El día de mi boda

Recuerdo uno de los momentos más duros y angustiosos de mi gris devenir por este mundo. Estoy soltero, sin embargo hubo un tiempo, hace unos años, en el que estuve a punto de contraer matrimonio. Con Helena, tan bella como la amante de Paris. Y tan peligrosa.

Nos conocimos durante unas vacaciones invernales en Suiza, en un pueblecito alpino llamado Zermatt. Era mi segundo día en el hotel y aquella noche coincidimos durante la cena. Se había sentado a mi izquierda, aunque apenas me di cuenta de ello al principio. Me hallaba concentrado por completo en el proceso de identificación del ser del que me estaba alimentando; era una forma de distraer mi mente del nauseabundo sabor que tenía aquel plato. Me percaté de su presencia al comprobar que había ordenado el mismo condumio que yo: ella, sin embargo, lo paladeaba con delectación, tomando minúsculas porciones con el tenedor, el cual sujetaba con el dedo meñique extendido. En realidad, todo lo hacía con el dedo meñique extendido. Degustaba con evidente placer aquel plato infecto cuando, mirándome a los ojos, dijo: "Está realmente exquisito". He de reconocer que aquel fue el pretexto necesario para entablar conversación. Estuve completamente de acuerdo con ella. A partir de ese momento la noche fría y perfumada de nieve nos acogió en su lechosa oscuridad.

La mañana siguiente la contemplé, escultural figura, bronceándose en la piscina climatizada del hotel. Por la noche, fiesta de disfraces: tenues gasas difuminando las espléndidas formas que hacía unas horas me habían sido dado adorar. Un ombligo ondulante y sugerente parecía observarme cual cíclope, invitándome a sumergirme en sus profundidades. Cuando, unos días más tarde, volábamos de vuelta hacia nuestros hogares, ya estábamos comprometidos. Sus manos entre las mías. Sus ojos verdes hipnotizándome. Sus labios solicitando de continuo promesas de amor.

Tardamos pocos días en fijar la fecha de la boda. Seis meses nos pareció un plazo prudencial para ahondar en nuestros sentimientos y conocernos mejor. Y así sucedió; poco a poco la fui conociendo mejor. A ella y a sus parientes. Unas semanas más tarde tuve claro que me iba a casar con Helena y con toda su extensa, prolija y variopinta familia. Aún conservo la terrible imagen que asaltó mi retina el día de mi presentación oficial en su hogar. Era el momento de la pedida de mano; era domingo; habíamos quedado para comer. Una mesa enorme, siete hermanos, todos varones, todos casados, cada uno con su respectiva cónyuge. En la cabecera, presidiendo un ágape que más bien me pareció un duelo de difuntos, el retrato del fallecido progenitor de aquella compañía (militar de doradas charreteras, a juzgar por el atuendo de la fotografía). Las imágenes de un Papa, también difunto, adornando las paredes del comedor no mejoraron nada mi ánimo.
Pero una cosa era Helena y otra su marcial familia o así quería yo pensarlo. Pero no. Su actitud pretenciosa en toda ocasión, su pedantería innata, su tono cursi y despectivo ante la mayoría de mis comentarios fueron instrucción para lo que se me avecinaba. Sin embargo, a pesar de mis múltiples fallos y carencias, Helena estaba perdidamente enamorada de este pobre mortal. Me repetía de continuo que su amor por mí era perenne e inmarcesible (esta última palabra tuve que buscarla en el diccionario, un tanto preocupado por sus posibles significados). En cambio a mí, el brillo deslumbrante de su tez bronceada se me iba tornando de un verde cadavérico cada día que pasaba y se aproximaba la fecha de la boda. Yo trataba de hacerme de menos, poniendo de manifiesto mis defectos. Pasaban las semanas y no veía la forma de salir de aquel embrollo.

Ante mi insistencia en infligirme humillaciones sin cuento, me confesó que sólo existía un pecado que jamás me perdonaría si llegara a cometerlo en alguna ocasión. "¿Que te engañe con otra mujer?", me aventuré, dispuesto a tirarle los tejos a la primera que por allí pasara. "No, eso te lo podría perdonar", me contestó. Después de mucho insistir, por fin me susurró avergonzada el grave e imperdonable delito, aquél para el que ninguna penitencia sería suficiente. Tuve claro que aquella sería mi puerta de escape. Sin embargo...

Como en una revelación la imagen de Alex, un antiguo compañero de la universidad, se me apareció. Él sería mi salvación.

La víspera de la boda un mensajero se presentó en casa de Helena con un abultado sobre. Contenía unas fotografías en las que aquel pecado imperdonable aparecía en su más cruda expresión. Si aquello no la disuadía de contraer matrimonio conmigo, ya no se me ocurría otra escapatoria a aquella crítica situación que decirle a la cara que no la soportaba. Y era difícil porque si algo he sido toda mi vida, es un cobarde.

La mañana de la boda, novio impecable a la puerta de la iglesia, agoté toda mi provisión de padrastros. El corazón me dio un vuelco cuando la vi aparecer, blanca y radiante va la novia. Lenta y pausada subió las escaleras con el rostro cubierto por el velo; me era imposible adivinar sus sentimientos. Recé a todos los dioses de la historia: no podía haberme equivocado. Afortunadamente una voz temblorosa, desde más allá de las gasas, dijo: "No hubiera esperado esto de ti". Acto seguido perdió la compostura por primera vez desde que la había conocido y me soltó un bofetón que aún hoy recuerdo con un estremecimiento de placer. "Ni yo tampoco", lancé mi respuesta a la blanca espalda que se alejaba después de la caricia final.

Esto sucedió hace cuatro años. Desde entonces Alex y yo somos felices.
 

Roberto Sánchez