Historia de O

El ciudadano, llamémosle "O", abandona la cama puntual, como cada mañana. Posa en primer lugar el pie derecho, siempre lo hace, no obstante ser el menos próximo al suelo, obligado por una superstición infantil que le asegura, con este leve servidumbre, protección frente a la adversidad a lo largo de ese día. Por la noche, cuando se despegan del suelo para regresar al lecho, nota que esa seguridad se evapora, y eso le hace sentirse como un crustáceo despojado de su caparazón, expuesto al azar en carne viva. Entonces se arrebuja entre las sábanas pretendiendo de este modo recobrar la inmunidad perdida al acostarse. En varias ocasiones se ha propuesto idear algún procedimiento de tan simple ejecución como el matinal, que le ofrezca resguardo también durante el sueño, pero siempre se le han antojado artificiosos, no como este de posar primero el pie derecho, costumbre tan extendida que certifica de algún modo su eficacia.

El ciudadano "O" camina idéntico número de pasos a partir de su pie diestro, pasos de calculada medida, cortos sin ser torpes, ágiles aunque cautelosos, hasta llegar frente al espejo del baño. Allí comprueba que su rostro le sigue perteneciendo. Es esa una pesadilla recurrente: a veces sueña que al encararse a su reflejo es un desconocido quien le sostiene la mirada desde el otro lado, repitiendo exactamente los mismos guiños y movimientos, como si se burlara. Despierta entonces angustiado, gritando que dónde va a buscarse ahora. Hasta la fecha -como es lógico- no se ha producido tal prodigio, aunque no por eso deja de sentir cierta aprensión cada mañana los segundos previos a observarse.

Abre los grifos del lavabo mezclando en la justa proporción el agua caliente y fría. Hace un cuenco con sus manos hasta que el líquido alcanza el nivel determinado, momento en que la arroja contra su cara para frotarla enérgicamente de arriba abajo por tres veces. Vuelve a juntar las
palmas bajo el chorro y lo hace todavía una vez más, hasta completar tres rondas, número éste mágico y por tanto protector, como la Santísima Trinidad, los Reyes Magos o tantos otros tríos que ahora no recuerda.

A continuación frota su nuca e introduce en los oídos sus meñiques, respetando siempre el orden y las repeticiones, que son las que calcula suficientes para garantizar la higiene evitando gastos y pérdidas de tiempo innecesarios. Por este motivo considera excesiva la ducha diaria, esa costumbre que se ha ido imponiendo en los últimos años y que califica de afrancesada, no obstante ignorar si procede de Francia. Los actos previos a abandonar el aseo consisten en frotar su cráneo pelado con una loción de aroma antiguo, y alinear verticalmente los cabellos de la estrecha franja que recorre su occipucio paralelamente al suelo, soportada en ambos extremos por las orejas, y que apenas se distancia de unas cejas pobladas e hirsutas, formando un conjunto que recuerda al planeta Saturno con su anillo.

Aunque no lo diga abiertamente, para el ciudadano "O" solo el cabal conocimiento de las cosas garantiza la calidad del trabajo. Por eso, después de más de medio siglo recorriendo cada mañana con los dedos todas las simas y protuberancias de su cabeza, puede asegurar en pocos segundos una higiene esmerada, lo que, piensa, ha de complacer por fuerza a cuantos coincidan con él ese día. Y el ciudadano "O" siente ensanchar su pecho al inspirar las bocanadas de satisfacción que le produce la vaga conciencia del deber cumplido.

El ciudadano "O" tiene entre sus rutinas la de alimentar a los gorriones del vecindario, ofreciéndoles un plato con miga de pan desleída en agua. Lo posa en el alféizar de una ventana, y los pájaros acuden en tropel, empujándose unos a otros para alcanzar la comida. El ciudadano "O" afirma que cada día acuden los mismos individuos, a los que asegura reconocer por algún detalle de su aspecto. En esta confianza, les ha bautizado con apelativos tan ajustados a su naturaleza como "picopardo", "barrigón" o "patasmochas". Esto le permite dirigirse a ellos personalmente, y dedicarles algún cumplido mientras se alimentan, lo que está seguro en su interior agradecen. Al terminar se quedan piando un rato, dan unos saltitos por la cornisa y emprenden el vuelo, dispersándose por las ramas de los árboles cercanos.

