Una pesada herencia

- ¡Parad, parad! Pero ¿qué estáis haciendo?
 
La voz rebotaba por las butacas de la platea, desierta como si el público se hubiese agazapado al escuchar los gritos de Severo Seco, el -en opinión unánime de críticos y público- mejor director artístico vivo del panorama teatral del país. Sus montajes eran siempre alabados por su indiscutible perfección, aunque probablemente también por un comprensible temor a enfrentarse a este personaje del que, cuando se destacaba su genio, tanto podían estarse refiriendo a su talento como a su endemoniado carácter.
 
Su aspecto era acorde con su apellido. De estatura más bien escasa y magro de carnes, tenía un aire de agilidad nerviosa. Por su mentón y sus mejillas se extendía perenne la sombra de una barba cerrada y dura por encima de la cual unos ojos negros y brillantes clavaban su mirada con violenta fijeza. Con su aspecto descuidado parecía querer dar testimonio de su soltería. No tendría más allá de dos o tres pantalones prácticamente iguales que alternaba regularmente, aunque esto no fuera perceptible a menos que uno se fijara mucho. Otro tanto ocurría con el resto de su indumentaria incluyendo en ésta la gorrilla de visera que no se quitaba ni en los espacios cerrados.
 
No se le conocía a Severo Seco otra vida que el teatro. Siempre andaba en montajes, proyectos, estrenos y presentaciones, y siempre solo, con la única excepción de un ayudante que había reclutado hacía pocos años y que alcanzaba la edad aproximada del hijo que no tenía y a buen seguro no tendría nunca. Nadie sabía donde había conocido a aquel Sancho Panza venido de la parte más polvorienta de Castilla llamado Segundo, algo más alto y orondo que su mentor y en cuya cabeza el pelo empezaba a escasear. Caminaba siempre a la diestra de Severo aunque por algún extraño efecto visual parecía que lo hiciera un paso por detrás. No hablaba mucho y cuando se veía obligado parecía hacerlo disculpándose por el atrevimiento.
 
El carácter inflexible y vehemente de Severo hacía de él un hombre difícil. No había actor que no quisiera añadir a su currículo la participación en alguno de sus montajes, aún sabiendo que debía pagar por ello una pesada penitencia de gritos y menosprecio. También le buscaban los productores en pos del alegre tintineo de la recaudación que, como una ley de la ciencia, conseguía el nombre de Severo en el cartel aún desde antes del estreno.
 
Los actores se miraban entre sí con disimulo cómplice, paralizados sobre el escenario. El vozarrón de Severo continuaba reverberando por la sala, moviendo con su eco la bambalina y los contrapesos y regresando ahora de los frescos del techo como si fuese el mismísimo Creador quien les amonestara.
 
- Parecéis funcionarios con quince trienios de carrera. ¿No podéis poner un poco de entusiasmo?
 
Segundo se azaraba cuando el director estallaba en esos golpes de ira, lo que no era infrecuente, por lo que, a pesar del respeto que sentía por su mentor, ocasionalmente se atrevía a susurrarle:
 
- Don Severo, no se enfade, a mí me parece que está bien.
 
A lo que éste respondía con la frase que le había hecho famoso entre la profesión:
 
- No me decepciones Segundo, todo puede siempre mejorarse.
 
Los actores continuaban con los ensayos idénticos e interminables como si fuesen escolares recitando la tabla del siete, pero Severo nunca estaba satisfecho. Las semanas pasaban y la tensión creciente se desbordó el día que la actriz al cargo de uno de los papeles principales anunció su marcha. La mujer le reprochó agriamente el trato recibido y los ensayos interminables. Severo parecía a punto de agredirla cuando el resto del elenco se interpuso, pero no pudieron detener los bramidos que parecía disparar con las venas tensas e hinchadas de su cuello.
 
- ¡Márchate, aficionada! Nunca serás otra cosa que la cara bonita de una telenovela.
 
Pocos días más tarde el productor llegó en medio del ensayo y se sentó en una butaca del fondo. En un descanso se acercó al director y le palmeó la espalda.
 
- Buenos días, Severo, ¿cómo va esto?
 
Severo no pudo reprimir un movimiento de defensa y contestó con un lacónico “regular”
 
- ¿Cómo que regular? Severo, debíamos haber levantado el telón hace tiempo, llevamos varias semanas de retraso. ¿Qué problemas tienes?
 
- Pues mire, no sé donde han estudiado estos actores, pero no consigo que crean en lo que hacen. Y el vestuario parece hecho con trajes de carnaval. Y los decorados…
 
- Los decorados los has mandado rehacer varias veces porque nunca estaban a tu gusto, y otro tanto has hecho con el vestuario. Los actores los has escogido tú, no ven el final de los ensayos y se quejan del trato. Algunos han abandonado. Severo, te di carta blanca como me pediste, pero esto se te está yendo de las manos. Hemos suspendido dos veces el estreno, ¿qué te pasa?
 
