El camarlengo

Tercia la anochecida mientras se esparce un olor a cirio quemado en los aposentos. Y se escucha un entrefrotar de tejidos y prendas de gran longitud. Cajones y carpetas están siendo revisados por unos índices humedecidos que pasan hojas y hojas rellenas de dogmas. Se escuchan susurros de personas como no queriendo levantar la voz para no delatar su presencia.
El jubón de cama aprieta los costados, el sudor ha dejado de manar por las ingles y el cuerpo ha recobrado su tranquilidad después de un crepúsculo agitado, infierno de movimientos espasmódicos de piernas y cabeza, de cielo y tierra buscando mezclarse. La respiración se ha hecho interior, pausada, casi imperceptible.
Se siente un fragor de seres angelicales en algún lugar; su presencia es clara - como un segundo decurso vital - y refuerza cada pequeño suceso en la estancia que da a la gran plaza circular del santo apóstol. En ésta la noche se ha materializado en grandes sombras sobre la tantísima gente reunida, gente que crea un murmullo interminable. No hay trompetas ni arpas, ni cornos ni cítaras, pero seguramente están siendo tañidos en algún espacio porque algo lo prefigura y lo hace presente en estos cruciales momentos.
La luz se va atenuando en la estancia y sólo se ha dejado una lámpara de pie a un lado de la cama que da haces de luz naranja, tenue y acogedora, perfectamente justa para velar, tal como la que pudo haber en aquel pesebre, en tierras de Belén, a principios de nuestra era. Hay un presagio de algo que todo los presentes, a lo largo del día, han llevado en el rostro, y declaran mirando hacia abajo, hacia la mullida moqueta de color beige oscuro.
El médico, que se sienta a un lado de la cama, vigila y apoya el mentón sobre su puño cerrado. A veces se atusa el cabello y más fielmente no pierde de vista, o por lo menos, no lo hacía hasta hace unos instantes, el suero y la máquina de control de latidos de corazón.
Llaman a la puerta: es el responsable de la sucesión, de la labor de vigilancia, de avizorar y verificar los pasos estipulados. Va ataviado con una gran sotana en dorado y ribeteada con siluetas color vino. La mitra igualmente rica y los zapatos de suela de goma, oscuros y silenciosos. Viene a levantar acta, a dar fe de que he traspasado el límite y voy a engrosar la interminable fila de los espíritus, densos espíritus fieros y eternos. Debe ser el sonido del oboe del arcángel Gabriel, el que a los lejos suena jugando a confundir ecos de esta parte y de aquella, de este mundo y el otro, todavía indefinido y desconocido. El recién llegado camarlengo se acerca al lecho y abre su cofrecillo de oro. De su interior saca a la penumbra de la alcoba un martillito de plata y comienza a hablar en latín. Presiento que, de un instante a otro, el camarlengo, en esta especial noche, va a golpear la frente que para entonces se encontrará hueca y fría, en perfecta y libre sazón de cielos.

El maestresala