La letra con que hemos venido denominando a nuestro personaje no está escogida al azar. Su nombre de pila empieza con esa vocal, al tiempo que describe cabalmente a su dueño: redondo por fuera, vacío por dentro, como recitan cantarinamente las adivinanzas infantiles. Ambos son los motivos por los que en la oficina se dirigen a él -las contadas veces que lo hacen- con esa letra:

-"O", dejo en esta silla los expedientes.- O bien: -"O" apaga todas las luces cuando te marches.

Sus padres, adustos y sobrios como él mismo, no emplearon más tiempo del necesario en otorgarle un nombre, ya que le impusieron el que en cada generación habían venido usando los varones primogénitos, cumpliendo de esta forma la tradición familiar. Por causa tan banal, se vio constreñido para siempre en un nombre estrambótico que suele producir, cada vez que se presenta, un gesto de sorpresa que termina en chacota. Esta combinación de letras le designan al modo en que la ele, la e, la o y la ene nos evocan al fiero mamífero melenudo que habita en la sabana.

El universo de "O" tiene sus fronteras bien definidas. Al norte con su portal, al sur con la oficina y al este y oeste con las aceras de la calle que une ambos extremos. En tan escasa superficie se concentra toda su existencia: la frutería donde se procura las vituallas de la noche, la tintorería donde deja los sábados la ropa, la taberna donde come a mediodía lo que ofrece la pizarra de la entrada y poco más. Cuando tiene que salir de ese hábitat conocido, siempre obligado por una necesidad inexcusable, se siente indispuesto por el nerviosismo, y regresa a su calle ansioso como lo haría el borracho a su licor.

El ciudadano "O" se dirige a la oficina a la que habrá de llegar en poco más de diez minutos de camino recto, sin curvas o esquinas en que pudiera agazaparse lo imprevisto. Cuando buscó vivienda en que alojarse,
hace de eso más de treinta años, tuvo bien presente que la distancia a que se hallase de su empleo fuese la justa, ni poca ni mucha, aquella que le permitiera cubrir a pie el trayecto evitando derroches y sucesos fortuitos que macularan su puntualidad, y también garantizara que, cruzando cierta calle, entrase en otro ámbito, el de su residencia, distinto por entero al del trabajo. Esta mañana, como ha hecho cada día laborable excepto los de agosto desde hace más de treinta años, el ciudadano "O" atraviesa la puerta a la hora reglamentaria, ni antes ni después, ya que para él no se comprende trabajar un minuto por encima o por debajo de lo contratado. Ambos extremos incurren, a su entender, en lo arbitrario, en lo discrecional, en lo desordenado y confuso en definitiva. Y pocas cosas pueden ofender en mayor medida al ciudadano "O" que el desorden y la confusión.

Se instala en su mesa, más bien se acopla a ella si observamos el sorprendente efecto de unidad que se produce cuando el ciudadano "O" toma asiento y arrima la silla. Y es que es asombroso el parecido que guardan el usuario y su mueble, por cuya superficie se distribuyen los objetos con un orden tan preciso que puede calificarse de neurótico. Ese espacio solo podría pertenecer al ciudadano "O"; ninguno de sus colegas podría sobrevivir ocho horas diarias a una exactitud tan sofocante. Dispone un fajo de documentos frente a si, en el ángulo inferior derecho de cada uno de los cuales ha de estampar una leyenda. El taco de papel no es ni escaso ni generoso, el preciso, según su experiencia, para que quede amortiguado el golpe del sello, evitando a la vez que éste se hunda en la morbidez de la abundancia y emborrone el impreso. Su tarea se limita a eso, a imprimir que esa factura ha sido abonada bajo los datos que identifican a la empresa. El ciudadano "O" humedece su herramienta antes de cada golpe en una almohadilla entintada. Si lo hiciera cada dos golpes la segunda impresión perdería en contraste, generando una producción de calidad variable, en una especie de secuencia binaria 1-0, 1-0 que juzga intolerable. Una vez humedecido lo enfrenta al documento y apunta al espacio que tiene reservado. Al levantarlo del papel verifica que cada carácter se lee con nitidez. En cierta ocasión, de esto hace ya algunos años, el gerente ordenó a otro empleado colaborar en la tarea por motivos que no hacen al caso. No habían trascurrido más de tres minutos cuando el ciudadano "O" exigió a su colega que se abstuviese de imprimir una sola hoja más. La indignación le acompañó por varios días recordando aquellas letras esquinadas y, lo que era peor, con algún carácter borroso o ilegible.