- Esta es la obra que he estado esperando toda mi vida. Si me la hubiesen ofrecido años atrás la hubiera rechazado. Todo mi trabajo anterior no ha sido más que un entrenamiento para poner esta pieza en marcha. No podemos estrenar todavía, está todo a medio hacer.
 
- Eso es imposible, Severo. Puede que esta obra sea muy importante para ti, pero no podemos seguir esperando. Tienes cinco días para decirme que estamos a punto.
 
- ¿Cinco días? Pero eso es imposible, en cinco días ni…
 
- Severo, te estoy dando cinco días por tratarse de ti. He estado viendo los ensayos y creo que la obra está perfecta.
 
- Todo puede siempre mejorarse.
 
- Si eso fuera cierto no estrenaríamos nunca. Tienes cinco días, Severo.
 
El director enrojeció de ira y con un temblor en los labios arriesgó:
 
- Entonces no cuente conmigo.
 
El empresario parecía esperar esa respuesta, pues zanjó fulminante y sin pestañear:
 
- De acuerdo, estás fuera del proyecto.
 
Severo quedó incrédulo e inmóvil durante unos segundos, hasta que se recompuso, dio la espalda al productor y salió caminando por el pasillo empinado de la sala. Segundo marchó tras él hasta su despacho donde el director empezó a recoger airado sus cosas. Sólo cuando terminó de hacerlo reparó en el joven. Le cogió por los hombros, le miró fijamente a los ojos y le dijo:
 
- Perdónalos porque no saben lo que hacen.
 
Tras esta sentencia salió del cuarto dejando a Segundo apenado y confuso. El cirineo se sentó en una de las sillas y dejó pasar el tiempo esperando que ocurriera algo. Y ocurrió. El productor se asomó al umbral de la puerta y dijo a Segundo:
 
- ¿Puedo pasar?
 
Segundo se puso de pie y ofreció la otra silla al visitante.
 
- Segundo, esto es tan duro para mí como para ti. Nunca esperé esta reacción de Severo, pero no podemos continuar rehenes de su extravagancia. Tú eres el único que puedes sacarnos de este atolladero, tú has seguido todo el proceso, tú conoces los entresijos de la obra. Me gustaría que te hicieras cargo de la dirección.
 
Segundo se sintió turbado y culpable creyendo escuchar que aún retemblaban en el aire pesado del teatro los pasos ofendidos de Severo.
 
- Señor, no puedo aceptar su ofrecimiento. No estoy preparado, nunca he dirigido yo sólo y esta no es una obra cualquiera…
 
- Segundo, eres el único que puedes hacerlo, tú lo sabes, esto debería estar en cartel hace semanas. Todo está a punto menos Severo, cada día es más difícil soportarle. Ahí afuera está el equipo esperando a que te decidas. No tendrás una oportunidad como ésta, y yo sabré tener en cuenta tu valentía. Piénsalo, Segundo, piénsalo un par de días y me llamas. Toma mi tarjeta, aquí puedes encontrarme.
 
Y le tendió una cartulina pequeña y sucia como la recompensa de Judas.
 
Segundo regresó confuso a la pensión en que se alojaba. La patrona se inquietó al verle regresar a esa hora extemporánea con el semblante desencajado, pero no se atrevió a preguntar nada. Segundo se encerró en su cuarto y se tumbó boca arriba en la cama, confiando en que de las manchas pardas del techo le cayera alguna respuesta. Se quedó dormido por un tiempo indefinido hasta que le despertó la voz de la mujer al otro lado de la puerta.
 
- Don Segundo, le llaman por teléfono.
 
El muchacho salió por el pasillo aún abotargado por el sueño, cogió el auricular del velador en que descansaba y se lo llevó al oído, ansioso.
 
- Dígame.
 
- Hola Segundo, soy Severo, sabía que estarías ahí. Necesito hablar contigo hoy mismo. He pensado que podríamos cenar en mi casa, ¿a las diez te viene bien?
 
- Claro, don Severo, yo también quería hablar con usted. ¿Cómo se encuentra?
 
- No te preocupes por mí Segundo, esta noche hablamos.- y colgó dejando al joven confundido y ansioso.
 
Segundo llego al domicilio de su mentor unos minutos antes de la hora acordada. Apretó el pulsador y esperó. De inmediato se escucharon los pasos apresurados de Severo y se abrió la puerta impetuosamente. Los hombres se saludaron con cortedad y pasaron al interior.
 
