermín se aceleró y un agradable calor invadió su pecho y su bajo vientre. Acto seguido se vio tumbado en la cama con la mujer cabalgando a horcajadas sobre su barriga. Alejandra se inclinó muy despacio, aproximó sus labios a los de Fermín y le musitó.
- ¿Quieres que te haga un monema?
***
El resto de sus vacaciones Fermín lo vivió en un éxtasis continuo recordando aquella noche con Alejandra.
La última mañana, cuando el relamido del primer día le extendió la factura sobre el mostrador de la recepción, creyó detectar un aire socarrón en su pregunta:
- ¿Se lo ha pasado bien el señor?
Al repasar la nota Fermín tuvo que sujetarse al mostrador. Agazapados entre unos cacahuetes y un gin tonic, bailaron ante sus ojos el monema, el morfema y el sintagma. Y al lado de cada uno la cifra de 900 euros.

 

EQUÍVOCO IV:
LA ÚLTIMA COPA

Serían las cuatro de la mañana cuando decidimos tomar la última copa. Para entonces estaba ya bastante borracho y reconozco que presté mi asentimiento a la idea, más por inercia que por auténticas ganas de continuar la juerga. El ambiente nocturno de la ciudad se había ido transformando a medida que nos adentrábamos por las oscuras callejuelas de aquella barriada. La fauna de la zona se componía en su mayor parte de individuos de sexo masculino, vestidos con camisetas de licra, ceñidas a unos torsos que iban desde la consistencia que da la adicción al gimnasio y a los anabolizantes hasta la flacidez y ternura propia de los adolescentes. Del local en el que entramos sólo recuerdo las luces de neón verde que pregonaban su nombre.
Mis amigos anduvieron secreteando sobre alguna característica peculiar del pub; lo único que sé es que el aire cargado de humo y espeso de sudor, impedía ver poco más que las espaldas y nucas de los parroquianos que a aquellas horas aún lo frecuentaban.
Oí mi propia voz saliendo de una caverna, reverberando en mi cráneo.
-¡Joder! ¡Aquí no hay más que tíos! ¿Dónde están las pibas?
Los últimos ecos de mis palabras se mezclaron con las risas de mis colegas de fiesta. Creo que fue Mario el que dijo:
-Nada de tías, Suso, que luego todo se sabe y tu Rosita es tremenda.
Rosa es un encanto, pero celosa como ninguna. Cuando salimos juntos prefiero adoptar pose de invidente: clavo los ojos en un punto indeterminado en la lejanía y avanzo sin moverlos de ahí, resistiendo las irresistibles tentaciones que de continuo pasan a nuestro lado.
Sin yo haberlo pedido me encontré con otro cubata de ron en las manos, el último de una larga serie aquella noche. Cada vez estaba más ebrio y confuso; la música atronadora y las pantallas de video gigantes -iluminadas con inverosímiles escenas pornográficas en las que sólo participaban tíos, todos ellos sin excepción con unos miembros viriles de un tamaño también inverosímil-, no ayudaban mucho a serenarme. Además, mi vejiga solicitaba alivio inmediato.
Le devolví la copa a Guillermo y a gritos le dije que me iba al baño.
-Ten cuidado, no te confundas de puerta- me respondió.
No le hice mucho caso; tampoco estaba tan bebido -así lo pensaba en aquel momento- como para equivocar el servicio de caballeros con el de señoras
Después de atravesar la oscilante marea humana de la pista de baile, me adentré en un pasillo oscuro atestado de tipos con extrañas vestimentas de cuero y muy, pero que muy musculados; por fin aparecieron los retretes: dos puertas, una con la imagen de un señor en posición de firmes; la otra con una fila de hombres jugando a la cadeneta de elefantes. Me pareció una forma muy ocurrente de anunciar los retretes.