A los pocos segundos de tomar asiento, el timbre de su teléfono repiquetea de improviso, algo que no había sucedido al menos en los últimos diez años. El ciudadano "O" levanta el auricular con cierta ansiedad y escucha la voz del gerente que le ordena acudir a su despacho. Cuando entra en este templo de la autoridad, con el debido respeto, tras golpear levemente con dos nudillos en la puerta y recitar "¿da su permiso?" espera sumisamente lo que se le instruya. El gerente ordena:

- Acérquese, "O"

y tras ver cumplido su mandato:

- Siéntese, "O".

a lo que éste obedece de igual modo, hecho lo cual el gerente se dirige al subalterno del siguiente modo:

- "O", ha cumplido cabalmente cuantas órdenes se le han impartido en esta empresa que, como sabe, fundo mi padre, para el que usted trabajó con igual dedicación que para quien le habla. La tecnología avanza que es una barbaridad, y usted no puede ignorar que el trabajo que realiza con eficacia indiscutible puede ser llevado a cabo por máquinas automáticas de forma más veloz y económica. Pero sobre todo considero que sus prolongados servicios a esta compañía que como sabe fundó mi padre... eso ya lo había dicho antes, ¿por dónde iba? ¡caramba, me ha distraído usted con ese gesto de sorpresa!. Como le iba diciendo, considero que se ha hecho acreedor a un merecido descanso. Por ese motivo, hemos decidido... bueno, he decidido yo en realidad, ¡cierre la boca, "O", no vuelva a distraerme!, he decidido, decía, renunciar a sus servicios con gran sacrificio por mi parte a partir del próximo mes que, como usted no ignora, comienza mañana mismo. Pero no se inquiete, "O", esta decisión ha sido tomada, diseñada diría yo, pensando en su bienestar. Así que he resuelto indemnizarle con lo que corresponde legalmente, haciendo, eso sí, un pequeño descuento como compensación por los engorrosos tramites que le ahorro con mi desinteresada oferta. Bueno, he excluido de los cálculos algunos pluses y complementos que no estaba nada claro que le correspondiesen, que le concedió mi padre, que como sabe fundó esta compañía, y que yo he venido respetando hasta la fecha con la generosidad propia de mi linaje. No me lo agradezca "O", todo es poco para el primer empleado que tuvo mi augusto progenitor. No es necesario que compruebe los importes, calculados por expertos cualificados como no podía ser menos en una mercantil del prestigio de la nuestra. Con lo que percibirá usted del seguro de desempleo podrá mantenerse una temporada y disponer a continuación de esta pequeña fortuna hasta que alcance la edad de jubilación. Eso es todo, "O". Le eximo por hoy de cumplir con sus obligaciones, aproveche para recoger la mesa que se lo retribuiré de igual modo. Pero no me lo agradezca, no podía hacer menos por usted el hijo del fundador de esta compañía. Deseo... espere que no se donde lo he puesto...¡ah, si, aquí está!, he comprado para la ocasión este librito con fórmulas de cortesía ¿qué le parece, "O"?. Bien, decía que deseo que esta nueva andadura que hoy comienza en la vida le colme de satisfacciones. No sabe cómo me complace la gratitud que demuestran sus ojos tan abiertos, pero relájelos, mi dermatólogo asegura que esa expresividad facial causa estragos en la piel de la cara. Puede retirarse.

