La lata

El protagonista de la historia (pongamos Aurelio) odia profundamente al que se autoconsidera su mejor amigo (pongamos Cereal). Éste se mofa de Aurelio siempre que puede, se aprovecha de su dinero, sus conocimientos, su educación, le humilla delante de todo el mundo, principalmente de las mujeres. Así, utilizando a Aurelio como bufón de sus torpes gracias, consiguió ligar con su actual novia (pongamos Alonsa) de la que Aurelio estuvo profundamente enamorado, o algo parecido, justo hasta el momento que vio como Cereal le magreaba babosamente en el alféizar de un portal con olor a moho y orín. Desde ese preciso y crítico instante, Aurelio, un sensible mozo protegido desde muy chico por su madre, su hermana mayor y dos vecinas solteronas que le adoptaron sin coste alguno, desde ese preciso y critico instante, decía, Alonsa pasó a ser el segundo objetivo de su odio. Desafortunadamente su padre, el de Aurelio, única referencia masculina en aquella casa de encajes y magdalenas, murió cuando Aurelio todavía mamaba con tesón del pecho de su madre.

Una tarde lenta, a la hora del cine, aprovechándose de que Aurelio disponía de tres horas de casa vacía, Cereal le conminó a invitarles a él y a su novia a merendar. Aurelio se resistió inútilmente y cuando se quiso dar cuenta ya estaban los tres en su casa delante del televisor viendo la enésima versión de Terminator. A los 3 minutos y doce segundos de proyección, Cereal y Alonsa estaban sacando brillo mutuamente a sus cavidades bucales y dos minutos y dieciséis segundos después empezaron a medir el grado de lubricación de sus respectivos aparatos genitales. En esta labor Cereal se comportaba con mas pericia y rapidez que Alonsa y ésta, joven y acomplejada aun por una educación clásica de colegio de monjas, empezó a poner obstáculos al avance de las huestes Cerealistas. En esta tesitura, Cereal aprovechó para ordenar a Aurelio que pusiera algo de merendar. En el aparador de la cocina apenas había nada.
Las mujeres de la casa habían previsto marcharse unos días al pueblo y decidieron dejar la despensa vacía. Una solitaria lata de berberechos reinaba en aquel páramo solitario. La cogió, añadió dos latas abiertas de Kas de limón y se dirigió hacia el salón. Entonces fue cuando se le ocurrió todo. La anilla de la lata de berberechos brillaba de una forma sugerente, pensó. A partir de ese momento todo trascurrió con vertiginosa rapidez.
Aurelio no podía abrir la lata y se esforzaba sobremanera jalando la anilla. Cereal acercó su cara a pocos centímetros de la lata que manipulaba Aurelio. En ese momento, un movimiento enérgico de Aurelio consiguió abrir la lata y al mismo tiempo el filo de la tapa que la inercia del movimiento convirtió en una navaja albaceteña recién afilada, seccionó limpiamente la yugular del cuello del pasmado Cereal. Cereal se desangraba en el suelo. Aurelio aprovechó para probar los berberechos que, como había supuesto estaban rancios y sanguinolentos. Alonsa atacó con furia asesina a Aurelio, éste se apartó con habilidad y de nuevo la inercia hizo que Alonsa cayera limpiamente por el balcón previamente abierto por Aurelio para mitigar el calor de esa tarde. Cuatro pisos de bellón y dos cuellos menos que nadie iba a echar en falta.

Joseba Molinero