Elegí esta última. Meé y cuando me disponía a salir, me percaté de la existencia de una puerta enfrente de la que había utilizado para entrar. Sobre ella, escrito en un chillón color rosa, se leía la frase: Prueba otros caminos. "Qué curioso", recuerdo que pensé. "Se sale por el otro lado. ¡Qué buena idea! Así no hay que empujar a los que entran cuando has acabado la faena." En fin, en aquellos momentos la hiedra del alcohol trepaba ya desbocada por la pared de mi consciencia -es decir, que mi cerebro no brillaba precisamente por su lucidez-.
Sin pensarlo demasiado, opté por la alternativa que ofrecía el cartel. De pronto me hallé sumergido en la más tenebrosa oscuridad. Traté de volver a accionar la cerradura y regresar por donde había venido, pero me resultó imposible puesto que no había tal: estaba en un camino sin retorno hacia no sabía dónde.
Armado de un valor beodo y balbuciente no tuve más remedio que penetrar en aquellas tinieblas. Supuse que me hallaba en alguna especie de corredor, así que busqué la referencia de la pared y un interruptor. No los hallé; el lugar debía ser más amplio. Di unos pasos más y sentí una mullida moqueta bajo mis zapatos. Cada vez estaba más mareado. Era como si la negrura que todo lo cubría incrementara los efectos del alcohol. Mi cabeza se agitaba en un remolino; al final sufrí una especie de vértigo. Cuando me quise dar cuenta, estaba tirado en el suelo, sobre unos cojines de tacto frío y húmedo como de cuero mojado.
"Estoy muy mal", me dije entre dientes. Abrí los ojos hasta desorbitarlos, pero ni una brizna de luz rasgaba aquella siniestra lobreguez. Fue entonces cuando comencé a oír los suspiros y lamentos. Me rodeaban,
Al tacto de las manos pronto se unió el de lo que parecían lenguas rebosantes de saliva. Aquello ya no resultaba tan desagradable, pero sin duda se trató de una añagaza de aquellos diablos porque de repente sentí unos tremendos pellizcos en los pezones. De todas formas apenas tuve tiempo de asustarme; un sobresalto mayor vino a acogotar mi vacilante cordura cuando unas manos comenzaron a manipular mis partes. En ese momento sí que fui capaz de chillar, pero mi pánico fue coreado por unas risas que no dudé en calificar de dementes. Unos segundos más tarde mi terror terminó por estallar cuando noté unos dientecillos sobre mi glande. "¡Joder, me van a arrancar la polla a mordiscos!", grité. Desesperado, mi cuerpo inició una serie de espasmos involuntarios tratando de apartarse de aquella acción que creí mortífera. Unos minutos más tarde se reiniciaron los espasmos, también involuntarios, pero limitados esta vez a una pequeña porción de mi anatomía.
El súbito y sorpresivo placer se disolvió cuando mis captores iniciaron un golpeteo sobre diferentes partes de mi anatomía. Lo hacían con lo que parecían ser barras de goma, calientes y duras; a veces sólo un golpe; otras una serie rítmica de ellos. Cuanto más me contorsionaba tratando de escapar de aquel tormento, mayor era la frecuencia de los estacazos y más intensos los gemidos y gruñidos que me rodeaban.
Mi miedo alcanzaba la cúspide del horror cuando alguno de aquellos seres demoníacos gritaba y me regaba con sus babas ardientes y viscosas. Por entonces ya sólo alcanzaba a lloriquear y suplicar que me dejaran salir de allí y que no quería morir y que yo no había hecho nada y que adoraba a Rosita, y no sé cuántas incongruencias más.
De repente, con un golpe brutal, tiraron de mis tobillos hacia los lados; me abrieron tanto las piernas que mis testículos levitaron ingrávidos. Creo que sólo conseguí emitir un gritito agónico de eunuco cuando unas uñas comenzaron a raspar, muy despacio, la cara interna de mis muslos.
Entonces, un aliento cálido con un tenue aroma a caramelo de menta me acarició la oreja; una voz masculina, pastosa, se impuso a mi paroxismo y me susurró jadeante:
-Tranquilo, guapo, que te va a gustar...
La borrachera se me pasó de golpe.
La voz tuvo razón: me gustó.

Roberto Sánchez