El ciudadano "O" recibe estas palabras como una lluvia de bofetadas. El pánico comienza a descomponerle las tripas, y se esfuerza por mantener la compostura y contener el primer vómito. Balbucea:

- ¿Cómo es posible, señor?. Siempre ha cumplido con pulcritud...

- No me lo agradezca, "O", -interrumpe el gerente en este punto- va a conseguir que me sonroje. ¡Se lo tiene usted bien ganado, hombre!. ¡Descanse, disfrute de la vida usted que puede! Entre el seguro de desempleo y la cuantía que tan generosamente pongo a su disposición vivirá usted despreocupado. No podrá hacer grandes despilfarros, es cierto, incluso diría que deberá vivir con alguna estrechez, pero la sobriedad nos dignifica, la renuncias y privaciones nos acercan a Dios. Podrá usted abandonar la vida mundana y recrearse en la espiritual, que
es mucho más económica. ¡Disfrute, "O", y no me lo agradezca! Firme y recoja sus cosas, mi generosidad tiene sus límites, y no puedo dedicarle toda la mañana.

El ciudadano "O" comprueba desazonado como sus defensas se vienen abajo. Angustiado, se esfuerza por recordar si al levantarse esta mañana posó como siempre en primer lugar el pie derecho, descuido que podría haber desencadenado toda esta situación. En un desesperado intento farfulla:

- Pero mi pensión de jubilación va a verse muy menguada...

- "O" - zanja el gerente, visiblemente enojado - no quisiera equivocarme con usted, pero creo percibir en sus reparos cierto aire de insubordinación que está empezando a irritarme. Yo no soy su ángel de la guarda, ni puedo evitar lo que haya de sucederle en el futuro. Reclame al Estado, haga lo que estime conveniente, ¡seguro que hasta tiene usted algún amigo comunista!. ¡Pídale a él que le resuelva, pero no me haga perder más tiempo! ¡Firme, recoja y márchese!

Al ciudadano "O" le tiembla la mano cuando toma el bolígrafo que se le ofrece. La rebeldía es un atributo que debió ser borrado de sus genes con el ácido más agresivo que se conozca. Pertenece a esa especie que piensa que empiezas protestando si te meten la varilla del paraguas por el ojo y terminas asaltando la Bastilla. Así que estampa una firma irregular en el documento sin atreverse a leer lo que dice. Al fin se marcha hacia la puerta, con toneladas de angustia venciéndole los hombros. Apenas una hora más tarde abandona la oficina, sale del portal y se detiene en medio de la acera, sin reparar en la fina lluvia que le empapa, extrañado y confuso ante un paisaje nuevo de amas de casa cargadas de bolsas, niños pateando en los charcos y bares casi desiertos. Por primera vez entonces se pregunta:

-¿qué va a ser de mi?

y da los primeros pasos del último trayecto hacia su casa.

En este punto del relato, comenzaremos a denominar a nuestro personaje "señor cero", para seguir dando coherencia a su nombre no solo con su aspecto, sino también con su espíritu. Y es que, en efecto, el espíritu del "señor cero" parecía haber menguado, mutando de la vacuidad a la inexistencia, de estar lleno de aire a estar lleno de nada, si tal contradicción puede sostenerse. El espíritu gaseoso del "señor cero" había bastado hasta la fecha para dotar a su ser de consistencia, y ahora se sentía privado incluso de tan intangible sustancia. El "señor cero" era empleado de una oficina, y ese "ser empleado" era lo que daba la medida a todo su ser. Ahora ya no "era" y tenía que empezar a "ser" algo distinto. No estaba preparado para eso.