La vivienda era poco más que un cubil desordenado y astroso. Desde la sala se alcanzaba a ver toda su extensión: un dormitorio en que la oscuridad no ocultaba la cama revuelta y el suelo sembrado de ropa, una cocina casi despoblada y un cuarto de baño pequeño y sin ventana. Por todas partes se apilaban libros y discos y por las paredes colgaban fotos antiguas y carteles. Severo había despejado una mesa redonda y había dispuesto sobre ella un par de platos y el resto del menaje. De alguna parte llegaba una potente voz femenina cantando alguna pieza de ópera que resultaba familiar. Segundo se sentó en una de las sillas y el anfitrión sirvió unos trozos de asado. Tras unos segundos expectantes y densos, Severo le preguntó:
 
- ¿Sabes como se llama la mujer que canta? Es Renata Tebaldi. Nadie supo como ella dar vida a Cio-Cio San en Madame Butterfly. Yo estuve viéndola en el Metropolitan de Nueva York antes de que tú nacieras. De niña fue atacada por la poliomielitis, pero eso no le impidió ser la mejor. Era de una belleza majestuosa. Aún la recuerdo cantando esta aria derrotada en el escenario. Le dice a su criada que un hermoso día verán alzarse un hilo de humo en el horizonte del mar, producido por el barco en el que regresa el padre de su hijo. Pero ambas saben que no es cierto, que el hombre la ha abandonado y que están arruinadas. Ella es casi una niña y él un marino americano mucho mayor que estuvo destinado en Japón. Es un tema muy hermoso, aunque a mí me conmueve especialmente este otro. Transcurre en su noche de bodas, y mientras él la requiere lujurioso, ella se extasía ante el estrellado cielo de sus antepasados cantando “¡Oh, cuántos ojos fijos, atentos por todas partes mirándome! ¡Ah, cuántos ojos fijos, atentos! ¡Cuántas miradas!” Eso es el teatro, Segundo. El estreno es como tu noche de bodas con el público, cuyos ojos refulgen como estrellas en la oscuridad de la sala, todos ellos clavadas en tu obra. También nosotros debemos pensar en los antepasados. Esta ópera es el maravilloso resultado del talento de muchas personas que ofrecieron lo mejor de sí mismos en cada acto. La partitura es de Giacomo Puccini, pero el libreto es de otros dos maestros con los que el músico trabajó habitualmente. Y por fin se ensamblan la orquesta y esta voz prodigiosa tan duramente entrenada. ¿Qué ocurre en estos tiempos, que sería inconcebible crear algo como esto? No hay maestros, no hay disciplina ni vocación de sacrificio. Los actores no buscan más que la fama, los empresarios el dinero y el público el entretenimiento fácil. Esta era mi última oportunidad, Segundo. Yo ya no tengo edad ni fuerza para seguirlo intentado y nuestra obra es el sueño de cualquier persona sensible. Si, Segundo, digo nuestra porque quiero que tú la pongas en marcha. Nadie más que tú tienes derecho, si lo hiciera cualquier otro me parecería un ultraje.
 
El pupilo no se atrevió a confesar que había recibido la misma oferta esa misma mañana, pero sus músculos se aflojaron al recibir la aprobación que su conciencia necesitaba. Sin embargo le violentaba hablar con su mentor de la obra y derivaron la conversación por senderos más amables. Cuando se despidieron confortados y ebrios, Severo prometió al muchacho que no le habría de faltar lo necesario para lograr un resultado a su altura.
 
Por la mañana la patrona golpeó por segunda vez en pocas horas al otro lado de la puerta.
 
- Don Segundo, el cartero.
 
El muchacho salió a medio vestir, agitado por un presentimiento fúnebre y vago. Firmó en una libreta, recogió el sobre y marchó con él a su dormitorio, seguido por la mirada ceñuda de la patrona. Rasgó la solapa, desdobló el papel y leyó:
 
Querido Segundo: cuando leas esto yo ya estaré muerto. No voy a entretenerte con despedidas ni con consejos póstumos que no necesitas. Simplemente quiero que entregues esta carta a la policía, que estés presente cuando levanten mi cadáver y que recojas un paquete que he dejado a tu nombre. Sé que puedo confiar en ti.”
 
Segundo sintió que le iba faltando el aire a medida que leía una y otra vez la nota con la vana esperanza de descubrir algo que la desmintiera. Finalmente se vistió a toda prisa, salió de la pensión, llamó a un taxi y pidió al conductor que le llevara a la comisaría más próxima. Allí se dirigió al uniformado de la entrada y le entregó la nota. Esperó un momento y al cabo salieron otros dos gendarmes y le pidieron que les acompañara. Subieron los tres a un coche policial y Segundo les indicó la dirección de Severo.
 