El "señor cero" comprende que la ciudad carece ya de objeto para él. Sin el trayecto diario hasta la oficina su cosmos se ve reducido extraordinariamente. Además, la renta que paga por su vivienda resulta excesiva para los ingresos que habrá de percibir a partir de ahora. Con tan pocas posibilidades de elegir otra cosa, determina regresar a la aldea de sus padres, donde conserva una casa bastante abandonada, pero que con algunas reformas que haga él mismo podrá servirle de morada. Llama de inmediato a su casera y le comunica su decisión de dejar la vivienda al día siguiente, causando en aquélla la lógica sorpresa después de tantos años de arrendamiento sin sobresaltos. Empaqueta sus pertenencias que, en realidad, se limitan a un par de maletas con ropa además de la que lleva puesta, y pone doble cantidad de miga de pan aguado en el plato de la ventana. Los pájaros acuden en bullicioso revuelo sin aparentar sorpresa por lo temprano de la hora, o tal vez fingen normalidad frente a ración tan generosa. El "señor cero" se despide de ellos uno a uno, llamándoles por su nombre y con visible congoja. Pero la indiferencia con que echan a volar una vez agotada la vianda es la última decepción que ha de regalarle la ciudad. Cierra de un portazo y se acerca al buzón, donde le han indicado que deje las llaves. Siente que se encuentra en una hora trascendente, y necesita engalanarla de solemnidad. Así que decide sentirse Alejandro Magno a punto de prender fuego a sus naves frente a las costas de Fenicia. Pero no consigue engañar a su conciencia, que le sanciona por tamaño desatino tiñéndole la cara de un rubor acerbo. Deja caer las llaves por la rendija, y golpean contra el fondo de metal devolviendo un ruido sin eco de puro indiferente.
Se encamina a la estación carente de voluntad, empujado por la certeza de que no cabe hacer otra cosa.

El autobús, con su aroma de gasóleo y sus asientos de piel falsa, le lleva a su destino sin escalas, un pueblucho ensimismado que parece a punto de deslizarse por la ladera, y caer hacia un valle al que no termina de llegar nunca. Son apenas treinta casas construidas allí donde lo permitió el terreno, con poco orden y ningún concierto.

Cuando baja del vehículo, los escasos vecinos esparcidos por la plaza, y de los cuales el más joven cumpliría hace tiempo los setenta, le miran con descaro. El "señor cero" comienza a ascender en dirección a su casa, pero con cada paso se acumula en su espalda la pesada curiosidad de los paisanos. Cambia unos grados el rumbo, con la proa directa a uno cualquiera, y le habla a sabiendas de que lo hace como en asamblea:

- Soy Onán, el hijo de Críspulo y Venancia.

Su interlocutor arquea las cejas sorprendido:

- Hijo, no te había reconocido. Bienvenido el pueblo. ¿Qué te trae por aquí después de tantos años?

- He venido a quedarme - responde a medias el "señor cero", aunque tal vez debamos rebautizarle y nominarle desde ahora con su nombre de pila, una vez confesado por él mismo. El aldeano le acompaña hasta su propiedad, una casa de piedra robusta como una fortaleza, y se ofrece a él para lo que precise. Don Onán confiesa su deseo de quedar solo excusándose en el cansancio del viaje. Descerraja la puerta con esfuerzo y sale a recibirle un aliento de podredumbre macerado durante años. La luz que invade la estancia por primera vez desde entonces va tomando posesión del espacio con cada postigo que nuestro personaje abre en las ventanas.

Un perro entra despacio, le circunda un par de veces y termina tumbándose donde le viene en gana. Tras un primer momento de desagrado, don Onán golpea con afecto el lomo del chucho, que le lame la mano agradecido. Suenan golpes de nudillos en la puerta, y asoma una cabeza de mujer cubierta por entero con una pañoleta.

- ¿Da usted su permiso? - pregunta la aldeana. Y don Onán nota como si ensanchara su pecho al inspirar las bocanadas de satisfacción producidas por una desconocida conciencia de la dignidad. La invita a pasar y tomar asiento y pregunta qué se le ofrece, mientras se siente como un náufrago recién abandonado en una serena playa, arrojado por el bravío mar del sufrimiento humano, alguien que, sin buscarlo, ha encontrado el lugar que tenía reservado desde el principio de los tiempos. Y don Onán se dice que llegar a él supone un raro privilegio del que debería poder disfrutar cada hombre de la tierra.

Carlos Fernández