Llegaron tras unos minutos desesperadamente lentos. Tocaron a la puerta, primero al llamador y después violentamente con los puños. Al fin uno de los agentes sacó una pieza metálica, la introdujo en la cerradura, hizo un par de forcejeos y consiguió quebrar su resistencia. Entraron atropelladamente. Los agentes se dirigieron al dormitorio revuelto y oscuro y Segundo en dirección contraria, siguiendo el ruido rítmico y sordo de un grifo que goteaba. Se detuvo al golpearse bajo la rodilla con el borde de la bañera. Allí estaba Severo, sumergido en un líquido del color del vino tinto. Sólo su cabeza y sus brazos emergían de ese caldo malsano. Su piel había adquirido el color del mármol de los camposantos y en sus muñecas quedaron dos sajaduras cárdenas como bocas abiertas.
 
Los agentes dieron aviso al juzgado mientras Segundo escrutaba cada milímetro de pared como si quisiera desentrañar la cara más oculta del alma de su maestro. Cuando el juez hubo cumplido con el procedimiento reglamentario, llegaron los muchachos de la funeraria, sacaron del agua negra el cuerpo descolorido y frágil y lo envolvieron por completo en un sudario barato, como si quisieran evitarle el espectáculo de su propia muerte. Segundo preguntó si podía recoger su legado, agarró el paquete y abandonó la vivienda. A pesar de que aún era media mañana, el joven se vio sorprendido por la luz y la algarabía de la calle, y, absurdamente, creyó desconsiderado que los transeúntes no le recibieran callados y cabizbajos.
 
Llegó hasta la pensión y se encerró en su cuarto. Abrió el paquete con cuidado y sacó unas hojas encuadernadas, en la primera de las cuales estaba mecanografiado el título de la obra. Lo abrió con la misma delicadeza que si fuese la Sagrada Escritura y empezó a leer las anotaciones que había escrito en los márgenes. En las primeras páginas no habría más allá de seis o siete por cada plana, pero ese número iba aumentando a medida que avanzaba, hasta que fueron ocupando por completo los bordes, después el interlineado y finalmente superponiéndose al propio texto. El tamaño de la letra se iba reduciendo para penetrar en cada hueco hasta volverse ilegible. Si bien Segundo juzgaba aquello como la manifestación de una obsesión enfermiza, no podía dejar de admirar la agudeza de las notas y su inteligente perspicacia. El joven estaba descubriendo aspectos que jamás había advertido y empezó a comprender algunas de las airadas amonestaciones hacia los actores. Cuando concluyó la lectura lo devolvió a su embalaje, lo escondió bajo la ropa de su armario y salió del cuarto. Pidió a la patrona permiso para telefonear y marcó los números al tiempo que los iba leyendo en la tarjeta del productor. Segundo solo dijo tres palabras separadas por un breve intervalo: “sí” y “mañana mismo.”
 
Esa noche Segundo apenas pudo ir más allá de un letargo en el que se confundía la realidad y el ensueño en una mezcla densa y confusa. Se despertó varias veces a comprobar la hora y a releer las anotaciones de Severo. Al fin empezó a penetrar por las rendijas una luz lechosa y a escucharse ruidos por la casa. Segundo se avió, agarró el paquete y salió sin desayunar.
 
El guarda del teatro se sorprendió al verle tan temprano, pero le franqueó el paso. Segundo subió al despacho y empezó a acariciar los objetos como si esa noche hubiesen adquirido una dimensión nueva y desconocida. Cogió una pluma y garrapateó algo en una hoja. Pasado un tiempo comenzó a escuchar los chasquidos de los fusibles al encenderse las luces del escenario. Se miró en un espejo que devolvió una imagen gastada por el tiempo, cogió aire, se atusó el pelo y bajó.
 
Al entrar vio que el productor hablaba a media voz con los actores, aunque de inmediato el grupo se separó como si hubiesen sido sorprendidos en pleno delito. El empresario se dirigió a él con la mano tendida y le saludó con afectuosidad. Se sentaron juntos en la primera fila e invitó a Segundo a tomar el mando. Este hizo un gesto a los actores que empezaron a moverse sobre el escenario. El director fue siguiendo atentamente sus evoluciones mientras proponía tímidamente algunas correcciones. Pero no hizo falta mucho tiempo para que Segundo empezara a ver superpuestas sobre los intérpretes las anotaciones de Severo como si fuesen grietas en el dique de una presa. Empezó a agitarse presintiendo que todo se iba a venir abajo de un momento a otro, y las amonestaciones fueron subiendo de tono. Los actores se miraban entre sí al margen del texto y por fin solicitaron con los ojos auxilio del productor. Este seguía sentado con las piernas extendidas y las cejas fruncidas dejando entre sus párpados un espacio delgado como un filo. Segundo no pudo mas y por fin saltó de su butaca gritando:
 
- ¡Parad, parad! Pero ¿qué estáis haciendo?
 

 Carlos Fernández